Nueva edición de “La teoría de la revolución permanente”

EL CEIP “LEÓN TROTSKY” Y EDICIONES IPS PUBLICAN LIBRO DE TROTSKY

La Verdad Obrera entrevistó a Demian Paredes, miembro del Comité editor, junto a Julio Rovelli, de Ediciones IPS “Karl Marx”, y a Gabriela Liszt, compiladora y autora del prólogo del libro, miembro del CEIP “León Trotsky”, acerca de esta nueva edición.

LVO: Cuéntennos en qué consiste esta nueva publicación

GL: Esta es la tercera edición del libro La teoría de la revolución permanente, luego de las ya agotadas de 2000 y 2005. Esta vez la hicimos junto a Ediciones IPS, en la colección “Clásicos CEIP”.

Preparamos una edición más “ágil”, manteniendo de la versión original los textos fundamentales en los que Trotsky desarrolla su teoría: desde su primera formulación, al calor de la Revolución Rusa de 1905: “Resultados y perspectivas”, pasando por las “Lecciones de Octubre” de la Revolución de 1917, la lucha contra la teoría stalinista del “socialismo en un solo país” en su “Crítica al programa de la Internacional Comunista”, hasta la aplicación de la teoría a países atrasados como en la segunda Revolución China de 1925-’27, de donde surgirá su formulación más acabada: La Revolución Permanente. La teoría parte de la internacionalización del capitalismo desde los inicios del siglo XX, del rol contrarrevolucionario de la burguesía, de la centralidad del proletariado en la producción y en la ciudad moderna, y su posibilidad de convertirse en la clase dirigente, hegemónica, de los sectores explotados y oprimidos, para llevar hasta el final las tareas aún no resueltas a través de la dictadura del proletariado, como un paso hacia la revolución socialista internacional.

JR: Trotsky siguió aplicando (y desarrollando) esta teoría hasta los inicios de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue asesinado en México por un sicario de Stalin. A través de estos textos, se demuestra que su teoría no era “letra muerta”, sino que se iba actualizando de acuerdo a las particularidades de las relaciones internacionales y nacionales de cada proceso revolucionario y contrarrevolucionario (los que marcaron las década de 1920-30), en el marco de una época de crisis, cambios bruscos, revoluciones, para las cuales el partido revolucionario nacional y mundial debían estar preparados.

LVO: ¿Por qué reeditar a Trotsky?

DP: Esto no lo hacemos con un criterio de mera “recuperación bibliográfica”, o por alguna clase de “canonización trotskista”. Desde Ediciones IPS consideramos fundamental que las nuevas (y “viejas”) generaciones de trabajadores y estudiantes que se acercan a la izquierda (o están interesadas en ella) puedan conocer el legado de León Trotsky. No casualmente se están publicando numerosas obras sobre Trotsky y la Revolución Rusa, pero para defenestrarlo junto a Lenin y la idea de revolución: como la biografía de Trotsky del inglés Robert Service, que ha generado una gran cantidad de respuestas polémicas. No sólo por los errores historiográficos que contiene, sino por la mala fe, el prejuicio total con que Service aborda la vida militante de Trotsky (ver acá y acá). Hay libros de historia y de ficción (como la novela de Marcos Aguinis) ¡y hasta películas! que toman a Trotsky para atacarlo o desvirtuarlo. Es una maniobra político-ideológica reaccionaria, preventiva, ante la magnitud de la crisis mundial; una necesidad de que los trabajadores y jóvenes no busquen la alternativa revolucionaria que hay en Trotsky.

Y, como “contracara” en este escenario, hay otras obras que recuperan a Trotsky como lo que auténticamente fue: desde la novela del cubano Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros, pasando por Trotsky, revolucionario sin fronteras, del historiador Jean-Jacques Marie, hasta El caso León Trotsky, editado por nosotros: el CEIP y Ediciones IPS.

JR: De acuerdo a los tiempos más convulsivos que comenzamos a vivir, estamos preparando para el año próximo un proyecto editorial a mayor escala, teniendo en cuenta la magnitud de la crisis económica internacional y el despertar revolucionario de las masas. Como se ve claro en Egipto y en el resto de los países de la “primavera árabe”, y con los procesos de huelgas generales en Grecia, Italia y Portugal, los “indignados” en EE.UU. y el Estado Español, etc. Nos parecía que era fundamental reeditar esta obra, ya que es la piedra angular de la que se desprenden el programa y la práctica de los que nos reivindicamos trotskistas.

LVO: ¿Qué objetivos tienen con esta y las próximas publicaciones?

DP: Uno de los rasgos distintivos y cualitativos del PTS y la FT es el de priorizar, junto al trabajo militante en la clase trabajadora (en Argentina en particular, desde el “sindicalismo de base” y el periódico Nuestra Lucha), la formación teórica marxista de todas y todos los militantes. Siguiendo a Lenin, quien decía que sin teoría revolucionaria no puede haber práctica revolucionaria, desarrollamos toda una serie de publicaciones, desde las compilaciones y reediciones del CEIP sobre distintos procesos revolucionarios, como el de Hungría de 1956, el Mayo Francés o la década del ‘70 en nuestro país, así como sobre la temática de género, incluyendo varias producciones propias. Consideramos que este es sólo un pequeño paso más, un humilde pero valioso aporte a los trabajadores y jóvenes que quieran estudiar marxismo y teoría revolucionaria, camino a desarrollar un proyecto mayor. En lo inmediato, esperamos que todos los compañeros y compañeras militantes, y nuestros amigos y simpatizantes se hagan de este libro y lo usen: que lo lean, estudien y discutan.

GL: Desde el CEIP venimos realizando numerosas investigaciones, algunas de las cuales ya empezamos a publicar como el trotskismo en Latinoamérica y Argentina, el trotskismo durante la Segunda Guerra Mundial, la historia de la Oposición de Izquierda Internacional, etcétera. A pesar de la dificultad de estar en un país tan alejado de los centros de archivos e investigadores trotskistas, gracias a numerosos colaboradores que tenemos en el país y en el mundo, creemos que estamos en condiciones de continuar y redoblar las publicaciones de o sobre Trotsky y los trotskistas. Esperamos que esto, junto al acrecentamiento de nuestra biblioteca y archivo, nos permita colaborar con la formación de los revolucionarios en una mayor escala.


Guillermo Belcore no quiere que regrese Marx

* Reproduzco el post que hice para el Blog de debates del IPS “Karl Marx”

El reseñista y editor Guillermo Belcore ha publicado en el blog de la librería Eterna Cadencia un post comentando el último libro de Eric Hobsbawm, Cómo cambiar el mundo. Allí Belcore “corre por derecha” al historiador: como Hobsbawm reivindica a un “Marx expurgado”, él directamente lo descalifica -a Marx- porque habría engendrado, desde su teoría, atrocidades totalitarias como el gulag stalinista o una guerrilla peruana.

Además de señalar erróneamente a Marx sólo como “un pensador” (o teórico) -él fue un activo organizador político, de la Liga de los Comunistas, luego I Internacional-, la equivocación de Belcore es casi “elemental”: repetir el clisé de que “la teoría de Marx lleva al gulag”. Si esto fuera efectivamente así, sería bueno que lo señalara y explicara, en vez de repetir cosas indemostrables: Belcore debería poner los fragmentos textuales de Marx que dirían que la revolución debe quedar encerrada en un territorio nacional; que hay que eliminar a los adversarios políticos y a todo tipo de descontentos que defienden la revolución por medio de campos de concentración, y que el socialismo se construye con un fuerte aparato estatal que rija por sobre el conjunto de la vida social, por ejemplo.

El gulag, la degeneración stalinista y su versión china, el maoísmo, Sendero Luminoso, no son “productos legítimos de las ideas de Marx”; sino fenómenos surgidos de una cantidad más -nada desdeñables- de factores: para el stalinismo y el gulag, es el fracaso de la revolución europea, especialmente en Alemania, en Italia –recordar el “bienio rojo” y los consejos obreros de fábrica-, Inglaterra -con la finalmente fracasada huelga general de 1926- y por otros lares, como en China, con su segunda revolución también fracasada, de 1925-’27 (y además de esto hay que contemplar las contradicciones internas de Rusia al ser un país con poco proletariado, industria y cultura, y con una masa de campesinos -herencia del medioevo-); en el caso del maoísmo, éste surge desde una revolución deformada ya en sus orígenes, dirigida en un momento de gran crisis imperialista -fin de la Segunda Guerra Mundial- y alza de masas contra el Japón, por el partido-ejército de Mao (es decir, surge un Estado obrero deformado, sin soviets/democracia de masas); y en el caso de Sendero Luminoso, surgido en los ’60 -un momento de radicalización política-, tenemos lo mismo: una organización militar-burocrática, ultraizquierdista, alejada de toda estrategia revolucionaria auténtica.

Más en general, me pregunto entonces ¿en nombre de quién podrían haber hablado estos “luchadores” y “dirigentes revolucionarios”? ¿En nombre de Blanqui o Kropotkin? No. Todos tuvieron, ante determinada situación de lucha o revolucionaria, que hablar en nombre de Marx, y no por alguna cuestión de “religión laica”: lo tuvieron que hacer porque les dio alguna clase de “cobertura revolucionaria” y porque, efectivamente, el marxismo -aún en la reivindicación parcial, “expurgada” que quisiera Hosbsbawm- es una crítica furibunda, profunda y científica a la explotación capitalista y propone “pasar a la acción”, organizando la lucha de la clase obrera por la revolución. (Y esto lo digo sin desmedro alguno de la existencia de los “curas tercermundistas” y guerrilleros de los ’60 -cosa por otra parte nada novedosa si observamos las grandes guerras campesinas en la Europa en el siglo XVI, relatadas por Engels, donde los líderes políticos utilizaban máximas de la Biblia como “libro de cabecera”…-.). Belcore se horroriza ante estos falsos revolucionarios -y otros, que eran marxistas en sus orígenes como Stalin o Mao, quien hizo, como muchas guerrillas que lo imitaron, un culto al eclecticismo teórico y político-, pero nada dice acerca del “factor positivo” del marxismo, al haber no sólo inspirado grandes luchas de trabajadores y sectores populares -ya desde el siglo XIX- sino de haberlas hecho triunfar: el ejemplo notable es la Revolución Rusa de octubre de 1917 (y acá se puede tomar en cuenta lo que hay señalado Tariq Alí, discutiendo contra el reaccionario historiador Robert Service: “la escuela de historiadores contrafactuales no discute casi nunca lo que hubiera pasado si hubieran triunfado los Generales Kornilov, Denikin y Yudenich en lugar de Lenin y Trotsky. Una cosa es virtualmente segura: puesto que la revolución se presentó como la obra de los judíos-bolcheviques, una ola de progroms hubiera diezmado a los judíos”).

Además, hablar de “totalitarismos” de derecha e/o “izquierda” es una “tesis” completamente vieja y perimida, escrita hace ya más de 40 años por François Furet (tema también desarrollado por otros autores como Raymond Aron, Hannah Arendt y empleada aún antes, en la década de 1920 por los fascistas italianos para autodescribirse, y también por Leo Löwental, Hilferding y Franz Neumann –cada uno/a con su propio aparato conceptual y filosófico, y con determinado fin político; ninguno de los cuales compartimos pero que son seriamente explicados/desarrollados-) y que Belcore adopta mal y superficialmente; insistir hoy en que Lenin y Stalin “son lo mismo”, o que “el gulag es producto legítimo de la teoría de Marx” no se sostiene sino por el capricho ideológico –e infantil- de reclamar para el presente una “rebelión no marxista”. Con este mismo criterio se podría entonces decir que Abraham Lincoln, primer presidente por el Partido Republicano y líder de la Guerra de Secesión ¡es el padre de Guantánamo! ¿A alguien se le ocurriría decir que Lincoln –quien fue saludado por Marx y la I Internacional durante la guerra contra los esclavistas del sur- es un genocida o “padre intelectual” de las atrocidades del imperialismo en el mundo colonial durante el siglo XX, de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki? Basta hacer esta pregunta para demostrar la inconsistencia de la posición que repite –sin originalidad alguna- Belcore.

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Belcore incluso podría decir: “Bueno, saquemos por el momento a Mao, Stalin y Sendero Luminoso; díganme ahora por qué Trotsky hizo lo que hizo. Él y Lenin fusilaron gente…”, etc., etc., etc. Trotsky, asumiendo el papel de dirigente de la primera revolución obrera triunfante en la historia, escribía en Su moral y la nuestra: “No insistamos aquí en que el decreto de 1919 muy probablemente no provocó el fusilamiento de parientes de oficiales, cuya traición no sólo costaba pérdidas humanas innumerables, sino que amenazaba llevar directamente la revolución a su ruina. En el fondo, no se trata de eso. Si la revolución hubiera manifestado desde el principio menos inútil generosidad, centenares de miles de vidas habríanse ahorrado en lo que siguió. Sea lo que fuere, yo asumo la entera responsabilidad del decreto de 1919. Fue una medida necesaria en la lucha contra los opresores. Este decreto, como toda la guerra civil, que podríamos también llamar con justicia ‘una repugnante barbarie’, no tiene más justificación que el objeto histórico de la lucha.

Dejemos a Emil Ludwig y a sus semejantes la tarea de pintarnos retratos de Abraham Lincoln, adornados con alitas color de rosa. La importancia de Lincoln reside en que para alcanzar el gran objetivo histórico asignado para el desarrollo del joven pueblo norteamericano, no retrocedió ante las medidas más rigurosas, cuando ellas fueron necesarias. La cuestión ni siquiera reside en saber cuál de los beligerantes sufrió o infligió el mayor número de víctimas. La historia tiene un patrón diferente para medir las crueldades de los surianos y las de los norteños de la Guerra de Secesión. ¡Que eunucos despreciables no vengan a sostener que el esclavista que por medio de la violencia o la astucia encadena a un esclavo es el igual, ante la moral, del esclavo que por la astucia o la violencia rompe sus cadenas!”

Entonces, la clave  de la pregunta es ¿qué medios se emplean para qué fines? Porque el marxismo no hace abstracción de la historia y sus clases sociales: no habla de “la violencia” en general, sino que distingue qué clase la emplea. Stalin y Mao ejercieron la violencia para sostener su poder de castas burocráticas encaramadas al Estado -ya no burgués, pero tampoco socialista-, para detener o congelar la revolución dentro de las fronteras nacionales. Para aterrorizar a nivel de masas y eliminar física (e incluso política y moralmente) a sus enemigos –todo esto está muy bien explicado, por ejemplo, en el libro El caso León Trotsky, donde se recuperan las audiencias del “contraproceso mexicano” con el filósofo y pedagogo John Dewey como presidente, donde Trotsky responde a la ignominiosa farsa de los Juicios de Moscú-.
Más allá de estas cuestiones específicas, Belcore pareciera querer obviar -¡nada menos!- que siglos y siglos de lucha de clases: de clases populares contra dominantes… y los booms y crisis económicas -como “factor objetivo actuante”-, y la acción de los Estados, partidos y políticos burgueses en el “terreno subjetivo-político”, para reducir brutalmente la lucha de clases moderna (burguesía-proletariado) a un clisé: “gulag y guerrillas ultras son hijos legítimos de Marx”. Ni siquiera tiene en cuenta al trotskismo (mire Belcore que Hauser y Viñas no alcanzan para estas “discusiones marxistas”…), la única corriente consecuente que luchó con métodos y objetivos revolucionarios contra el stalinismo y demás variantes burocráticas dentro del movimiento obrero, contra el fascismo y el imperialismo, y que fue la única corriente que tenía un plan económico, político y social alternativo y coherente (Leopold Trepper dixit) al del stalinismo en la URSS y los países del este europeo. Un stalinismo que terminó hundiéndose, y hundiendo al Estado obrero, en 1989-’91; hecho que permitió que se extendiera la etapa de “restauración” burguesa o neoliberal que aún padecemos.


Fito Páez y los pobres corazones (progresistas)

El músico rosarino ha escrito una columna en Página/12 el 12/7, donde ha dicho que le “da asco” la mitad de la Ciudad de Buenos Aires; más específicamente, la que votó y dio un primer triunfo electoral al PRO de Mauricio Macri.

De inmediato comenzaron las discusiones y polémicas. Los macristas (Esteban Bullrich, Hernán Lombardi entre otros) aprovecharon para tildar, hipócrita y cínicamente, al artista de “fascista”. Incuso una ONG le hizo una denuncia en el Inadi. Y el autodenominado filósofo –y asesor del PRO- Alejandro Rozitchner, en La Nación, también le dijo “fascista”, y agregó: “El gobierno de la ciudad no es perfecto, claro está, somos humanos tratando de hacer las cosas bien, lo mejor posible, argentinos tratando de mejorar”. Incluso Macri dijo que Fito Páez lo había felicitado hace años, cuando le dijo que se dedicaría a la política.

Está claro –si tenemos en cuenta el procesamiento al mismo Jefe de gobierno en la causa de las escuchas telefónicas, la UCEP, la turbia creación de la Metropolitana, y los grandes negociados- que lo de Rozitchner es una farsa completa. ¡Tilda de “humanos tratando de hacer las cosas bien” a quienes llenan de cámaras la ciudad y espían a sindicatos y estudiantes combativos, a quienes mandan a apalear y correr a los sin techo, y a quienes mandan a reprimir a la Metropolitana –junto a la Federal del gobierno nacional- en Parque Indoamericano!

Los –de alguna manera- defendidos por Fito Páez no se dieron por aludidos y, en medio de una crisis interna de la (inestable) coalición que es el kirchnerismo, discuten todos qué hacer: desde los blogueros que (ahora) desdeñan la política de derechos humanos y todo el perfil “progre” –los festivales en la ex ESMA no alcanzaron para que Cabandié sacara una buena cantidad de votos-, y piden más unidades básicas y punteros, pasando por los intelectuales (Forster, González) que se pronunciaron tibiamente, hasta los que, como el músico, señalan el escenario derechista que hay y tratan de “polarizar” entre “izquierda” y derecha. Norberto Galasso por su parte le hizo una “carta abierta” al músico, explicándole con “pedagogía” que habría que “convencer” a las clases medias. (Mención aparte merecen el cantante Adrián Otero, que habló de “los riesgos que un artista corre cuando opina de la realidad” –como si estuviéramos bajo una dictadura- y el escritor Andrés Rivera, que dijo, de modo ultraizquierdista, que Páez estuvo “moderado”, ya que tendríamos “una ciudad-nación atravesada por el fascismo”.)

El kirchnerismo parece decidido a mantener su perfil “progre”; por eso salieron a despegarse de las declaraciones del cantautor tanto Filmus (“no nos podemos enojar con los ciudadanos si no nos apoyaron con el voto”) como Tomada. Se muestran “tolerantes” e invocan a que exista alguna clase de “coalición” o apoyo para hacer menos dura la muy probable derrota en el balotaje. Así como cobardemente hicieron callar a Horacio González ante el neoliberal Vargas Llosa cuando la Feria del Libro; ahora, discutir qué subjetividad política y qué “cultura” (individualista, consumista) hay en los votantes de la ciudad –y se expresa en las elecciones-, está prohibido. ¡Pero qué (poca) audacia para “enfrentar a la derecha”!

En realidad, habría que tomar nota de lo que dice Páez en su primer párrafo, cuando habla de “la aplastante mayoría macrista que se impuso con el límpido voto republicano, que hoy probablemente se esconda bajo algún disfraz progresista, como lo hicieron los que ‘no votaron a Menem la segunda vez’, por la vergüenza que implica saberse mezquinos”. Pareciera que habla del alto porcentaje que, además de votar a Macri, también lo hará por Cristina en las presidenciales. Una Cristina que, como venimos señalando, adopta –ella, sus ministros y candidatos- la agenda de la derecha (contra la acción directa, los cortes, piquetes y “por más seguridad”). Es decir que el conformismo que señala el músico es parte del apoyo que hay para con el gobierno nacional. Republicanos culposos que, además de Macri, están con Cristina.


Acerca del peronismo en coyunturas históricas decisivas

Se armó discusión con el post sobre Perón en El diablo se llama Trotsky. Ya hubo varias intervenciones, a favor y en contra –que seguirán desarrollándose ahí-; pero acá quería tomar el consejo que me dio el camarada Facundo Aguirre de discutir, más que un discurso de Perón (en este caso, uno previo a su llegada a la presidencia) o una definición genérica (gobierno burgués bonapartista sui generis “de izquierda” –por su apoyo sobre las masas para ofrecer algún grado de resistencia a las presiones imperialistas-) –cosas que igualmente Facundo está de acuerdo en hacer-, “los puntos fuertes” de la defensa peronista. Esto es, la posibilidad de pensar y proponer al peronismo como “un frente nacional” (como decía John W. Cooke), como un fenómeno progresivo: uno que luchó –y lucha(ría)- contra “los gorilas” y hasta “contra el imperialismo” (o, en el lenguaje kirchnerista actual “contra las corporaciones”).

 

Y esta no es una discusión baladí. Pensar el accionar de Perón y su corriente política en la vida nacional, especialmente ante los hechos de 1955 y 1976 –donde la nación (la nación obrera y popular, quiero precisar) fue aplastada por la reacción burguesa-imperialista- nos permitirá dos cosas: situar históricamente al peronismo en el devenir histórico, sumando a esto una valoración política desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores y el pueblo; y por otro, pensar entonces cuánto puede tener realmente de progresismo (o progresivo) el peronismo hoy, en su versión kirchnerista-cristinista.

 

Veamos estos dos antecedentes históricos: 1955 y 1976.

1955: Perón, el 13 de junio, dio un discurso donde pidió “calma y tranquilidad” contra la reacción oligárquica-clerical. Les dijo a los trabajadores: “Como una conducta general es necesario recordar la consigna de las horas de vigilia y observación: del trabajo a casa y de casa al trabajo”.

Y también: “Nosotros somos serios y somos responsables”

En el mismo mes decía por el periódico Democracia que se estaba “en la hora de la tranquilidad constructiva”.

La cuestión es que la reacción atacó y ese “frente nacional” nunca existió: el clero, viejo aliado del primer gobierno peronista, se había pasado a la oposición activa; sectores del ejército actuaron; y los terratenientes y otros sectores burgueses fueron los promotores del golpe. Y la clase obrera entonces quedó sola resistiendo varios lustros.

El “general” –que promovía la paz y la concordia con la reacción burguesa, y llegaba a reconocer (sólo verbalmente) la necesidad de que el pueblo empuñara las armas contra ella- huyó en una cañonera paraguaya y dijo poco después, medrosamente, a un corresponsal de la United Press: “Las probabilidades de éxito [de lucha] eran absolutas, pero para ello hubiera sido necesario prolongar la lucha, matar a mucha gente, destruir lo que tanto nos costó crear. Bastaría pensar en lo que habría ocurrido si hubiera entregado armas de los arsenales a los obreros decididos a empuñarlas” (publicado en El Día, de Montevideo, el 5 de octubre).

 

Es decir que Perón no quería arriesgarse a romper algo que le “costó crear”: el frente popular en forma de partido (justicialista) que conciliaba (y desarmaba, literalmente) a los trabajadores en su lucha contra los capitalistas y reaccionarios. Por eso no armó a los obreros, les dijo que tuvieran calma y paciencia… y al final vino el golpe. 400 muertos esa jornada y el inicio de una dura lucha obrera clandestina (la “resistencia”) que duraría 18 años, contra la oligarquía gorila antiobrera.

 

Y esto lo desarrolló la clase trabajadora motu proprio, en defensa de sus condiciones de vida –y soportando el colaboracionismo de la burocracia sindical-. En las palabras del propio Perón, había que “desensillar hasta que aclare”. Los trabajadores sufriendo y luchando, la burocracia pactando con el régimen militar, y el líder burgués descansando y preparando nuevas trampas.

 

Al mismo tiempo que la resistencia obrera a la dictadura y la juventud se radicalizan, pega un salto en 1969 y se hace el Cordobazo y demás “azos” en otras provincias, Perón, como líder reconocido entre los trabajadores, negocia desde España con la dictadura, promoviéndose como el único árbitro-bonaparte capaz de lidiar con la clase trabajadora y la juventud radicalizados. Ahí está el GAN y el Pacto social, donde la burocracia sindical se mantiene –bajo la anuencia de Perón- socia del régimen militar, mientras se estudia la posibilidad de que Perón vuelva.

 

La persistencia de la lucha obrera junto al fenómeno de los clasismos; la radicalización de la juventud, que se hace guerrillera en Montoneros y en otras expresiones como el PRT, lleva a que la burguesía y los militares intenten una “apertura democrática” terminando con la proscripción política del peronismo. Gana Cámpora y luego Perón retorna al país y gana en nuevas elecciones la presidencia por tercera vez. Como dijo el burócrata sindical –hoy reivindicado por la Juventud Sindical de Moyano Jr.- José Ignacio Rucci: “Perón se fue del país para evitar un baño de sangre; y fíjese cómo se escribe la historia: tiene que volver al país para evitar un baño de sangre”.

Pero esto no fue así. El mismo Perón promocionó y armó desde España un “somatén”, llamado acá Triple A, con el objetivo de “poner en caja” a los jóvenes radicalizados, y de asesinar a los dirigentes obreros combativos y clasistas. Ezeiza, la expulsión de Plaza de Mayo de los “estúpidos” e “imberbes” dejan en claro la elección política (y proyecto) de Perón: no los trabajadores y la juventud, sino la burguesía y la burocracia sindical mafiosa y asesina.

 

El baño de sangre, entonces, no se evitó; aún antes de 1976, cuando ya actuaba la Triple A.

Tras la muerte del líder, y con un movimiento obrero combativo, que tiró abajo en las jornadas del Rodrigazo los brutales planes de ajuste económico, y que se organizaba e las Coordinadoras interfabriles de norte, sur y oeste, López Rega e “Isabelita” fueron nada más que un prólogo derechista –¡defendido por el maoísta PCR!- al advenimiento de la Junta Militar de Videla y cía. La única política para las clases dominante que podía cortar de cuajo la insubordinación general entre la clase trabajadora y la juventud –en este momento de escisión, para decirlo en términos gramscianos- que se produjo desde 1969 y aún más con los hechos de junio y julio de 1975, con el primer paro general contra un gobierno peronista.

 

En definitiva, como expresa el libro escrito por el mismo compañero Facundo y Ruth Werner (un gran libro que tardó 6 años en escribirse, con más de 500 páginas y que incluye decenas de reportajes a protagonistas de los ’60 y ’70 y cientos de fuentes más, entre revistas y libros teóricos, periodísticos e históricos), Perón fue la penúltima carta para contener la insurgencia obrera que, desde 1969 con el Cordobazo, se desarrollaba impetuosamente en pos de su independencia política. Muerto el líder, en el marasmo económico internacional –la crisis de 1973-’75- y con el ascenso obrero, la burguesía se define por una salida o tour de force: el golpe militar. La clase trabajadora, dispersa, sin unidad (dirección) política y separada de aliados como la juventud o sectores de clase media humildes (es decir, sin proyecto hegemónico), será la principal víctima del golpe reaccionario y pagará las consecuencias, producto de la política peronista.

 

¿Y hoy? El peronismo versión kirchnerista-cristinista ofrece/promete lo mismo: hacer un “frente nacional”, de obreros y patrones –aunque estos últimos siempre salen perdiendo si pensamos en el salario siempre por debajo de la inflación, pensamos en el trabajo precario y en negro; y comparamos todo esto con las millonadas que están ganando los bancos y las empresas privadas, extranjeras o “nacionales”-.

A esto hay que agregar que, en todos los discursos de los últimos meses, la presidenta se la pasó diciendo que los capitalistas deben obtener buenas ganancias, al mismo tiempo que los trabajadores deberían abstenerse de luchar, de ejercer la acción directa en pos de sus derechos y reclamos (salarios, condiciones más dignas de trabajo, evitar despidos, etc.). ¿Entonces quién gana en esta transacción que “regula” el peronismo y quién pierde?

Y esta derechización del gobierno nacional se ve tanto en sus “armados” y alianzas electorales y de gobierno (Insfrán, menemistas como Scioli, menemistas como Menem y su cía. riojana, burócratas mafiosos y asesinos como Moyano y Pedraza, neoliberales como Boudou, oscuros represores como Aníbal Fernández y cía., etc.) como en sus acciones (represión en el Indoamericano junto a la policía de Macri -y las denuncias previas de Schoklender-, represión a los docentes santacruceños en Capital; represión y persecución a los petroleros de Las Heras).

Es que, como dijo (o admitió) el bloguero oficialista rosarino Mauro Rynaldi: “todos sabemos que para el Gobierno hay mafiosos buenos y mafiosos malos”.

Y, además, el plan de militarización y fortalecimiento del aparato represivo, como es el operativo “cinturón sur”, donde se han enviado más de 2000 gendarmes y prefectos a la calle, y más policías de la zona sur al resto de la capital. Como ha dicho la ministra Garré, esto no sería una medida (ofensiva y reaccionaria) del gobierno sino que respondería a “lo que pide la gente”… ¿pero éste no era el discurso derechoso de las Susana Jiménez y Mirtha Legrand, de los Macri, Carrió, Duahlde y López Murphy? Ahora los afiches del candidato progre-cristinista capitalino Filmus dice “vóteme, por más seguridad”.

En síntesis, el “proyecto peronista”, desde su nacimiento, es un proyecto funcional a la explotación capitalista (donde sus políticos “profesionales” son todos millonarios), impotente para luchar contra el imperialismo y sus golpes (económicos y militares) reaccionarios; y menos que menos para obtener la famosa “justicia social”… justicia que debería ambicionar algo más que un demorado –tras ocho años de crecimientos récord- “fifty-fifty”: para nosotros pasa por luchar para que la clase obrera se eleve al plano político-revolucionario, independiente de toda variante capitalista, en pos de que no haya más explotación asalariada, ni en Argentina ni en el mundo. Zanon da el ejemplo de que se puede.


Pagina12 / Debate: “Los intelectuales, el kirchnerismo y la izquierda”, con Horacio González, Christian Castillo, María Pía López, Eduardo Grüner y Pablo Alabarces

Martes, 14 de junio de 2011

Agenda

Debate. “Los intelectuales, el kirchnerismo y la izquierda”, con Horacio González, Christian Castillo, María Pía López, Eduardo Grüner y Pablo Alabarces, este jueves, a las 19, en Sociales (UBA), Santiago del Estero 1029, hall de planta baja. Se podrá ver en vivo por www.tvpts.tv.