El (nada) discreto encanto de la burguesía (financiera)

Sobre El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese
El_lobo_de_Wall_Street-675195906-largeVarios elementos fomentan el interés por la nueva película de Martin Scorsese, El lobo de Wall Street: como marco más general, la “curiosidad” que se promueve en la cultura masiva por cómo viven (qué hacen) los “ricos y famosos”, desde programas de TV y revistas; también, por el hecho de que el tema que se trata ya ha sido abordado en varios libros y películas: desde la siempre recordada Wall Street (1987), de Oliver Stone, protagonizada por Michael Douglas, pasando por la película del asesino yuppie (impune), basada en el libro de Bret Easton Ellis, American Psycho (1991), hasta la novela de Don DeLillo, Cosmópolis (2003), con su película homónima, dirigida por David Cronenberg, sobre “un día en la vida” de un rico en su limusina. Si a esto le sumamos que desde 2008 estalló una crisis económica que afectó (y afecta) gran parte del mundo (las crisis de las hipotecas, “subprime” y “activos tóxicos”, junto a un repudio bastante extendido contra los banqueros, CEO’s y brokers, causantes de la crisis que lleva a desempleos y desahucios), y que el director de esta película, célebre por Taxi Driver, Buenos muchachos y Casino, entre otras, tiene en el papel protagónico –más allá de los gustos– al reconocido y popular Leonardo DiCaprio, se podrá “aventurar” que acá habrá mucho público y más de un “éxito” asegurado. (La película tiene además cinco nominaciones a los premios Óscar.)
El guión está basado en una historia real: las memorias de Jordan Belfort, un exdirectivo de una firma de inversiones que comenzó su carrera a fines de 1980 y se hizo millonario durante los ‘90. (Tras haber sido enjuiciado por “prácticas ilegales”, multado por estafas con diez millones de dólares y condenado a la cárcel por casi dos años, se dedica ahora a dar “charlas motivacionales”.) Tal como aparecen en la novela La hoguera de las vanidades (también llevada al cine), de Tom Wolfe, los protagonistas de esta historia son los (auto)denominados “amos del universo”. Cuenta Belfort: “Era 1987, y parecía que los yuppies imbéciles […] gobernaban el mundo. Wall Street estaba en plena fase ascendente, y escupía nuevos millonarios de a docenas. El dinero era barato, y un tipo llamado Michael Wilkin había inventado algo llamado ‘bonos basura’ que cambió la manera en que las corporaciones de los Estados Unidos hacían negocios. Fue una época de codicia desenfrenada y locos excesos. La era del yuppie[1]. Aunque puede encontrarse algún “guiño” a la situación actual –o pensarse directamente: “nada cambió desde entonces”–, por ejemplo, cuando Belfort, para dar un gran salto con su naciente empresa propone a sus empleados concentrarse en “el 1% más rico” del país para venderles las acciones (y ya no al “99%”, que apenas arriesgaban/entregaban unos cientos o pocos miles de dólares), la película se propone solo ser “fiel” representando la historia de entonces.

 

Desde la imagen y el ritmo, es una película que impacta por su permanente acumulación de escenas (luego de una introducción donde vemos a un joven Belfort ingresar al “mundo de las finanzas”… a poco de un desplome bursátil, y luego el “despegue” con su propia “firma” y empleados), donde se suceden vertiginosamente negocios y más negocios, drogas, fiestas y sexo. Dijo el mismo Scorsese sobre su obra: “intenta ser […] una mirada al corazón de los Estados Unidos. Y también a la naturaleza humana: la ambición, la sed de poder, el deseo de conquistar todo lo que haya por conquistar no son exclusivas de los Estados Unidos. Lo que intenté hacer fue llevarla más lejos, empujarlas más en términos de estilo, de salvajismo, de locura”[2]. También hay escenas patéticamente cómicas que, siendo bastante evidentes, simples, predecibles, dan un tono ligero a –y ayudan a (sobre)llevar– las tres horas de duración del film. Aunque hay unas pocas escenas dramáticas (o tragicómicas: como el peligro de muerte por asfixia que sufre la mano derecha de Belfort… con jamón; o el divorcio de Belfort y la pelea por los hijos) apenas si tienen peso en la historia.

 

DiCaprio es en general solvente en su papel (va con personajes “enérgicos”, como ya lo demostró, por ejemplo, en J. Edgar (2011)), y el eje alrededor del cual giran el resto de los personajes que protagonizan Jonah Hill, Matthew McConaughey, Rob Reiner y Joanna Lumley.

 

Scorsese nos brinda una película que (¿inevitablemente?) trae reminiscencias de otras obras suyas, aunque esta es sobreabundante y repetitiva. Tal vez ahí, en ese extenso “machaque” radique uno de sus principales defectos pero también su triunfo en cuanto a plantar a su personaje firmemente buscando generar así empatía con el público (el tono con el que el personaje de DiCaprio (nos) cuenta su historia –con su voz en off e incluso hablando directo a cámara– busca mostrarlo como alguien “espontáneo”, casi “chambón”, risible, llevado por sus “impulsos”, cueste lo que cueste, a “ganar dinero”). A diferencia del hermetismo déspota del personaje de El capital (2012), de Costa-Gavras (otro directivo de las finanzas, consciente de los planes de “reducción de personal” que debe aplicar para que suban las acciones), acá se busca, en palabras de Scorsese, “implicar al espectador en forma directa con la moral del personaje”: “no es posible relacionarse con protagonistas que sean seres repulsivos y nada más. En ese caso el espectador mantiene la distancia, no los relaciona consigo mismo. Los ve como monstruos y eso es tranquilizador, ya que puede depositarse en ellos todo lo negativo, mientras que nosotros, los que estamos de este lado, somos los buenos, los normales. A mí me interesa poner al espectador en la situación contraria: la de que ese mundo lo fascine lo suficiente como para querer ser parte de él. De ese modo, cuando ese orden se da vuelta el espectador se ve obligado a replantearse qué lo hizo querer estar en ese lugar”[3].

 

Entonces ¿cuál sería el “mensaje”? ¿“Todos podemos (o podemos desear) ser Jordan Belfort”? Como todos tenemos ambiciones –así como el personaje del FBI; un solitario y decidido (incorruptible) investigador de “delincuentes financieros”–, el final de la película permite así verlo: no es Belfort “el malo” de la historia, sino… el grueso de la gente: el público que va a oírlo dar una charla “motivante” para emprender proyectos, vender, “triunfar en la vida”, “ser exitoso”, etcétera.

 

El lobo de Wall Street de Scorsese se reduce a “su historia”: endogámica, de formas apabullantes, “aceleradas” y repletas de “excesos”. Otras “conexiones”, “aperturas” o conclusiones con esta historia quedan entonces a cargo del público.

 

 


[1] Jordan Belfort, El lobo de Wall Street , Booket, 2013 (ed. original 2007), p. 12.
[2] Reportaje de Nick Fridman a Scorsese publicado en el diario Página/12, 2/1/2014.
[3] Ídem.

Represiones

Acerca de la película J. Edgar, de Clint Eastwood

La última película de Eastwood –que no obtuvo ninguna nominación para los premios Oscar– es una biopic sobre J. Edgar Hoover (1895-1972, interpretado por Leonardo DiCaprio), director del FBI durante 40 años. Mediante los flashbacks, que surgen de un maduro Hoover, que dicta a distintos secretarios las memorias de su trayectoria en la institución represiva que comandó, el film se adentra en los comienzos de su carrera, cuando diversos atentados, a comienzos de la década de 1920, le permitieron emerger como el más acérrimo enemigo de anarquistas, comunistas y “bolcheviques”.

Así, Hoover ascenderá desde un inicial puesto de secretario al de director del Buró Federal de Investigaciones. El progresivo endurecimiento de las políticas hacia los trabajadores y la izquierda –incluyendo la deportación de Emma Goldman (Jessica Hecht)– significará la puesta en pie y consolidación de una poderosa institución represiva, a escala nacional, que se mantiene incólume mientras los presidentes, sean republicanos o demócratas, pasan (Coolidge, Hoover, Roosevelt, Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon). Concentrando con la ayuda de su secretaria Helen Gandy (Naomi Watts) una cantidad enorme de información; modernizando el sistema y métodos de espionaje e investigación, Hoover puede combatir a “rojos”, a gánsteres y a personalidades de los derechos cívicos como Martin Luther King, mientras negocia con cada nueva administración que llega a la Casa Blanca. El film nos muestra que Hoover –como ocurre con otros personajes en otras películas de Eastwood– está predestinado –como le dice su madre, Annie (Judi Dench)– a ser un “gran hombre”, un “poderoso”… que sin embargo se oculta.

Y se oculta… o, para decirlo con más precisión: lo que oculta, es su condición homosexual. Aunque nunca estuviera confirmada, gran cantidad de rumores y versiones (y en la película, gran cantidad de “señales” –escritas por el guionista de Milk, Dustin Lance Black–) lo plantearon.

Y aquí empieza la discusión, sobre la forma y el contenido de película. Si bien Eastwood podría haber contado la historia en hora y media, en vez de en los 120 minutos que dura J. Edgar, lo cierto es que, principalmente, lo que hacía falta era una mayor contextualización del accionar. Porque, lo que enfrentó Hoover desde sus comienzos, fue fundamentalmente la onda expansiva internacional de la Revolución Rusa de 1917, y la organización de la clase trabajadora. Todo esto, un movimiento muy poderoso (como se recuerda un libro de reciente aparición, de Tariq Ali y el cineasta Oliver Stone[1]) que acá queda solo como un trasfondo opaco (tan opaco como es la fotografía de la película). Sin mostrar esto ¿cómo explicar el temor y la firme decisión del protagonista por acumular todo el dinero posible y los medios (legales e ilegales) para llevar adelante su lucha?

Desde el punto de vista de su vida privada, pareciera que Eastwood quisiera conectar las auto-represiones de Hoover –como queda a las claras en las escenas en que está con su madre, luego también, cuando ella muere, y en el fin de semana que pasa con su mano derecha en el FBI, Tolson Clyde (Armie Hammer)[2]– a las represiones que comandó contra opositores sociales y políticos… y contra personajes del mismo establishment del régimen –como se ve cuando se entrevista con Robert F. Kennedy–. De conjunto, ambos “mundos”, el personal y el político, no terminan de cuajar, de desarrollarse y articularse, y se deja de lado décadas y décadas de políticas de persecución y represión decididas y meditadas (brillantemente narradas en, por ejemplo, la novela de Philip Roth Me casé con un comunista –ver acá y acá–), así como en “lo personal” se utilizan muchos clisés y lugares comunes (como señalaron algunas críticas) para aludir a la homosexualidad de Hoover. Es así como entonces no hay ni reconstrucción histórica ni arte dramático en las pasiones de Hoover.

Y sobre lo que significa que no la hayan nominado –así sea para una categoría técnica– al Oscar, y las críticas de la prensa norteamericana, esto ocurrió no porque haya sido una película “de izquierda” o “crítica” del funcionario en cuestión; mucho menos por el “liberalismo” del director, quien se declaró a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo (una política perfectamente compatible con la derecha demócrata y la “izquierda liberal” republicana). Hay –acá también, aunque con mejores resultados cinematográficos que en La Dama…– un no jugarse a fondo con la historia y el personaje… que no quiso aprovechar “la academia” de Hollywood para intentar posar desde lo “políticamente correcto” con un personaje tan controvertido.

Esta misma tibieza y superficialidad es la que asimiló, entiende y expresa DiCaprio, al proponer ver en la película “La idea del sacrificio, lo que supone servir a tu país”. Dijo: “Es un retrato fascinante sobre cómo el poder absoluto lo corrompe todo”. Desde esta generalidad “universalizante”, el actor dice que Hoover “hizo cosas detestables hacia el final de su vida” (¡pero si comenzó como un rapaz joven cazador de “rojos”!), y que “se convirtió [en] un dinosaurio político que se aferró a sus creencias durante demasiado tiempo” (como si lo importante fuera “el tiempo” y no el contenido concreto de sus reaccionarias creencias). Y Eastwood –ningún “progre”: recientemente aclaró que no era “obamista”–, aunque insiste en que “no se sabe mucho de él”, llama a Hoover “una persona muy interesante”, que “presionó para conseguir armas y poder trabajar como cualquier policía”. Y que se lo alababa tanto como se lo detestaba, eso sí: dependiendo “del lado de la ley [en que] te encuentres”.

Así y todo, J. Edgar es una película que “se deja ver”, aunque no esté a la altura de las pasiones y la historia pública de su personaje.

 

NOTAS:

[1] Dice allí Ali: “La gente casi no habla de esto, pero hubo mucha represión llevada a cabo por las corporaciones de los Estados Unidos contra la clase trabajadora en los años veinte y los treinta. […] el impacto de la Revolución Rusa fue muy, muy profundo, y uno no puede ignorarlo”. “A partir de 1917, Estados Unidos –y desde luego las corporaciones norteamericanas– consideró una amenaza la mera existencia de la Unión Soviética. No era que temiera tanto el impacto en su propio país. Aunque sí lo hubo. Recuerda que fue el director del FBI y fiscal general de la administración de Wilson quien expulsó a tantos italianos de los Estados Unidos, invocando supuestas amenazas anarquistas o amenazas bolcheviques. En las ciudades estadounidenses solían golpear las puertas de aquellos hogares de inmigrantes europeos de la clase obrera que militaban en sindicatos, los arrancaban de sus hogares por las noches, los arrastraban y los expulsaban del país. Se vieron invadidos por el pánico porque no había una amenaza real de que surgiera un gran partido bolchevique en los Estados Unidos. Pero no querían correr el riesgo” (La historia oculta. Una conversación entre Oliver Stone y Tariq Ali, Bs. As., Capital Intelectual, 2011, pp. 22, 32 y 33).

[2] Dijo Dustin Lance Black: “Como no encontramos pruebas de su homosexualidad, no me parecía correcto dar por sentado que él y Tolson hayan mantenido una relación abiertamente gay, mostrándolos a los besos o algo así. Igual, se puede ser gay sin concretarlo sexualmente: lo gay tiene que ver con la elección del objeto de deseo. Y ahí tengo menos dudas en cuanto a qué era Hoover”.