#Libros: tres (breves) reseñas

Acerca de El grito, novela de Florencia Abbate
Tangente realidad (y proliferación mental)

tapa-gris_el_grito-4Los acontecimientos del 19 y 20 diciembre de 2001 en Argentina dejaron su marca, como suele ocurrir con todo hecho histórico de magnitud, no solo en la política del país, sino también en su cultura: por ejemplo en el periodismo –ver la compilación titulada La Comuna de Buenos Aires, con entrevistas y artículos de María Moreno–, y en la literatura –en relatos, novelas y poesía–. Un libro aparecido en 2004, El grito, primera novela de Florencia Abbate, acaba de ser reeditado por la cordobesa Eduvim. Allí, la autora recupera aquel “diciembre caliente”, de estallido de la economía, con rebeliones populares y
luchas, y la posterior caída de ministros y presidentes. Pero lo hace mediante un trabajo especial. En parentesco con varios relatos que fueron compilados en Los días que vivimos en peligro (un conjunto de narraciones que tomaron momentos críticos y/o de crisis de la historia argentina, y donde hay un cuento “del 2001”: “El título”, de Federico Jeanmaire), El grito se hace eco de aquellos episodios decembrinos, pero sin pretender reproducirlos (ni en clave realista, ni naturalista). Como en sordina ante el ruiderío de aquel gran “quilombo argentino”, Abbate, tras comenzar su libro con una cita de Borges (quien, en uso de “licencia poética popular”, habla del azar: la realidad de nuestro país sería algo así como “una lotería”), narra cuatro historias, tituladas llamativamente “Marat-Sade”, “Luxemburgo”, “Warhol” y “Nietzsche”.

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Comentario a ‘In Memoriam’
Raúl Zurita: una música de los países rotos

rzur201216Fragmentos o secciones del gran volumen de Raúl Zurita, Zurita (EUDP, 2011), reescritos y reordenados, fueron apareciendo años previos a esa magna obra de casi ochocientas páginas del poeta y escritor chileno: In MemoriamCinco fragmentosCuadernos de guerraSueños para Kurosawase
titularon los “anticipos”. Y ahora, la joven editorial argentina Audisea publica In Memoriam, en una versión revisada y adaptada por el autor; un libro aparecido originalmente en 2008 en Santiago de Chile.

Como si fuera un fantasma que recorriera los escombros de la destrucción posdictatorial latinoamericana, los genocidios en Europa y sus guerras, las matanzas y aberraciones de la historia (in)humana –ahí está, para confirmarlo una vez más, el libro póstumo recién aparecido del español Jorge Semprún, Ejercicios de supervivencia–, la voz poética que compone Raúl Zurita en sus libros tiene como piedra de toque estos temas, desafiando de algún modo la conocida (ultracitada) frase de Adorno, acerca de la poesía y Auschwitz como experiencias antagónicas, absolutamente opuestas, e incluso de efecto paradójicamente (auto)anulatorio, en el caso de una: “escribir poesía” luego de Auschwitz era, para Adorno, “un acto de barbarie”. Pero Zurita no “solo” escribe poesía “después de Auschwitz” –y las barbaries posteriores–, sino que, transformando la experiencia y el recuerdo, genera e implanta un “vitalismo poético”, una vigorosa fuerza, una voz, que surge del derrumbe, de la destrucción y el crimen masivo que perpetraron las dictaduras –en particular la de su propio país–.

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Juan José Saer. Una forma más real que la del mundo / Martín Prieto (comp.)

tapa saerJuan José Saer, narrador, poeta y ensayista, expresó desde sus primeras intervenciones públicas una alta conciencia y una decisión firme —se diría inquebrantable— de dedicar su vida a la literatura. Este libro, que reúne una treintena de entrevistas que van desde la década de 1960 hasta 2005, meses antes de su muerte, es otro acercamiento a sus lecturas, su visión acerca del devenir y el porvenir de la literatura, su propia biografía y hasta sus ideas sobre historia y política.

Si ya podía saberse lo que pensó el autor de El entenado acerca de la literatura por El concepto de ficción (1997) y La narración objeto (1999) —y por los volúmenes póstumos Trabajos (2005) y Papeles de trabajo I, II, III y IV—, la lectura de estas entrevistas permite apreciar diversas constantes, ciertas intuiciones primigenias que se irán reelaborando a lo largo de las décadas, cambios, incorporaciones de autores y temas, críticas y una serie de preocupaciones que hicieron a la propia escritura de Saer.

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Salas Subirat: “el más grande escritor de la lengua española” (J.J. Saer)

“[…] A propósito, hay un caso que ilustra bien la relación entre escritura y traducción, y el hecho de que un traductor debe conocer mejor su lengua que la lengua de la que traduce. Yo supe por Borges, una vez que había ido a Santa Fe, que se había creado una comisión, presidida por él, para traducir el Ulises de Joyce, y que se reunía todas las semanas para discutir los problemas preliminares [de] traducción. Al cabo de un año, uno de los miembros de la comisión se apareció con un ejemplar de la traducción de Salas Subirat, la edición de Santiago Rueda. Y Borges me dijo: ‘el Ulises ya está traducido, pero la traducción es un desastre’. Entonces yo le contesté: ‘es posible que sea un desastre, pero en ese caso el señor Salas Subirat es el más grande escritor de la lengua española’.”

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Juan José Saer, Una forma más real que la del mundo. Conversaciones compiladas por Martín Prieto, Bs. As., Mansalva, 2016, p. 72.


Juan José Saer, a 10 años de su muerte

Captura de pantalla 2015-06-10 a la(s) 14.51.33* Hoy el diario La Nación publica una serie de notas sobre el escritor, además de las opiniones del escritor Sergio Chejfec y la de Alberto Díaz, su amigo y editor.

** Dice la nota principal:

“Con la lluvia, llegó el otoño, y con el otoño, el tiempo del vino.” Ése fue sólo el arranque que dejó escrito del séptimo y último capítulo de La grande, la que sería su novela más extensa y quizá la más ambiciosa y lograda, cuando un cáncer de pulmón se lo llevó el 11 de junio de 2005 en París. La fascinante e inmóvil gesta de retorno, condensada en una semana, del exiliado Gutiérrez a su lugar, que Seix Barral publicaría inconclusa poco después de su muerte.

Una década ha pasado desde entonces, y sin embargo Juan José Saer sigue ahí, más presente que nunca. Dónde, se preguntará el lector. ¿En la zona (1960), para jugar con los cuentos de su bautismo de fuego narrativo? ¿En el mítico lugar a medias imaginario y a medias real entre las inmediaciones de Santa Fe y su Serondino natal comparable al condado de Yoknapatawpha de Faulkner, la Santa María de Onetti o la Región de Benet, del que tanto se ha hablado, en el que transcurre toda su obra? ¿Acaso en París, donde vivió más de 40 años desde su exilio voluntario, en 1968?

Más bien Saer permanece no sólo en el centro del canon de la literatura argentina de las últimas décadas, sino también en un lugar insoslayable de la vasta narrativa en lengua española, mientras se suceden homenajes por el décimo aniversario de su muerte y su obra sigue creciendo simbólica y físicamente. De allí que su legado resulte cada vez más difícil de gestionar para las nuevas generaciones, como reconocía no hace mucho Martín Kohan: “Muchos buscamos en la literatura lo que Saer encontró de manera perfecta. Él nos plantea un desafío sólo comparable al de Borges, que es el dilema de cómo escribir después de ellos”.

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Una entrevista (inédita) a Saer, en Ñ

Leemos:

-Da la sensación de que cada una de sus novelas es un fragmento de una gran y única novela. ¿Hay algo de eso?
-Es un poco eso, efectivamente. Esa sería mi intención de algún modo, pero en forma menos lineal y un poco con la estructura de un móvil. Y cuando se va agregando un elemento, todo el sistema, la relación, las proporciones de las distintas partes, se modifican, cambian. Y esa es un poco la intención.


-¿Retoma espontáneamente las historias pasadas?
-Siempre cuando escribo un relato tengo, en general, en la cabeza, sino todo el conjunto por lo menos una parte de las cosas anteriores o las que van a venir después.


-¿Se identifica con alguno o varios de sus personajes?
-Con todos. Todo el mundo dice que el que más se me parece es Tomatis. Yo no creo mucho en eso. No creo en eso…


-Pero en algo cree…
-Yo creo que todos los personajes de un autor son un poco él.Recuerdo que una vez Borges criticaba Contapunto de Huxley. Una novela que estaba muy de moda (creo en los ‘70). Fue una noche, en un banquete, cuando conocí a Borges. Yo acababa de leer Contrapunto, que me gustaba mucho, entonces él me dijo “No, no me gusta esa novela porque dice que todos los personajes son él”. Entonces me pareció un argumento válido.

Pero ahora, pensándolo retrospectivamente, creo que no tenía razón. Creo que todos los personajes de Cervantes son Cervantes y todos los personajes de Dostoievski son Dostoievski. Y esa diferencia de distintos caracteres, el opuesto, es decir Yago y Otelo, son parte de la misma persona de Shakespeare. Es un poco así como veo las cosas.


-¿Cómo describe su relación con la figura de Borges?
-Digamos que Borges es Borges. Hay cosas de su épica, de su visión tradicionalista, que es lo que menos me motiva de su obra. Me aburren. Las historias de los compadritos están bien escritas, pero de nuevo, no me resultan tan interesantes como otras cosas. Siempre me propongo desmitificar la épica; me parece casi necesario después de lo que vivió nuestro país…

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Juan José Saer: memoria y literatura

Hay muchas clases de recuerdos. Por ejemplo, recuerdos globales. En mi infancia, en las siestas de verano, mis tíos llegaban en auto del pueblo vecino y el radiador niquelado, que brillaba al sol, estaba lleno de mariposas amarillas, aplastadas entre los alveolos de metal. La representación que me queda no corresponde a ningún acontecimiento preciso. Es un resumen, casi una abstracción de todas las veces que vi radiadores llenos de mariposas. Y sin embargo, es un recuerdo.

Hay también recuerdos inmediatos: estamos llevando a los labios una taza de té y nos viene a la memoria, antes de que la taza llegue a su destino, la fracción de segundo previa en la que la hemos recogido, sin ruido, de la mesa. Y hasta me atrevería a decir que hay también una categoría que podríamos llamar recuerdos simultáneos, consistente en recordar el instante que vivimos mientras lo vamos viviendo: es decir, que recordamos el gusto, de ese té y no de otro, en el momento mismo en que lo estamos tomando.

Hay recuerdos intermitentes, que titilan periódicos, como faros. Recuerdos ajenos, con los que recordamos, o creemos recordar, recuerdos de otros. Y también recuerdos de recuerdos, en los que recordamos recordar, o en los que la representación es el recuerdo de un momento en el que hemos recordado intensamente algo.

Como puede verse, el recuerdo es materia compleja. La memoria sola no basta para asirlo. Voluntaria o involuntaria, la memoria no reina sobre el recuerdo: es más bien su servidora. Nuestros recuerdos no son, como lo pretenden los empiristas, pura ilusión: pero un escándalo ontológico nos separa de ellos, constante y continuo y más poderoso que nuestro esfuerzo por construir nuestra vida como una narración. Es por eso que, desde otro punto de vista, podemos considerar nuestros recuerdos como una de las regiones más remotas de lo que nos es exterior.

Juan José Saer, La mayor, Bs. As., Seix Barral, 2005 (ed. original 1976), pp. 162-163.


Saer, como Kafka: publicado (post mortem) contra su voluntad

Leemos:

 

La sola lectura de las ochenta y tres páginas de apretada tipografía que reproduce ese “Cuaderno Núcleo 1”, que Saer refería como un cuaderno viejo en el que había notas sobre ficciones, ensayos, algunas citas y frases retomadas en alguna novela, ya justifica el volumen. Se trata de un Saer en plenitud, que reflexiona sobre el arte de la ficción o esboza argumentos; que define, por ejemplo, que “lo nacional es la infancia” de un modo afín a cierto anarquismo, ya que ningún Estado puede adjudicárselo toda vez que no representa la “sola praxis crucial” de la adquisición de un lenguaje y de una experiencia en el horizonte del mundo, porque la memoria actualiza lo natal y en esa materia fulgura lo narrado. O bien especula sobre el paisaje histórico y el modo en el cual el tiempo modifica la naturaleza encarnada en la historia. Pero asimismo hay relecturas del surrealismo, de Borges, de Lugones, de Faulkner,de James, de Pavese, del artista como crítico. También, las habituales opiniones contundentes de Saer, sus conocidas preferencias y algunas de sus beligerancias, como el desdén por Marechal o el brutal, razonado sarcasmo que comienza: “David Viñas es como un pollo deshuesado. Tiene fibra, pero la fibra de la pechuga; si uno la hierve, pierde cohesión”.

* Jorge Monteleone, en ADN Cultura, comentando la aparición de Papeles de trabajo, primer volumen de la colección de Borradores inéditos. Fragmentos, borradores, apuntes y notas varias de alguien que dejó escrito “no permitiré que nadie penetre en mis cuadernos, como han hecho con Kafka y con Pavese. No me moriré. Yo elegiré con el tiempo cuál es la palabra justa y necesaria que debo decir”.

Completo acá.


Otro relato de Juan José Saer

Andaba con ganas de postearlo hace rato; pero no lo conseguía digitalizado; y por lo tanto tenía que ponerme un rato a tipearlo…

Ya habíamos posteado uno muy bueno en enero -también posteamos a Fogwill-. Vamos con un cuento del primer libro de Saer, En la zona, reeditado el año pasado.

Se lo dedico al amigo y camarada Julio.

 

SOLAS

 

A Oscar González

 

Lila dijo que estaba cansada, con ese tono entretenido con que suele decirlo las mujeres mientras se distraen buscando algo que hacer, y después se fue y se entretuvo mirándose en el espejo, de un costado primero, luego del otro, arrimando el rostro a la pulida y resplandeciente superficie más tarde, levantándose el pelo sobre la nuca y dejándolo caer enseguida, irguiendo por sobre el vestido con las palmas de las manos sus abultados flácidos senos y mirando de perfil la silueta prominente y dócil; la otra fumaba sobre la cama, con un vestido claro y suelto, el antebrazo bajo la nuca en una posición varonil y los glaucos húmedos ojos fijos en la agrisada blancura del cielorraso.

Era el día más caluroso del año; el aire estridular rolaba en el exterior y los sonidos demoraban en extinguirse en su seno pesado y en constante desplazamiento, semejando un fluido espeso, grave y transparente moviéndose imperceptible y sin pausa dentro de un inmenso receptáculo. Los árboles permanecían llenos y quietos como compactas y bajas nubes verdes asentadas silenciosamente sobre las oscuras horquetas distraídas.

El moblaje de la habitación era clásico: además de la cama de dos plazas, había un ropero de madera terciada con una fulgurante luna ordinaria, una mesa de luz, y una antigua y polvorienta consola sobre la que descansaban una palangana y una jarra enlozadas. Por alguna hendija de la puerta de madera se colaba una penetrante, una fuerte y enloquecedora claridad.

-Así es –dijo Lila-. Así es.

La otra permanecí silenciosa, fumando, pensando; recordaba. De pronto se removió sobre la cama y estuvo a punto de decir algo, quedando suspendida de su propia vacilación, pero no lo dijo y continuó mirando fijamente el techo. Era menuda, ágil, y su inmovilidad y su silencio daban la impresión de que constituían sólo una tregua limitada y activa, como la del arma cuando está siendo cargada, y que su modalidad consistía en lo vivo y lo rápido; esas culebras que permanecen ocultas entre los pastos atentas pese a su sopor, que cuando estás pasando junto a ellas, como algo que prescinde por completo del tiempo, menos que un relámpago, pero quizá con idéntico resplandor, ya te mordieron y te envenenaron. Lila se peinaba ahora.

-Así es –repitió, abstraída. Y luego, mirándola-: ¿Qué te hacen?

-¿Quiénes? –dijo la otra, incorporándose y mirándola con cierto asombro.

-Los hombres –dijo Lila y continuó peinándose, observando a su amiga a través de la planteada pátina del espejo.

-Ah. Qué sé yo. Me tocan, me besan. Qué sé yo.

-Sí, ya sé. Pero ¿cómo? –Lila movió en el aire la mano que sostenía el peine.

-Ah, cómo. Bueno. Qué sé yo. Primero entran, hacen algún comentario para demostrar que no vienen nada más que para eso, después me miran, se arriman, me tocan… el pecho, o atrás, y me desvisten, y después todo eso. A veces viene alguno distinto, con algo de conversación, pero es raro, o alguno que se quiere…, que quiere hacer alguna asquerosidad, pero yo le paro el carro y le digo que no se haga el vivo y listo.

-Igual que yo –dijo Lila, yendo a sentarse en el borde de la cama, el opuesto a aquel sobre el que se recostaba la otra. Le daba la espalda y continuaba mirándola a través del espejo; la otra proseguía, como en un estado de ligera hipnosis, observando fijamente el cielorraso, y sobre la blancuzca gris superficie contemplaba su vida pasada, no toda, sino la constituida por aquellos hechos que eran dignos de ser recordados y la memoria podía rescatar con mayor facilidad, obrando estimulada por causas sentimentales, vagas y melancólicas. Lila había adoptado una expresión reflexiva y casta, suave y animal en su global índole de estupidez-. ¿Te gustan los hombres?

-Algunos –dijo la otra-. Según como sean. Me gusta que tengan conversación y un poco de plata, y que les guste gastarla, aunque teniendo conversación y no plata, si valen la pena, también me gustan. Porque al fin de cuentas…

-Sí –replicó Lila, pensando en otra cosa. Se puso de pie y anduvo por la habitación revisando unas ropas caídas, y después regresó frente al espejo y ahí estuvo-. ¿No te parece que son… tontos?

-Algunos –dijo la otra.

-Cuando están sobre una, sudando, ahogándose, desesperados por agarrarse a cualquier cosa. ¿No te da la impresión de que podrías hacerles cualquier cosa, lo que quisieras, triturarlos?

-Algunos.

-Todos –dijo Lila, dándose vuelta y no mirándola ya a través del espejo, sino directamente-. Todos. Cuando una piensa que han estado desesperados por venir, porque ya no aguantaban más, robando o asesinando para conseguir la plata, para terminar todo en cinco minutos; cuando una piensa que si fuera una la que quisiera hacerlo, no tendría más que salir, cuando le diera la gana, y llamarlos, y traerlos, y llevarlos de cogote a donde le diera la gana; y que una es dueña de abrir o de cerrar las piernas con el que quiera, y que ellos no pueden hacérselas abrir o cerrar a la que ellos quieren o cuando ellos quieren. Yo los he visto entrar y me he reído pensando en que si yo quería ellos se iban a ir como habían venido y hasta podría hacerme rogar si se me daba la gana. Dame un cigarrillo.

La otra se dio vuelta entre el crujir de los elásticos y sacó un paquete de cigarrillos de debajo de la almohada, arrojándoselo: “Puede ser” –dijo-. “Pero a mí no me gusta eso.”

-No es que me guste –dijo Lila, encendiendo su cigarrillo y devolviéndole el paquete a la otra, que volvió a guardárselo debajo de la almohada-. Lo pienso sin poder evitarlo. Los veo como si pudiera quebrarlos, matarlos. –Se sentó en el borde de la cama sobre el que había estado antes y le pidió permiso a la otra para recostarse transversalmente usando sus pantorrillas como almohada.

-Pegarles –dijo, muy reflexiva, y después, cambiando de tono, más secamente, aunque sin carecer de suavidad-: Qué duras tenés las pantorrillas.

-Soy flaca –dijo la otra.

-No. No. Así estás bien. Me gustan esas figuritas así.

-Adelante quisiera tener como vos –dijo la otra con aire técnico- pero no puede ser, porque es otro tipo de cuerpo, otro desarrollo. Me echaría muy para adelante –se movió un poco y los elásticos crujieron, crujiendo un poco más después que ella estuvo quieta; entonces creció el silencio y también el calor aumentó y hasta dio la sensación de que podía oírse ascender el humo de los cigarrillos, ondulante, nada rígido, nada severo, con algo de sátiro fingiendo gravedad ante un tribunal de dioses iracundos y carentes de sentido del humor. Se rió-: Me caería de boca.

-Si las querés te las regalo –dijo Lila cariñosamente, sin mirarla, con la vista clavada en el techo.

-A lo mejor son postizos y los sacás y me das una sorpresa.

-No, no son. Tocalos, si querés.

La otra estiró la mano, los tocó (una cosa abultada, flácida, pesada, moviéndose) y retiró la mano sin dejar de reírse. Había, de pronto, algo extraño en su risa; así por lo menos lo creyó ella misma. Hicieron silencio y Lila, al rato, acomodó la cabeza sobre las duras y aceitosas pantorrillas de la otra y siguió hablando. “Te decía. Eso es lo que pienso cuando los veo y los siento encima de mí. A veces quisiera ser como ellos, después que se van, libres, han terminado y una ya no les sirve para nada, cinco minutos aguantándoles todas las porquerías, y cuando ya te usaron te escupirían.”

-Pero es… –dijo la otra, con un cordial y suave antagonismo- …natural. Depende de una. Si sabés dosificar, si sabés dirigir, entonces no sólo no te escupirían sino que se dejarían escupir.

-¿Te parece? –Lila miró a la otra.

-Claro. A lo mejor nunca supiste tratarlos, por eso pensás así.

-No es eso. Nunca me entusiasmaron demasiado, ésa es la cuestión. Al principio, quién sabe… Al principio puede ser que hasta me hayan gustado esos…

-Guachitos amorosos –dijo la otra, parodiando un éxtasis.

-Sí. Lo primero –dijo Lila poniéndose de pie, sin prestar atención-. Voy al baño. –Tiró el cigarrillo al suelo, lo pisó, y lo hizo desaparecer debajo de la cama.

Cuando abrió la puerta el día amarillo entró en la habitación con un resplandor tan intenso que la otra se cubrió los ojos con el antebrazo y le dijo a Lila que cerrara la puerta. Lila desapareció cerrando la puerta detrás suyo y la otra encendió un nuevo cigarrillo; después se alzó levemente la pollera, dejando ver apenas el extremo de sus muslos aceitosos y firmes, casi trapezoidales. Como si estuviera en el cine, contemplaba sobre la superficie del cielorraso mudas imágenes convocadas por su interés actuando sobre su memoria, mientras su cuerpo permanecía echado en un profundo abandono húmedo y tibio. El ritmo de su respiración apenas ampliaba el volumen de sus pechitos leves y  duros como uvas concentradas y maduras.

Lila regresó entonces. Se quejó del calor y se quitó el liviano vestido, desabrochándolo lentamente, con desgano y hasta con algo que visto por ojos masculinos habría podido tomarse por sensualidad. No tenía enaguas ni corpiño. Fue y quitándose los zapatos, se echó de espaldas sobre la cama, colocando una mano entrecerrada, con la palma hacia afuera, junto a su mejilla. La otra mano colgaba fuera del lecho.

-Voy a dormir –dijo-. Es temprano todavía. Me gusta estar así suelta. –Tenía grandes caderas y un poco de grasa; sus grandes seños, esparcidos, caían lánguidamente a los costados, lechosos, enfermos, tristes. Causaban pena, no deseo. Pero había algo, algo existía semejante al deseo que podía ser la soledad o la culpa. Cualquier cosa menos el deseo, pero que podía confundirse con él, o manifestarse de tal modo, con un roce, una mirada, un leve suspiro mórbido, que nadie hubiera jugado nada afirmando que hubiera podido ser otra cosa. La otra la miraba con intensidad, con asombro desconfiado o dubitativo.

-Llega un momento –dijo Lila con toda claridad, con los ojos semicerrados- en que una no sabe qué hacer, no sabe nada. Quisiera poder amar de otra manera, no como nos han obligado. Por gusto, por delicia. Algo anda mal porque me doy cuenta de que no soy como todas; no porque sea mejor ni peor, es que no he vivido, no he sentido como todas. Sé que estoy enferma (pero no en el cuerpo; en el corazón), porque no me siento como todas. Me siento monstruosa, sola. Tengo miedo.

La otra estaba seria y de pronto, tímidamente, como si su mano fuera un pájaro, volando sin preocupación ni apuro, fue a posarse sobre las tristes, mórbidas colinas. Lila se estremeció, como si debajo de su piel se hubieran desplazado infinitas, diminutas, blandas esferitas blancuzcas.

-La carne –dijo, pensando no en el deseo, sino en la soledad y en la culpa; y más en el fondo: “No es eso”-. No –dijo-. No es esto. Me conformaría con desnudarte. Es eso.

La otra saltó del lecho como si hubiera sido tocada, mordida. Era una víbora temerosa, pero no exenta de peligro.

-¡Nunca! –gritó.

Lila permaneció sin moverse.

-No es eso. No hagas ningún escándalo. Ya pasó, corazón. Quería ver si… No es nada, es lo mismo. Estoy enferma pero no de eso. Quería ver si… pero se acabó. Tranquilízate que no te voy a molestar; te lo juro. No era nada. Me visto, si querés.

-Es lo mismo –dijo la otra, relajándose-. No importa; quedate como te guste.

Volvió a recostarse y continuó recuperando (en lo posible) su viejo, su polvoriento tiempo dilapidado, lleno de personas y voces, y lugares, consustanciado ya con el otro, con el irreversible, el impalpable, el silencioso y oscuro, el Tiempo.

 

Juan José Saer, En la zona. 1957-1960, Bs. As., Seix Barral, 2010, pp. 51-57.


Un relato de Juan José Saer

Y sí, loco: si lo hizo hasta recién el diario oficial con su “Verano 12”; y el compañero Fernando de Córdoba, que ha puesto su granito de arena con una “lectura de verano”; y el querido amigo Santi, con el libro de Wendy Goldman sobre la vida familiar en la URSS… (además de que se puede encontrar también bastante de literatura en el blog de un trosko-pionero en usarlo -digo: a los blogs-: Facundo Aguirre)… no podíamos menos -ahora que hemos regresando de las vacaciones- que sumarnos con alguna “propuesta literaria”…

Va entonces, un cuento de Saer:

CON EL DESAYUNO

 

a Juan Carlos Mondragón

Goldstein tenía 21 años en 1943, cuando lo deportaron a un campo de concentración, por el triple motivo de ser judío, comunista y miembro de la Resistencia. No lo mataron, porque es sabido que los campos nazis eran en principio campos de trabajo, y los alemanes pretendían ganar la guerra gracias al trabajo de los más vigorosos de sus enemigos. A los que no les servían, enfermos, chicos, ancianos, los asesinaban inmediatamente, pero a los más jóvenes los hacían trabajar. En cierto sentido los campos nazis, por la manera en que se había organizado el trabajo de los prisioneros, piensa Goldstein, representan un ejemplo avant la lettre de lo que podría llegar a ser la última etapa de la llamada desregulación del mercado laboral. Por lo tanto, Goldstein está convencido de que fue su condición de mano de obra barata lo que le salvó la vida.

Los nazis estaban a punto de fusilarlo por tentativa de evasión, cuando justo llegaron los aliados (que no encontraron un solo soldado alemán en todo el campo), de modo que esta mañana, mientras desayuna en el bar Tobas, en Córdoba y Pueyrredón, tiene setenta y seis años y todavía sigue yendo a la librería, más para distraerse que otra cosa, ya que cinco años atrás le dejó el negocio a sus dos empleados, que le pasan una renta mensual. Su mujer murió hace tres años. Su hija mayor, que tuvo que irse del país con el golpe de estado del 76, se casó con un catalán y se quedó a vivir en Barcelona. La menor, que es psicoanalista, tiene poco tiempo libre los días de semana, así que únicamente ciertas noches y a veces ciertos domingos pueden verse para comer juntos, pero de todos modos, a causa de algunas diferencias políticas, sus relaciones con ella son un poco más difíciles que con la mayor. Los jueves a la noche tiene una reunión en la Mesa de Derechos Humanos, y los viernes, su partida de póker semanal. Es por lo tanto el día, desde la mañana bien temprano cuando se despierta hasta que anochece, lo más difícil de llenar.

Después de la vacilación matinal, ante las interminables horas que se avecinan, el desayuno que, como incluye la lectura del diario, dura un buen rato, es un momento de actividad, sobre todo interior, ya que la memoria y la inteligencia, reverdecidas por las horas de sueño y por la ducha tibia que relaja el cuerpo atenuando los pequeños dolores óseos y musculares que lo tironearán durante el resto del día, se concentran con mayor facilidad y acogen con nitidez imágenes y pensamientos. El desayuno es, desde hace unos doce años más o menos, siempre el mismo: café con leche azucarado, jugo de naranja, dos medialunas, y un rato más tarde, después de haber leído buena parte del diario, un cafecito solo, concentrado y amargo, y un vaso de agua. La mesa es casi siempre la misma; entrando, a la derecha, la última junto al ventanal que da a Pueyrredón. Cada mañana, al entrar en el local, saluda al dueño que está detrás de la caja y se encamina a su sitio, sentándose en el rincón de cara a la entrada, bajo el televisor apagado.

-¿Siempre apechugando a la matina, don Goldstein? –le dice el mozo catamarqueño, depositando las medialunas y el jugo amarillo sobre la mesa, sin esperar el pedido mientras el dueño, detrás del mostrador, ha empezado a prepararle el café. Media hora más tarde más o menos, bastará una seña casi imperceptible de Goldstein en dirección a la caja para que el cafecito cuidadosamente preparado, acompañado por el vaso de agua, aterrice sobre la mesa. Por ahora, desplegando el diario, le responde al mozo con jovialidad distraída y con el ligerísimo acento de los viejos judíos aporteñados de Once y de Balvanera.

-Qué querés, Negro, me opio si no en la cama.

El jugo fresco, recién exprimido, ácido y dulce a la vez, le da una pequeña sacudida de optimismo cuando toma el primer trago, lo que podría probar, puesto que el efecto energético de las vitaminas no ha tenido tiempo de actuar todavía, que el placer en sí mismo es un estímulo en la vida. Sopar las medialunas en el café, absorbiéndolo poco a poco, le dificulta la lectura del diario, lo que lo incita a engullirlas rápido, menos por rapidez que porque quiere tener las manos libres para poder manipular con más facilidad las grandes hojas de papel impreso que se pliegan y se despliegan, indóciles y ruidosas. Por fin las domina y se concentra en las noticias políticas nacionales e internacionales, en las páginas de economía y en las de cultura, echa una ojeada a las novedades deportivas y al estado del tiempo, para terminar con las historietas y los programas de televisión. Después vuelve atrás y lee con atención los artículos de fondo de los columnistas, a algunos de los cuales conoce personalmente porque son clientes de la librería, las cartas de los lectores y los editoriales. De tanto en tanto ha ido tomando un trago de café con leche o de jugo, hasta terminarlos, y por último, cuando ya no le quedan más que unos pocos minutos de lectura, hace una seña para que le traigan el cafecito y el vaso de agua.

Esa ceremonia que se repite todas las mañanas desde hace tantos años es en realidad el preámbulo a los minutos de meditación que le suceden. Pero tal vez es una licencia poética llamar a ese estado una meditación, porque una meditación presupone cierta voluntad consciente de pensar sobre temas precisos, y en su caso sólo se trata de mecanismos asociativos autónomos, casi mecánicos que, todas las mañanas, después del desayuno, se instalan en su interior, y lo ocupan por completo durante un rato. Visto desde fuera, es un anciano apacible y limpio, vestido con sencillez y que, como tantos otros habitantes de la ciudad, toma su desayuno en un café de Buenos Aires. Por dentro, sin embargo, cada mañana, durante unos pocos minutos, a causa de esa asociación inconsciente a cuya repetición puntual ya se ha resignado después de tantos años, se dan cita, en la zona clara de su mente, todas las masacres del siglo. Él las contabiliza y a medida que se producen otras nuevas las va agregando a la lista, de tal manera que cuando las evoca y las enumera, no puede evitar que le vengan a la memoria los versos de Dante:

… venía si lunga tratta

di gente, ch’i non averei credutto

que morte tanta n’avesse disfatta.

Tal cantidad de gente, que nunca hubiese creído que la muerte deshiciera a tantos: y de esa muchedumbre de fantasmas, estaba excluidos los que habían muerto en los campos de batalla, o por accidente, o de enfermedad, o se habían suicidado, o incluso habían sido ejecutados por los crímenes que habían cometido. No: contabilizaba únicamente todos aquellos que habían sido exterminados no por su peligrosidad, real o imaginaria, sino porque, por alguna razón que ellos solos consideraban legítima, sus asesinos decidieron que no debían vivir: los armenios para los turcos por ejemplo (1.300.000), o los judíos (6.000.000), los gitanos (600.000) y los enfermos mentales (cifra desconocida) para los nazis. En Rwanda, los tutsis (800.000) para los humus. Para los norteamericanos, los habitantes de Hiroshima y Nagasaki (300.000), o los opositores de Suharto en Indonesia (500.000) o los irakíes durante la guerra del Golfo (170.000). Para Stalin, que percibía la totalidad de lo Exterior como una amenaza, varios millones de los espectros que, según en él, lo acechaban en ella. Y después esas masacres locales, en las que, en una tarde, en una semana, varias decenas, o centenas o miles de personas morían en manos de sus verdugos quienes, por razones inexplicables, en los que ningún interés razonable entraba en juego, no los toleraban en este mundo: indios, negros, bosnios, serbios, cristianos, musulmanes, viejos, mujeres (un asesino en serie había matado cerca de sesenta en Estados Unidos, todas rubias, de cierto peso, cierta silueta, cierto peinado, entre veinte y treinta años de edad). Bien mirado, todos eran crímenes en serie, puesto que las víctimas siempre tenían algo en común para los asesinos, y era por eso que las mataban: para los turcos, los armenios eran todos armenios y sólo armenios, y sólo porque eran armenios los exterminaban, del mismo modo que el asesino en serie norteamericano mataba rubias y únicamente rubias, y únicamente porque eran rubias las mataba.

Aunque se definía a sí mismo como ateo y materialista, y se jactaba con frecuencia de serlo, Goldstein pensaba también que los dioses no salían indemnes de ese carnaval que desfilaba en su mente todas las mañanas, con el desayuno, y en la mayoría de los casos, ya sea que sus fieles estuviesen en el campo de las víctimas o de los verdugos, que muchas veces cambiaban de papel según las circunstancias, los dioses sufrían los efectos perversos de esa carnicería. Muchos desaparecían o, con los cambios de sus adoradores, cambiaban de signo, perdiendo su identidad o sus atributos más importantes, y otros revelaban aspectos ocultos en los que hasta ese momento nadie había reparado. Era probable que muchas veces hayan huido aterrados, lo que hubiese sido casi deseable, porque la indiferencia con la que abandonaban sus creyentes a la crueldad de sus verdugos, era a decir verdad abominable. En otros casos, cuando los asesinos los invocaban como pretexto para sus masacres, o bien los tergiversaban o bien los desenmascaraban: no había otra explicación posible. Por su parte, con cada serie que desaparecía –tal tribu del Matto Groso por ejemplo, en manos de grandes propietarios-, montones de dioses, que habían concebido, engendrado y organizado el universo para ofrecérselo como regalo a los hombres, se borraban para siempre con el universo que habían creado y con las criaturas que lo habitaban. Y si los sobrevivientes, después de lo que les había sucedido a la inmensa mayoría de la serie a la que pertenecían, seguían adorando a los dioses que habían permitido que tales cosas sucedieran, no solamente profanaban la memoria de los que habían desaparecido, sino que se ridiculizaban y, por esa misma razón, también volvían ridículos a sus dioses.

“¡Que no haya eternidad, y si hay, que no haya al menos, en ella, asociaciones!”, empezó a repetirse en secreto Goldstein, en los primeros meses en que esa asociación inconsciente y autónoma, cuya causa precisa (el primer término de la asociación) no podía descubrir, se apoderaba de él todas las mañanas, con el desayuno, y no lo abandonaba hasta que salía a la calle y, mezclándose al tumulto del presente, se dejaba envolver por el rumor de las cosas. La asociación mental como infierno: para Goldstein, en esos primeros meses, esa expresión hubiese debido ser el título de un imprescindible tratado. Los cálculos más absurdos agitaban sus pensamientos, y consideraba todos esos crímenes no desde el punto de vista de la compasión o de la ética, si no en cuanto a la cantidad de víctimas en relación con la extensión en el tiempo de las masacres, como si se tratara de un problema de álgebra. Pero tantos meses, tantos años, duró esa posesión obstinada, ese odioso teatro matinal, que se fue acostumbrando a su presencia, hasta gastar la angustia que la acompañaba, y una buena mañana terminó por comprender, resignado: “el primer término de la asociación es mi vida”. A la angustia de los primeros tiempos, la suplantó una impresión extraña, que persiste todavía y cierra el episodio cada mañana: la increíble sensación de estar vivo, ante el interminable desfile de fantasmas. El hecho la parece improbable, ficticio, fragilísimo, y su precariedad misma hace bailar, durante una fracción de segundo, al universo entero en el filo del abismo.

Los dos años que pasó en el campo de concentración, si bien fueron en su momento una intolerable pesadilla, al poco tiempo de salir, Goldstein, aunque parezca mentira, empezó a considerarlos como un azar favorable en su vida. Su argumento es el siguiente: a los 21 años, tenía una visión demasiado optimista del mundo. Si al final de la guerra se hubiese encontrado sin esa experiencia, sus prejuicios optimistas hubiesen seguido distorsionando su percepción de la realidad. El crimen, la tortura, las masacres, definían mejor a la especie humana que el arte, la ciencia, las instituciones. Ante sus interlocutores perplejos, Goldstein (que algunos consideraban un poco excéntrico en sus opiniones, por no decir ligeramente chiflado) afirmaba que, en tanto que hombre, su cuerpo y su mente habían sufrido en el campo de concentración pero que, en tanto que pensador, esos dos años representaban para él su diploma “con felicitaciones de jurado” en antropología.

Cuando termina el café y pliega el diario, Goldstein deja sobre la mesa dinero suficiente para el desayuno y la propina, y lanzando un “¡Hasta mañana!” afable y general, sale al sol de la esquina y al estruendo de las dos avenidas que se cruzan: para los clientes de paso, que lo observan con curiosidad fugaz, es un viejo limpio y jovial, bien conservado a pesar de los años, representando probablemente menos de los que tiene, y a quien a juzgar por su aire enérgico y satisfecho, no parece haberle ido tan mal en la vida.

Juan José Saer, “Con el desayuno”

(Lugar, Bs. As., Seix Barral, 2000, pp. 97-103)