#Documental: John Berger or The Art of Looking (2016), de Cordelia Dvorak

* Reciente documental, con subtítulos en castellano, del que diera noticia no hace mucho este blog.

mucho más en http://www.lalulula.tv


“Contadores de historias” (John Berger)

CONTADORES DE HISTORIAS

 

Escribiendo

acurrucados junto a la muerte

somos sus secretarios

 

leyendo a la luz de la vida

completamos su libro mayor

 

donde termina ella,

colegas míos,

empezamos nosotros, a ambos lados del cadáver,

 

y cuando la citamos

lo hacemos

sabiendo que la historia está a punto de acabar.

 

John Berger, Páginas de la herida, Madrid, Visor, 2003 [ed. original 1995], p. 58.


Recuerdan en Madrid a John Berger (y a Santiago Maldonado)

Nota en La Jornada hoy:

Un diverso grupo de artistas e intelectuales rinde homenaje al escritor fallecido en enero

Recuerdan en Madrid a John Berger, creador de resistencias

Con vocación incólume mostró las fronteras, las encrucijadas y las pieles del mundo, expresa el traductor Ramón Vera

Exaltaron su respeto por la amistad y su incansable lucha contra la injusticia, así como su compromiso con los condenados de la historia

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Iba tejiendo redes, y este tren se convierte en todos los vagones que vamos tejiendo entre unos y otros, o que había estado hilando John durante su vida, explicó Leticia Ruifernández, ilustradora de la nueva versión del libro Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, publicada por Nórdica
Foto Armando G. Tejeda
Armando G. Tejeda
Corresponsal
Periódico La Jornada
Domingo 17 de septiembre de 2017, p. 2

Madrid.

John Berger era un hombre bueno. También era sabiogenerosointeresado por el mundo y sus extrañezas, era alguien que sabía escuchar, que nunca miraba por encima del hombro y, ante todo, era un creador de resistencias, que no le dejó de sublevar la injusticia. Que siempre habló y se interesó por los que llamaba los condenados de la historia. Fue alguien, como dijo Ramón Vera durante el cálido homenaje en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, que con esa vocación incólume mostró las fronteras, las encrucijadas y las pieles del mundo.

Un nutrido y diverso grupo de creadores, intelectuales, traductores, ilustradores y músicos se congregó en torno a la figura de John Berger, quien de alguna forma entró en sus vidas en un momento dado y que desde entonces se quedó para siempre en sus experiencias vitales, en su memoria. Todos elogiaron su generosidad y su capacidad para escuchar y aprender también de todos ellos. Era un hombre generoso en ambos sentidos, que daba y sabía recibir, y que todo ello además lo hacía con la construcción de lo que definieron redes de solidaridad y resistencia, que le permitían mantener intacta su capacidad de indignación y de defender hasta el último día su formación marxista y su ideología de izquierda.

Un viaje en tren

En un escenario en el que había una gran pantalla que tenía con letras negras el nombre de John Berger, sobre un fondo gris y blanco, que se iba transformando en riscos montañosos o en paisajes que cambiaban en una especie de viaje en tren, se fueron escuchando los testimonios, agradecimientos, poemas, canciones, bailes o reflexiones que esos creadores querían dar a su amigo y maestro.

Sentados como si estuvieran dentro de un vagón de tren y con un revisor (el periodista Alfonso Armada) haciendo de maestro de ceremonias se fueron sucediendo las intervenciones. De los primeros en tomar la palabra fue su hijo Yves Berger, quien recordó el momento en el que ya muerto su padre –el 2 de enero de 2017– decidió dibujarlo. ¿Qué palabras se pueden añadir al recuerdo de esta experiencia? El dibujo es una actividad silenciosa. O, más bien, el lugar al que nos lleva está allende todo lenguaje verbal, donde el tiempo da la vuelta, como si se pusiera del lado de los muertos. Y añadió: No hay como el dibujo para recordar y mantener los rostros de quienes nos han dejado. Pues lo que aparece en el dibujo expresa lo que une a los muertos con quienes se quedan. Es algo que no se puede expresar con palabras. Algo invisible, que sólo existe dentro de nosotros.

En total participaron en el homenaje 18 personas de las profesiones más diversos. Estaba el escritor Manuel Rivas, la cineasta Isabel Coixet, los traductores Pilar Vázquez y Ramón Vera Herrera, la ilustradora Leticia Ruifernández, los bailarines Pep Ramis y María Muñoz, el cantante vasco Ruper Ordorika –quien le compuso una canción– y el fotoperiodista de guerra Gervasio Sánchez. Todos exaltaron el profundo respeto por la amistad de John Berger, así como su infatigable lucha contra la injusticia, por lo que siempre, a lo largo de su vida, se comprometió hasta la médula en los movimientos de los que llamaba los condenados de la historia, como los zapatistas en México, los palestinos en Oriente Medio o, en su día, con los Panteras Negras en Estados Unidos.

Desde México viajó ex profeso para el homenaje su traductor y amigo Ramón Vera Herrera, quien recordó que una de las veces que John Berger fue a México, país al que le tenía un cariño especial, y después de una lectura de la presentación de su libro, hizo lo que hacía siempre al final: dedicarse a firmar libros a sus lectores. La gente piensa que en ese ritual el actor pone su firma sobre un libro tras otro con fe industrial. Pero John no era así para nada, y lo que ocurrió fue muy bonito, porque había una fila de unas 30 o 40 personas que querían que les dedicara el libro, y a la primera que llegó le preguntó su nombre, qué hacía y así lo hizo con cada persona, los entrevistaba y los reconocía como alguien especial que había llegado a su vida por algo. Vera recordó que aquella ocasión John Berger se fue muy feliz de haber estado con tanta gente y durante tanto tiempo, porque él era un “poeta que mostró las fronteras, las encrucijadas y las pieles del mundo.

Iba tejiendo redes, y este tren se convierte en todos los vagones que vamos tejiendo entre unos y otros, o que había estado hilando John durante toda su vida, explicó Leticia Ruifernández, ilustradora de la nueva versión del libro Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, publicada este mes por la editorial Nórdica como parte del mismo homenaje.

El escritor gallego Manuel Rivas recordó que Berger era un hombre que siempre se interesó por escuchar todas esas voces desaparecidas y así escuchar el vacío. Por ejemplo, hoy aquí podemos escuchar el vacío de Santiago Maldonado, joven argentino que desapareció. Y recordó que decía que entre la esperanza y la desesperanza, un poco de esperanza.

Los bailarines Pep Ramís y María Múñoz, además de interpretar una pieza dedicada a su memoria, le escribieron una carta que resumió el sentido homenaje que le hicieron ayer sus amigos, sus cómplices intelectuales, sus lectores: Siempre fuiste un alma joven, un puente generacional entre el antes y el ahora. Hablabas de los muertos y de los vivos como comunidades que se necesitan y se complementan. Siempre los tuviste en cuenta. Ahora eres parte de esa orilla de la humanidad, John. Están en el otro lado. Quizás estés todavía en camino, no sabemos cuán lejos esta la otra ribera. Aquí, en este lado, nos dejas huérfanos de tu voz cálida y cercana que cortaba finamente la conciencia como un buen cuchillo que corta el pan.

Más información sobre el evento, en esta nota del diario español El País.


Habla Cordelia Dvorák, autora del documental sobre John Berger ‘The Art of Looking’ (2016)

Leemos la siguiente nota en el diario mexicano La Jornada, a propósito del estreno del documental en ese país. (La película se encuentra en YouTube, aunque -al menos por el momento- sin subtítulos en castellano…)

El humanista se definió como angry young man (joven enojado) que fue y siguió hasta el final de su vida por como estaba el mundo, explica Cordelia Dvorák, autora del filme The Art of Looking, en entrevista con La Jornada 

Armé su retrato desde el espejo de los otros con los que dialogó

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La casa de John Berger (1926-2017), ubicada en el pequeño pueblo de Quincy, en los Alpes franceses, donde el escritor, pintor y crítico de arte británico vivió más de cuatro décadas
Foto Cordelia Dvorák

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Detalle de los brazos de Berger, quien, en palabras de Cordelia Dvorák, fue gran ejemplo en sus convicciones políticas, en su alerta continua sobre las injusticias, en su compromiso con los marginados.
Foto Majade Filmproduction Berlin

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En la imagen, el colaborador de La Jornada en una escena del filme The Art of Looking en París, en 2016
Foto Majade Filmproduction Berlin

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John Berger y su inseparable motocicleta, con la cineasta Cordelia Dvorák, y en la siguiente imagen con su hija Katya en París, en 2016
Foto Majade Filmproduction Berlin

Ericka Montaño Garfias

Periódico La Jornada
Martes 7 de marzo de 2017, p. 4

Una mañana, sentada en su café preferido en Prenzlauerberg, Berlín, la directora de cine Cordelia Dvorák abrió el periódico para encontrarse con una fotografía de John Berger, de gran tamaño.

Ella pensó que era la noticia de la muerte del escritor, pintor y crítico de arte británico, pero no: era un artículo en el que se rendía homenaje a Berger por su cumpleaños 88.

Estaba tan aliviada y contenta que decidí en ese momento, y por una de esas intuiciones de las cuales salen a veces las mejores ideas, que quería hacer una película con él para su cumpleaños 90, explica Dvorák en entrevista con La Jornada.

Así nació la idea del documental John Berger or the art of looking, que el pasado noviembre se estrenó en la Volksbühne de Berlín y cuyo estreno en México se hará con tres funciones en Jalisco: en el pueblo de Ajijic, en el encuentro Docuarte, y en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara.

John Berger, humanista, intelectual y colaborador de La Jornada, falleció el pasado 2 de enero en París. Tuvo tiempo de ver concluido ese documental.

El primer contacto de Cordelia Dvorák con John Berger fue a través de sus textos. “Antes, sobre todo, de sus ensayos sobre arte, de su manera muy única y poco ortodoxa de observar, de acercarse a sus temas, a un cuadro, un artista, un fenómeno o pequeño evento cotidiano que le llama la atención y que desea compartir. Siempre me fascinó su manera de crear conexiones cruzadas completamente inesperadas; por ejemplo: encontrar de plano una especie de ‘eco’ entre la imagen de una Madonna y un dibujo de una rosa suyo… Hasta mucho más tarde empecé a descubrir su prosa, sus novelas y su poesía.

“Fue también siempre un gran ejemplo en sus convicciones políticas, en su alerta continua sobre las injusticias en el mundo, en su compromiso con los marginados, los desplazados, los desprivilegiados.”

–Sus lectores conocen mucho su obra, ¿qué les va a sorprender cuando vean el documental?

–Algo muy sintomático en la obra de John es su concepto de sí mismo: nunca se quería ver como novelista; siempre se definió –muy modestamente–– como un storyteller, alguien que recoge las historias que nos rodean por todos lados y las comparte con el mundo. Por eso tampoco nunca le había interesado su autobiografía o hablar mucho de su persona.

“En ese sentido nuestro documental tampoco es una biografía de John, porque a él le parecían muy aburridos esos artistas o escritores que siempre hablan de sí mismos. De ninguna manera deseaba algo así, hasta no quería ninguna entrevista o preguntas directas o personales, algo difícil como punto de partida para mí, que tenía el encargo con nuestros coproductores, como Arte y la BBC, de hacer un retrato sobre alguien importante que cumple 90 años y tiene toda una obra y vida muy plena.

“Al mismo tiempo yo estaba consciente de que John era alguien que siempre había sido muy curioso e interesado en diálogos con otros artistas, y parte de su obra son justamente colaboraciones muy interesantes y poco comunes con fotógrafos, directores de cine, dibujantes, gente de teatro y otros escritores. Entonces decidí armar el retrato sobre John justamente en el espejo de los demás, de algunos de sus más importantes colaboradores de las últimas décadas, o ‘cómplices’, como él los llamaría.”

En el documental aparecen el director de cine Mike Dib, el grafista e ilustrador turco Selçuk Demirel; el traductor y editor de John en Alemania, Hans Jürgen Balmes; su hijo Yves, “quien es pintor y nos cuenta las razones por las cuales John dejó Londres y su carrera como estrella de la BBC y explica por qué, después de haber recibido el Premio Booker, Berger se fue a vivir más de cuatro décadas a un pueblo chiquito en las altas montañas en Francia y con su hija Katya, crítica de cine, lo vemos jugando en el jardín de la casa de John en París, un juego de infancia, intercambiando asociaciones espontáneas sobre postales de arte. En cierto momento vemos a John subiendo a su moto tan querida para irse de compras, y poco después nos explica qué tienen que ver para él sus idas en moto con escribir y presencia.

“En medio de esas intervenciones vemos a John como hilo conductor en su papel preferido de storyteller,hablando con el espectador con extractos de sus textos, algunos todavía inéditos.

No he conocido a alguien que dominara la cámara como él, con esa voz tan íntima y seductora, grave y simpática a la vez y dirigiéndose a su público de la manera más directa, invitándolo a una complicidad realmente muy especial.

Dealer de miradas y apariencias

–Hablamos de un hombre que hizo del arte y la literatura su forma de manifestarse y de analizar y debatir sobre el mundo actual. ¿Qué es lo que le llamó más la atención como documentalista?

–Muchas veces, John dijo que su verdadera inteligencia era su inteligencia visual. En nuestra película nos comparte un sueño que tuvo donde se experimentó a sí mismo como una especie de “extraño dealer”, “un dealer de miradas y apariencias”.

“En el sueño logra entrar en las apariencias y así entenderlas, sin esfuerzo. Sin embargo, al despertar ya no se acuerda de cómo lo hizo. Es un momento muy conmovedor y, de una manera indirecta, también sumamente íntimo.

“Creo que nunca he encontrado a alguien que mira, que se fija y que observa como John. Mirar es el tema de su vida. Me recordó mucho a uno de sus álter egos, el filósofo Spinoza, con el cual entró también en diálogo en su libro Bento’s sketchbook, especie de encuentro ficticio con el pensador holandés. Lo que muchas personas no saben: Baruch de Spinoza, aparte de su existencia como filósofo, se ganaba la vida como constructor de microscopios y pulidor de lentes. De alguna manera John siempre me pareció un ‘pulidor de lentes’ del siglo XX.

La nota completa acá.


“Plomo sobre papel” (John Berger)

* Publicado en el diario mexicano La Jornada (13/3/2016)

Por John Berger

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Nunca antes en mi vida había visto dibujos como los que estoy mirando, y lo que los vuelve sin precedente –en todo caso para mí– es la experiencia de vida con la que están impregnados.

No describen ni ilustran esta experiencia: simplemente están plenos de ella.

Históricamente hablando, puede ser que esta experiencia tampoco tenga precedente. La historia, pese a lo que dicen los editorialistas, sí hace surgir nuevas formas del sufrimiento.

¿Cuál es esta experiencia de la que están llenos estos dibujos? Es una forma de la entereza, una entereza que es habitual, común e interminable. Una entereza áspera. Una que está presente en cada uno de los cuerpos que circulan, como en el torrente sanguíneo de esos cuerpos.

Las manos y las figuras de los cuerpos le toman el pulso a la entereza del alma. Los rostros de los cuerpos no intercambian posibilidades, porque con sus ojos cerrados todos enfrentan el mismo muro. Las bocas de los rostros simplemente no se abren porque no hay más palabras que pronunciar.

Su silencio me hace pensar en las bocas inmóviles de las estatuas. Pero las figuras no son estatuas; tienen una vida que espera y a la vez se volvieron viejas. Son juveniles y seniles.

¿Dónde se encuentran? ¿En el espacio de una sala de espera en la oficina de una corte judicial o de un juez que ha desaparecido, o en ninguna parte?

Sus ropajes son mortajas; sus labios están tan tibios como los nuestros. Están en la nada.

La serie a la que pertenecen estos dibujos se titula Plomo sobre papel. Plomo, como el plomo de un lápiz. Y plomo como el nombre de uno de los metales más pesados.

Estos dibujos fueron realizados recientemente por la artista siria Randa Maddah. Ella nació en 1983 en un poblado druso conocido como Majdal Shams, justo en la línea de cese al fuego que corre por las Alturas del Golán, que alguna vez fue parte de Siria y que ahora está ocupada ilegalmente por Israel desde 1967. Hoy las fuerzas israelíes controlan esa área. A pesar de esto, Randa Maddah vive y trabaja ahí.

El robo metódico e implacable del territorio del pueblo palestino, sustraído de debajo de sus pies, ha ocurrido durante 80 años, y el desagravio de esta injusticia criminal es más remoto de lo que nunca antes ha sido.

La tierra natal palestina está en un No Lugar. Estos dibujos son un mapa de ese No Lugar.

Febrero de 2016

Traducción: Ramón Vera Herrera


Videos: Modos de ver (John Berger), BBC, 4 episodios

* A modo de homenaje al gran John Berger, que está cumpliendo 89 años.

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 1 Psychological Aspects

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 2 Women in Art

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio Collectors and Collecting

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 4 Commercial Art

 


#Cine | No todo es vigilia: el paso (y peso) de los años

Jueves 7 de mayo de 2015 | Edición del día
CINE // ESTRENOS

No todo es vigilia: el paso (y peso) de los años

Comentarios a la segunda película del director español Hermes Paralluelo. Se estrena esta semana en el Malba todos los domingos de mayo a las 18 y en Cineclub Municipal Hugo del Carril de la ciudad de Córdoba

En un texto titulado sencillamente “Una historia” (incluido como prefacio al libro Ayudar a morir, de la doctora Iona Heath), John Berger señala cómo los últimos momentos de la vida de un ser humano pueden (suelen) ocurrir lejos de sus seres queridos; sea en un hospital (rodeado de aparatos, “tubos” y profesionales) o en una ambulancia (con algún desconocido enfermero asistiéndolo) camino al mismo. Esta misma cuestión se plantea, más ampliamente, al comienzo de la película No todo es vigilia, del director Hermes Paralluelo. Allí, retratados en una suerte de mezcla de documental y ficción, están sus abuelos: Felisa y Antonio (octogenarios, llevan toda la vida juntos).Antonio está en una cama, internado, y Felisa le habla: desgrana argumentos, uno tras otro, insiste, en contra de terminar viviendo en un asilo. Le comenta lo mal que se vive (qué dan de comer, las “reglas” de “convivencia”, las ataduras, y el dopaje que deja cabizbajo –tal como se ve en la película El artista, en aquella escena memorable con León Ferrari, Fogwill, Horacio González y Alberto Laiseca haciendo de “internados”, idos gracias a alguna pastilla y a la TV que se les pone enfrente, o en este caso en lo alto–), y por ello propone que sigan independientes, autónomos, viviendo en su propia casa.

Así, el primer tercio de la película retrata las condiciones de despersonalización y manipulación del hospital –un hospital militar–, por fuera de toda atención específica a la individualidad, a lo propio y singular de cada paciente. Antonio habla, cuenta sus historias, y nadie lo escucha –“simplemente”, se siguen los protocolos y pasos establecidos (con él y con quien sea)–. Felisa, que recorre como puede todos los pasillos, ascensores y habitaciones del hospital con su andador, sufre una descompensación allí, y actúan de igual manera con ella (no importa qué recuerde o no: está el “historial” de la computadora, que archivó todas sus enfermedades y operaciones). Su pasado, sus vivencias y recuerdos parecieran no tener ningún sentido, ningún punto de contacto o significación para médicos, enfermeras y camilleros. Sin embargo la cámara –que tiene planos muy logrados– lo registra, y sabemos que vivieron “la guerra” (se entiende que la guerra civil de 1936-39).

De ritmo moroso, con una cadencia que se adapta a los protagonistas (tal como hizo en su momento Lucrecia Martel con su primera película, La ciénaga, al retratar la vida de una familia acomodada –viniendo a menos– de las provincias del norte argentino), la cámara sigue luego el retorno de la pareja al hogar, y cómo conviven y se asisten ante diversas complicaciones que los aquejan.(Y sus diálogos, recuerdos, sus largos silencios –¿qué pensarán?–, sus esfuerzos por desplazarse y lidiar con “la tecnología”, y sus “tiempos muertos”…) Su relación con el “afuera” de la casa (alguien que les arregle la calefacción, el correo que deja un “aviso de visita”, etc.) y otros típicos asuntos de la vida cotidiana son mostrados frontalmente –en todas sus complicaciones–, cruda pero tranquilamente. Sin prisa y sin dramas.

¿Podrían vivir el uno sin el otro? Pareciera que no. El mismo director, que ha dicho que buscó retratar solamente la historia de amor de estos, sus seres queridos, lo duda. Y sin embargo “su tema” (la vida y situación de dos familiares) puede también ampliarse y pensarse-conectarse con otras obras que,a su modo, se enfocaron en el tema: desde La feria del asilo, la primera novela de John Updike que cuenta la osadía(y algarabía) de una “rebelión” de abuelos y abuelas internados contra las autoridades de la institución, hasta Plataforma, de Michel Houellebecq, novela escrita ya en el siglo XXI, en el mismo momento en que olas de calor recorrían Europa, provocando la muerte de abuelas y abuelos, sumándose el abandono y desinterés por parte de sus familiares –lo que puso en discusión pública el individualismo de generaciones más jóvenes: hijos y nietos–. También se pueden mencionar los libros de fotografías de Philippe Bazin, y, por supuesto, Amor, la película de Michael Haneke, aunque allí los protagonistas son gente de clase media (alta), de buen pasar, con uno de sus integrantes comenzando una debacle total, en un duro, durísimo drama vital que –puestos a comparar– la película de Paralluelo muestra con sosiego, de manera mucho más atemperada.

No todo es vigilia es una película “minimalista”, atenta a sus personajes, honesta y sencilla. Lograda en lo estético, tiene un guión que, aunque parco –además, apenas si hay música–, permite conocer a una pareja unida por décadas, y, también,abrir una reflexión acerca de cómo (se) vive la llamada “tercera edad”.