“Un regalo para Rosa” (John Berger)

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Rosa Luxemburgo, ilustración de John Berger

 

Homenaje del escritor a la espartaquista

¡Rosa!, te conozco desde que era niño. Y ahora soy dos veces más grande que lo que eras tú en enero de 1919, cuando te apalearon a muerte, pocos meses después de que tú y Karl Liebknecht fundaran lo que habría de ser el Partido Comunista de Alemania.

Con frecuencia surges de alguna página que leo –y algunas veces surges de la página que intento escribir–, me saludas con la cabeza y una sonrisa, y nos reunimos. No hay página, ni celda alguna de las prisiones donde en repetidas ocasiones te pusieron, que pueda contenerte.

Quiero enviarte algo. Antes de que me fuera obsequiado, este objeto estaba en el pueblo de Zamosc, al sureste de Polonia. Es el pueblo donde tú naciste, y donde tu padre fue comerciante maderero. Pero el vínculo contigo no es tan simple.

El objeto perteneció a una amiga polaca llamada Janine. Ella vivía sola, no en la elegante plaza central donde tú habitaste durante los dos primeros años de tu vida, sino en una casita común en las afueras del poblado.

La casa de Janine y su diminuto jardín estaban llenos de plantas en macetas. Había macetas incluso en el piso de su dormitorio. Y cuando tenía visitas, no había nada que le gustara más que señalar, con sus dedos de vieja trabajadora, la particularidad de cada una de sus plantas. Ellas le hacían compañía. Janine hacía chistes, y contaba chismes, con ellas.

Aunque no hablo polaco, el país europeo donde me siento más como en casa es Polonia. Comparto con los polacos algo de su orden de prioridades. A la mayoría de ellos no les intriga el poder, porque han sobrevivido a toda la mierda del poder que se pueda concebir. Son expertos en darle la vuelta a los obstáculos. No paran de inventar tácticas para irla llevando. Respetan los secretos. Tienen recuerdos duraderos. Hacen sopa de acedera con acedera silvestre (Rumex acetosa. Conocida como agrella, vinagreira o romaza). Quieren ser alegres.

Tú dices algo semejante en una de tus enojadas cartas desde la prisión. Le respondías a la doliente carta que te enviaba alguna amistad, y la autocompasión siempre te hizo enojar.Ser un ser humano, decías, es la cuestión principal, por encima de todo. Y eso significa ser firmes y claros y alegres; sí, alegres, pese a todo y cualquier cosa, porque chillar es el negocio de los débiles. Ser seres humanos significa que, si es necesario, con alegría avientes tu vida entera a la gigante balanza del destino, y al mismo tiempo te regocijes en la brillantez de cada día y en la belleza de cada nube.

En años recientes, en Polonia se ha desarrollado un oficio nuevo. Todo aquel que lo practica es conocido como stacz, que significa ocupar el sitio. Uno paga a algún hombre o mujer para que haga alguna larga fila y le retoma su sitio cuando ya está casi hasta adelante. Son colas para la comida, para los utensilios de cocina, para algún tipo de licencia, para algún sello gubernamental en un documento, para conseguir azúcar o botas de hule.

Inventan muchas tácticas para irla llevando.

A principios de la década de 1970, mi amiga Janine decidió tomar un tren a Moscú, como varios de sus vecinos lo habían hecho. No fue una decisión fácil. Apenas uno o dos años antes, en 1970, había ocurrido la masacre de Dansk y otros puertos marinos: cientos de los trabajadores de los astilleros se habían ido a huelga y la policía y los soldados polacos los acribillaron a tiros por órdenes de Moscú.

Y tú lo anticipaste, Rosa. En tu comentario sobre la Revolución Rusa de 1918 tú anticipaste los peligros implícitos en el modo bolchevique de responder a todo razonamiento. “Una libertad sólo para los miembros del gobierno, sólo para los miembros del partido –aunque éstos sean bastante numerosos– no es, para nada, libertad. La libertad es siempre la libertad de aquéllos que piensan diferente. De esta característica esencial de la libertad política depende todo lo que es aleccionador, pleno y purificante, y no de algún fanático concepto de la justicia. Si la ‘libertad’ se vuelve un privilegio especial, sus efectos se desvanecen”.

Janine tomó el tren a Moscú para comprar oro. El oro valía allá una tercera parte de su costo en Polonia. Al dejar atrás la estación Bielorusski, eventualmente encontró los callejones donde los joyeros autorizados tenían anillos para vender. Siempre había una larga fila de otras mujeresextranjeras que esperaban comprar. En razón de la ley y el orden cada una de estas mujeres llevaba un número con gis en la palma de la mano, que indicaba su lugar en la cola. Un policía era quien dibujaba los números. Cuando por fin Janine llegó hasta el mostrador preparó sus rublos y compró tres anillos de oro.

De camino a la estación, le atrapó la mirada el objeto que quiero enviarte, Rosa. Le costó apenas 50 kopek. Lo compró en el vuelo del momento, porque le hizo ilusión. Éste podría conversar con sus plantas metidas en macetas.

Tuvo que esperar mucho tiempo en la estación para tomar el tren de regreso. Como lo supiste en tu época, estas estaciones rusas se volvieron campamentos para los pasajeros que esperaban largo tiempo. Janine se puso uno de sus anillos en el cuarto dedo de la mano izquierda, y los otros dos se los escondió en sus partes íntimas. Cuando el tren arribó y ella se trepó, un soldado le ofreció un asiento en un rincón. Suspiró con alivio –podría dormir un poco. No tuvo problemas en la frontera.

En Zamosc vendió los anillos por el doble de la suma que pagó por ellos, y aun así eran considerablemente más baratos que cualquiera que se pudiera comprar en una tienda polaca. Después de deducir el boleto del tren, Janine había logrado una ganancia inesperada.

El objeto que quiero enviarte, lo colocó en el quicio de la ventana de su cocina.

Este objeto tiene algo de enciclopédico. Diderot explicó así, en 1750, la enciclopedia que justo acababa de ayudar a concretar: El objetivo de una enciclopedia es ensamblar todo el conocimiento esparcido por la superficie de la Tierra, con el fin de demostrar el sistema general a la gente que vendrá después de nosotros, de tal modo que los esfuerzos de los siglos pasados no sean inútiles para los siglos venideros, para que nuestros descendientes se vuelvan más letrados, puedan ser más virtuosos y más felices…

Es una caja de cartón delgado, del tamaño de una cuartilla antigua [de las conocidas como quartos. Su medida es de 23×30 centímetros]. Impreso en su tapa está un grabado a color del pájaro conocido en Europa central como papamoscas collarino, y debajo hay dos palabras en cirílico ruso: pájaros cantores.

Abre la tapa. Adentro hay tres hileras de cajas de cerillos, seis cajas por hilera. Y cada caja tiene un etiqueta con el grabado en colores de un pájaro cantor diferente. Dieciocho cantores diferentes. Y debajo de cada grabado, en letra muy pequeña, está el nombre del pajarito en ruso. Tú que escribiste furiosamente en ruso, polaco y alemán habrías podido leerlos. Yo no puedo. Tengo que adivinar a partir de mi vaga memoria de cuando he observado pájaros alguna vez.

Es extraña la satisfacción de identificar un pájaro vivo mientras vuela o desaparece tras unos setos, ¿no crees? Implica una momentánea y peculiar intimidad, como si en ese momento de reconocimiento uno se dirigiera al pájaro –pese al estruendo o las confusiones de otros incontables eventos– por su particular apodo: ¡aguzanieves!, ¡aguzanieves!

De los 18 pájaros en las etiquetas, reconozco tal vez cinco.

Las cajas están llenas de cerillos con cabeza verde. Sesenta en cada caja. Lo mismo que los segundos en un minuto y los minutos en una hora. Cada uno es una flama potencial.

La moderna clase proletaria, escribiste, no desarrolla su lucha de acuerdo con el plan establecido en algún libro o teoría: la actual lucha de los trabajadores es parte de la historia, es parte del progreso social. Y en el centro de la historia, en el centro del progreso, en medio de la lucha, es que aprendemos cómo debemos luchar.

En el interior de la tapa de la caja de cartón hay una breve nota explicativa (era la URSS de la década de los 70) dirigida a los coleccionistas de cajas de cerillos (los filumenistas, como se les conoce).

La nota brinda la siguiente información: en términos evolucionarios los pájaros preceden a los animales. En el mundo actual existe un estimado de 5 mil especies de pájaros. En la Unión Soviética hay 400 especies de pájaros cantores. Por lo general son los pájaros machos los que cantan. Los pájaros cantores han desarrollado cuerdas vocales en el fondo de sus gargantas, por lo común anidan en los arbustos, en los árboles o en el suelo, y son de gran ayuda para la agricultura cerealera porque comen y, por ende, eliminan hordas de insectos. Recientemente se han identificado tres nuevas especies de gorriones cantores en áreas remotas de la Unión Soviética.

Janine guardaba su caja en el quicio de la ventana de la cocina. Le daba placer, y en el invierno le recordaba del canto de los pájaros.

Cuando te encarcelaron por oponerte con vehemencia a la Primera Guerra Mundial, escuchabas a un carbonero, un herrerillo azul que siempre se quedaba cerca de tu ventana. “Venía con los otros a ser alimentado, y diligente cantaba su graciosa cancioncita: tsii-tsii-bey. Sonaba como la broma traviesa de un niño y siempre me hacía reír y yo le contestaba con el mismo llamado. Luego el pájaro se desvaneció con los demás, a principios de este mes, sin duda para hacer nido en otra parte. No vi ni escuché nada por semanas. Pero ayer sus bien conocidas notas vinieron de repente del otro lado del muro que separa nuestro patio de otra sección de la prisión; había alterado su canto considerablemente porque ahora cantaba tres veces seguidas en rápida sucesión: tsii-tsii-bey, tsii-tsii-bey, tsii-tsii-bey y luego se quedaba callado. Y eso se me metió al corazón, porque era tanto lo que me transmitía en este apresurado canto desde la distancia –toda la historia de la vida de los pájaros”.

Tras varias semanas Janine decidió poner la caja en la alacena debajo de la escalera. Pensó que esta alacena sería una suerte de refugio, lo más cercano a una bodega, y en ella guardó lo que ella llamaba su reserva. La reserva consistía en una lata de sal, una lata de azúcar para cocinar, una lata más grande de harina, un paquete de kasha (sémola o gachas de trigo sarraceno, cebada, centeno o trigo) y cerillos. La mayoría de las amas de casa polacas mantenían un guardado como medio de supervivencia mínima para el día en que, repentinamente, las tiendas ya no tuvieran nada en sus estantes, debido a alguna crisis nacional.

Una crisis así llegó en 1980. De nuevo comenzó en Dansk, donde los trabajadores se fueron a la huelga en protesta contra el alza en el precio de los alimentos, y su acción hizo nacer el movimiento nacional conocido como Solidarnosc [Solidaridad] que derrocó al gobierno.

La moderna clase proletaria, escribiste, no desarrolla su lucha de acuerdo con el plan establecido en algún libro o teoría: la actual lucha de los trabajadores es parte de la historia, es parte del progreso social. Y en el centro de la historia, en el centro del progreso, en medio de la lucha, es que aprendemos cómo debemos luchar.

Cuando Janine murió en 2010, su hijo Witek encontró la caja en la alacena debajo de las escaleras y la trajo a París, donde ha estado trabajando como plomero y albañil. Un día me la trajo y me la dio. Somos viejos amigos. Nuestra amistad comenzó jugando cartas juntos, de tarde en tarde. Jugábamos un juego ruso y polaco conocido como Imbecile. En él gana el jugador que pierda primero todas sus cartas. Witek adivinó que la caja me dejaría pensando.

Uno de los pájaros de la segunda fila de cajas de cerillos lo reconocí como un pardillo, por su pico rosado y sus dos estrías blancas en la cola. ¡Tsuuiit. Tsuuiit! A veces varios de ellos lo cantan a coro desde las copas de los arbustos.

“El que más ha logrado restaurarme a la razón es un amiguito cuya imagen les mando en un sobre. Este camarada que sostiene su pico, con gallardía, con su frente en alto y ojos de saberlo todo es llamado Hippolais hippolais, que en lenguaje cotidiano es el zarcero común”.

Estás presa en Poznan en 1917 y continúas tu carta diciendo: “este pájaro es un bicho raro. No canta una sola canción o una sola melodía como los otros pájaros, sino que es un orador público por la gracia de Dios, y se echa para adelante para hacer sus discursos en el jardín y lo hace con voz muy fuerte y plena de emoción dramática, brincándose las transiciones, buscando pasajes hasta llegar al arrebato. Parece plantearnos cuestiones imposibles, y luego se apresura y se responde solo, con sinsentidos, haciendo las aseveraciones más audaces, refutando acalorado opiniones que nadie ha expresado, para salir volando por entre esas puertas abiertas de par en par y de repente exclama triunfal: ‘¿no te dije, no te dije?’ Y de inmediato le advierte a todos, lo quieran escuchar o no: ‘¡te lo dije, te lo dije!’ (Tiene el sagaz hábito de repetir cada uno de sus agudas observaciones dos veces.)”

La caja del zarcero, Rosa, está llena de cerillos.

Las masas, decías en 1900, en realidad son su propio líder, creando dialécticamente sus propios procedimientos de desarrollo.

Cómo te puedo enviar esta colección de cerillos a ti. Si los matones que te asesinaron tiraron tu cuerpo mutilado a un canal en Berlín. Lo encontraron en el agua estancada tres meses después. Algunos dudaron de que fuera tu cadáver.

Puedo enviártela escribiendo estas páginas en estos oscuros tiempos.

Yo fui, yo soy, yo seré, dijiste. Vives en tu ejemplo para nosotros, Rosa. Y aquí está, te la estoy enviando a tu ejemplo.

 

Traducción: Ramón Vera Herrera

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/03/07/politica/002a1pol


John Berger: Páginas sobre la lengua madre, las historias sin palabras y la incesante traducción

John Berger

Autorretrato

He estado escribiendo durante unos ochenta años. Primero fueron cartas, luego poemas y discursos, más tarde historias y artículos y libros. Ahora escribo notas.

La actividad de escribir ha sido vital para mí; me ayuda a buscarle sentido a lo que vivimos y continuar. Escribir, sin embargo, es el brote de algo más profundo y más vasto –nuestra relación con el lenguaje como tal. Y el sujeto de estas cuantas notas es el lenguaje.

Comencemos por examinar la actividad de traducción de un lenguaje a otro. Casi todas las traducciones de hoy son tecnológicas, pero yo me estoy refiriendo a las traducciones literarias. La traducción de textos cuyo corazón es la experiencia individual.

La visión convencional de lo que esto implica propone que el traductor o traductores estudien las palabras de una página en cierto lenguaje y las entreguen en otra página, con otro lenguaje. Esto implica la llamada traducción palabra por palabra, y después una adaptación para respetar e incorporar la tradición y las reglas de la lingüística del segundo lenguaje, para finalmente volver a amasar el resultado hasta recrear el equivalente a la voz del texto original. Muchas traducciones, tal vez la mayoría, siguen este procedimiento y los resultados son valiosos pero de segunda categoría.

Por qué. Porque la verdadera traducción no es un asunto binario entre dos lenguajes, sino un encuentro triangular. El tercer punto del triángulo es lo que yace tras las palabras del texto original antes de haberse escrito. La verdadera traducción exige un retorno a lo pre-verbal.

*

Uno lee y relee las palabras del texto original de modo de penetrarlas hasta alcanzar, para tocar, la visión o la experiencia que las provocaron. Uno luego rejunta lo que descubrió ahí y lleva esta cosa titilante, casi ausente de palabras, y la sitúa tras el lenguaje al que necesitamos traducirla. Y entonces nuestra mayor tarea es persuadir a esta lengua huésped que la tome, que reciba esta cosa que espera ser articulada.

Una lengua no puede reducirse a un diccionario o a un acumulado de palabras y frases. No podemos tampoco reducirla al depósito de obras escritas en ésta.

Una lengua hablada es un cuerpo, una criatura viva, cuya fisonomía es verbal y cuyas funciones viscerales son lingüísticas. Y el hogar de esta criatura es lo inarticulado y también lo que es nos es dable articular.

*

Consideremos el término lengua materna. En ruso el término es rodnoi-yazyk, que significa la lengua más amada o cercana. En un chispazo podríamos llamarla nuestra amante lengua.

La lengua materna es nuestra primera lengua, escuchada por vez primera cuando éramos infantes, de la boca de nuestra madre. De aquí la lógica del término.

Y lo menciono ahora porque esa lengua (que es criatura e intento describir) es sin duda femenina. Me imagino su centro como un útero fonético.

En el interior de una lengua materna, están todas las lenguas maternas. O para ponerlo de otro modo –toda lengua materna es universal.

De un modo brillante Chomsky demostró que todos los lenguajes, no sólo los verbales –tienen ciertas estructuras y procedimientos en común. Y entonces una lengua materna está relacionada (rima) con las lenguas no verbales –como son los signos, la conducta o el despliegue espacial.

Cuando dibujo, trato de desmadejar y transcribir unas apariencias que conforman un texto, que ya de por si tiene, lo sé, su indescifrable pero seguro sitio en mi lengua materna.

Las palabras, los términos, las frases, pueden separarse de la criatura que es su lengua y pueden utilizarse como meras etiquetas. Se convierten entonces en algo inerte y vacío. El uso repetitivo de siglas y acrónimos es un ejemplo directo. La mayor parte del discurso político dominante de hoy está compuesto de palabras que, escindidas de su lengua, son inertes y muertas. Y este trafique con palabras muertas borronea la memoria y alimenta una inexorable complacencia.

*

A lo largo de los años, lo que me ha impulsado a escribir es la urgencia íntima de que algo necesita decirse y de que si no lo digo yo, existe el riesgo de no ser relatado. Me pienso más como un hombre que quiere cerrar huecos y no como un escritor profesional de trascendencia.

Tras escribir unas cuantas líneas, dejo que las palabras se deslicen de regreso al interior de la criatura que es su lengua madre. Y ahí, son de inmediato reconocidas y recibidas por el abrazo de otras palabras con las que tienen afinidad de significado, o de oposición, o de metáfora o aliteración o ritmo. Escucho su confabulación. Juntas cuestionan el uso que le destiné a las palabras que escogí. Cuestionan los roles que les asigné.

Así que modifico las frases, cambio una o dos, y las someto de nuevo a la discusión. Comienza entonces otra confabulación.

Y así sigue hasta que hay ahí un ligero murmullo de consenso provisional. Procedo entonces con el siguiente fragmento.

Y otra confabulación comienza.

Que otros me sitúen como escritor, o como quieran. Yo para mí soy el hijo de la fregada –y seguro pueden adivinar quién es la fregada, ¿no?

Foto

John Berger en San Cristóbal de las Casas, en 2007
Foto Víctor Camacho

La vigilancia

Muchísima gente tiene sus bares favoritos adonde le gusta encontrarse con los amigos y compartir un trago. Yo prefiero beber con mis amigos en casa. Pero sí tengo mis albercas públicas adonde voy a nadar para arriba y para abajo, a mi propio paso, cruzándome con otras personas nadadoras a las que no conozco, aunque intercambiemos miradas de reojo y, en ocasiones, sonrisas.

Estas albercas no tienen nada en común con las piscinas privadas de los pudientes, o con las lujosas piscinas de los muy ricos, ésos que hoy catastróficamente están acaparando el futuro del mismo planeta donde vivimos.

En las albercas públicas el uso de las gorras de baño es obligatorio. Como también lo es la ducha con shampú antes de lanzarse al agua (o de bajar a ella por la escala esquinada). Me lanzo y conforme nado mis primeras brazadas bajo el agua tengo la sensación de que entré en otra escala temporal, una sensación semejante a la que podría tener un niño en su casa cuando decide deambular de un piso al otro.

Los nadadores compartimos una suerte de anonimato igualitario, sin zapatos ni seña alguna de rango: tan sólo nuestros trajes de baño. Si por accidente tocas a alguien mientras nadas, al pasar junto a ella o él ofreces una disculpa. La ilimitada crueldad hacia otros como nosotros, la crueldad de la que somos capaces cuando nos indoctrinan y reglamentan, es difícil de imaginar aquí, conforme giras para nadar tu vigésima vuelta.

Las paredes exteriores y el techo plano de la alberca municipal son de vidrio. Así que desde el agua puedo ver los edificios circundantes y el cielo. Hacia el oeste hay una pendiente de pasto y al tope crece un arce plateado. Observo este árbol mientras nado de costado.

El conjunto del árbol con sus muchas ramas ascendentes semeja la forma de cualquiera de sus hojas. La hoja de arce, de maple, tiene forma pinada –reminiscente de las plumas (el término en latín para pluma es pinna). El envés de la hoja es verde ensalada, y su reverso es del color de una plata verdosa. El destino inscrito del arce es ser pinado.

Decido dibujarlo tan pronto salga de la alberca: un bosquejo del árbol completo y en la misma página un acercamiento a una de sus hojas. Así, me digo a mí mismo todavía nadando, de algún modo el dibujo hará referencia al código genético del arce. Será una especie de texto acerca del árbol conocido como arce plateado.

Tales textos pertenecen a un lenguaje sin palabras que hemos estado leyendo desde la temprana infancia, pero que no podemos nombrar.

dibujo del arce plateado

Más tarde nado de espaldas y miro al cielo a través del techo de vidrio con sus marcos. Un vívido azul con nubes blancas en forma de cirros que se hallan, diría yo, a una altura de 5 mil metros. (El latín para rizo es cirrus.) Los rizos varían lentamente, se juntan y separan en tanto las nubes derivan en el viento. Puedo medir su deriva gracias al marco del techo. De otro modo sería muy difícil notarla.

El movimiento de los rizos proviene aparentemente del interior del cuerpo de cada nube y no de una presión aplicada desde fuera; me hace pensar en los movimientos de un cuerpo dormido.

Es probable que por eso es que dejo de nadar y me pongo las manos en la nuca y floto. Mis dedos gordos de los pies sobresalen apenas de la superficie. El agua me sostiene.

Mientras más tiempo miro los rizos más pienso en historias sin palabras. Historias sin palabras –como las historias que podrían relatar unos dedos. Aquí, en realidad, historias narradas por minúsculos cristales de hielo en el silencio del cielo azul.

dibujo de los cirros

Ayer leí en la prensa que veinte palestinos fueron volados en pedazos en su propio hogar en Gaza, que Estados Unidos ha enviado en secreto trescientas tropas o más a Irak para defender los intereses de las refinerías de crudo; que James Foley, un periodista estadunidense que era mantenido como rehén por los ISIS, fue filmado durante el ritual en que lo ejecutaron por decapitación, y que 35 migrantes ilegales de India, hombres, mujeres y niños, fueron encontrados al borde de la asfixia en un contenedor dentro de un carguero que acababa de cruzar el Mar del Norte rumbo a los muelles de Londres.

Los cirros derivan hacia el norte, hacia el extremo más profundo de la alberca. Yo floto de espaldas, inmóvil. Observo las nubes y trazo con los ojos el mapa, el diseño, de sus ondulaciones.

Entonces la confirmación que ofrece la vista cambia. Me lleva tiempo entender cómo. Lentamente el cambio se hace evidente y la confirmación que recibo se vuelve más profunda. Los rizos de los cirros blancos observan a un hombre que flota de espaldas con sus manos en la nuca. Ya no los observo yo. Ellos me observan a mí.

Revisemos los detalles de las marchas contra el nuevo Orden Mundial en próximas fechas…

 

Traducción: Ramón Vera Herrera

http://www.jornada.unam.mx/2014/10/04/opinion/a03a1cul


El tiempo, Marx y “la talla del hombre” (John Berger)

“El cuerpo envejece. El cuerpo se prepara para morir. Ninguna teoría del tiempo nos presta alivio alguno en este punto. La muerte y el tiempo siempre han estado aliados. El tiempo se lo llevaba a uno con mayor o menor presteza; la muerte de un modo más o menos súbito.
Antes, sin embargo, también se pensaba en la muerte como la compañera de la vida, como la precondición necesaria para aquello que se convertía en el Ser a partir del No-ser; la una no era posible sin la otra. Como resultado de ello, la muerte quedaba limitada por lo que no podía destruir o por lo que habría de volver.
La brevedad de la vida era objeto de un lamento continuo. El tiempo era el agente de la muerte y uno de los componentes de la vida. Pero lo intemporal –aquello que la muerte no podía destruir– era el otro. Todas las visiones cíclicas del tiempo mantuvieron unidos estos dos componentes: la rueda que gira y la superficie sobre la que ésta gira.
Las principales corrientes del pensamiento moderno despojaron al tiempo de sus componentes, transformándolo en una fuerza activa simple y todopoderosa. Y al hacerlo, traspasaron el carácter espectral de la muerte a la propia noción del tiempo, que se ha convertido con ello en la Muerte triunfante sobre todas las cosas.”
[…]
“La era moderna de la cuantificación empieza con el álgebra y las series infinitas. El resultado de todo ello es que uno ya no cuenta lo que tiene, sino lo que no tiene. Todo se convierte en una pérdida.
El concepto de entropía es la figura de la muerte trasladada a un principio científico. No obstante, mientras que en el caso de la muerte se la consideraba una condición de la vida, en el de la entropía se mantiene que acabará por agotar y extinguir no sólo las vidas, sino también la vida. Y la entropía, según la definición de Eddington, ‘es la flecha del tiempo’.
La transformación moderna del tiempo, de condición a fuerza, empieza con Hegel. Para él, sin embargo, la fuerza de la historia era positiva; difícilmente encontraríamos un filósofo más optimista. Posteriormente, Marx se propuso demostrar que esta fuerza –la fuerza de la historia– estaba sujeta a la acción y la elección del hombre. El eterno conflicto en el pensamiento de Marx, la oposición original de su dialéctica, se deriva del hecho de que no sólo aceptaba la transformación del tiempo en una fuerza suprema, sino también deseaba volver a poner en manos del hombre esta supremacía. Ésta es la razón por la que su pensamiento es gigantesco, en todos los sentidos de la palabra. Marx confiaba en que la talla del hombre –su potencial, su fuerza prometedora– habría de sustituir a lo intemporal.”
Berger PáginasJohn Berger, Páginas de la herida, Madrid, Visor Libros, 2003 (ed. original 1995), pp. 105-106 y 107-108.

El tiempo: acumulación y disipación por la experiencia (John Berger)

“La muerte de uno es ya de uno mismo. No pertenece a ningún otro, ni siquiera al asesino. Esto quiere decir que forma parte de la vida propia desde el comienzo. No sólo en el sentido de que uno podría preverla y prepararse para ella, sino, sobre todo, en el de que su contenido está ya, al menos en parte, determinado. En el pasado, esto era la clave de la clarividencia. Más tarde las nuevas luchas por la libertad desacreditaron todo tipo de determinismo. La noción de libertad absoluta vino acompañada por el nacimiento del tiempo histórico lineal. Tal libertad era el único consuelo. Sin embargo, la predicción de los acontecimientos futuros o la pre-existencia de un destino solamente implican determinismo y, por consiguiente, una decisiva pérdida de libertad, cuando el tiempo es unilineal. Si hay una pluralidad de tiempo, o si el tiempo es cíclico, la profecía y el destino pueden coexistir entonces con la libertad de elección.

[…]

‘Para Dante, el tiempo es el contenido de la historia que se siente como si fuera un solo acto sincrónico. Y a la inversa, el objetivo de la historia es mantener unido al tiempo a fin de que todos sean hermanos y compañeros en la misma búsqueda y conquista del tiempo’ (Osip Mandel’shtam).

De todo lo que hemos heredado del siglo XIX, lo único que nadie se ha atrevido a poner verdaderamente en duda han sido ciertos axiomas relativos al tiempo. La Izquierda y la Derecha, los evolucionistas, los físicos y la mayoría de los revolucionarios, todos ellos aceptan, al menos a un nivel histórico, la visión decimonónica, unilineal y uniforme, del ‘paso’ del tiempo.

Sin embargo, la noción uniforme del tiempo, según la cual todos los acontecimientos pueden relacionarse temporalmente, depende de la capacidad sintetizadora de la mente de cada cual. Las galaxias y las partículas no plantean problema alguno en sí mismas. La raíz del problema es fenomenológica. Uno se ve obligado a partir de la experiencia consciente.

Pese a los relojes y a la rotación regular de la tierra, el paso del tiempo se experimenta con un ritmo desigual. Esta impresión suele ser rechazada por subjetiva, pues el tiempo según la idea que de él se tenía en el siglo pasado, es objetivo, incontestable e indiferente; de una indiferencia sin límites.

Pero, tal vez no deberíamos rechazar tan a la ligera nuestra experiencia. Supongamos que uno acepta la existencia de los relojes: el tiempo no va a acelerar ni a aminorar su marcha; sin embargo, nos parecerá que no sierre pasa a la misma velocidad debido a que nuestra experiencia de su paso entraña no uno, sino dos procesos dinámicos opuestos entre sí: el tiempo en tanto que acumulación y el tiempo en tanto que disipación.

Cuanto más profunda sea la experiencia de un momento, mayor será la acumulación de experiencia. Por esta razón, el momento es vivido como más largo. Se logra detener la disipación del paso del tiempo. La duración experimentada no es una cuestión de longitud, sino de profundidad o densidad. Proust lo entendió muy bien.

No se trata solamente de una verdad cultural. En la naturaleza encontramos un equivalente de este aumento de la intensidad del tiempo vivido en esos días de primavera y principio de verano, en los que la lluvia y el sol se suceden en una continua alternancia, cuando las plantas crecen, de un modo casi visible, varios milímetros o centímetros al día. Estas horas de espectacular crecimiento y acumulación son inconmensurables si se las compara a las horas del invierno, cuando la semilla yace inerte en la tierra.

El contenido del tiempo, lo que el tiempo acarrea, parece que encierra otra dimensión. El que la llamemos cuarta, quinta, o incluso tercera dimensión (en relación con el tiempo) carece de importancia, y sólo dependen del modelo espacio/tiempo que estemos utilizando. Lo que importa es que esta dimensión es difícil de amoldar en el paso del tiempo regular y uniforme. Puede haber un sentido en el cual el tiempo no arrastre con todo lo que encuentra por delante. El afirmar que sí lo hace constituía un artículo de fe característico del siglo XIX.”

John BergerJohn Berger, Páginas de la herida, Madrid, Visor Libros, 2003 (ed. original 1995), pp. 102 y 103-104.


El “tiempo biológico” y el “tiempo de la conciencia” (John Berger)

“La esperanza de vida de una liebre, por un lado, y la de una tortuga, por el otro, están prescritas en sus células. La posible duración de una vida es una dimensión de su estructura orgánica. No hay manera de comparar el tiempo de una liebre y el de una tortuga, salvo si se utiliza una abstracción que nada tiene que ver con ninguna de las dos. El hombre introdujo esta abstracción y organizó una carrera para descubrir cuál de las dos llegaría antes al punto final.

El hombre es único en cuanto que se compone de dos acontecimientos: el de su organismo biológico, y en esto es igual que la tortuga y la liebre, y el de su conciencia. Así, en el hombre coexisten dos tiempos, que corresponden a esos dos acontecimientos. El tiempo durante el cual es concebido, crece, madura, envejece, muere. Y el tiempo de su conciencia.

El primer tiempo se comprende a sí mismo. Por eso, los animales no se plantean problemas filosóficos. El segundo tiempo ha sido comprendido de una manera o de otra en los diferentes períodos. La primera tarea de cualquier cultura es, en verdad, proponer una comprensión del tiempo de la conciencia, de las relaciones del pasado con el futuro entendidos ambos como tales.

La explicación ofrecida por la cultura europea contemporánea, la cual, durante los dos últimos siglos, ha ido marginando cada vez más cualquier otra explicación, ha consistido en construir una ley del tiempo uniforme, abstracta, unilineal, aplicable a todos los acontecimientos y con arreglo a la cual puedan ser comparados y regulados todos los ‘tiempos’. Según esta ley, la Osa Mayor y la hambruna pertenecen a un mismo cálculo, un cálculo que ambas desconocen. También mantiene esta ley que la conciencia humana es un acontecimiento establecido en el tiempo, como cualquier otro. De este modo, una explicación cuyo fin es ‘explicar’ el tiempo de la conciencia, trata a esta conciencia como su fuera algo pasivo, como un estrato geológico. Si el hombre moderno se ha visto a menudo víctima de su propio positivismo, el origen de este proceso hay que buscarlo ahí, en la negación o abolición del tiempo creado por el acontecimiento de la conciencia.”

John Berger, Páginas de la herida, Madrid, Visor Libros, 2003 (ed. original 1995), pp. 75 y 76.


John Berger da voz a los retratos casi humanos de Atziri Carranza

El escritor británico es autor de los textos del libro Animales sin papeles

Los dibujos de la artista estaban planeados para ser imanes, como unos juegos, dice Ramón Vera, editor y prologuista de la obra publicada por Ítaca y La Cabra Ediciones

A la manera de las fábulas de Esopo, los protagonistas hablan de sí mismos o sobre otros de su especie, indica

Ericka Montaño Garfias

Imagen 2Periódico La Jornada
Miércoles 30 de octubre de 2013, p. 3

Tinta blanca sobre fondo negro. Trazos que componen animales. Zorro. Mosca. Tortuga. Perro. Ratón. Rana. Elefante. Mono… todos como nombres propios que dialogan con ellos mismos y con quien lee los textos que escribió John Berger (Londres, 1926) para el libro Animales sin papeles, que dan voz a las imágenes creadas por la artista mexicana Atziri Carranza.

Animales sin papeles (Ítaca-La Cabra Ediciones), nació en 2007, durante la visita que el escritor, pintor, crítico de arte, colaborador de La Jornada y uno de los intelectuales más reconocidos, realizó a México, donde conoció el trabajo de Atziri Carranza.

Todos estos dibujos estaban planeados para ser imanes, como unos juegos. Ella los ideó, los pensó como ilustraciones muy sencillas, como unos juegos; no tenía la pretensión para nada como de tratar de innovar cualquier manera del arte ni nada de eso, pero justamente eso es lo que de pronto a un creador o una creadora como ella la lleva a innovar, buscar nuevas maneras de trazar, dice Ramón Vera Herrera, editor del libro y autor del prólogo.

“Atziri –añade– hace muchas cosas todo el tiempo: diseña, trabaja como militante feminista, está en las luchas por la reivindicación de las mujeres y de género y, por supuesto, su militancia de pronto siento que la hace pensarse más todo eso que como artista, cuando es centralmente una artista”.

John Berger vio los dibujos “y le parecieron fascinantes, como a nosotros. Cualquiera que los vea puede darse cuenta de que los dibujos son de animales que finalmente no están buscando ser la documentación expresa de un naturalista, un biólogo o de alguien que quiere documentar los rasgos expresos de un animal, sino que en realidad son retratos como serían los de un ser humano.

En este caso son retratos de una persona animal, una persona gato o de una persona caracol, orangután. Son realmente retratos muy íntimos de la personalidad animal. Ese es el logro que tienen estos dibujos, los cuales además tienen el fondo negro y lo hacen muy encantador.

“En el momento en que John vio los dibujos se encantó tanto que dijo: ‘Quiero hacer un texto sobre esto. Sería muy bueno que fueran como los animales platicando entre ellos, y deberían hacer un libro’. Fue entonces que comenzamos a pensar el libro. John también lo empezó a pensar a la distancia de vivir en Francia, nos mandó algunas propuestas más o menos incipientes de dónde quería que se acomodara cada cosa. El orden que tiene el libro es de alguna manera el que John encontró. Fuimos haciendo ajustes al texto que mandó, para poder hacerlo que conviviera más con los animales.

Es un texto en el que los animales hablan sobre otros animales, o de sí mismos, un poco a la manera de las fábulas de Esopo, pero en este caso son los animales reivindicando su ser animal, no humanizándolos.

Atziri Carranza dibujó y John Berger escribió los textos, cada uno fue traducido al francés, por su hijo Yves Berger, y al castellano por Ramón Vera. El diseño y la formación es de María Luisa Martínez Passarge.

Juntos comenzamos a ver cómo trabajar el libro, a buscar la manera en que pudiera tener la dimensión real, tanto horizontal como vertical, que todas las láminas tuvieran la dimensión exacta, buscando las maneras de cómo hacer un diseño que pudiera ser encantador. El libro se tiene que mover para poder verlo en toda su dimensión.

La presentación de Animales sin papeles será mañana jueves a las 18:30 horas en la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica (avenida Miguel Ángel de Quevedo 115, Chimalistac). Participan Atziri Carranza, Mario Córdova, Adán Paredes y Ramón Vera Herrera.

Imagen 1


John Berger x2 (reportaje y reseña desde España)

Leemos:

-Usted afirma que en el acto de dibujar hay algo natural, espontáneo. Creo que dice, incluso, que es previo a la lógica. Aclárenos qué quiere decir.
-Digo que dibujar se ha convertido en algo natural para mí, no que sea así para todo el mundo. Dibujaba desde niño, luego fui a una escuela de arte y de hecho, cuando tenía 30 años, yo era pintor. Dibujar tiene, además de una dimensión mental, de la imaginación, una dimensión mecánica, manual; llega a convertirse en una costumbre de la mano. Es como quien es cocinero o cocinera: tras años de cocinar, muchos gestos que eran complicados se han convertido en naturales. Las manos los han aprendido.

-La escritura conlleva también una mecánica manual y, sin embargo, no sugiere que haya nada de natural en escribir.
-Es completamente diferente. Escribir es algo mucho más lento. Cuando escribo algo lo escribo muchas veces. Además, escribir es una actividad solitaria. Cuando dibujas, aquello que estás dibujando empieza a aparecer ante ti como si fuera una presencia, y te hace compañía. Al escribir estás realmente solo, ante el silencio, en el que debes colocar algo. Cuando estás escribiendo pensamientos o una historia, lo más importante es el lector, al que te diriges imaginariamente. Cuando dibujo me dirijo a lo que estoy dibujando, no al espectador.

 

El cuaderno de Bento es un homenaje a Spinoza, un filósofo libre (de hecho fue expulsado de la comunidad judía por su heterodoxia), preocupado por la felicidad de sus semejantes. Pero, ¿por qué lo eligió? ¿Qué tiene que decirnos Spinoza hoy?
-En la actualidad, cada vez hay más gente que descubre a Spinoza, y esto tiene una razón. La cultura moderna, desde el siglo XVIII en adelante, está basada en gran medida en la división cartesiana. Descartes divide la existencia en, por un lado, lo físico, y por otro lado, el alma o lo espiritual. Son dos cosas completamente separadas y a menudo en oposición una con otra. Esta división afecta a la política, a la religión, a la moral y a cómo miramos la naturaleza. Spinoza rechaza este planteamiento y sugiere que lo espiritual y lo físico son inseparables. Ambas partes están interpenetradas y si se dividen pierden su realidad. En mi opinión, esta tesis tiene una gran relevancia hoy en día. La oposición entre el mundo material y el metafísico es falsa. Spinoza insiste todo el tiempo en que nuestra espiritualidad, religión, intuiciones y nuestra relación con el mundo material, que es nuestra supervivencia física, forman un todo que no puede dividirse. Ahora sabemos cada vez más, a través de la neurobiología, cómo es el cuerpo humano, cómo se comunica, cómo percibe, sabemos de los mensajes que cada parte del cuerpo envía a otra, y todo eso encaja con el modelo de Spinoza. Por ejemplo, el biólogo Antonio Damasio, ha escrito un libro sobre esta cuestión y opina que Spinoza tenía razón, y eso que escribe como científico.

 

* Es el fragmento del reportaje aparecido en El Cultural, a John Berger, a propósito de su último libro, El cuaderno de Bento.

Completo acá.

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Y acá, una breve reseña sobre al reedición de Fama y soledad de Picasso; libro publicado originalmente en la década de 1960.