La bomba (atómica), el periodismo y la literatura

Leemos en el suplemento ADN Cultura de hoy:

Cuadernos de Hiroshima (siete cuadernos en total, uno por cada viaje efectuado entre agosto de 1963 y enero de 1965) habla sobra “la tragedia humana provocada por las armas nucleares”, muestra cómo viven y sienten los hibakusha (sobrevivientes del bombardeo) y narra la desconcertada hazaña de los casi 250 médicos que había entonces con vida en la ciudad (otros sesenta murieron instantáneamente), quienes tuvieron que atender a unas cien mil personas necesitadas de tratamientos urgentes.

El héroe de Oé es el doctor Fumio Shigêto, que arribó a Hiroshima apenas una semana antes del ataque y llegó a convertirse en el director del Hospital de la Bomba Atómica. Interesado en la radiología desde sus años de estudiante, Shigêto fue -apunta Oé- “uno de los primeros japoneses que reconoció la naturaleza de la bomba el mismo día de la explosión”, mientras enfrentaba circunstancias que ni la especie humana ni la profesión médica habían experimentado nunca. Poco después de la bomba, en el otoño de 1945, una declaración equivocada del equipo de cirujanos del ejército de Estados Unidos sostuvo: “Todas las personas que podían morir a causa de los efectos radiactivos de la bomba atómica ya han muerto”. El Hospital de Hiroshima se hizo eco e informó que, de los 306 mil sobrevivientes, apenas unos 300 pacientes seguían bajo tratamiento. La prensa y muchos médicos se sumaron a este optimismo generalizado, pero el doctor Shigêto se mantuvo cauteloso. Presentía que la curva estadística volvería a subir, como por cierto ocurrió.

A casi 50 años de su publicación original en japonés, los cuadernos de Oé asombran al presentar una situación muy lejana de la unanimidad: múltiples intereses políticos enturbian las conmemoraciones de 1963, muchas “víctimas secundarias” no obtienen suficiente protección médica debido a que la ley entonces en vigencia (sancionada en 1957) contemplaba solamente a “enfermos o moribundos”, más de diez mil mujeres con la cara desfigurada siguen recluidas sin poder recibir atención adecuada y existe “un tabú que pesa sobre la cuestión de los posibles efectos genéticos”.

Oé considera que la situación empieza a revertirse a partir de 1965, año en el que las autoridades nacionales deciden preservar como “Monumento a la Paz” una cúpula conmemorativa que estuvo a punto de ser derribada con el objetivo de levantar un centro comercial y que no sólo se salvó, sino que además hoy integra el listado del Patrimonio Mundial de la Unesco. Ese mismo año, Tomás Eloy Martínez (entonces jefe de redacción de Primera Plana ) viajó a Hiroshima y escribió: “Todos los sobrevivientes de la bomba saben que alguna oscura partícula de su condición humana les fue arrebatada aquel día de verano, hace 20 años: poco a poco fueron dándose cuenta de que estaban condenados al aislamiento y a la pobreza. Empezaron a ser sospechosos para las personas de quienes se enamoraban, a ser tratados como enfermos y engendradores de hijos débiles”.

Agudo cronista, Oé narra casos curiosos (como el de cierto “matón de Hiroshima” que llegó a usar sus cicatrices queloides para atemorizar a los demás), pero también se detiene a reflexionar. Juzga que es un “insulto al sufrimiento” del pueblo de Hiroshima que el estado japonés haya condecorado al general estadounidense Curtis E. LeMay, quien “participó en la planificación de las operaciones militares para el lanzamiento de las bombas”. Estima que el mundo conoce el poderío y la capacidad destructiva de la bomba, pero muchísimo menos el sufrimiento humano o las incidencias que las radiaciones tendrán en la segunda generación de víctimas. Reconoce que los pobladores de Hiroshima son “los únicos que tienen derecho a olvidar y a mantener silencio”, no así el resto de la humanidad. Compara el bombardeo con el bíblico diluvio universal y la historia de Noé. Se pregunta si los líderes militares de Estados Unidos “no se tomaron demasiado a la ligera la calamidad que iban a provocar” o, más aún, si no tomaron la decisión final porque en cierto aspecto confiaban en “la fortaleza humana de su enemigo”, una fortaleza que “les iba a permitir arreglárselas con el infierno que se iba a desatar”. Y aventura que los habitantes de la ciudad que se pusieron a trabajar codo a codo “para restaurar la sociedad humana” estaban preocupados por salvar sus vidas, pero “en el proceso salvaron también el alma de los que habían arrojado allí la bomba atómica”.

En los primeros diez años tras la bomba, cuenta Oé, reinó en Japón el silencio. A esa década le siguieron otros diez años en los que el tema, poco a poco, empezó a abordarse. Claro que existieron excepciones, entre ellos un par de libros precursores. Tamiki Hara, una víctima de la bomba de Hiroshima, escribió a finales de 1945 Flores de verano , obra pionera de la así llamada genbaku bungaku (“literatura de la bomba”) que fue traducida hace pocos meses al castellano por la editorial Impedimenta. Es sabido que Hara se suicidó en 1951 cuando el presidente Truman, el mismo que había ordenado el bombardeo sobre Japón, anunció que estudiaba la posibilidad de volver a hacer lo mismo en Corea.

Completo acá.


Catástrofes y juventud (en la literatura y en el cine japonés)

Aunque el título del post pueda ser medio pretencioso, en realidad comentaré un poco la película La tragedia de Japón, de Keisuke Kinoshita, y trataré de relacionarla con algunas obras literarias que “me fueron llegando”, tras ver el film, por asociación. (Esta película, que vi ayer, es parte de un ciclo del inédito director en el Teatro San Martín.)

(Aún en blanco y negro) La tragedia… es una película bellísima. Bien filmada (tiene todas las escenas posibles: planos directos a los rostros, escenas generales en casas, comercios y otros sitios públicos, impresionantes “paisajes” urbanos… y ambientes sombríos), es lo que se suele llamar “un dramón”. Incluso tiene un comienzo “de contexto histórico”, con imágenes de los noticieros (de la guerra, de movilizaciones y discursos de los políticos, etc.) y titulares y fotos de los diarios –algo así como lo que hizo el norteamericano John Dos Passos en sus grandes frescos novelados como Manhattan Transfer y la “trilogía USA”–.

Además, hay en La tragedia… el recurso, excelentemente utilizado, del flashback, lo que permite ir contando la historia desde “un presente” que permanece vitalmente conectado a su pasado (o, más bien, a los pasados de los protagonistas de esta historia).

La historia en cuestión se centra en Haruko, madre soltera de un varón y una niña, quienes la desprecian por el trabajo que hace (camarera en un lupanar), y porque los dejó (según ellos) abandonados (con un tío y su familia) para irse a trabajar. De todo esto uno/a se va enterando por los conflictos y discusiones que surgen entre los tres, y con los flashbacks recurrentes; o cuando alguno de ellos rememora sus (duras, durísimas) vivencias… El varón quiere ser adoptado por otra familia (unos ancianos médicos adinerados que perdieron a su único hijo en la guerra), para proseguir sus estudios, mientras que la chica tiene una crisis amorosa con/por su profesor de inglés, que está dispuesto a divorciarse de su mujer y huir de la familia…

Haruko trata de mantener alguna clase de vínculo con sus hijos, pero éstos la rechazan: no soportan la existencia miserable, malos tratos y vejaciones que tuvieron que pasar durante la guerra (incluso hay una escena de una clase en un colegio derruido, donde un estudiante le reclama al profesor por el engaño de haber dicho que había que apoyar el ir a la guerra; y éste reconoce que “la guerra estuvo mal”, y que “todos, incluso yo, fuimos engañados”).

De trasfondo, todos/as, admiten que lo que hace a los hombres “mala gente”, individualistas, etc., es la guerra. El envilecimiento se debe a ésta, y el trágico final de Haruko –ya sin esperanzas, deshecho su espíritu de madre– no podía sino ser ése.

Claro, lo más “elemental” para pensar, si asociamos una película como La tragedia…, de 1953, a parte de la literatura nipona posterior, como la de un Kenzaburo Oé, es que “si a esta gente le tiraron (los yanquis) dos bombas atómicas… bueno: no hay otra forma de expresar semejante experiencia y dolor más que con la de un arte desgarrado (y desgarrador)”.

Y así como en La tragedia… tenemos a dos jóvenes que, con sus propios anhelos y despreciando a su madre, luchan por la vida –por su vida: con un “individualismo” (producto de las miserias vividas) que genera una profunda hostilidad para con ella–, en dos de las obras más conocidas de Oé, El grito silencioso (1967) y Arrancad las semillas, fusilad a los niños (1958), tenemos también protagonistas jóvenes, e “individualistas”, bajo el tenebroso manto de la terrible posguerra.

En El grito… está la “revuelta juvenil” en un pueblo, dominado por “el rey de los supermercados”, dirigida por el hermano del protagonista (un pobre hombre tuerto, piltrafa humana, con un amigo “extrañamente” suicidado), que será aplastada. Y en Arrancad…, los pobres niños y adolescentes provenientes del reformatorio, quienes son abandonados en un pueblo campesino invadido por la peste. La conclusión “en realidad, la guerra transforma a los adultos en miserables mil veces más que a los jóvenes rateros o rebeldes”, es completamente cierta. En medio de la catástrofe, hay una juventud que no logra controlar el timón de la situación (hay descaro y asombros, rebeldía y descontentos, emociones y acciones solidarias, casi heroicas… pero también desidias), y por ello, terminan con un incierto destino de náufragos…

Tanto los “documentos de época” que aparecen en La tragedia…, como el ominoso trasfondo de las dos novelas mencionadas –novelas donde Oé no ahorra en lo más mínimo la más puntillosa descripción de los procesos escatológicos surgidos de la muerte y destrucción de la guerra, y sus secuelas de pobreza y miseria– marcan un cuadro general, donde la tragedia individual y familiar son parte constitutiva, integrante, de esos procesos (con desgarrantes contradicciones sociales) que parecieran haberse ido… pero no para ya no volver, sino para manifestarse a “menor escala” y en otros lugares (Europa central en la década de 1990, Medio Oriente los últimos 15 o 20 años, etc.).

Más en general –y a diferencia de los actuales escritores/as nipones/as, muchos/as acusados/as de “occidentalizados”, como Banana Yoshimoto, que hacen algo que pareciera ser más bien “light”: una literatura de “lo maravilloso e inesperado ante la apacible rutina cotidiana de la vida moderna”– se puede decir entonces que tenemos aquí un arte oscuro, sombrío, y que sin embargo es enérgicamente vital: que no duda en apelar a la belleza del arte para transmitir encanto y emotividad con casa historia que se crea.

Y, en medio de estas tragedias (grandes y “chicas”, sociales y familiares), surge (alg)una epifanía.