Otro crimen social más y van… (Eduardo Grüner)

1.

Otra vez. No terminamos de procesar lo de Once, y siguen los muertos. A esta altura ya es una perogrullada decir que –si bien todos los muertos son indignantes porque son todos igualmente víctimas de la perversión del sistema- son siempre los trabajadores, los pobres, los sectores marginados y excluidos los que sufren las peores consecuencias: no solo porque son más vulnerables y están más desprotegidos por las deficiencias edilicias, la escasez de infraestructura o la precariedad (cuando no directa inexistencia) de sus servicios asistenciales; también por su carencia de recursos simbólicos, de acceso a la opinión pública, de organización social, en fin, por el hundimiento en aquello que clásicamente Oscar Lewis llamaba cultura de la pobreza . Una “cultura” que se ha terminado transformando en una verdadera “segunda naturaleza”, que les impide hacer frente adecuadamente a la “primera”, cuando esta se derrumba sobre sus cabezas, y que ninguna AUH alcanzará, y cada vez menos, a paliar. Es una consecuencia perfectamente lógica del capitalismo, desde ya: el capitalismo no es únicamente un modo de producción extractor de plusvalía, sino –como efecto multiplicado de su “base económica”- un sistema sociometabólico (como lo llama Istvan Meszarós) que afecta a la totalidad de la vidade todos los que vivimos atrapados en sus mallas, pero de manera especialmente dramática a los “humillados y ofendidos” por necesidad del sistema: desde el deterioro de las condiciones de vivienda hasta la caóticamente desigual distribución del espacio urbano, desde la peligrosidad de las redes de transporte a la sobrecontaminación del aire o la superpolución sonora, y por supuesto la insuficiencia de elementales defensas eficaces contra las inundaciones y otras catástrofes “climáticas”, los efectos de un sistema en el cual –como decía el Marx de los Grundrisse – “el hombre es apenas un medio , y el fin es la reproducción de la ganancia”, se hacen sentir de manera trágica sobre aquellos hombres y mujeres que son más medios que otros. Si hay capitalismo, no hay “catástrofes naturales”: los desastres meteorológicos también son una materia prima y un escenario de la lucha de clases. Siempre hay que estar repitiendo estas generalidades, porque siempre corren el riesgo de quedar desplazadas de la vista por las disquisiciones ad infinitum o las discusiones bizantinas (con todo el debido respeto a la exquisita cultura bizantina) a propósito de quien / es detenta / n las responsabilidades particulares e inmediatas. Pero, atención: al mismo tiempo hay que saber que, en sí mismas, son generalidades que corren su propio riesgo, inverso al anterior: el de transformarse en abstracciones verdaderas, sí, pero que terminen diluyendo en la generalización las responsabilidades particulares e inmediatas, que efectivamente existen. Las sociedades capitalistas no son todas iguales: Amsterdam, por caso, es una ciudad virtualmente construida sobre el agua, y donde llueve mucho; nunca se ha sabido que un día de precipitaciones pluviales excesivas causara medio centenar de muertos. Aquí no se trata de postular las ventajas de un mundo “primero” sobre otro “tercero”, mucho menos de afirmar que hay capitalismos “mejores” que otros –después de todo, un país de imperfectísimo “socialismo” y de desarrollo económico y tecnológico incomparablemente menor no digamos ya a Holanda, sino a la Argentina, como Cuba, ha podido capear con menos pérdidas humanas temporales y huracanes mucho peores que las lluvias de Buenos Aires o La Plata: simplemente, les importa un poco más eso que se llama “la gente”-. Pero sí se trata de decir que, si todo capitalismo es por definición “salvaje”, en el nuestro el salvajismo descontrolado de las complicidades entre las clases dominantes, el Estado y los cómicamente denominados “representantes” del pueblo y de la clase política transforma a esa entente (lo supimos siempre, lo supimos de nuevo hace poquito por Once, lo seguimos sabiendo hoy mismo) en una horda “objetivamente” –y a veces muy subjetivamente- embarcada en la siniestra serialidad de los “crímenes sociales”.

2.

Hubiera sido patético, ridículo y hasta risible –si no fuera por la abyecta obscenidad que implica en medio de otra de esas “tragedias inevitables”- ver en los medios a funcionarios del gobierno nacional, de los provinciales y / o municipales, etcétera, invocando a una climatología “imprevisible” y simultáneamente pateándose entre ellos las responsabilidades, deméritos, ineficacias o inoperancias (¿en qué quedamos?: o es igualmente imprevisible para todos, o si hubo inoperancia es que se podía prever). Desde luego que nadie pretende –sería absurdo- que admitan en voz alta que la culpa es de ese capitalismo pluscuamsalvaje que ellos encarnan a plena conciencia y satisfecha corrupción, y con el cual todos -hay grados, como siempre, pero sin diferencias de “naturaleza”, valga la expresión- se han complicado a imagen y semejanza de sus padres y abuelos (porque se trata de una auténtica tradición nacional). Ni nadie pretende –sería impensable- que confiesen públicamente que los impuestos que pagan los ciudadanos, o los dólares con los que practican una retención obsesiva-anal, lejos de invertirse en las obras de infraestructura que pudieran protegerlos mejor contra los “imprevistos”, se usen para seguir pagando (con intereses, como Dios manda) a los fondos buitres (¿se ve la extrema finura de la perversión? al igual que al obrero, no contentos con extraerle plusvalía, se le hace pagar IVA para comprar la mercancía que él mismo elaboró, al pobre tipo que le aumentaron 500 por ciento el ABL lo ahogan , literalmente, porque su dinero fue a parar a las arcas imperialistas que, mediante las correspondientes “correas de transmisión” locales, van a seguir explotando a sus parientes, a su clase, a su pueblo, a su nación). Nadie pretende –sería inconcebible- que reconozcan que la propia lógica, ella sí “inevitable”, de los ultrasalvajes negocios inmobiliarios y la especulación con las tierras urbanas de las que son socios por acción u omisión impiden -no es solo un tema de “voluntad política”- una planificación racional de las estructuras urbanas que solo sería presuntamente posible bajo el control estricto y autónomo de los ciudadanos, los usuarios y los sectores populares más “afectables”. Nadie pretende –sería ingenuo- que expliciten las conexiones (no tan) “secretas” entre este desastre “ecológico” y la “ecología” económica y política que dirige a la megaminería y el genocidio de los Qom. Nadie pretende –sería inimaginable- que se autocritiquen de estar transformando una gran tragedia nacional causada por ellos mismos (continúan las finuras perversas) en un repugnantemente mezquino tironeo para ver quién consigue mejor posición negociadora en la Sociedad de Irresponsabilidad Ilimitada que continuará sin cambios sustanciales después de las elecciones de octubre. Nadie pretende nada de eso. Y sin embargo, nada de eso se puede dejar de decir. No se puede dejar de decir que, si no bastaban los hechos sociales para dejar en claro los límites infranqueables de los múltiples “relatos” con que nos atosigan, ahora llegó la mismísima naturaleza para anegar con su furia las imposturas –queridas o no, tanto da- de unos y otros socios de la gran estafa. Con los “derechos humanos” atragantados de las aguas servidas y las miasmas de nuestras polis, ¿dirán ahora que la Naturaleza misma está entrando en Plaza de Mayo “vestida de rojo”? ¿Estarán pensando en aplicarle la Ley Antiterrorista?

3.

Ahora bien: si se me permite parodiar afectuosamente una probadamente eficaz campaña publicitaria, ¿quiénpodrá decir todo esto? Para volver al principio de esta nota: ¿quién  podrá reconectar aquellas “generalidades abstractas” con estas “particularidades concretas”, enunciando con rigor y consecuencia las articulaciones entre ambas que hagan reconocibles e irrefutables los límites “narrativos” –y desde luego fácticos- de la fina perversión que nos rodea? Respuesta obvia: Nosotros, la Izquierda. Y absolutamente nadie más. Ya sé que en estos mismos momentos se está haciendo, que partidos, organizaciones, agrupamientos están produciendo sus declaraciones y documentos en esta dirección, “más allá de sus diferencias”. Pero justamente, ante una circunstancia como la presente –así como sucedió ante Once o ante Mariano Ferreyra-, se debería estar más acá de las diferencias. Se requiere una movilización conjunta de todas las energías de la izquierda –al menos la agrupada en el FIT, si no fuera posible por ahora más amplitud- que “saque a la calle”, por así decir, esta discusión por todos los medios posibles (desde los propiamente “mediáticos” a los actos públicos, desde los manifiestos unitarios a las asambleas en fábricas, barrios, universidades, etcétera) para mostrar que, en efecto, solamente la izquierda está en condiciones de denunciar con argumentos sólidostodo lo que este nuevo episodio condensa en materia de responsabilidades tanto “coyunturales” como “estructurales”, y todo lo que significa como nueva insistencia de una materialidad siniestra que ya ningún “relato” alcanza para desviar de la vista. ¿Sería esto, además de muchas otras cosas, también una “campaña política” con vistas a octubre? Claro que sí. Solo que con la radical diferencia de que permitiría dejar nítidamente establecido que esta campaña no es por una mayor porción de la torta asesina, sino para demostrar que la única manera de que la “torta” no siga matando es cambiando de cuajo los ingredientes y, sobre todo, la receta. Que de no ser así, seguirán ocurriendo “tragedias inevitables”. Y que eso, ni un milagro del Papa nacional y popular podrá evitarlo.

***

* Artículo tomado del blog de debate del IPS “Karl Marx”.


Eduardo Grüner: su “balance” de 2012

Leemos en el sitio de la Agencia Paco Urondo un texto de Eduardo Grüner, sociólogo, ensayista, e integrante de la Asamblea de intelectuales, artistas y docentes en apoyo al Frente de Izquierda (FIT), a modo de respuesta a partir de una serie de preguntas que le hicieron:

1 – ¿Cuál cree que fue el tema político del año?
2 – ¿Cuál es su visión sobre la ruptura del kirchnerismo con un sector del sindicalismo (Moyano)? ¿Qué cree que expresa la división del sindicalismo en cuatro centrales (2 CGT y 2 CTA)?
3 – ¿Cómo analiza las movilizaciones opositoras (13S, 8N)? ¿Y el acto en Plaza de Mayo del 9D?
4 – ¿Qué evaluación hace de lo que es la disputa en torno a la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual?
5 – ¿Cuáles cree que siguen siendo los temas pendientes en el país?
6 – ¿Qué expectativas tiene para lo que será el escenario político en 2013?

“Decido responder (casi) todo más o menos junto, puesto que evidentemente las preguntas están combinadas, si bien “desigualmente”:

Me parece bien interesante, para empezar –, y me permito hablar respetuosamente de un lapsus – que bajo la rúbrica “movilizaciones opositoras” se pregunte por el 13S y por el 8N, pero no por el 20N. También lo es, en verdad, que se diga “la ruptura del gobierno con Moyano”, y no al revés (¿o alguien cree que un gobierno peronista no hubiera querido seguir teniendo a Moyano de su lado?). “Síntoma”, en efecto, y tal vez “denegatorio”: sencillamente, no se puede creer que una movilización de una parte de la clase obrera y los sectores populares (con los dirigentes que tienen, claro: no perdamos tiempo en aclarar lo que todos sabemos) haya mostrado su oposición a ciertas políticas económicas del gobierno. Este es, desde mi perspectiva, el “tema político del año”: justamente aquel por el cual no se preguntó. ¿Por qué? Pues porque, signifique lo que signifique desde el punto de vista ideológico-político –eso lo veremos-, es un quiebre visible de la supuesta unanimidad de esos sectores sociales en su apoyo al gobierno. Los dirigentes, todos los dirigentes, decíamos, son lo que son. Pero los reclamos eran más que justos. Por sólo mencionar uno, que después de nueve años siga existiendo el mal llamado “impuesto a las ganancias” mientras sigue no existiendo un impuesto a la renta financiera y una profunda reforma impositiva, debería ser una señal clara de cuál es esa política económica. Y voten lo que voten esos sectores el año que viene (tampoco hay tanto para elegir) han empezado a comprender que cuando los reclamos son justos no pueden ser “psicopateados” con el argumento de que se les da pasto a las fieras clarinescas, o cualquier otra falacia por el estilo, que llevada al límite implicaría que no se puede protestar ni siquiera cuando es justo, porque eso beneficia a los “enemigos” del gobierno. Que es, en definitiva, lo que dicen todos los gobiernos –con lo cual hay que concluir que hoy , este es un gobierno más , como cualquiera, aunque no igual a cualquiera, porque los gobiernos son todos distintos-. Esto último es importantísimo, me permito abundar sobre ello en lo que sigue.

En otras ocasiones hemos insistido –no solo nosotros, evidentemente- en que el elenco K, a partir de 2003, fue el que más inteligentemente percibió que –después de las críticas jornadas de diciembre de 2001 y los procesos del 2002- el sistema político argentino requería urgentemente de una normalización para que el sistema económico (capitalista, se sobreentiende) pudiera volver a funcionar. Desde ya –esa fue la mayor inteligencia de los K- eso no se podía lograr haciendo como si nada hubiera pasado. Como si Néstor Kirchner, ganador de las elecciones del 2003 en las más extremas condiciones de debilidad política, no hubiera asumido aún llevando en sus oídos la “maravillosa música” del Que se vayan todos. Hubo que hacer concesiones (a los Derechos Humanos, a ciertos sentimientos antiimperialistas de la sociedad, al enojo con las privatizaciones menemistas, a las necesidades de los sectores más desprotegidos, etcétera) que aceitaran lo más posible las tuberías de la normalización sin que la lógica básica de la recomposición burguesa se viera dramáticamente afectada. No nos metemos aquí con la cuestión de hasta qué punto esas medidas provinieron de convicciones sinceras o fueron puramente instrumentales: es muy probable que haya habido una mezcla desigual de ambas cosas, pero no podemos saberlo ni importa mucho. El hecho es que estuvieron nítidamente inscriptas en el proyecto global de normalización burguesa. Que incluye, desde luego, al 40 % -entre desocupados estructurales y trabajadores “en negro”-, que no son ninguna “anomalía”, sino la muy necesaria exclusión incluida que disciplina a los trabajadores “blancos”.

Y bien, esta normalización ha quedado hoy plenamente completada (lo que no significa decir que vivamos en un país “normal”, sea lo que sea eso) incluso en el discurso oficial, y ello gracias al “20-N”. Hasta hace un tiempo todavía alguien podía atreverse a emprender sutiles debates semióticos, retóricos, hermenéuticos o estilísticos a propósito de cuánta distancia y / o contradicción podía haber (o no) entre el “relato” K y los hechos reales (ciertamente, “hechos” como la ley antiterrorista o la de las ART deberían haber terminado de liquidar tales debates: pero la ideología, se sabe, suele tener tiempos más lentos que los hechos). Ya no. La semiótica, la retórica y el estilo de todos los funcionarios K, de la presidente para abajo, a propósito de sus críticas al “parazo” del 20N, fue unánime y monocorde: provocación, extorsión, patoterismo, cortes y piquetes que impidieron ir a trabajar a los que lo deseaban (la inmensa mayoría, se supone, o al menos el 54 %), la injusticia de hacerle semejante bolonqui al gobierno “nac & pop”, la perversidad de “hacerle el caldo gordo a Clarín”, su carácter “claramente político” –chocolate por la noticia- y via dicendo.

Y la frutilla “filosófico-política” del postre: la respuesta la daremos en las urnas, como buenos republicanos para quienes la política –esa que, ya sabemos, “retornó” en el 2003 sin que sepamos adónde se había ido- se hace una vez cada dos o cuatro años, durante los minutos que lleve poner una papeleta en la cajita de cartón (en el cuartito oscuro, “solo con su conciencia”, como quien se confiesa). En suma: exactamente lo mismo que vienen diciendo (desde 1890, por decir algo) todos los gobiernos burgueses, sin distinción –en este rubro, entendámonos- entre conservadores, liberales, radicales, militares –salvo por las urnas, claro-, centroizquierdistas, centroderechistas, nacionalpopulistas, neo-libe-conserva-pops o lo que diantres fuere, para desacreditar la poca elegancia de las manifestaciones de protesta auténticamente populares. La mayor “sutileza” que algunos se permitieron (o pudieron pergeñar) fue que las “multitudes” del 20-N eran una “bolsa de gatos” inimaginable donde convivían la izquierda revolucionaria con Buzzi, Barrionuevo y el Momo Venegas (contrachicana obvia: si nos atenemos al relato oficial, ¿la convivencia en los aparatos del Estado, no en la unidad de acción en la calle, de Cristina e Insfrán, de Kiciloff y Caló, de Abal Medina y Gerardo Martínez, y así, hay que suponer que es el colmo de coherencia y homogeneidad político-ideológica? Es muy gracioso que desde el kirchnerismo se suela fustigar a la izquierda por su “purismo utópico”, pero si la izquierda, atemperando ese “purismo”, se une en la acción -no orgánicamente, por supuesto, como hace el gobierno- con otros, entonces es “oportunista” y “se ensucia las manos” ).

Un argumento “desacreditador” contra la izquierda fue, hay que reconocerlo, bien interesante como síntoma de toda una lógica de razonamiento: ¿cómo es posible que, por ejemplo, los partidos revolucionarios se hayan dejado “dirigir” por la Sociedad Rural? ¡”Dirigir”! Un psicoanalista ahí, por favor: es otro estupendo lapsus , revelador de una incapacidad congénitamente burguesa para siquiera imaginar que la clase obrera en su conjunto –no digamos ya la petite izquierda exenta de grandes aparatajes- pueda organizar, conducir, planificar y garantizar paros y piquetes (el tema “piquetes” merecería todo un ensayo irónico: una metodología de autodefensa que la clase obrera utiliza por lo menos desde las revoluciones de 1848 o la Comuna de Paris de 1870 resulta que ahora es –se escuchó así, aunque cueste no creer en una alucinación auditiva- algo “inédito / novedoso / impensable / inaudito”). Para los sedicentes ex montoneros, combativos “peronistas de izquierda”, cultores de “la columna vertebral del movimiento”, adoradores fetichistas de la “masa sudorosa”, un paro nacional obrero y popular sólo podía ser dirigido por la Sociedad Rural, o por Buzzi, o en todo caso por Clarín, y en el mejor de los casos por Moyano y la CTA-Micheli (a quienes, al revés, el gobierno debería agradecerles que el paro no fuera aún más importante, ya que se desvivieron por mantenerlo dentro de una “razonabilidad” que no cerrara todas las vías de negociación). Los oportunistas no son la SR, Buzzi y Clarín, que se “prenden” con el objetivo espúreo de llevar agua al molino de sus tironeos intra-burgueses con el gobierno, sino ¡la izquierda!. ¿Identificación especular invertida, dijo alguien? ¿Hacía falta algo más para certificar sin vuelta atrás la plena solidez de la “normalización burguesa”, al punto de que ya ni siquiera se escamotea en los pliegues discursivos? Say no more.

Por supuesto, es una normalización fallida. Mucho se habló, en su momento, del famoso discurso de Harvard, en el que la presidente argumentó que si fuera cierto que la inflación argentina es superior al 25 %, el país estallaría. Y bien: ahí está. No es, claro, que el país haya exactamente estallado: no hay situación prerrevolucionaria, ni volvió diciembre de 2001 (aunque en cierto sentido se abre potencialmente una situación mejor a la de entonces: ya diremos algo más al respecto). Pero el gobierno, y las fracciones burguesas que él representa, están en serios problemas. Si el 8-N, por su carácter claramente “gorila” y propatronal, con una base social y unas consignas y demandas –muchas de ellas autocontradictorias- que mayoritariamente correspondían a mezquindades materiales y simbólicas propias de cierta pequeña burguesía “antipolítica” (y es por todo eso que la izquierda no tenía que hacerse presente allí), si el 8-N, decíamos, pudo todavía, con grandes esfuerzos comunicacionales, presentarse como poco más que un picnic (gigantesco, eso sí) de “señoras gordas”, el 20-N es otro cantar. No importa cuál fuera –que la hubo, y es un tema que da para discutir mucho- la utilización que una parte de la burocracia sindical y de la centroizquierda hiciera para sus propios intereses particulares dentro de la política sistémica, la gran protagonista de esa jornada fue la clase obrera , levantando reivindicaciones no sólo legítimas en sí mismas sino que tienden a poner en cuestión la lógica y la orientación del “modelo” (y es por eso que la izquierda sí tenía que hacerse presente allí, asumiendo todos los riesgos de que las operaciones político-mediáticas, especialmente las oficialistas, la presentaran como subordinada a los “sellos” burocrático-políticos –, operaciones, por otra parte, a las que la izquierda ya debería estar acostumbrada-).

Más allá de esas dimensiones materiales, hubo un potencialmente poderoso efecto simbólico: es la primera vez en nueve años que el gobierno (y las fracciones burguesas que él representa, repitamos) se ve confrontado por un paro nacional –bien “piqueteado”, para colmo- del pueblo trabajador que supuestamente es el (“¡principal!”) beneficiario del “modelo”. No es que diversos indicadores no fueran perceptibles desde antes; pero esta vez los “indicadores” salieron juntos y encarnados a bloquear calles y rutas, y eso es un primer impulso hacia el canónico “salto cualitativo”.

No es cosa, pues, de minimizar un importante síntoma de resquebrajadura de la identificación masiva que el gobierno –con mayor o menor sincero autoconvencimiento- creía que esos sectores tenían con él. Hay que anotar que este quiebre se produce a pesar de que la “macroeconomía” (en el sentido plenamente patronal) aún no registra una gran crisis, e incluso hay todavía algún resto de “colchón” para otorgar módicas concesiones si fuera necesario (quizá a inicios del año próximo se discuta el vergonzoso impuesto al trabajo –es decir, el tributo que los trabajadores deben pagar… para ser explotados- repugnantemente llamado “a las ganancias”): pero, precisamente, cuando en una situación nacional que todavía dista mucho de ser una crisis terminal (ni hablar de la comparación con el sur de Europa) se puede producir un 20-N, tiene que significar que las papas queman mucho más de lo que el “autorrelato” K se imaginaba. Tiene que significar que las “molestias” que antes sólo se toleraban de mala gana (la inflación, los impuestazos, las misérrimas jubilaciones, las inundaciones, lo que fuera) porque parecían compensadas por los beneficios del modelo ya no lo parecen tanto, y se están volviendo intolerables. Tiene que significar que ya ni siquiera las burocracias sindicales, sean más o menos pro-“K”- alcanzan para contener el agua que empieza a colarse por la grieta en la pared, ensanchando cada vez más el agujero. Y tiene que significar, en fin, que junto a los límites del “modelo” asoman cada vez más nítidos los límites de las pretensiones “bonapartistas”: cuando las papas queman, no hay lugar para la ilusión de que se las pueda reacomodar cuidadosamente, una por una, para emparejar el calorcito.

El gobierno, por cierto, ha tomado nota. Incluso de una manera un poquitín “desesperada”. Como saben los lingüistas y los semiólogos, los tonos discursivos de la enunciación forman parte del sentido de los enunciados. Ante el 13-S y aún ante el 8-N aún prevalecía el sarcasmo, la socarronería, el “gaste” a los chetos finolis que no pisan el césped. Ante el 20-N la tonalidad dominante es la rabia, la frustración, la “firmeza” defensiva / reactiva (“A mí no me van a mover con aprietes”), cuando no el reproche plañidero de los padres decepcionados por el nene desobediente (¿cómo ellos nos van a hacer esto a nosotros, que les dimos la vida, que nos sacrificamos por su futuro?). Y es que la propia composición social mayoritaria del 20-N le quitó al gobierno de debajo de los pies el felpudo “clasemediero” sobre el cual podía ironizar como se hace con un adversario despreciable –se habrá observado que en el relato “pluriclasista” K la única clase que realmente existe es la “media”: es decir, justamente aquella que no es “clase” alguna-. No es nuestra intención seguir practicando psicoanálisis al paso, pero cuesta resistir la tentación de “interpretar” esos brotes de fastidio políticamente, como la bronca, atravesada por la “herida narcisista”, del que empieza a sentir que la posibilidad del “arbitraje” estatal ya empezó a hacer agua (para insistir con las metáforas hidráulicas), y corre el riesgo de que se la tome cada vez menos en serio.

Es por todo lo anterior, y tantas otras cosas que se podrían citar, que nos atrevíamos a decir que la situación –al menos en potencia, o como plataforma de ciertas condiciones de posibilidad- es mejor que la de diciembre del 2001. Tal vez es menos espectacular, menos convulsiva, menos inmediatamente explosiva. Pero está mucho más “estructurada” : la clase obrera está más armada, ha aumentado mucho su presencia en los lugares “fijos” de trabajo, por lo tanto ha aumentado también su presencia sindical (en parte por mérito del propio gobierno, cómo no, aunque sin olvidar que la “informalización” de una fuerza de trabajo superexplotada no ha disminuido). Hay nuevas camadas de obreros jóvenes –y buena porción de los “mayores”- que, después de haber pasado por las jornadas del 2001 / 2002, y se reconozcan o no como “kirchneristas”, ya no se someten tan “automáticamente” a la patronal, a la burocracia sindical o al mismísimo Estado como antes. Y, a riesgo de ser cargosos, repitamos que el “relato” K ya no les suena tan convincente como en los buenos tiempos del primer Néstor, “a la salida del infierno”: después de casi una década, al fin y al cabo, la reiteración ritual y machacona de los argumentos comparativos (con la dictadura y el menemato, con el delarruismo o el duhaldismo, últimamente con la crisis europea) empieza a sonar como una cantilena abstracta y previsible, tediosa, vacía de sentido, mientras a las masas se les hace cada vez más evidente la asociación del gobierno con el gran capital concentrado (“nacional” tanto como externo: Barrick Gold, Monsanto, etcétera) y su subordinación a la lógica financiera global, más allá de los tironeos de siempre, o de los pataleos de un juez yanqui de cuarta categoría (que por otra parte fue rápidamente “puesto en caja” por sus patrones, lo cual no es un azar, sino una demostración de que hay que contar con el gobierno “K” para el salvataje –si todavía se puede- de las grandes finanzas globales). Las masas, hay que convencerse, viven al día: les importa ante todo lo que les pasa hoy.

En suma: el 20N, como quiera que se lo juzgue, es lo más importante de este último período, porque es un acontecimiento inaugural: se cruzó una raya, aunque sería prematuro decir exactamente hacia dónde. Pero la cosa se mueve, después de mucho tiempo en que tuvimos que tolerar el mitologema dicotómico según el cual en la Argentina sólo había “K” (= “progresismo”) o “anti-K” (= “derecha”). El 13S y el 8N, en cambio, no aportaron nada nuevo (salvo quizá, en el segundo caso, el número). ¿El 9D? Fue un acto bien masivo, sin duda es una indicación de que el gobierno sigue contando con numeroso apoyo, aunque no se puede comparar a las otras fechas: fue un acto organizado “desde arriba” por el Estado, con abundante desembolso, y con códigos mucho más “festivos” que militantes, y que además tuvo que cargar con la frustración del sobredimensionado 7D. Como sobre este último alfanumérico también se omite prolijamente toda pregunta, aclaro: no soy de los que piensan que el asunto “Clarín” carece de importancia, en una época (mundial, y no solo local) en que vivimos sometidos a lo que sin sonrojo podemos denominar fascismo mediático. (Paréntesis más o menos teórico: soy adversario del concepto “medios de comunicación”; aquí me pongo en buen marxista –en todo lo demás soy malo- y elijo decir medios de producción de contenidos ideológicos comunicables. “Medios de comunicación” alude a la esfera de distribución y consumo –es decir, al mercado -, cuando desde el capítulo I de El Capital queda claro que el secreto está en la esfera de la producción -y sus “relaciones de”-. Ahora bien, ¿estamos bien seguros de que después de tres años de seudoaplicación de la bendita Ley, y aún si se barriera bajo la alfombra a Clarín, hemos afectado en un ápice esa esfera? ¿Lo harán Cristóbal López, Vila-Manzano, Haddad? ¿Podemos decir, con una mano en el corazón, que los medios pro-“K” actúan bajo una lógica radicalmente diferente en la producción de sus “contenidos ideológicos comunicables”?). Retomo: el affaire Clarín puede ser muy importante, pero elegirlos como prácticamente el único blanco (perdón, ahora también está la “corpo” judicial) de las batallas homéricas del gobierno, ¿no es una admisión implícita de que efectivamente hemos alcanzado la plena normalización burguesa (recuerdo al pasar que todos los gobiernos burgueses tuvieron algún problema con los medios, como es lógico; a decir verdad, este fue uno de los que menos problemas tuvo… hasta el 2008)?

En fin, ¿temas pendientes? En cierto sentido, ninguno. Esto es “lo que hay”, como diría mi querido amigo Horacio González. El gobierno no tiene “faltas” que “profundizar”, porque la lógica del “modelo” es esta, y sus “límites” son necesidades de esa lógica de “normalización burguesa”. En otro sentido, por supuesto, está todo pendiente”.


Carta Abierta/12: un nuevo cuento de política ficción

Por Ariane Díaz y Demian Paredes

Carta Abierta dio a conocer, tras un mes de crisis y discusiones acerca de si debían pronunciarse o no explícitamente por una reforma constitucional que permita la re-reelección de Cristina (como ellos mismos comentan en su asamblea), la primera “Carta Abierta” del año, titulada “La diferencia”.

Allí –se supone– intentan dar cuenta de la realidad nacional, regional e internacional, e insisten en defender al kirchnerismo como “un implícito y explícito sentido de la historia” igualitario cuyas características darían cuenta de una “peculiaridad irreductible” que subsiste “a pesar de que se lo quiere ver inmerso en el manejo de arbitrariedades, como disuelto en retrocesos y pequeñas maniobras de subsistencia”. Para ello, una vez más, el recurso es polarizar a nivel nacional e internacional con un “conservadurismo persistente” y con lo que llaman un “bonapartismo mediático” que con un bombardeo de imágenes y discursos busca derechizar el panorama político. Sin embargo, tanto en partes de la carta como en los discursos de sus organizadores, lo que aparece con más nitidez es una persistente referencia y ataque a la izquierda que, junto con la crisis internacional, parece no estar ya detrás de una pared o desacoplada.

Una realidad paralela

Los cartaabiertistas insisten en que su práctica crítica no sólo daría cuenta de la realidad sino que apunta aquellas contradicciones y problemas que en ella se plantean, sin concesiones políticas. Pero el “mundo feliz” que describen es tan feliz como el del relato ficcional de Huxley, sólo que la carta/12, además de escrita con menos talento, se pretende como una caracterización y crítica de la realidad cotidiana. La verosimilitud en todo caso no es una de sus virtudes.

¿Se puede aceptar como verosímil que, como dice la Carta/12 (la coincidencia de cifras y tipografía con el pasquín oficialista es quizás una de esas constelaciones iluminadoras que gustarían a Benjamin, aunque bastante obvia), el kirchnerismo “desde el 2003 instituyó a la autonomía financiera como raíz de la política económica” o que seríamos “libres para formular nuestros planes, establecer nuestra fiscalidad, direccionar nuestro crédito, manejar nuestra moneda, disponer de nuestras reservas, controlar los movimientos del capital especulativo, evitar la fuga de divisas”? Este gobierno pagó a comienzos de agosto nada menos que 2.300 millones de dólares a especuladores y “fondos buitres”; los mismos que están imponiendo duros planes de ajuste en Europa. Aunque se hable de “desendeudamiento”, lo cierto es que la economía nacional mantiene una deuda equivalente, para finales de 2011, a un 42% de su PBI. ¡Un porcentaje incluso mayor al 39% que hubo entre los años neoliberales 1994 y 2000! El hecho de que el 53% de la actual deuda sea intra sector público con el Banco Nación, ANSES y el Banco central no impide que los intereses y capital de la deuda se lleven, anualmente, un promedio del 10% del PBI. Sólo los intereses de la deuda significan alrededor del 10% del presupuesto público. En cuanto a la composición estructural de nuestra “burguesía nacional”, la “nacionalización” de YPF tan elogiada olvida decir que apenas fue una “recompra”, que la mitad de los títulos de la empresa siguen en manos de la multinacional Respol, de fondos buitre norteamericanos y del magnate Carlos Slim, y además están buscando asociarla con otras empresas igual de extranjeras, prometiendo a estas que podrán lleverse nada menos que la mitad de la producción de los proyectos en los que participen. La propuesta de que la presidenta, en palabras de Horacio González, lea y atienda a propuestas como el “fomento del despliegue de un empresariado mediano ligado al empuje de mejoras en la productividad, a la redistribución de ingresos y a un destino propio comprometido con la suerte del proyecto” vira el texto a lo autoparódico: basta ver el ranking de las principales empresas del país para darse cuenta de que la extranjerización de la economía, en casi una década de kirchnerismo, se mantiene incólume. En los pagos del joven gobernador K Urtubey, el Ingenio El Tabacal, regenteado por la norteamericana Seabord Co., que factura 2 mil millones de dólares anuales, no paga impuestos y recibe jugosos subsidios estatales. La semana pasada, sin cerrar las paritarias, levantó causas judiciales contra los dirigentes sindicales y trabajadores, y despidió a 57. Urtubey, los jueces, la policía y gendarmería acudieron… a rescatar a la empresa del corte que hacían los trabajadores de la ruta 50, reprimiendo ferozmente. Para muestra de la burguesía nacional que supimos conseguir, vimos su proceder recientemente en el crimen social de Once –en la Carta/12 disfrazado como “accidentes varios”–, donde se mantuvo, sin la menor diferencia con lo hecho en la década neoliberal, el estado calamitoso del sistema de transporte ferroviario que dejó 50 muertos y 700 heridos, todos trabajadores y de sectores populares humildes. Será por eso que hasta el mismo Jozami, en su intervención en la asamblea de CA, se ríe de los que siguen buscando “una burguesía nacional” capaz. Dicho sea de paso, el “empresariado pequeño y mediano” es el campeón nacional de trabajo en negro y la precarización laboral. Como Cristina no hace diferencias entre extranjeros y nacionales, o medianos o grandes, cuando se trata de defender al empresariado contra los reclamos de los trabajadores, cada vez que puede en sus apariciones públicas ataca a los trabajadores que salen a luchar y desmerece sus demandas (recordar, por ejemplo, su público desprecio ante los reclamos por tendinitis de los/as boleteros/as del Subte).

Párrafo aparte merece la referencia a los sindicatos que hace la carta en un marco de crisis del gobierno en sus relaciones con la CGT, en un momento en que la inflación y los efectos de la crisis provocan más fricciones en la puja por la distribución del ingreso, y luego de haber roto definitivamente sus lazos políticos con el moyanismo sin figura de recambio en el horizonte una vez que las acciones para líder de la CGT de Gerardo Martínez cayeron al publicarse que fue informante del batallón 601 durante la dictadura. La carta se pronuncia por “la posibilidad de modificar las antiguas organizaciones sindicales”, promoviendo leyes que permitan superar el hecho de que “las viejas conducciones no pueden admitir que la incorporación de más de cuatro millones de jóvenes trabajadores al circuito productivo acentúe la urgencia de un modelo sindical distinto, con democracia interna y mayores libertades de actuación y representación”. Pero este gobierno no sólo colaboró en lo más mínimo para “democratizar” las organizaciones de los trabajadores sino al contrario, actuó en pos de su división, como ocurrió en la CTA que la carta ofrece de modelo (en su ala oficialista, desde luego, aquella que miserablemente aceptó en el Consejo del salario un mínimo de 2.670 pesos) y como finalmente ocurre ahora con la CGT.

Pero aún más, la política de este gobierno hacia el movimiento obrero y sus organizaciones se ve reflejada en un hecho que la carta menciona como un “inédito hecho contemporáneo que, paradójicamente, surge de un reclamo social, de las actuaciones estatales y de los giros político-culturales profundos de la etapa política”: el juicio por el asesinato Mariano Ferreyra. Según la carta, “un antes y un después quedará sellado por le resultado de este juicio en el que no pueden quedar habilitada ningún tipo de impunidad”. Sin embargo, en el banquillo de los acusados faltan los empresarios… y el mismo Estado que intervino en el hecho a través de al menos tres ministerios: el del Interior, que dio orden a la Policía de dejar liberada la zona, el de Transporte, que es patronal y parte, al igual que Pedraza, de los negocios ferroviarios, y el de Trabajo, quien fue grabado charlando amigablemente con Pedraza sobre cómo controlar a la izquierda tras el artero ataque de la patota de la burocracia sindical. El hecho no es tan inédito si a los actores que menciona la carta los ubicamos en su lugar: son los reclamos sociales de los trabajadores y el pueblo pobre los que chocan con las burocracias sindicales (financiadas y encubiertas por las “acciones estatales”), que ni siquiera cosméticamente, como otras instituciones estatales, dieron cuenta del giro “político-cultural” que significó el 2001 (que nosotros preferimos llamar relación de fuerzas entre las clases frente a una crisis del régimen de dominación burgués que el kirchnerismo vino a intentar recomponer). Es que el crimen de Mariano mostró tanto las condiciones de precarización laboral reinantes como el poderoso entramado de intereses entre los gobiernos, la burocracia sindical y los grupos empresarios, que utilizan grupos de choque uniformados y no uniformados contra los trabajadores que luchan por sus demandas. Es un importante logro de la movilización popular haber puesto en el juicio a Pedraza, pero es una importante preocupación del gobierno mantener su impunidad. Más estructuralmente, es una necesidad del régimen burgués de conjunto el control del movimiento obrero por parte de una burocracia sindical adicta, para contener la reacción frente al “revanchismo contra el trabajo” de los empresarios, y no como plantea la carta, meros “obstáculos que surgen transversalmente de las afueras y del propio interior de ese movimiento político”. No son meros “tropiezos” las alianzas que el gobierno necesita con gobernadores como Insfrán, manifiesto involucrado en los crímenes contra la comunidad Qom, así como tampoco son “cabos sueltos” las policías bravas que la carta menciona. Son necesidades de la burguesía para mantener sus ganancias, que encuentran en el Estado garantías y herramientas, necesidades que se hacen cada vez más evidentes en tanto las posibilidades del “bonapartismo fiscal” se acortan. Pero de tales mecanismos y alianzas, la carta sólo tiene para decir que “crece la espesura de hechos que son portadores de cierta turbación y ambigüedad”.

Si la CA/12 es una carta de crisis, no lo es porque los hechos perturbadores que no dejan de acumularse los haya llevado a cuestionar la política que los produce, sino porque ahora, además de meter debajo de la alfombra estos hechos bajo el rótulo de “lo que falta”, tienen que sudar la gota gorda para colaborar con el gobierno en la solución de su “crisis de sucesión” y su intento de mantener disciplinado al PJ hasta el 2015. Aunque hayan decidido no terminar su carta con un llamado a la re-reelección explícitamente, es la capacidad de negación de la realidad de la intelectualidad K lo que parece haber pasado el punto crítico, y el cinismo lo que se ha puesto espeso.

Un Sarmiento al revés

En el terreno internacional, los cartaabiertistas reconocen (tardíamente) que hay una tragedia… “externa”: la crisis económica internacional. Así, viendo la debacle política y económica en el “viejo mundo”, fustigan la barbarie de los “gobiernos tecnócratas”, sus planes de ajuste y la subordinación a los grandes organismos económicos imperialistas. Horacio González llega a decir en la asamblea, incluso, que la CA/12 sería “anticapitalista”, y en el texto mismo se cita a Marx para el cual el mundo capitalista “surge y crece con sangre entre sus poros”. Así, se critican las “formas de vigilancia mundial, operaciones clandestinas e intervenciones militares”… (aunque apenas se aplaude una declaración diplomática de condena al golpe en Paraguay… de Honduras ya todos se olvidaron en las oficinas del Mercosur, “quinta potencia” económica mundial); se denosta el surgimiento de “un nuevo código penal sigiloso que internacionaliza puniciones, [que] regula su misma ilegalidad e introduce en el propio campo civilizatorio nuevas formas de violencia disciplinadora”… (¿será la infame “Ley antiterrorista” que votó el kirchnerismo en el parlamento nacional, a pedido de la Embajada yanqui?); o se destaca la “nueva hegemonía del capital y su despliegue revanchista contra el trabajo, manifestada en la redistribución regresiva del ingreso” y el “pacto con el diablo” que conformaría la “nueva alianza entre ejércitos tecnológicos y tecnologías financieras, la que usurpando la libre decisión de los pueblos, da curso a una nueva camada de administradores de emergencia que suponen que las poblaciones agredidas canjearán su futuro entrando en las nuevas burbujas del ilusionismo en el nombre de lo que ya no puede pensarse a sí mismo: el capitalismo mundial, en todos sus aspectos”. No se asuste el peronista ortodoxo. No es un súbito ataque de internacionalismo ni de radicalidad política de los intelectuales K: sencillamente es el viejo truco de usar palabras rimbombantes por izquierda para abonar lo contrario. Las referencias a la barbarie capitalista sirven para suscribir otra forma de “realismo” en el plano de la civilizatoria y progresiva política nacional: la real politik que crece proporcionalmente a la cercanía con los gobiernos y políticas que defienden. Por eso si se puede glosar a Marx cuando se habla de los países centrales, se pasa a un vago populismo que ha vuelto “sus miradas a procederes más ajustados a los deseos y necesidades de los pueblos” cuando se habla de Latinoamérica, y si se trata del país… se critica a la izquierda que no sería “lúcida frente a la paradoja”. Ya se sabe: el lugar ganado por la izquierda en el sindicalismo de base que efectivamente enfrenta a la burocracia, a la patronal y al propio Estado contestando al revanchismo patronal, su lugar destacado entre los organismos de DDHH no cooptados que han no sólo llevado a cabo sino abierto la misma posibilidad de los juicios a los genocidas, o su participación en las múltiples luchas por las demandas de los sectores más oprimidos y explotados… no hacen más que hacerle el juego a la derecha o, como gusta decir Horacio González en la asamblea, son meras consignas lanzadas sobre lo que a uno le gustaría que fuera y no lo que puede ser.

En suma, a causa de la catástrofe capitalista internacional, lo que se necesita en la arena nacional es: moderación de expectativas y… una reforma constitucional para habilitar a que CFK pueda presentarse para un tercer mandato, sin la cual no podrá seguir encarnando el “sentido progresista de la historia”, como señala Forster “para el que quiera leer”, resentido por no poder pronunciarse explícitamente en ese sentido, en la misma asamblea. No debería amargarse el filósofo especialista en Benjamin que parece haberse salteado las críticas del pensador alemán al “sentido de la historia” y al “progreso” como algunas de las ideas más nocivas que buscan evitar que los trabajadores tomen su destino en sus propias manos. Queda claro que la decena de páginas de la carta, las disquisiciones sobre la historia de las constituciones nacionales, e incluso las demandas justas que se mencionan aquí y allá en la carta (y que curiosamente encuentran un férreo oponente en la presidenta, como el aborto y las medidas medioambientales contra la minería), podían resumirse en la frase que decidieron finalmente no poner.

Bonapartismos

Así lo han entendido también algunos intelectuales liberales o social-liberales que han destacado el creciente “bonapartismo” kirchnerista que no respetaría la “institucionalidad”, y que en estos días han respondido a la carta y debatido con algunos de los cartaabiertistas esbozando un “clásico” de las tradiciones político-intelectuales locales: republicanismo vs. populismo.

Dejando de lado las alarmas desbocadas de un Aguinis, a propósito del debate sobre la reforma constitucional, Sarlo por ejemplo ha ironizado sobre la suma del poder político que Cristina ostentaría manejando el Legislativo y buscando eternizarse en el Ejecutivo, para finalmente pronunciarse a favor de “abrir el debate sobre nuevos derechos y perfeccionar las formas de representación. Sostener lo contrario implica una perspectiva estática y conservadora”, pero cuestionando si puede considerarse progresista la reelección ilimitada y proponiendo dicha reforma para adelante, cuando se haga insospechable que con ella se buscan fines espurios. Marcos Novaro por su parte le ha manifestado a González estar preocupado porque Carta Abierta no parece dispuesta a respetar las “reglas consensuadas” como la reforma política y la constitución, cuando sus resultados no favorecen la continuidad “del proyecto”, destacando que esta lógica de acumulación de poder en la Casa Rosada llevará en definitiva a un “desborde” que no pueda ser manejado y por lo tanto, a un “fracaso de la democracia”.

Carta Abierta por su parte ha contestado en su misiva número 12 fustigando al “bonapartismo mediático” de la corpo que nos impide ver el mundo feliz en que vivimos inmersos, recuperado la historicidad y relación de fuerzas que forjan normas institucionales como la constitución y que hoy, entre otros derechos que debe actualizar, necesita sobre todo permitir la continuidad de este proyecto. Laclau ha sumado su voz desde el “populismo democrático” apoyando la reforma para una “construcción de un Estado integral” (que atribuye a Gramsci en contra de la “extinción del Estado” de Marx) y también, atacando a la izquierda por ¿liberal?

Lo reiterado es que en este típico entuerto de la progresía intelectual nacional, como es habitual, en el fondo los oponentes tienen acuerdo aunque partan de tradiciones diversas. Los distintos acentos de unos y otros no cuestionan el régimen burgués que dirige el país: ambos bandos consideran que la sociedad debe organizarse “desde arriba” y no desde abajo y defienden la “democracia” entendida en un sentido formal, sin discutir cuáles son sus contenidos sociales reales. En definitiva, no proponen ninguna política alternativa para que no sean los trabajadores los que paguen la crisis capitalista que se desarrolla ante sus ojos.

La renguera de los cartaabiertistas en esta lid es que pretenden desprenderse de la acusación de bonapartismo y destacar el  “sujeto constituyente popular” –lo que sea que esto signifique– cuando la crisis capitalista, que acaban de descubrir, impone al kirchnerismo progresar por el camino… del ajuste. Y si el kirchnerismo, surgido para dar una salida a la crisis del dominio burgués y al cambio de relación de fuerzas con las masas, siempre ha transitado el camino de los mecanismos bonapartistas para reconstituir el régimen, no necesita menos sino más de estos mecanismos arbitrales cuando la recomposición económica que le permitió navegar este período parece estar llegando a su fin y el modelo muestra su progresivo agotamientoque reflejan los ajustes provinciales, la crisis de la infraestructura como en los transportes, las medidas de control cambiario y la propia inflación. A esto también responde la política de dividir las organizaciones sindicales y de otros sectores sociales de modo de no encontrar una resistencia unificada cuando la manta se acorte a pañuelo.

No haber dejado aquella frase final no hace más independiente a CA, sino en todo caso, menos audaz en su participación en el “operativo clamor” lanzado por el kirchnerismo. El tufillo menemista que le reprocha la oposición liberal a los K no es menos oloroso que el delarruísmo culposo con el que cargan los ex frepasistas o radicales (recordemos que con los mismos argumentos de “atentado a la de institucionalidad” cuestionaron en su momento las jornadas revolucionarias del 2001).

Por su parte, los ataques a la izquierda de los intelectuales K no logran ocultar su relativo fortalecimiento en el último período en el terreno de la lucha de clases y en la escena política nacional; incluso en sectores de la intelectualidad y de la cultura, como mostró la conformación de la Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT.

En todo caso, las diatribas de los cartaabiertistas contra la izquierda no hacen más que dejar en evidencia que sostener la ficción del progresismo K es, como diría un reconocido mafioso K, “de cumplimiento imposible” y que nosotros, la izquierda, tenemos más que nunca planteada la lucha  por la independencia política de la clase obrera para que la crisis la paguen los capitalistas.


Eduardo Grüner: “Una oportunidad única para que las perspectivas anticapitalistas consecuentes sean escuchadas”

Publicamos una entrevista realizada por LVO a Eduardo Grüner, sociólogo y ensayista, miembro de la Asamblea de Intelectuales, Docentes y Artistas en apoyo al Frente de Izquierda y de los Trabajadores.

A pocas semanas de cumplirse los 30 años de la ocupación de Puerto Argentino, se ha reavivado el debate sobre Malvinas. Desde el gobierno se ha destacado como “causa nacional” al mismo tiempo que se resaltaba el “buen trato” a las multinacionales inglesas. A su vez, un grupo de intelectuales entre quienes están Beatriz Sarlo, José Sebreli, Emilio de Ipola y Luis Alberto Romero, sacó un pronunciamiento donde se impugna el reclamo de soberanía argentina sobre las islas. ¿Cuál es tu opinión sobre este debate y las posiciones que surgieron?

El documento de esos intelectuales es un manifiesto… despropósito, para decir lo menos. Fundar la crítica a la política del gobierno sobre Malvinas en el argumento de la “autodeterminación” de los llamados “kelpers” es un mamarracho lógico, político, ideológico y hasta jurídico –aún si nos atenemos a la juridicidad “burguesa” internacional-. Desde siempre, el derecho de autodeterminación es para las naciones, pueblos o grupos ocupados, no para los ocupantes . Si estos intelectuales fueran consistentes, deberían demandar la devolución de Argelia a Francia en nombre de la autodeterminación de los pieds noirs, o el absoluto respeto a la autodeterminación de los colonos israelíes en la Franja de Gaza, o de las tropas yanquis en Irak y Afganistán (después de todo, esos pobres hombres hace años que están allí trabajando ¿no?). ¿Y de los irlandeses que hace 800 años que luchan por su autodeterminación, no tenemos nada que decir? En fin, de este “argumento” ni vale la pena ocuparse. Lo que sí es preocupantemente sintomático es que los firmantes elijan justamente ese punto indefendible para oponerse al gobierno. Quiero decir: hubieran tenido muchas otras cosas de que agarrarse, bastante más gruesas. Podían haber señalado, por ejemplo, el contrasentido entre las declamaciones patrióticas y las excelentes relaciones con las multinacionales británicas (y no sólo ellas, claro), incluyendo las de la megaminería, el petróleo o las finanzas. O entre las diatribas contra el colonialismo en nombre de la democracia y la igualdad, y el sometimiento de nuestra soberanía a organismos internacionales para dictar nada menos que leyes “antiterroristas”. Pero nada de eso se menciona, y menos aún se coloca el debate en el contexto de un conflicto con un gobierno decidida y multisecularmente colonialista e imperialista como han sido todos los gobiernos británicos. Al contrario, se usa el mismo argumento de Cameron. Solo falta que digan que los colonialistas somos nosotros . Dadas esas omisiones y este argumento, sólo cabe una conclusión: es una declaración nítidamente de derecha, proimperialista, procolonialista o como se quiera decir (a propósito no digo “pro-británica”, porque “británicas” son asimismo las masas populares que resisten en las calles británicas los bestiales ajustes de Cameron y de las clases dominantes igualmente británicas, y si se quiere hablar de “intelectuales”, británicos son E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, Raymond Williams, Terry Eagleton, Perry Anderson y etcétera , para no mencionar a Shakespeare y los Rolling Stones). Para colmo, se empieza recordando el desastre de la guerra de 1982, implicando que las canalladas de la dictadura militar deslegitiman cualquier política de recuperación de nuestros territorios ocupados. O sea, el viejo truco ideológico de la “parte por el todo”, que tan bien conocemos los intelectuales desde los sofistas presocráticos. Otra cosa, insisto, hubiera sido decir que ningún gobierno burgués va a poder llevar adelante consecuentemente la lucha por esta o muchas otras justas causas nacionales, porque tarde o temprano va a chocar con los límites del “modelo”. Si no se dice eso, y sean cuales sean las intenciones subjetivas de algunos de los firmantes (que no estoy en condiciones de juzgar) esa declaración es un para mí inexplicable disparate.

En las últimas semanas el gobierno ha salido a respaldar la minería a cielo abierto, ha salido a la luz la trama de espionaje a la militancia y los luchadores en torno al llamado “Proyecto X”, y la semana pasada en el Ferrocarril Sarmiento tuvo lugar un verdadero crimen contra el pueblo trabajador. En este marco ¿cómo ves al gobierno y, en especial, a la intelectualidad agrupada en torno a Carta Abierta?

El gobierno está en problemas. Todo eso que ustedes señalan –y que viene a sumarse a tantas otras cosas que se podrían citar de los últimos años- ha adquirido de pronto una “transparencia” (valga la expresión) que va volviendo cada vez más tartamudas las narrativas oficialistas (los últimos “lapsus”, por así decir, de Schiavi o Garré son interesantes síntomas, así como lo es el dislate desopilante de presentarse como “querellantes”). Ni siquiera las barbaridades de los medios opositores de derecha alcanzan ya para justificar comparaciones más o menos favorables. A lo de Once, en el mejor de los casos, se lo llama “tragedia”. Falso de toda falsedad. Aquí no hubo designios enigmáticos de los dioses, ni Orestes o Antígonas empeñados en hacer justicia contra el mismo Zeus si hiciera falta. También se ha dicho que era “evitable”. En realidad, no: dada la oscura trama de complicidades estructurales entre las empresas, el gobierno, las burocracias sindicales, etcétera, tarde o temprano una cosa así era casi inevitable, como lo advirtieron incluso organismos oficiales; y en ese sentido se puede hablar de un “crimen social”. Otros lo llaman siniestro, y eso no está mal: aunque no lo es en el sentido de un incendio accidental, sí lo es tomando todas las acepciones de esa palabra. Como sea, podría ser un punto de no retorno. Es (como decíamos sobre Malvinas, sólo que enormemente más dramático en lo inmediato) uno de esos puntos en los que lo real de un régimen social le pone límites en efecto siniestros a todo intento de “simbolización” de un “modelo”. 51 muertos y 700 heridos causados por aquella trama es algo demasiado horroroso para “balancear” contra las “reparaciones” o “reformas”, incluso en el campo de los Derechos Humanos –de los cuales se ve que millones quedan excluidos sólo por subirse a un tren para ir a ser explotados-: son cosas inconmensurables. Y desde ya que la “intervención” (¡por 15 días!) que se ha decidido no va a solucionar nada si no media una transformación radical del sistema, una nacionalización vía expropiación, y con la participación activa de los que saben en serio lo que pasa adentro: los trabajadores ferroviarios y los usuarios de las clases populares. Algo que el gobierno no puede hacer, está claro, aunque debe reclamarse. No quiero decir con esto, todavía, que vaya a haber un vuelco espectacular de la situación política pasado mañana. Pero las fronteras de lo que feamente se llama el “relato” (todos los “relatos”: también los de una “oposición” cínica que se “cuelga” de los muertos con las peores intenciones) están que arden. Esto debería alterar de fondo la lógica misma de los discursos sobre la “profundización” de “lo que falta”. Veremos.

Desde mediados del año pasado se viene desarrollando la Asamblea de Intelectuales, Docentes y Artistas en apoyo al Frente de Izquierda, con cinco asambleas, jornadas de discusión, los debates en el blog, las varias declaraciones que fuimos sacando, y ahora el proyecto de editar una revista de la Asamblea. ¿Qué papel tendría que tener la Asamblea de Intelectuales en la actual situación? ¿Y en particular que rol opinás que podría cumplir la revista de la Asamblea?

La Asamblea (no es la primera vez que lo decimos) es un fenómeno inédito en la historia reciente de la izquierda, y por supuesto está vinculada a, o es un efecto de, ese otro fenómeno inédito, el FIT. Como tal, hay dentro de ella, para hablar rápido, una tensión delicada entre el decidido apoyo y la plena pertenencia . Por un lado, una tarea central de la Asamblea es la de contribuir al crecimiento y consolidación del Frente. Por otro, y contra lo que podría indicar una primera lectura de “sentido común”, el mantenimiento de aquella “tensión” es altamente productiva ojustamente para ese objetivo, entre otros. Permite una relación dialéctica dentro de la cual las potenciales diferencias se articulen en un nivel más alto que el de la mera sumatoria o “promedio” de las posiciones. La relativa autonomía de los individuos o de los grupos “no alineados” debería hacer a un intercambio rico y creativo, desde ya dentro de los límites de la política común. Por supuesto, esa “productividad” se transformaría en parálisis si todo se limitara a la pura “tensión”. En este momento, eso sería lamentable. Por todo lo que veníamos diciendo, se abre una oportunidad única para que las perspectivas anticapitalistas consecuentes sean escuchadas , y pasen a ser parte del debate público. De entre los proliferantes agrupamientos de intelectuales, solamente la Asamblea está hoy en condiciones de producir un discurso –ya dije que no me gusta el término “relato”- argumentado de manera rigurosa para constituir una verdadera “alternativa”, una diferencia con los discursos hegemónicos. Es lo que se ha venido haciendo en el blog o en las asambleas, sin duda, pero eso no basta, es tiempo de un salto cualitativo. Para eso hay que salir más a la calle (confesémoslo: la Asamblea no tiene la presencia pública que han conseguido otros colectivos que en verdad no representan nada, no digamos ya Carta Abierta, que sí representa algo). La revista puede ser esencial para ese “salto”, si sabemos hacer una publicación “abierta” e intelectualmente rigurosa, sin concesiones facilistas, debatiendo todas las diferencias, pero políticamente situada sin equívocos.


Blog recomendado: “Soy piel roja”, de Claudia Gilman

¿Les gusta la literatura? ¿Y Borges? Bueno: esto, más música e historia (hay muchos videos: desde uno sobre el libro de Elena Poniatowska sobre la masacre de Tlatelolco hasta otro del nazismo en 1936, inaugurando los juegos olímpicos) son algunas de las (muchas) cosas que se pueden encontrar en el interesante blog de Claudia Gilman (escritora, investigadora y docente de literatura –con quien además tuvimos hace algunos años un intercambio a propósito de su muy comentado libro Entre la pluma y el fusil–).

Helo aquí:

Eso sí, un consejo: es mejor ser políglota, o al menos saber inglés, para poder apreciar (entender) mejor la cantidad de videitos que cuelga 😉


Desarrollar la Asamblea de Intelectuales en apoyo al FIT

* Posteamos la nota aparecida en La Verdad Obrera de Esteban Mercatante, sobre los desafíos planteados a la Asamblea abierta de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT, quien tiene su 5ta. asamblea mañana, en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), a las 14hs.

Los votos logrados por el FIT el 23 de octubre significan un importante reconocimiento entre sectores de trabajadores y de la juventud a un frente que defendió una posición de independencia de clase tanto frente al gobierno como frente a la oposición patronal, y a la intervención activa que tuvo la izquierda en las principales luchas de estos años. Un gran hecho político en el marco de la conformación del Frente ha sido la puesta en pie de la “Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT”.

A diferencia de la intelectualidad kirchnerista, para la cual apoyar un proyecto político significa alinearse sin chistar con la política oficial, y cada vez más elaborar argumentos estrambóticos ante cada giro más a la derecha del gobierno, durante estos meses hemos realizado en la Asamblea debates muy importantes que ya hemos reflejado en estas páginas y en el blog del IPS.

Este nucleamiento en apoyo al FIT es un primer síntoma que puede prefigurar un cambio más amplio en el panorama intelectual nacional dominado por la resignación y el “arrepentimiento” que marcó a la intelectualidad progresista desde los ‘80. Una intelectualidad que desde la vuelta de la democracia adoptó, sin más, posiciones liberales y coincidió en forma unánime, a pesar de sus distintas tradiciones, en cuestionar toda idea de revolución; los mismos que, después del 2001, se inclinaron por la defensa de las instituciones ante las amenazas de “anomia”, y sólo en algunos casos coquetearon con los “movimientos sociales” emergentes de los sectores obreros y populares que resistían los intentos de descargar sobre sus espaldas los costos de la crisis. Esta intelectualidad, tanto en su variante nac&pop como en su variante social-liberal del tipo de Beatriz Sarlo, apoya satisfecha la “restauración” kirchnerista que sacó de las calles a los sectores movilizados y recreó las expectativas sociales en las mejoras que pudieran lograrse en los marcos capitalistas.

Apóstoles del conformismo

Los intelectuales K son los principales apóstoles de este conformismo, del “nunca menos”, y nos presentan como horizonte de transformación insuperable las medidas distributivas que puedan surgir de este Estado, el mismo que defiende a rajatabla las conquistas que significó el neoliberalismo para la burguesía.

Aunque el leit motiv de Carta Abierta es reivindicar desde su propio nombre la figura tradicional del intelectual comprometido, lo cierto es que los principales hechos políticos ocurridos desde su conformación han mostrado exactamente lo contrario. Aunque su alineamiento con el oficialismo no ha estado exento de algunos reparos, cada vez que se puso en evidencia que este Estado gestionado por el peronismo se sustenta en la “triple B” (burocracia sindical, policía bonaerense y barones del conurbano, cuya violencia ha dado un saldo de más de una decena de muertos en el último año), un vergonzoso silencio les ha permitido superar los malos trances. El mismo silencio que hemos visto ante las persecuciones judiciales a los dirigentes obreros del sindicalismo de base de los últimos meses.

Hoy, con el 54% de los votos obtenidos por Cristina, estos sectores se muestran a la ofensiva. González en 678 insiste a los panelistas que dejen atrás el recuerdo del bochorno pasado, cuando Sarlo fue de invitada al programa, y que consideren el “53,9 de argumentos” que tienen para discutirle. Mientras tanto, un ala más rabiosamente cristinista encabezada por Ernesto Laclau participa de la mano del propio Secretario de Cultura Jorge Coscia del lanzamiento de la revista Debates y combates. Las jornadas que presentaron esta revista tenían como objetivo declarado “producir una crítica, un lenguaje alterno y también una superación del discurso liberal individualista, dominante en los medios de comunicación de masas y en el debate contemporáneo sobre la naturaleza de la democracia”. Pero cuando especifican más explícitamente, Laclau plantea por ejemplo que cree “que el Estado es un espacio de lucha también. Es necesario articular los dos niveles. Si privilegia sólo el Estado, entra en una posición liberal. Si uno pasa a un libertarianismo extremo, corre peligro de una cierta impotencia”. La ausencia de cualquier referencia al carácter de clase del Estado no es mera coincidencia. Esta intelectualidad no hace más que acompañar –y en esto coindicen los intelectuales “opositores”– el proyecto de “capitalismo en serio” que Cristina contrapuso al “anarcocapitalismo” financiero, cuya base sería la distribución progresiva del ingreso y el gasto social. Pero el “modelo” que Cristina busca exportar, como todo capitalismo, no tiene otra base que la explotación obrera, que alcanzó niveles sin precedentes gracias al mazazo al salario de 2002, y la precarización laboral, heredadas de los ’90, defendidas a rajatabla por el gobierno, los empresarios y la burocracia sindical.

Organizar un nuevo inconformismo

Aunque el gobierno insista con que acá la crisis no llega y que tenemos otro “modelo” que Europa debería imitar, y Cristina critique las políticas de ajuste, esto es lo que ha comenzado a anticipar para su próximo gobierno. Los varios ataques dirigidos a los sectores combativos del movimiento obrero son una preparación para un escenario donde la crisis internacional preanuncia mayores choques entre las clases. La “triple B” se prepara para golpear más duramente y Cristina está aprovechando el crédito logrado con el 54%, gran parte del cual fue un voto conformista a la espera de preservar el “nunca menos”, para acercarse nuevamente a los sectores empresarios con quienes la relación se había ido enfriando.

Pero las expectativas de los trabajadores y la juventud explotada y oprimida chocarán con la orientación política de un gobierno que es gerente de los negocios capitalistas. La campaña del FIT mostró que parte de estos sectores apoyaron o escucharon con respeto nuestras propuestas. La Asamblea en apoyo al FIT mostró que tampoco puede decirse que entre los intelectuales, docentes y artistas, a la izquierda del kirchnerismo haya una pared.

Creemos que este espacio puede expresar una disputa con la intelectualidad conformista y, frente a un escenario de crisis y rupturas con las ilusiones del “nunca menos”, podrá plantearse también el desafío de constituir una referencia para una intelectualidad que busque ligarse a la clase trabajadora y plantear una perspectiva anticapitalista. Por eso nosotros apostamos a que la Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT dispute contra la miseria de lo posible que expresa la intelectualidad progresista nacional.

En la próxima asamblea, a realizarse este sábado 12/11 en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) discutiremos qué iniciativas podemos definir para avanzar en estos objetivos. Tenemos el desafío de profundizar los debates que iniciamos durante estos meses, sobre cómo es posible que la izquierda clasista conquiste una fuerte inserción en la clase obrera, desde donde plantear un programa para el conjunto de los oprimidos, base fundamental para pensar seriamente en la posibilidad de constituir un partido revolucionario.


Revista Ñ: Christian Castillo: “Para nosotros militancia no es arribismo”

Christian Castillo: “Para nosotros militancia no es arribismo”

“Plantear un escenario en el que a la izquierda del kirchnerismo sólo está la pared es falso”, afirma el sociólogo y candidato a vicepresidente por el Frente de Izquierda, que analiza las contradicciones del ala progresista del gobierno.

Por Horacio Bilbao

DISTANCIA. PARA CASTILLO, LOS KIRCHNER TOMARON “MEDIDAS A IZQUIERDA Y DERECHA SEGÚN LA OCASIÓN”.

Milagro mediante, la izquierda clasista sube su voz en el adormecido debate electoral. En la calle, las fábricas y las universidades, donde siempre estuvo, pero también en las librerías y en el fango intelectual, donde los kirchneristas de Carta Abierta tienen ahora una nutrida oposición marxista, trotskista. En ese rumbo, La izquierda frente a la Argentina kirchnerista (Planeta) nuevo libro del sociólogo Christian Castillo (1967), dirigente del PTS y candidato a vicepresidente por la coalición que su partido integra junto al PO y la izquierda socialista, es un punto de partida para entender esta cruzada. Una recopilación de artículos que va desde 2002 hasta hoy clarifica posiciones en algunos temas clave. Enfrenta al kirchnerismo pero también marca diferencias hacia adentro, más allá de los 22 puntos programáticos que hoy enlazan a este Frente de Izquierda. A 8 días de las elecciones, Castillo explica por qué la adhesión que lograron en las primarias representa todo un síntoma político.

Desde el título, el libro sale a disputarle un espacio al kirchnerismo, y hasta puede leerse como una respuesta al por qué no han sido cooptados por este movimiento, que sedujo a buena parte de la izquierda. ¿Es así?

En el terreno discursivo, el sector progresista del kirchnerismo intentó constituir un campo político contra la derecha. Nosotros mostramos que plantear un escenario en el que a la izquierda del kirchnerismo sólo está la pared es falso. En el libro se puede ver que siempre mantuvimos nuestro espacio independiente, señalando que el kirchnerismo no representó nunca los intereses de los trabajadores. Su misión fue restaurar el poder del Estado capitalista, en crisis con las manifestaciones populares de diciembre de 2001. Pero tuvo que dar cuenta de la situación creada por esa crisis, si no no se entiende el giro del propio peronismo. ¿Cómo pasan del menemismo a un discurso de centroizquieda? El mismo Kirchner había asumido políticas neoliberales, las petroleras por ejemplo, y luego lo vemos tomando la bandera de los derechos humanos y enfrentado con los noventa. Lo que hay que analizar es cómo legitima el kirchnerismo ese discurso.

Tendrá que admitir que hubo algunos hechos concretos. Seguimos siendo una patria sojera, y el esquema de impuestos no ha cambiado, pero el Estado se fortaleció, recuperaron las AFJP que era un planteo de ustedes. ¿Por qué esa ambivalencia?

Los Kirchner son políticos pragmáticos. Tomaron medidas a izquierda y derecha según la ocasión. Siempre dentro de un orden capitalista. Pero su proyecto de recomposición de una burguesía nacional es imposible. Sobre todo porque aquí el dominio de la economía está en manos del capital extranjero. Dos tercios de las principales 500 empresas siguen perteneciendo al capital extranjero. Igual que en los noventa. La redistribución de la riqueza es sólo discursiva. Hay mucha mitología construida desde el discurso.

Mitología, posibilismo… el voto en las primarias parece avalar esa idea de cambio gradual, lejano a las transformaciones que proponen ustedes…

El kirchnerismo no plantea un cambio en las condiciones de la clase trabajadora. Ellos dicen: gracias a que tienen trabajo. Pero la mayoría tiene un salario bajo, y las cifras de trabajo en negro y precarizado son alarmantes. Esas condiciones no son imposibles de cambiar. Esa idea de gradualidad funciona mientras el país crece a tasas chinas, porque le permite subsidiar y repartir para acá y allá. El posibilismo puede caer rápido en medio de la crisis mundial, allí se reabren las contradicciones.

Los famosos ciclos de la Argentina, ¿cuál sería la diferencia ahora?

La clase trabajadora sufrió dos grandes derrotas. Con la dictadura y en los noventa. Ahora nos estamos recuperando. Vuelve la oposición clasista en los sindicatos, que empieza a disputarle el poder a la burocracia y a las patronales. Esa oposición está ligada al Frente de Izquierda, y significa una potencialidad muy grande. Estamos ganando espacios en la vida del movimiento obrero, el estudiantil y también en la nueva configuración de fuerzas en el terreno de la intelectualidad. En 2008 apareció Carta Abierta, pero ahora el Frente de Izquierda logró la adhesión de más de 600 intelectuales. Expresa un nuevo síntoma político.

Para que ese síntoma cristalice, necesita de una masa crítica que adhiera a sus propuestas pero que, sobre todo, crea en su viabilidad, si no también quedan en el terreno discursivo.

Desde ya. No vamos a lograr mucho con un diputado. Tal vez se conozcan nuestras demandas, pero siempre depende de la capacidad de movilización y lucha del pueblo trabajador obtener sus propias reivindicaciones. Las grandes transformaciones históricas han venido con grandes movilizaciones de masas. Apostamos a eso. Si el kirchnerismo entra en crisis –y va entrar porque es difícil encolumnar a gente que plantea cambios progresistas con Insfrán, Gioja o la burocracia sindical– lo importante es tener una izquierda fuerte, con un programa anticapitalista, sino todo vuelve a ser como antes.

Es una apuesta riesgosa pensar en ese desacople, en el desencanto de la izquierda que se hizo kirchnerista. Muchos dicen que no critican para no ser funcionales a la derecha.

Eso es lo que nosotros le criticamos a su ala progresista. Hacen propaganda, presentan al kirchnerismo como lo que no es, ocultan los factores del poder real. Los gobernadores, los intendentes del conurbano, la policía y la burocracia sindical. El papel que juega la izquierda kirchnerista es hacer como que la derecha kirchnerista no existe.

¿Cambiará ese papel tras las elecciones?

Yo espero que sí.

Las bases del kirchnerismo parecen más identificadas con el discurso progresista, ¿qué es de esperar que hagan frente a esta contradicción?

Si la crisis golpea fuerte, se va a acabar esa situación en la que cada uno dice lo que quiere. Esas contradicciones se van a dar en el seno del kirchnerismo, porque muchos trabajadores que votan a Cristina simpatizan con las ideas de izquierda. Y veremos qué pesa más, si la lealtad a un proyecto político o a la realidad de las demandas populares. Los critico por haber tomado un papel crucial en esa idea que buscan imponer, la de que a la izquierda del kirchnerismo no hay más que una pared. Eso fue instalado por Carta Abierta, que no acepta una izquierda anticapitalista. Pero dónde estuvieron en el conflicto en Ledesma, dónde con los muertos qom en Formosa. Hacen la vista gorda, por eso es necesario fortalecer la opción de la izquierda.

¿Cómo hará para que esto no quede en el milagro o en una campaña twittera?

La elección del Frente no es producto del Twitter. Antes habíamos logrado un legislador en Neuquén, otro en Córdoba, y la campaña nacional en Twitter fue el reflejo del impacto que tuvimos con nuestra militancia y spots. No fue una casualidad, jugamos con la idea del milagro, pero la izquierda clasista ha tenido una presencia histórica, un lugar que hemos ganado.

¿Por qué no hay un capítulo dedicado a la militancia, ahora que todos la reivindican?

Lo tenemos como algo incorporado. No somos figuras mediáticas, las ideas que expresamos vienen de las luchas de nuestros propios militantes. Y somos críticos de aquellos sectores del kirchnerismo que ven la militancia como una posibilidad de arribismo, pero también vemos que hay muchos jóvenes que han dado un paso hacia la vida política, identificándose con su discurso de derechos humanos y anticorporativo. Ese sector es permeable a las ideas de izquierda, a diferencia de los que militan para hacer carrera.