Habla Cordelia Dvorák, autora del documental sobre John Berger ‘The Art of Looking’ (2016)

Leemos la siguiente nota en el diario mexicano La Jornada, a propósito del estreno del documental en ese país. (La película se encuentra en YouTube, aunque -al menos por el momento- sin subtítulos en castellano…)

El humanista se definió como angry young man (joven enojado) que fue y siguió hasta el final de su vida por como estaba el mundo, explica Cordelia Dvorák, autora del filme The Art of Looking, en entrevista con La Jornada 

Armé su retrato desde el espejo de los otros con los que dialogó

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La casa de John Berger (1926-2017), ubicada en el pequeño pueblo de Quincy, en los Alpes franceses, donde el escritor, pintor y crítico de arte británico vivió más de cuatro décadas
Foto Cordelia Dvorák

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Detalle de los brazos de Berger, quien, en palabras de Cordelia Dvorák, fue gran ejemplo en sus convicciones políticas, en su alerta continua sobre las injusticias, en su compromiso con los marginados.
Foto Majade Filmproduction Berlin

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En la imagen, el colaborador de La Jornada en una escena del filme The Art of Looking en París, en 2016
Foto Majade Filmproduction Berlin

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John Berger y su inseparable motocicleta, con la cineasta Cordelia Dvorák, y en la siguiente imagen con su hija Katya en París, en 2016
Foto Majade Filmproduction Berlin

Ericka Montaño Garfias

Periódico La Jornada
Martes 7 de marzo de 2017, p. 4

Una mañana, sentada en su café preferido en Prenzlauerberg, Berlín, la directora de cine Cordelia Dvorák abrió el periódico para encontrarse con una fotografía de John Berger, de gran tamaño.

Ella pensó que era la noticia de la muerte del escritor, pintor y crítico de arte británico, pero no: era un artículo en el que se rendía homenaje a Berger por su cumpleaños 88.

Estaba tan aliviada y contenta que decidí en ese momento, y por una de esas intuiciones de las cuales salen a veces las mejores ideas, que quería hacer una película con él para su cumpleaños 90, explica Dvorák en entrevista con La Jornada.

Así nació la idea del documental John Berger or the art of looking, que el pasado noviembre se estrenó en la Volksbühne de Berlín y cuyo estreno en México se hará con tres funciones en Jalisco: en el pueblo de Ajijic, en el encuentro Docuarte, y en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara.

John Berger, humanista, intelectual y colaborador de La Jornada, falleció el pasado 2 de enero en París. Tuvo tiempo de ver concluido ese documental.

El primer contacto de Cordelia Dvorák con John Berger fue a través de sus textos. “Antes, sobre todo, de sus ensayos sobre arte, de su manera muy única y poco ortodoxa de observar, de acercarse a sus temas, a un cuadro, un artista, un fenómeno o pequeño evento cotidiano que le llama la atención y que desea compartir. Siempre me fascinó su manera de crear conexiones cruzadas completamente inesperadas; por ejemplo: encontrar de plano una especie de ‘eco’ entre la imagen de una Madonna y un dibujo de una rosa suyo… Hasta mucho más tarde empecé a descubrir su prosa, sus novelas y su poesía.

“Fue también siempre un gran ejemplo en sus convicciones políticas, en su alerta continua sobre las injusticias en el mundo, en su compromiso con los marginados, los desplazados, los desprivilegiados.”

–Sus lectores conocen mucho su obra, ¿qué les va a sorprender cuando vean el documental?

–Algo muy sintomático en la obra de John es su concepto de sí mismo: nunca se quería ver como novelista; siempre se definió –muy modestamente–– como un storyteller, alguien que recoge las historias que nos rodean por todos lados y las comparte con el mundo. Por eso tampoco nunca le había interesado su autobiografía o hablar mucho de su persona.

“En ese sentido nuestro documental tampoco es una biografía de John, porque a él le parecían muy aburridos esos artistas o escritores que siempre hablan de sí mismos. De ninguna manera deseaba algo así, hasta no quería ninguna entrevista o preguntas directas o personales, algo difícil como punto de partida para mí, que tenía el encargo con nuestros coproductores, como Arte y la BBC, de hacer un retrato sobre alguien importante que cumple 90 años y tiene toda una obra y vida muy plena.

“Al mismo tiempo yo estaba consciente de que John era alguien que siempre había sido muy curioso e interesado en diálogos con otros artistas, y parte de su obra son justamente colaboraciones muy interesantes y poco comunes con fotógrafos, directores de cine, dibujantes, gente de teatro y otros escritores. Entonces decidí armar el retrato sobre John justamente en el espejo de los demás, de algunos de sus más importantes colaboradores de las últimas décadas, o ‘cómplices’, como él los llamaría.”

En el documental aparecen el director de cine Mike Dib, el grafista e ilustrador turco Selçuk Demirel; el traductor y editor de John en Alemania, Hans Jürgen Balmes; su hijo Yves, “quien es pintor y nos cuenta las razones por las cuales John dejó Londres y su carrera como estrella de la BBC y explica por qué, después de haber recibido el Premio Booker, Berger se fue a vivir más de cuatro décadas a un pueblo chiquito en las altas montañas en Francia y con su hija Katya, crítica de cine, lo vemos jugando en el jardín de la casa de John en París, un juego de infancia, intercambiando asociaciones espontáneas sobre postales de arte. En cierto momento vemos a John subiendo a su moto tan querida para irse de compras, y poco después nos explica qué tienen que ver para él sus idas en moto con escribir y presencia.

“En medio de esas intervenciones vemos a John como hilo conductor en su papel preferido de storyteller,hablando con el espectador con extractos de sus textos, algunos todavía inéditos.

No he conocido a alguien que dominara la cámara como él, con esa voz tan íntima y seductora, grave y simpática a la vez y dirigiéndose a su público de la manera más directa, invitándolo a una complicidad realmente muy especial.

Dealer de miradas y apariencias

–Hablamos de un hombre que hizo del arte y la literatura su forma de manifestarse y de analizar y debatir sobre el mundo actual. ¿Qué es lo que le llamó más la atención como documentalista?

–Muchas veces, John dijo que su verdadera inteligencia era su inteligencia visual. En nuestra película nos comparte un sueño que tuvo donde se experimentó a sí mismo como una especie de “extraño dealer”, “un dealer de miradas y apariencias”.

“En el sueño logra entrar en las apariencias y así entenderlas, sin esfuerzo. Sin embargo, al despertar ya no se acuerda de cómo lo hizo. Es un momento muy conmovedor y, de una manera indirecta, también sumamente íntimo.

“Creo que nunca he encontrado a alguien que mira, que se fija y que observa como John. Mirar es el tema de su vida. Me recordó mucho a uno de sus álter egos, el filósofo Spinoza, con el cual entró también en diálogo en su libro Bento’s sketchbook, especie de encuentro ficticio con el pensador holandés. Lo que muchas personas no saben: Baruch de Spinoza, aparte de su existencia como filósofo, se ganaba la vida como constructor de microscopios y pulidor de lentes. De alguna manera John siempre me pareció un ‘pulidor de lentes’ del siglo XX.

La nota completa acá.


“Plomo sobre papel” (John Berger)

* Publicado en el diario mexicano La Jornada (13/3/2016)

Por John Berger

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Nunca antes en mi vida había visto dibujos como los que estoy mirando, y lo que los vuelve sin precedente –en todo caso para mí– es la experiencia de vida con la que están impregnados.

No describen ni ilustran esta experiencia: simplemente están plenos de ella.

Históricamente hablando, puede ser que esta experiencia tampoco tenga precedente. La historia, pese a lo que dicen los editorialistas, sí hace surgir nuevas formas del sufrimiento.

¿Cuál es esta experiencia de la que están llenos estos dibujos? Es una forma de la entereza, una entereza que es habitual, común e interminable. Una entereza áspera. Una que está presente en cada uno de los cuerpos que circulan, como en el torrente sanguíneo de esos cuerpos.

Las manos y las figuras de los cuerpos le toman el pulso a la entereza del alma. Los rostros de los cuerpos no intercambian posibilidades, porque con sus ojos cerrados todos enfrentan el mismo muro. Las bocas de los rostros simplemente no se abren porque no hay más palabras que pronunciar.

Su silencio me hace pensar en las bocas inmóviles de las estatuas. Pero las figuras no son estatuas; tienen una vida que espera y a la vez se volvieron viejas. Son juveniles y seniles.

¿Dónde se encuentran? ¿En el espacio de una sala de espera en la oficina de una corte judicial o de un juez que ha desaparecido, o en ninguna parte?

Sus ropajes son mortajas; sus labios están tan tibios como los nuestros. Están en la nada.

La serie a la que pertenecen estos dibujos se titula Plomo sobre papel. Plomo, como el plomo de un lápiz. Y plomo como el nombre de uno de los metales más pesados.

Estos dibujos fueron realizados recientemente por la artista siria Randa Maddah. Ella nació en 1983 en un poblado druso conocido como Majdal Shams, justo en la línea de cese al fuego que corre por las Alturas del Golán, que alguna vez fue parte de Siria y que ahora está ocupada ilegalmente por Israel desde 1967. Hoy las fuerzas israelíes controlan esa área. A pesar de esto, Randa Maddah vive y trabaja ahí.

El robo metódico e implacable del territorio del pueblo palestino, sustraído de debajo de sus pies, ha ocurrido durante 80 años, y el desagravio de esta injusticia criminal es más remoto de lo que nunca antes ha sido.

La tierra natal palestina está en un No Lugar. Estos dibujos son un mapa de ese No Lugar.

Febrero de 2016

Traducción: Ramón Vera Herrera


Videos: Modos de ver (John Berger), BBC, 4 episodios

* A modo de homenaje al gran John Berger, que está cumpliendo 89 años.

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 1 Psychological Aspects

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 2 Women in Art

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio Collectors and Collecting

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 4 Commercial Art

 


#Cine | No todo es vigilia: el paso (y peso) de los años

Jueves 7 de mayo de 2015 | Edición del día
CINE // ESTRENOS

No todo es vigilia: el paso (y peso) de los años

Comentarios a la segunda película del director español Hermes Paralluelo. Se estrena esta semana en el Malba todos los domingos de mayo a las 18 y en Cineclub Municipal Hugo del Carril de la ciudad de Córdoba

En un texto titulado sencillamente “Una historia” (incluido como prefacio al libro Ayudar a morir, de la doctora Iona Heath), John Berger señala cómo los últimos momentos de la vida de un ser humano pueden (suelen) ocurrir lejos de sus seres queridos; sea en un hospital (rodeado de aparatos, “tubos” y profesionales) o en una ambulancia (con algún desconocido enfermero asistiéndolo) camino al mismo. Esta misma cuestión se plantea, más ampliamente, al comienzo de la película No todo es vigilia, del director Hermes Paralluelo. Allí, retratados en una suerte de mezcla de documental y ficción, están sus abuelos: Felisa y Antonio (octogenarios, llevan toda la vida juntos).Antonio está en una cama, internado, y Felisa le habla: desgrana argumentos, uno tras otro, insiste, en contra de terminar viviendo en un asilo. Le comenta lo mal que se vive (qué dan de comer, las “reglas” de “convivencia”, las ataduras, y el dopaje que deja cabizbajo –tal como se ve en la película El artista, en aquella escena memorable con León Ferrari, Fogwill, Horacio González y Alberto Laiseca haciendo de “internados”, idos gracias a alguna pastilla y a la TV que se les pone enfrente, o en este caso en lo alto–), y por ello propone que sigan independientes, autónomos, viviendo en su propia casa.

Así, el primer tercio de la película retrata las condiciones de despersonalización y manipulación del hospital –un hospital militar–, por fuera de toda atención específica a la individualidad, a lo propio y singular de cada paciente. Antonio habla, cuenta sus historias, y nadie lo escucha –“simplemente”, se siguen los protocolos y pasos establecidos (con él y con quien sea)–. Felisa, que recorre como puede todos los pasillos, ascensores y habitaciones del hospital con su andador, sufre una descompensación allí, y actúan de igual manera con ella (no importa qué recuerde o no: está el “historial” de la computadora, que archivó todas sus enfermedades y operaciones). Su pasado, sus vivencias y recuerdos parecieran no tener ningún sentido, ningún punto de contacto o significación para médicos, enfermeras y camilleros. Sin embargo la cámara –que tiene planos muy logrados– lo registra, y sabemos que vivieron “la guerra” (se entiende que la guerra civil de 1936-39).

De ritmo moroso, con una cadencia que se adapta a los protagonistas (tal como hizo en su momento Lucrecia Martel con su primera película, La ciénaga, al retratar la vida de una familia acomodada –viniendo a menos– de las provincias del norte argentino), la cámara sigue luego el retorno de la pareja al hogar, y cómo conviven y se asisten ante diversas complicaciones que los aquejan.(Y sus diálogos, recuerdos, sus largos silencios –¿qué pensarán?–, sus esfuerzos por desplazarse y lidiar con “la tecnología”, y sus “tiempos muertos”…) Su relación con el “afuera” de la casa (alguien que les arregle la calefacción, el correo que deja un “aviso de visita”, etc.) y otros típicos asuntos de la vida cotidiana son mostrados frontalmente –en todas sus complicaciones–, cruda pero tranquilamente. Sin prisa y sin dramas.

¿Podrían vivir el uno sin el otro? Pareciera que no. El mismo director, que ha dicho que buscó retratar solamente la historia de amor de estos, sus seres queridos, lo duda. Y sin embargo “su tema” (la vida y situación de dos familiares) puede también ampliarse y pensarse-conectarse con otras obras que,a su modo, se enfocaron en el tema: desde La feria del asilo, la primera novela de John Updike que cuenta la osadía(y algarabía) de una “rebelión” de abuelos y abuelas internados contra las autoridades de la institución, hasta Plataforma, de Michel Houellebecq, novela escrita ya en el siglo XXI, en el mismo momento en que olas de calor recorrían Europa, provocando la muerte de abuelas y abuelos, sumándose el abandono y desinterés por parte de sus familiares –lo que puso en discusión pública el individualismo de generaciones más jóvenes: hijos y nietos–. También se pueden mencionar los libros de fotografías de Philippe Bazin, y, por supuesto, Amor, la película de Michael Haneke, aunque allí los protagonistas son gente de clase media (alta), de buen pasar, con uno de sus integrantes comenzando una debacle total, en un duro, durísimo drama vital que –puestos a comparar– la película de Paralluelo muestra con sosiego, de manera mucho más atemperada.

No todo es vigilia es una película “minimalista”, atenta a sus personajes, honesta y sencilla. Lograda en lo estético, tiene un guión que, aunque parco –además, apenas si hay música–, permite conocer a una pareja unida por décadas, y, también,abrir una reflexión acerca de cómo (se) vive la llamada “tercera edad”.

 


“Un regalo para Rosa” (John Berger)

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Rosa Luxemburgo, ilustración de John Berger

 

Homenaje del escritor a la espartaquista

¡Rosa!, te conozco desde que era niño. Y ahora soy dos veces más grande que lo que eras tú en enero de 1919, cuando te apalearon a muerte, pocos meses después de que tú y Karl Liebknecht fundaran lo que habría de ser el Partido Comunista de Alemania.

Con frecuencia surges de alguna página que leo –y algunas veces surges de la página que intento escribir–, me saludas con la cabeza y una sonrisa, y nos reunimos. No hay página, ni celda alguna de las prisiones donde en repetidas ocasiones te pusieron, que pueda contenerte.

Quiero enviarte algo. Antes de que me fuera obsequiado, este objeto estaba en el pueblo de Zamosc, al sureste de Polonia. Es el pueblo donde tú naciste, y donde tu padre fue comerciante maderero. Pero el vínculo contigo no es tan simple.

El objeto perteneció a una amiga polaca llamada Janine. Ella vivía sola, no en la elegante plaza central donde tú habitaste durante los dos primeros años de tu vida, sino en una casita común en las afueras del poblado.

La casa de Janine y su diminuto jardín estaban llenos de plantas en macetas. Había macetas incluso en el piso de su dormitorio. Y cuando tenía visitas, no había nada que le gustara más que señalar, con sus dedos de vieja trabajadora, la particularidad de cada una de sus plantas. Ellas le hacían compañía. Janine hacía chistes, y contaba chismes, con ellas.

Aunque no hablo polaco, el país europeo donde me siento más como en casa es Polonia. Comparto con los polacos algo de su orden de prioridades. A la mayoría de ellos no les intriga el poder, porque han sobrevivido a toda la mierda del poder que se pueda concebir. Son expertos en darle la vuelta a los obstáculos. No paran de inventar tácticas para irla llevando. Respetan los secretos. Tienen recuerdos duraderos. Hacen sopa de acedera con acedera silvestre (Rumex acetosa. Conocida como agrella, vinagreira o romaza). Quieren ser alegres.

Tú dices algo semejante en una de tus enojadas cartas desde la prisión. Le respondías a la doliente carta que te enviaba alguna amistad, y la autocompasión siempre te hizo enojar.Ser un ser humano, decías, es la cuestión principal, por encima de todo. Y eso significa ser firmes y claros y alegres; sí, alegres, pese a todo y cualquier cosa, porque chillar es el negocio de los débiles. Ser seres humanos significa que, si es necesario, con alegría avientes tu vida entera a la gigante balanza del destino, y al mismo tiempo te regocijes en la brillantez de cada día y en la belleza de cada nube.

En años recientes, en Polonia se ha desarrollado un oficio nuevo. Todo aquel que lo practica es conocido como stacz, que significa ocupar el sitio. Uno paga a algún hombre o mujer para que haga alguna larga fila y le retoma su sitio cuando ya está casi hasta adelante. Son colas para la comida, para los utensilios de cocina, para algún tipo de licencia, para algún sello gubernamental en un documento, para conseguir azúcar o botas de hule.

Inventan muchas tácticas para irla llevando.

A principios de la década de 1970, mi amiga Janine decidió tomar un tren a Moscú, como varios de sus vecinos lo habían hecho. No fue una decisión fácil. Apenas uno o dos años antes, en 1970, había ocurrido la masacre de Dansk y otros puertos marinos: cientos de los trabajadores de los astilleros se habían ido a huelga y la policía y los soldados polacos los acribillaron a tiros por órdenes de Moscú.

Y tú lo anticipaste, Rosa. En tu comentario sobre la Revolución Rusa de 1918 tú anticipaste los peligros implícitos en el modo bolchevique de responder a todo razonamiento. “Una libertad sólo para los miembros del gobierno, sólo para los miembros del partido –aunque éstos sean bastante numerosos– no es, para nada, libertad. La libertad es siempre la libertad de aquéllos que piensan diferente. De esta característica esencial de la libertad política depende todo lo que es aleccionador, pleno y purificante, y no de algún fanático concepto de la justicia. Si la ‘libertad’ se vuelve un privilegio especial, sus efectos se desvanecen”.

Janine tomó el tren a Moscú para comprar oro. El oro valía allá una tercera parte de su costo en Polonia. Al dejar atrás la estación Bielorusski, eventualmente encontró los callejones donde los joyeros autorizados tenían anillos para vender. Siempre había una larga fila de otras mujeresextranjeras que esperaban comprar. En razón de la ley y el orden cada una de estas mujeres llevaba un número con gis en la palma de la mano, que indicaba su lugar en la cola. Un policía era quien dibujaba los números. Cuando por fin Janine llegó hasta el mostrador preparó sus rublos y compró tres anillos de oro.

De camino a la estación, le atrapó la mirada el objeto que quiero enviarte, Rosa. Le costó apenas 50 kopek. Lo compró en el vuelo del momento, porque le hizo ilusión. Éste podría conversar con sus plantas metidas en macetas.

Tuvo que esperar mucho tiempo en la estación para tomar el tren de regreso. Como lo supiste en tu época, estas estaciones rusas se volvieron campamentos para los pasajeros que esperaban largo tiempo. Janine se puso uno de sus anillos en el cuarto dedo de la mano izquierda, y los otros dos se los escondió en sus partes íntimas. Cuando el tren arribó y ella se trepó, un soldado le ofreció un asiento en un rincón. Suspiró con alivio –podría dormir un poco. No tuvo problemas en la frontera.

En Zamosc vendió los anillos por el doble de la suma que pagó por ellos, y aun así eran considerablemente más baratos que cualquiera que se pudiera comprar en una tienda polaca. Después de deducir el boleto del tren, Janine había logrado una ganancia inesperada.

El objeto que quiero enviarte, lo colocó en el quicio de la ventana de su cocina.

Este objeto tiene algo de enciclopédico. Diderot explicó así, en 1750, la enciclopedia que justo acababa de ayudar a concretar: El objetivo de una enciclopedia es ensamblar todo el conocimiento esparcido por la superficie de la Tierra, con el fin de demostrar el sistema general a la gente que vendrá después de nosotros, de tal modo que los esfuerzos de los siglos pasados no sean inútiles para los siglos venideros, para que nuestros descendientes se vuelvan más letrados, puedan ser más virtuosos y más felices…

Es una caja de cartón delgado, del tamaño de una cuartilla antigua [de las conocidas como quartos. Su medida es de 23×30 centímetros]. Impreso en su tapa está un grabado a color del pájaro conocido en Europa central como papamoscas collarino, y debajo hay dos palabras en cirílico ruso: pájaros cantores.

Abre la tapa. Adentro hay tres hileras de cajas de cerillos, seis cajas por hilera. Y cada caja tiene un etiqueta con el grabado en colores de un pájaro cantor diferente. Dieciocho cantores diferentes. Y debajo de cada grabado, en letra muy pequeña, está el nombre del pajarito en ruso. Tú que escribiste furiosamente en ruso, polaco y alemán habrías podido leerlos. Yo no puedo. Tengo que adivinar a partir de mi vaga memoria de cuando he observado pájaros alguna vez.

Es extraña la satisfacción de identificar un pájaro vivo mientras vuela o desaparece tras unos setos, ¿no crees? Implica una momentánea y peculiar intimidad, como si en ese momento de reconocimiento uno se dirigiera al pájaro –pese al estruendo o las confusiones de otros incontables eventos– por su particular apodo: ¡aguzanieves!, ¡aguzanieves!

De los 18 pájaros en las etiquetas, reconozco tal vez cinco.

Las cajas están llenas de cerillos con cabeza verde. Sesenta en cada caja. Lo mismo que los segundos en un minuto y los minutos en una hora. Cada uno es una flama potencial.

La moderna clase proletaria, escribiste, no desarrolla su lucha de acuerdo con el plan establecido en algún libro o teoría: la actual lucha de los trabajadores es parte de la historia, es parte del progreso social. Y en el centro de la historia, en el centro del progreso, en medio de la lucha, es que aprendemos cómo debemos luchar.

En el interior de la tapa de la caja de cartón hay una breve nota explicativa (era la URSS de la década de los 70) dirigida a los coleccionistas de cajas de cerillos (los filumenistas, como se les conoce).

La nota brinda la siguiente información: en términos evolucionarios los pájaros preceden a los animales. En el mundo actual existe un estimado de 5 mil especies de pájaros. En la Unión Soviética hay 400 especies de pájaros cantores. Por lo general son los pájaros machos los que cantan. Los pájaros cantores han desarrollado cuerdas vocales en el fondo de sus gargantas, por lo común anidan en los arbustos, en los árboles o en el suelo, y son de gran ayuda para la agricultura cerealera porque comen y, por ende, eliminan hordas de insectos. Recientemente se han identificado tres nuevas especies de gorriones cantores en áreas remotas de la Unión Soviética.

Janine guardaba su caja en el quicio de la ventana de la cocina. Le daba placer, y en el invierno le recordaba del canto de los pájaros.

Cuando te encarcelaron por oponerte con vehemencia a la Primera Guerra Mundial, escuchabas a un carbonero, un herrerillo azul que siempre se quedaba cerca de tu ventana. “Venía con los otros a ser alimentado, y diligente cantaba su graciosa cancioncita: tsii-tsii-bey. Sonaba como la broma traviesa de un niño y siempre me hacía reír y yo le contestaba con el mismo llamado. Luego el pájaro se desvaneció con los demás, a principios de este mes, sin duda para hacer nido en otra parte. No vi ni escuché nada por semanas. Pero ayer sus bien conocidas notas vinieron de repente del otro lado del muro que separa nuestro patio de otra sección de la prisión; había alterado su canto considerablemente porque ahora cantaba tres veces seguidas en rápida sucesión: tsii-tsii-bey, tsii-tsii-bey, tsii-tsii-bey y luego se quedaba callado. Y eso se me metió al corazón, porque era tanto lo que me transmitía en este apresurado canto desde la distancia –toda la historia de la vida de los pájaros”.

Tras varias semanas Janine decidió poner la caja en la alacena debajo de la escalera. Pensó que esta alacena sería una suerte de refugio, lo más cercano a una bodega, y en ella guardó lo que ella llamaba su reserva. La reserva consistía en una lata de sal, una lata de azúcar para cocinar, una lata más grande de harina, un paquete de kasha (sémola o gachas de trigo sarraceno, cebada, centeno o trigo) y cerillos. La mayoría de las amas de casa polacas mantenían un guardado como medio de supervivencia mínima para el día en que, repentinamente, las tiendas ya no tuvieran nada en sus estantes, debido a alguna crisis nacional.

Una crisis así llegó en 1980. De nuevo comenzó en Dansk, donde los trabajadores se fueron a la huelga en protesta contra el alza en el precio de los alimentos, y su acción hizo nacer el movimiento nacional conocido como Solidarnosc [Solidaridad] que derrocó al gobierno.

La moderna clase proletaria, escribiste, no desarrolla su lucha de acuerdo con el plan establecido en algún libro o teoría: la actual lucha de los trabajadores es parte de la historia, es parte del progreso social. Y en el centro de la historia, en el centro del progreso, en medio de la lucha, es que aprendemos cómo debemos luchar.

Cuando Janine murió en 2010, su hijo Witek encontró la caja en la alacena debajo de las escaleras y la trajo a París, donde ha estado trabajando como plomero y albañil. Un día me la trajo y me la dio. Somos viejos amigos. Nuestra amistad comenzó jugando cartas juntos, de tarde en tarde. Jugábamos un juego ruso y polaco conocido como Imbecile. En él gana el jugador que pierda primero todas sus cartas. Witek adivinó que la caja me dejaría pensando.

Uno de los pájaros de la segunda fila de cajas de cerillos lo reconocí como un pardillo, por su pico rosado y sus dos estrías blancas en la cola. ¡Tsuuiit. Tsuuiit! A veces varios de ellos lo cantan a coro desde las copas de los arbustos.

“El que más ha logrado restaurarme a la razón es un amiguito cuya imagen les mando en un sobre. Este camarada que sostiene su pico, con gallardía, con su frente en alto y ojos de saberlo todo es llamado Hippolais hippolais, que en lenguaje cotidiano es el zarcero común”.

Estás presa en Poznan en 1917 y continúas tu carta diciendo: “este pájaro es un bicho raro. No canta una sola canción o una sola melodía como los otros pájaros, sino que es un orador público por la gracia de Dios, y se echa para adelante para hacer sus discursos en el jardín y lo hace con voz muy fuerte y plena de emoción dramática, brincándose las transiciones, buscando pasajes hasta llegar al arrebato. Parece plantearnos cuestiones imposibles, y luego se apresura y se responde solo, con sinsentidos, haciendo las aseveraciones más audaces, refutando acalorado opiniones que nadie ha expresado, para salir volando por entre esas puertas abiertas de par en par y de repente exclama triunfal: ‘¿no te dije, no te dije?’ Y de inmediato le advierte a todos, lo quieran escuchar o no: ‘¡te lo dije, te lo dije!’ (Tiene el sagaz hábito de repetir cada uno de sus agudas observaciones dos veces.)”

La caja del zarcero, Rosa, está llena de cerillos.

Las masas, decías en 1900, en realidad son su propio líder, creando dialécticamente sus propios procedimientos de desarrollo.

Cómo te puedo enviar esta colección de cerillos a ti. Si los matones que te asesinaron tiraron tu cuerpo mutilado a un canal en Berlín. Lo encontraron en el agua estancada tres meses después. Algunos dudaron de que fuera tu cadáver.

Puedo enviártela escribiendo estas páginas en estos oscuros tiempos.

Yo fui, yo soy, yo seré, dijiste. Vives en tu ejemplo para nosotros, Rosa. Y aquí está, te la estoy enviando a tu ejemplo.

 

Traducción: Ramón Vera Herrera

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/03/07/politica/002a1pol


John Berger: Páginas sobre la lengua madre, las historias sin palabras y la incesante traducción

John Berger

Autorretrato

He estado escribiendo durante unos ochenta años. Primero fueron cartas, luego poemas y discursos, más tarde historias y artículos y libros. Ahora escribo notas.

La actividad de escribir ha sido vital para mí; me ayuda a buscarle sentido a lo que vivimos y continuar. Escribir, sin embargo, es el brote de algo más profundo y más vasto –nuestra relación con el lenguaje como tal. Y el sujeto de estas cuantas notas es el lenguaje.

Comencemos por examinar la actividad de traducción de un lenguaje a otro. Casi todas las traducciones de hoy son tecnológicas, pero yo me estoy refiriendo a las traducciones literarias. La traducción de textos cuyo corazón es la experiencia individual.

La visión convencional de lo que esto implica propone que el traductor o traductores estudien las palabras de una página en cierto lenguaje y las entreguen en otra página, con otro lenguaje. Esto implica la llamada traducción palabra por palabra, y después una adaptación para respetar e incorporar la tradición y las reglas de la lingüística del segundo lenguaje, para finalmente volver a amasar el resultado hasta recrear el equivalente a la voz del texto original. Muchas traducciones, tal vez la mayoría, siguen este procedimiento y los resultados son valiosos pero de segunda categoría.

Por qué. Porque la verdadera traducción no es un asunto binario entre dos lenguajes, sino un encuentro triangular. El tercer punto del triángulo es lo que yace tras las palabras del texto original antes de haberse escrito. La verdadera traducción exige un retorno a lo pre-verbal.

*

Uno lee y relee las palabras del texto original de modo de penetrarlas hasta alcanzar, para tocar, la visión o la experiencia que las provocaron. Uno luego rejunta lo que descubrió ahí y lleva esta cosa titilante, casi ausente de palabras, y la sitúa tras el lenguaje al que necesitamos traducirla. Y entonces nuestra mayor tarea es persuadir a esta lengua huésped que la tome, que reciba esta cosa que espera ser articulada.

Una lengua no puede reducirse a un diccionario o a un acumulado de palabras y frases. No podemos tampoco reducirla al depósito de obras escritas en ésta.

Una lengua hablada es un cuerpo, una criatura viva, cuya fisonomía es verbal y cuyas funciones viscerales son lingüísticas. Y el hogar de esta criatura es lo inarticulado y también lo que es nos es dable articular.

*

Consideremos el término lengua materna. En ruso el término es rodnoi-yazyk, que significa la lengua más amada o cercana. En un chispazo podríamos llamarla nuestra amante lengua.

La lengua materna es nuestra primera lengua, escuchada por vez primera cuando éramos infantes, de la boca de nuestra madre. De aquí la lógica del término.

Y lo menciono ahora porque esa lengua (que es criatura e intento describir) es sin duda femenina. Me imagino su centro como un útero fonético.

En el interior de una lengua materna, están todas las lenguas maternas. O para ponerlo de otro modo –toda lengua materna es universal.

De un modo brillante Chomsky demostró que todos los lenguajes, no sólo los verbales –tienen ciertas estructuras y procedimientos en común. Y entonces una lengua materna está relacionada (rima) con las lenguas no verbales –como son los signos, la conducta o el despliegue espacial.

Cuando dibujo, trato de desmadejar y transcribir unas apariencias que conforman un texto, que ya de por si tiene, lo sé, su indescifrable pero seguro sitio en mi lengua materna.

Las palabras, los términos, las frases, pueden separarse de la criatura que es su lengua y pueden utilizarse como meras etiquetas. Se convierten entonces en algo inerte y vacío. El uso repetitivo de siglas y acrónimos es un ejemplo directo. La mayor parte del discurso político dominante de hoy está compuesto de palabras que, escindidas de su lengua, son inertes y muertas. Y este trafique con palabras muertas borronea la memoria y alimenta una inexorable complacencia.

*

A lo largo de los años, lo que me ha impulsado a escribir es la urgencia íntima de que algo necesita decirse y de que si no lo digo yo, existe el riesgo de no ser relatado. Me pienso más como un hombre que quiere cerrar huecos y no como un escritor profesional de trascendencia.

Tras escribir unas cuantas líneas, dejo que las palabras se deslicen de regreso al interior de la criatura que es su lengua madre. Y ahí, son de inmediato reconocidas y recibidas por el abrazo de otras palabras con las que tienen afinidad de significado, o de oposición, o de metáfora o aliteración o ritmo. Escucho su confabulación. Juntas cuestionan el uso que le destiné a las palabras que escogí. Cuestionan los roles que les asigné.

Así que modifico las frases, cambio una o dos, y las someto de nuevo a la discusión. Comienza entonces otra confabulación.

Y así sigue hasta que hay ahí un ligero murmullo de consenso provisional. Procedo entonces con el siguiente fragmento.

Y otra confabulación comienza.

Que otros me sitúen como escritor, o como quieran. Yo para mí soy el hijo de la fregada –y seguro pueden adivinar quién es la fregada, ¿no?

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John Berger en San Cristóbal de las Casas, en 2007
Foto Víctor Camacho

La vigilancia

Muchísima gente tiene sus bares favoritos adonde le gusta encontrarse con los amigos y compartir un trago. Yo prefiero beber con mis amigos en casa. Pero sí tengo mis albercas públicas adonde voy a nadar para arriba y para abajo, a mi propio paso, cruzándome con otras personas nadadoras a las que no conozco, aunque intercambiemos miradas de reojo y, en ocasiones, sonrisas.

Estas albercas no tienen nada en común con las piscinas privadas de los pudientes, o con las lujosas piscinas de los muy ricos, ésos que hoy catastróficamente están acaparando el futuro del mismo planeta donde vivimos.

En las albercas públicas el uso de las gorras de baño es obligatorio. Como también lo es la ducha con shampú antes de lanzarse al agua (o de bajar a ella por la escala esquinada). Me lanzo y conforme nado mis primeras brazadas bajo el agua tengo la sensación de que entré en otra escala temporal, una sensación semejante a la que podría tener un niño en su casa cuando decide deambular de un piso al otro.

Los nadadores compartimos una suerte de anonimato igualitario, sin zapatos ni seña alguna de rango: tan sólo nuestros trajes de baño. Si por accidente tocas a alguien mientras nadas, al pasar junto a ella o él ofreces una disculpa. La ilimitada crueldad hacia otros como nosotros, la crueldad de la que somos capaces cuando nos indoctrinan y reglamentan, es difícil de imaginar aquí, conforme giras para nadar tu vigésima vuelta.

Las paredes exteriores y el techo plano de la alberca municipal son de vidrio. Así que desde el agua puedo ver los edificios circundantes y el cielo. Hacia el oeste hay una pendiente de pasto y al tope crece un arce plateado. Observo este árbol mientras nado de costado.

El conjunto del árbol con sus muchas ramas ascendentes semeja la forma de cualquiera de sus hojas. La hoja de arce, de maple, tiene forma pinada –reminiscente de las plumas (el término en latín para pluma es pinna). El envés de la hoja es verde ensalada, y su reverso es del color de una plata verdosa. El destino inscrito del arce es ser pinado.

Decido dibujarlo tan pronto salga de la alberca: un bosquejo del árbol completo y en la misma página un acercamiento a una de sus hojas. Así, me digo a mí mismo todavía nadando, de algún modo el dibujo hará referencia al código genético del arce. Será una especie de texto acerca del árbol conocido como arce plateado.

Tales textos pertenecen a un lenguaje sin palabras que hemos estado leyendo desde la temprana infancia, pero que no podemos nombrar.

dibujo del arce plateado

Más tarde nado de espaldas y miro al cielo a través del techo de vidrio con sus marcos. Un vívido azul con nubes blancas en forma de cirros que se hallan, diría yo, a una altura de 5 mil metros. (El latín para rizo es cirrus.) Los rizos varían lentamente, se juntan y separan en tanto las nubes derivan en el viento. Puedo medir su deriva gracias al marco del techo. De otro modo sería muy difícil notarla.

El movimiento de los rizos proviene aparentemente del interior del cuerpo de cada nube y no de una presión aplicada desde fuera; me hace pensar en los movimientos de un cuerpo dormido.

Es probable que por eso es que dejo de nadar y me pongo las manos en la nuca y floto. Mis dedos gordos de los pies sobresalen apenas de la superficie. El agua me sostiene.

Mientras más tiempo miro los rizos más pienso en historias sin palabras. Historias sin palabras –como las historias que podrían relatar unos dedos. Aquí, en realidad, historias narradas por minúsculos cristales de hielo en el silencio del cielo azul.

dibujo de los cirros

Ayer leí en la prensa que veinte palestinos fueron volados en pedazos en su propio hogar en Gaza, que Estados Unidos ha enviado en secreto trescientas tropas o más a Irak para defender los intereses de las refinerías de crudo; que James Foley, un periodista estadunidense que era mantenido como rehén por los ISIS, fue filmado durante el ritual en que lo ejecutaron por decapitación, y que 35 migrantes ilegales de India, hombres, mujeres y niños, fueron encontrados al borde de la asfixia en un contenedor dentro de un carguero que acababa de cruzar el Mar del Norte rumbo a los muelles de Londres.

Los cirros derivan hacia el norte, hacia el extremo más profundo de la alberca. Yo floto de espaldas, inmóvil. Observo las nubes y trazo con los ojos el mapa, el diseño, de sus ondulaciones.

Entonces la confirmación que ofrece la vista cambia. Me lleva tiempo entender cómo. Lentamente el cambio se hace evidente y la confirmación que recibo se vuelve más profunda. Los rizos de los cirros blancos observan a un hombre que flota de espaldas con sus manos en la nuca. Ya no los observo yo. Ellos me observan a mí.

Revisemos los detalles de las marchas contra el nuevo Orden Mundial en próximas fechas…

 

Traducción: Ramón Vera Herrera

http://www.jornada.unam.mx/2014/10/04/opinion/a03a1cul


El tiempo, Marx y “la talla del hombre” (John Berger)

“El cuerpo envejece. El cuerpo se prepara para morir. Ninguna teoría del tiempo nos presta alivio alguno en este punto. La muerte y el tiempo siempre han estado aliados. El tiempo se lo llevaba a uno con mayor o menor presteza; la muerte de un modo más o menos súbito.
Antes, sin embargo, también se pensaba en la muerte como la compañera de la vida, como la precondición necesaria para aquello que se convertía en el Ser a partir del No-ser; la una no era posible sin la otra. Como resultado de ello, la muerte quedaba limitada por lo que no podía destruir o por lo que habría de volver.
La brevedad de la vida era objeto de un lamento continuo. El tiempo era el agente de la muerte y uno de los componentes de la vida. Pero lo intemporal –aquello que la muerte no podía destruir– era el otro. Todas las visiones cíclicas del tiempo mantuvieron unidos estos dos componentes: la rueda que gira y la superficie sobre la que ésta gira.
Las principales corrientes del pensamiento moderno despojaron al tiempo de sus componentes, transformándolo en una fuerza activa simple y todopoderosa. Y al hacerlo, traspasaron el carácter espectral de la muerte a la propia noción del tiempo, que se ha convertido con ello en la Muerte triunfante sobre todas las cosas.”
[…]
“La era moderna de la cuantificación empieza con el álgebra y las series infinitas. El resultado de todo ello es que uno ya no cuenta lo que tiene, sino lo que no tiene. Todo se convierte en una pérdida.
El concepto de entropía es la figura de la muerte trasladada a un principio científico. No obstante, mientras que en el caso de la muerte se la consideraba una condición de la vida, en el de la entropía se mantiene que acabará por agotar y extinguir no sólo las vidas, sino también la vida. Y la entropía, según la definición de Eddington, ‘es la flecha del tiempo’.
La transformación moderna del tiempo, de condición a fuerza, empieza con Hegel. Para él, sin embargo, la fuerza de la historia era positiva; difícilmente encontraríamos un filósofo más optimista. Posteriormente, Marx se propuso demostrar que esta fuerza –la fuerza de la historia– estaba sujeta a la acción y la elección del hombre. El eterno conflicto en el pensamiento de Marx, la oposición original de su dialéctica, se deriva del hecho de que no sólo aceptaba la transformación del tiempo en una fuerza suprema, sino también deseaba volver a poner en manos del hombre esta supremacía. Ésta es la razón por la que su pensamiento es gigantesco, en todos los sentidos de la palabra. Marx confiaba en que la talla del hombre –su potencial, su fuerza prometedora– habría de sustituir a lo intemporal.”
Berger PáginasJohn Berger, Páginas de la herida, Madrid, Visor Libros, 2003 (ed. original 1995), pp. 105-106 y 107-108.