1984, de George Orwell (audio + texto + película de 1956)

Estuve el sábado pasado en la radio, en Pateando el Tablero. Y allí pude hablar -brevemente, por falta de tiempo- de la novela 1984 y de su autor, George Orwell.

El audio, acá.

* A continuación, los apuntes completos de la intervención preparada para el programa, pero que por falta de tiempo no se pudo desarrollar en su totalidad.

Y abajo, la peli.

***

Si hablamos de George Orwell, hablamos del escritor que creó al personaje llamado Gran Hermano; al líder (de un país imaginario) que vigila a toda la población las 24 horas del día. Hablamos entonces de la obra original de donde salió el título para el conocido reality show internacional, que filma a un grupo de gente conviviendo, las 24 horas en una casa.
Más allá del “dato televisivo”, lo cierto es que Orwell fue un escritor de izquierda, con una vida (y una obra) muy interesante…

* * *

La novela es una anti-utopía, o distopía (o utopía negativa). Estas son palabras que aluden a una obra de ficción que habla de un futuro… no tan lejano, donde los acontecimientos que ocurren tienen el signo de lo negativo: se habla de una sociedad vencida, dominada y oprimida; de un Estado totalitario, “impersonal”, donde hay héroes que luchan y son, la mayoría de las veces, derrotados por algo así como una “tecnocracia”. De hecho Orwell reconoció haber leído al menos dos novelas del mismo tenor que lo inspiraron a hacer la suya: Un mundo feliz, del filósofo AldousHuxley, y Nosotros, del escritor ruso EvgenyZamyatin.
1984, escrita (en su mayoría) en 1948, se publicó el 8 de junio de 1949 y narra el combate que emprende Winston Smith, miembro de del “partido único” del Gran Hermano. Smith es una especie de trabajador estatal, un “externo” del partido gobernante; algo así como un integrante de una clase media asalariada, separada de otro sector social, llamado “los plebeyos” (éstos viven en barrios pobres, marginados y tomando ginebra barata). Smith se ocupará de modificar, día a día en el Ministerio de la Verdad (donde trabaja), las cifras y datos que se deben hacerse públicos, hasta que el amor por una chica, la vigilancia estricta (por medio de las “telepantallas”) y todos los hábitos a que induce el régimen (las estadísticas siempre positivas, “infladas” hasta el infinito, el chivo expiatorio de un renegado traidor a la patria que funciona como “válvula de escape” al malhumor social, etc.) y el conjunto de las medidas de control lo hace ir desconfiando más y más acerca de lo que ocurre en realidad.

* * *

El gobierno del Gran Hermano, además, propone a la población como tres “máximas”, tres consignas, digamos, “de gobierno”, que deben adoptar –en el pensamiento y en la acción– las masas del país.
Dicen:
Paz es Guerra. Cosa que alude al “estado de guerra permanente” que se vive en el país y el continente donde se desarrolla la novela, el gobierno del Gran Hermano dice que la población debe hacer los máximos esfuerzos de guerra para podermantenerse; para que no lo derroten otros;
Libertad es Esclavitud. Que para mí es como si se exaltara la condición (de regimentación y vigilancia perpetua) de la gente; como si el estar permanentemente vigilados por el Gran Hermano (una vigilancia que hace al mantenimiento de la esclavitud, al “control social”) fuera “un mal necesario”…
Ignorancia es Fuerza. Un eslogan que está claro: la ignorancia de “los plebeyos”, de las masas, es lo que permite la fuerza y el mantenimiento del régimen Gran Hermano. Al estar relacionada la mentira y la falsificación generalizadas como un bombardeo constante de propaganda a favor del régimen, esta ignorancia, este ocultamiento (o desfiguración) de la verdad es la que permite que los de arriba sigan gobernando, y los de abajo sigan trabajando y pasándola mal.

* * *

Ése es el sentido de la novela de Orwell: una denuncia a lo que se llamó “sociedad de control totalitario”, y que en concreto fueron especialmente el nazismo en Alemania y el stalinismo en la Unión Soviética.
Y vale la aclaración de que sin embargo, aunque hay coincidencias en los métodos: mentira y vigilancia generalizadas, persecución y cárcel a los opositores políticos y de todo tipo, y una burocracia (una casta dominante) encaramada al poder del Estado; pese a todo ello, las bases sociales y económicas eran diferentes: en un caso hablamos de un Estado obrero degenerado –un Estado donde los obreros y campesinos expropiaron a la burguesía y ejercieron su propio gobierno, durante un tiempo, por medio de los soviets y asambleas, con democracia directa–, y en el otro de un Estado ejerciendo una dictadura capitalista, una dictadura de los monopolios financieros e industriales.
Otra cosa que indica que Orwell pensaba en desarrollar una denuncia al stalinismo al escribir su obra es que, el dirigente de la oposición al Gran Hermano, el “traidor a la patria” es una persona de apellido Goldstein (la gente tiene que ir al cine todos los días, durante varios minutos, a gritar y vociferar contra el traidor Goldstein, causa de todos los –falsos, inventados– males), de pequeños anteojos redondos (o quevedos), y barbita “de chivo”. (Y el verdadero apellido de Trotsky, también acusado por el stalinismo de “traidor a la patria”… socialista, era Bronstein.)

* * *

Orwell no era trotskista, pero sabía bastante bien lo que era el stalinismo.
Orwell comienza su carrera como periodista, conoce Birmania y luego estudia a la clase obrera británica. Y escribe un trabajo. Luego –estamos hablando del año 1936; él había nacido en 1903– va a Cataluña a combatir al fascismo de Franco, en pleno proceso revolucionario y de guerra civil, y se alista en las milicias del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), la organización que dirigía Andrés Nin, y que era la más de izquierda que hubo en España, simpatizante e influenciada hasta cierto punto por las ideas de Trotsky y de la Oposición de Izquierda. De hecho de allí saldrá otro de sus libros más conocidos, llamado Homenaje a Cataluña, donde relata sus vivencias y que fue publicado en 1938, donde queda claro el rol traidor del stalinismo en el proceso español.

* * *

En relación a Rebelión en la granja.
Esta obra, al igual que 1984, son las dos más conocidas de Orwell, ya que además de haber sido editadas en nuestro idioma infinidad de veces (e incluso en nuestro país muchos docentes de colegios secundarios lo incluyen entre lo que tienen que leer los y las adolescentes) también fue llevada al cine, al cómic y al teatro y la ópera. (De hecho, hace poco estuvo en el teatro San Martín una compañía norteamericana, dirigida por Tim Robins, haciendo 1984…) Y acá en Rebelión en la granja vuelven a estar Stalin y Trotsky –e incluso Lenin–: el primero interpretado por un cerdo llamado Napoleón, y el héroe, el líder inteligente, con carisma y democrático que se enfrenta a Napoleón es otro cerdo, llamado Snowball, y que sería un equivalente de Trotsky. La historia narra la lucha de todos los animales de una granja, la expulsión del dueño, un humano, y los problemas que debe enfrentar el gobierno democrático de todos los animales, que son obviamente distintos, y donde Napoleón –acorde a la naturaleza de su nombre y “metaforizando” el rol de la burocracia stalinista– se quiere imponer por sobre el resto.

* * *

Recomendamos entonces estos libros, que son interesantes ficciones políticas de, como queda dicho, un escritor de izquierda, que denunció al imperialismo británico, que denunció las pésimas condiciones de vida de la clase trabajadora, que combatió en la guerra civil española y denunció al stalinismo. Y que además de ello es un buen escritor, llano, accesible, y muy imaginativo.


Pasado y presente de la vigilancia y el castigo

George Orwell: distopía y realidad

Tuve la oportunidad de ver en el Teatro San Martín una de las tres funciones que brindó la semana pasada la compañía norteamericana The Actor’s Gang, quien junto a Tim Robbins como productor artístico, realizan, desde 2006, 1984, la conocida novela de distopía (o “utopía negativa”) del inglés George Orwell.

La obra, inteligentemente adaptada por Michael Gene Sullivan, se pone en escena con tres paredes con pequeñas ventanillas, donde se ve una cabeza humana y una voz que interroga, y un receptáculo para el prisionero. Estamos en la parte final de la novela, cuando el “héroe” rebelde de esta historia, Winston Smith, es, tras ser capturado, llevado al “Ministerio del amor” para ser interrogado, torturado y “re-hecho”, para poder volver a la (vigilada, controlada) sociedad. Allí se le obliga al “inadaptado” a recorrer todo su “historial reciente”: su descreimiento de los mecanismos de funcionamiento y discursos –con exitosas estadísticas… falsas– del gobierno del Gran Hermano, el líder de “Oceanía” (uno de los tres Estados-nación junto “Estasia” y “Eurasia” que, supuestamente, se encuentran en guerra perpetua entre sí); su búsqueda de rebeldes que conspiren contra el gobierno; y su historia de amor con una mujer, empleada como Smith en un departamento donde trabaja la clase media (aislada, alejada y descreída de que haya humanidad alguna –o cualquier esperanza de protesta y reclamos– en “la clase baja”: los obreros). Como la novela, la obra relata los mecanismos por los cuales logran, literalmente, destruir a Smith, vencerlo, complementándose con algunos gags e ironías a lo largo del cruento interrogatorio representado, desde un expediente con una declaración del protagonista, por cuatro oficiales.

1984, ayer y hoy

¿Tiene algún sentido seguir representando esta obra, escrita en 1948 como una denuncia a los llamados “Estados totalitarios” del siglo XX, el fascismo y el stalinismo?[1] Si pensamos en lo que significó el 11 de septiembre de 2001, tras el ataque al World Trade Center, la ofensiva bushista urbi et orbi, con campos de concentración como Guantánamo y Abu Grahib –o directamente con torturas y juicios ¡en el aire!, a bordo de un avión, escapando así de toda “juridicidad estatal” y convenciones humanitarias–, las leyes de la Patriot Act y las guerras en Afganistán e Irak, sí. El mismo Robbins lo dice: “Hoy vivimos en una sociedad que tolera la tortura y que mantiene cárceles secretas con prisiones sin representación legal. Tenemos medios de comunicación que funcionan como brazos propagandísticos del Estado en la construcción de una guerra como la de Irak. ¿Nos hemos convertido en nuestro enemigo?”.

Aunque hoy no estamos sometidos a una “nueva norma”, la del “estado de excepción permanente”, como postulan algunas teorías (Agamben, Espósito), sí es una realidad que los países imperialistas (Estados Unidos, el Estado de Israel, Alemania, Francia), en crisis de dominio, endurecen sus “políticas policiales”, aumentan “la vigilancia” y surge la ultraderecha, con su xenofobia y racismo.

Orwell, sus ideas y acción políticas, y el trotskismo

Orwell, además de periodista y escritor denunciante del imperialismo inglés, fue un activo combatiente en la guerra civil española (experiencia plasmada en su Homenaje a Cataluña). Explica Christopher Hitchens, autor de una breve pero documentada biografía del escritor, aparecida hace una década: “Lo más cerca que Orwell estuvo de algo que podría recibir el nombre de trotskismo fue en España, donde se dirigió a las barracas Lenin de Barcelona y se alistó en la milicia del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, un movimiento que, aunque en sí mismo no era ‘trotskista’, tenía una actitud de simpatía hacia la Oposición de Izquierda). Pero dio ese paso debido a […] su previa relación con el Partido Socialista Independiente (Independent Labour Party [ILP]), un movimiento claramente local que junto a sus críticas al Partido Laborista desde la izquierda, también tenía una posición antiestalinista. […] La mayoría de los antifascistas extranjeros se incorporaban a las Brigadas Internacionales o eran elegidos para éstas, que operaban bajo la estricta disciplina del Partido Comunista. La incorporación de Orwell a un grupo disidente le permitió ver de primera mano la verdadera historia de Cataluña, que era la historia de una revolución traicionada”[2].

Entonces, su particular experiencia con el POUM –una organización política revolucionaria que sin embargo, como la llamó el mismo Trotsky, era centrista– y los hechos de España le demostraron qué era el stalinismo. Orwell se reivindicó siempre como “socialista democrático”, pero carecía de alguna alternativa política realista y coherente a la burocracia de la URSS –fuertemente denunciada en otra obra suya muy conocida: Rebelión en la granja (Animal Farm), de 1945–. Como recuerda Hitchens, “En sus ensayos Orwell sentía inclinación por sostener que tanto Lenin como Trotsky tenían alguna responsabilidad en el stalinismo”[3].

* * *

“Siempre habrá Trotskis y Goldsteins e incluso Winstons Smith, pero debe entenderse con claridad que las probabilidades en su contra son abrumadoras”, dice Hitchens. Efectivamente, 1984 de Orwell, así como Nosotros, del ruso Zamiatin o Un mundo feliz, de Huxley representan, desde el arte y la “ficción”, los tortuosos caminos, las celadas y contradicciones que tiene que enfrentar la humanidad para poder elevarse a un estadío nuevo, a una sociedad superior sin hambres ni guerras, sin explotación ni opresión.

Orwell, desde la escritura (sea ficción o testimonio histórico y periodístico) y la acción (en la guerra civil española), aún con sus límites, demostró ser un firme combatiente de la causa de los oprimidos y explotados, y contra el imperialismo.

NOTAS:

[1] Cabe señalarse la indistinción que se hace con la denominación “Estados totalitarios”: el stalinismo, aún emparentado con los métodos dictatoriales del fascismo, tenía como base económica y social la expropiación de la burguesía: la URSS era un Estado obrero degenerado; mientras que en la Alemania capitalista, sumida en una brutal crisis económica, la “movilización general” de masas –especialmente clase media y sectores bajos del proletariado– era acompañada de un “estado de guerra” contra la clase trabajadora, para “disciplinarla” y poder “mejor” explotarla. El fascismo es la dictadura de los monopolios económicos capitalistas como respuesta a una crisis económica-social de envergadura.

[2] Christopher Hitchens, La victoria de Orwell, Bs. As., Emecé, 2003 (ed. original 2002), p. 77. “Orwell jamás lo supo, pero si él y su esposa no hubieran conseguido huir de España con la policía pisándoles los talones es muy posible que los hubieran sentado en el banquillo como ejemplos de ese mismo juicio demostrativo [como los Juicios de Moscú de 1935-37]. Un memorando de los archivos de la KGB (que en ese entonces se conocía como NKVD), con fecha del 13 de julio de 1937, los describe a él y a Eileen O’Shaughness como ‘trotskistas manifiestos’ que operaban con credenciales clandestinas. También aseguraba, con el habitual tinte de fantasía surrealista, que la pareja estaba en contacto con círculos opositores en Moscú. […] Orwell le resta importancia en Homenaje a Cataluña. ‘No era culpable de ningún acto definido –escribió– pero era culpable de ‘trotskismo’. El hecho de haber combatido con la milicia del POUM era suficiente para mandarme a la cárcel’ […]. Algunos amigos de Orwell, como su comandante de brigada George Kopp, fueron arrestados en las peores condiciones y –en el caso de Kopp, prefigurando el horroroso clímax de 1984– sometidos a la tortura del encierro con ratas. Otros, como el voluntario de la clase trabajadora, Bob Smillie, murieron por el tratamiento que recibieron (pp. 78 y 79).

[3] Ídem, p. 90.