dos cuentos de Witold Gombrowicz

El drama de los señores barones

La baronesa era una criatura encantadora. El barón la tomó de una familia de muchos principios y sabía que podía confiar plenamente en ella, a pesar de que el paso del tiempo había hecho mella en él de forma bastante profunda; y sin embargo, dormitaba en ella un inquietante elemento de gracia y encanto que fácilmente podía complicar la aplicación práctica de los imponderables del barón (ya que el barón era una persona sumamente escrupulosa). Tras cierto tiempo de una convivencia iluminada por la silenciosa felicidad del deber conyugal, un buen día la baronesa fue corriendo hasta su marido y le echó los brazos al cuello.

-Creo que debo decírtelo. Henryk está enamorado de mí., ayer me declaró su amor tan rápida e inesperadamente que no tuve tiempo de impedírselo.

-¿Y tú también estás enamorada de él? -preguntó.

-No, yo no lo quiero porque juré amarte a ti -respondió ella.

-Está bien -contestó él-. Si estando enamorada de él, no lo quieres, ya que tu deber es quererme a mí, acabas de ganar doblemente a mis ojos y te quiero dos veces más. Y sus sufrimientos son un castigo justo por haber demostrado tal debilidad de carácter que se ha prendado de una mujer casada. ¡Principios, querida! Si te vuelve a declarar su amor, contéstale que tú le declaras. tus principios. Quien tiene unos principios inquebrantables puede pasar por la vida con la cabeza bien alta.

***

Pero al cabo de cierto tiempo al barón le llegaron unas noticias funestas. Henryk no tenía ni la más mínima fortaleza de carácter. Rechazado por la baronesa se dio a la bebida y a la vida licenciosa; después se puso melancólico, no le interesaba nada, el mundo perdió para él todo su encanto y estaba ya a punto de estirar la pata. El rumor general decía que la causa de su esperado e inminente óbito era un amor infeliz.

-¡Menuda historia! -dijo el barón a su mujer-. Nosotros aquí comiendo entremeses, mientras que él ahí no puede tragar nada, ¿entiendes?, porque tiene constantemente tu imagen delante de los ojos. Me gustaría saber qué es lo que ve en ti, al fin y al cabo llevo viviendo contigo tantos años y nunca he sentido hacia ti nada que pudiera calificarse de impetuoso. En todo caso el asunto es serio y me extraña que tengas tan buen aspecto sabiendo que ese infeliz está sufriendo por tu culpa.

Una semana más tarde llegó a casa de un humor todavía peor.

-¡Te felicito! -dijo irónicamente-. ¡Puedes estar contenta! Tus encantos han resultado tan eficaces que Henryk ya tiene un pie en el otro barrio.

-¿Qué quieres que haga? -contestó ella con lágrimas en los ojos-. Yo no coqueteé con él, no tengo nada que reprocharme.

-¡Lo que faltaba oír! Tú eres la causa de su deplorable estado, tus filigranas, tus rasgos y tus formas son el bacilo que lo roe.

-¿Y ahora qué hago? Se ha vuelto loco. ¿Sabes de qué hablaba cuando se me declaró? ¡De divorcio!

-¿Qué? ¿Divorcio? Espero que aún no te hayas convertido en una pelandusca. Por lo demás, recibirás el divorcio, pero ¿sabes cuándo?, cuando yo exhale mi espíritu, que profesa ciertos principios inquebrantables.

-¿Y si él muere?

-¿Si él muere? -gritó en un ataque de cólera-. ¡Eso es chantaje! ¡Pero no me hará romper el juramento de conservarte hasta la muerte!

La baronesa estaba pasando unos momentos terribles. Por nada del mundo quería actuar de manera deshonrosa, pero por otra parte se le partía el corazón al pensar en los sufrimientos del pobre Henryk. Además, el barón, miembro de diversas sociedades, le tomó una auténtica tirria. Sencillamente no podía sufrir su belleza. Su vida fisiológica se le volvió repugnante. En una ocasión le propuso: “¿Un panecillo?”, y cuando ella lo rechazó él se rio con un sarcasmo inaudito: “Ja, ja, él allá agonizando y ella no se puede comer ni un panecillo”. Cuando ella deambulaba por las habitaciones contorneando con gracia sus caderas, cuando sonreía pálidamente, cuando dormía o se peinaba, él veía en todo ello unos actos de vil crueldad y de sombría sexualidad. Un buen día ella lo abrazó. “Por favor, ¡no me toques!”, gritó él. “¡Asesina! Me has metido en un buen lío, habrase visto. Ahora veo que un hombre moralmente responsable no debe unirse a una corporalidad ajena bajo ningún concepto.”

-¡Vamos a ver! -dijo el barón-. Esto no puede seguir así. Esta mañana me he enterado de que quería suicidarse. ¿Es que no te das cuenta de que empujar a alguien a cometer un suicidio es mucho peor que estrangularlo con las propias manos? Este mequetrefe carente de principios nos perderá a nosotros y a sí mismo. He tomado una decisión. No podemos cargar sobre nuestra conciencia una responsabilidad tan espantosa. Si no hay más remedio, qué le vamos a hacer, te doy mi beneplácito, estoy de acuerdo, y tú, en nombre de la necesidad superior, haz lo que tengas que hacer, es decir, lo que te dicte tu sucia feminidad.

-¡Esposo mío!

-¡Qué le vamos a hacer! ¿Acaso podía yo prever al desposarte que algún día tendrías que escoger entre el asesinato y el adulterio?

-Si realmente no hay nada que hacer y tú crees que es lo más correcto, estoy de acuerdo -dijo ella-. A mí también me pesa, pero tomo a Dios por testigo que soy del todo inocente.

-¡Sí, seguro! -contestó el barón.

A partir de entonces el joven empezó a recobrar la salud. En cambio, la baronesa cada día estaba peor. Su casa se había convertido en un auténtico infierno. El marido exigía que comiera en una mesa separada y le compró unos cubiertos sólo para ella. En una ocasión, al tocarlo ella involuntariamente, le dijo con fría indiferencia:

-Me ensucias. ¡Mira! Me has tocado y ahora tengo que interrumpir la lectura e ir al baño a lavarme. -A menudo se le escapaba la insultante palabra “adúltera”. A las cuatro sacaba el reloj. -Bien -decía-, debes marcharte, es la hora de la filantropía lasciva-. En vano le explicaba ella que era inocente. -Solo te pido una cosa -respondía él-, no introduzcas en casa una atmósfera de indulgencia y de tolerancia hacia el pecado. Porque en ese caso deberíamos invitar a comer a unas fulanas cualquiera que, a decir verdad, también son inocentes-. La baronesa, desesperada, intentó en varias ocasiones interrumpir su obligado romance, pero cada vez el joven amenazaba con suicidarse y estaba claro que no lo decía porque sí.

***

-No -dijo la baronesa-, no lo aguanto más. Mi vida se ha convertido en un indescriptible tormento. He caído en terribles pecados, ¿y por qué? Pues porque soy tentadora. Nadie, que no lo pueda experimentar personalmente, entenderá qué extraño es desde el punto de vista moral ser tentadora. Estoy harta. Voy a desfigurarme la cara, lo único es que no sé si Henryk podrá soportarlo.

-¡Ahora te reconozco! -exclamó con entusiasmo su marido-. Efectivamente, puede que Henryk se vuelva loco, pero en una situación tan desesperante como la nuestra hay que arriesgarse; además lo prepararemos adecuadamente. Y como prueba de que yo, tu marido, siempre me solidarizo contigo cuando se trata de una carga moral, también yo me desfiguraré la mía.

-La verdad es que no te va a costar mucho trabajo -dijo ella con una ironía mordaz.

Se dirigieron a sus habitaciones de donde poco tiempo después salieron dos monstruos. El barón abrazó y besó a su mujer.

-Ahora hay que preparar adecuadamente a Henryk para que resista este golpe. -Y escribió una carta:

Estimado Señor,

Con gran pesar debo informarle del terrible accidente de mi mujer. Uno de sus amantes, en un ataque de celos por otro admirador suyo que justo recientemente había dejado de ser platónico, la roció con ácido sulfúrico. La pobre ha perdido los encantos de los que tan vasto uso sabía hacer. Venga a verla. Nota bene, yo mismo, al rescatarla, he sufrido una terrible desfiguración.

-Hemos hecho lo que debíamos- declaró.

Parecía que Henryk iba a volverse loco, pero la noticia sobre la infidelidad de su amante le dio fuerzas. Sobrevivió a sus propios sentimientos, los cuales no pudieron aguantar aquel monstruoso espectáculo. En cambio, la baronesa comenzó a consumirse y en seguida se hizo patente que la causa de su anemia maligna era el amor hacia Henryk, que estalló en ella tras la ruptura con una fuerza impetuosa.

-¿Acaso pesa una maldición sobre mi hogar? -exclamó el barón-. ¡Ahora es ella que empieza!

***

La moribunda pidió ver a Henryk y los médicos apoyaron su deseo.

-Por el amor de Dios- musitó el barón a Henryk-, es capaz de morir con una declaración de amor pecaminoso en los labios.

-Te has vuelto loca -gritó a su mujer-. Yo en tu lugar me alegraría más bien de tener la consciencia limpia; parece que no te das cuenta de tu aspecto monstruoso; mientras tu amante, que solo ardía en deseos por este cuerpo, se burla y te desprecia desde que te desfiguraste por él. Rompe con todo eso, te pondrás bien y volverás al mundo de los principios.

-Esta vez no me dejaré tomar el pelo- respondió la baronesa y expiró.

Los dos hombres se quedaron a solas con el cadáver.

-Falleció como víctima del deber -dijo el barón-, lo hago a usted responsable de su muerte.

-Suya es su mujer y suyo es el cadáver- respondió el joven.

(1933)

Traducción: Bozena Zaboklicka y Pau Freixa

*   *   *

 

El pozo

Naturalmente, Bikle no se casó con ese objetivo, pero cuando se casó su mujer puso en marcha los meses y los meses a su mujer. En vano suplicaba y ponía peros al asunto: los meses se servían de su mujer y su mujer de los meses. Antes de que se diera cuenta ya estaba de nueve meses y, haciendo oídos sordos a toda clase de persuasiones, dio a luz a un niño. Bikle, sin saber demasiado qué hacer, de tanta vergüenza se fue a un internado femenino y, colorado hasta las orejas, anunció:

-He tenido un niño.

-¡Ja, ja, ja! -gritaron las señoritas-. ¡Ha tenido un niño! ¡Ha dado a luz a un niño!

-¡Mentira! -bramó-. ¡No lo he tenido yo, lo ha tenido mi mujer!

-¡Ja, ja, ja! -estallaron en una carcajada las señoritas-. ¡Su mujer ha dado a luz a un niño!

-¡Cállense! -vociferó-. ¡Mi mujer no ha dado a luz, sino que lo ha tenido!

-¡Ja, ja, ja! -aullaban las señoritas doblándose y desternillándose-. ¡Su mujer ha tenido un niño! ¡Bikle con un niño, ja, ja, ja! -Y reventaron todas de risa como un solo hombre.

-Cálmense -dijo con cautela Bikle-, al fin y al cabo yo sólo soy el marido. ¿Y qué pasa si ahora hay un niño? Casi todas las personas tienen niños, no veo ninguna razón para reírse. ¿Acaso he cambiado? Yo soy yo, el niño es algo aparte, el niño es sólo un añadido-. Pero ya era demasiado tarde. Las señoritas habían salido volando a chismorrear por la ciudad.

En seguida vino también a ver a Bikle su jefe.

-Es una vergüenza, señor Bikle, ¿tan joven y ya con un niño? Bueno, bueno, yo no entro en sus razones -añadió relamiéndose con cara de viejo verde-, su mujercita, obviamente, no está mal, lo comprendo, pero usted aquí no durará mucho. No puedo tener en la empresa a un hombre con un niño, eso me pondría demasiado nervioso. Usted estará sentado en su despacho como si nada, pero ¿cómo puedo saber que justamente en ese momento el niño no se está emporcando o que no está babeando? No, no, muchas gracias, hasta da grima pensarlo-. Y se marchó asqueado. Una hermana vino corriendo a verlo y le armó un escándalo.

-¡Te felicito! -siseó-. ¡Me has convertido en tía! ¡Dijimos que no te meterías en mi vida! ¡Te recuerdo que tú y yo habíamos roto!

Se fue, pero acto seguido se presentó un amigo.

-¡Hola! -le dijo Bikle.

-Bueno, bueno -le respondió-, no te tomes tanta confianza. Yo con los padres no entro en confianza. Si eres papá, eres papá. Papá me puede comprar una corbata para Navidad, o un reloj, pero ya no hay trato de igual a igual.

Justo después llegó una amiga de su mujer:

-¿Qué tal tu mujer? ¿Da el pecho? ¿Tiene leche?

-No des el pecho -le dijo Bikle a su mujer con pesar-. Será mejor que lo haga una nodriza. Contrataron un ama de leche bien lechera; la nodriza daba de mamar al niño pegando gritos de vez en cuando. -Y tú -dijo Bikle con aire lúgubre a su mujer- deja tu leche en paz. No tienes vergüenza. -Y se fue a un bar. Pero en el bar no querían darle vodka.

-No, señor Bikle -le dijo el camarero intentando persuadirlo-, el vodka les sienta muy mal a los recién nacidos. -Bikle le dio un sopapo, a lo que el otro respondió-: ¡Cuchi cuchi, pupa nene no, caca!

-¡Nada de “pupa nene no”, ahí va otro directo a la jeta! -se exaltó Bikle.

-¡Pupa nene no! -le respondió el camarero y le dio unos caramelos. Bikle salió del bar, pálido de cólera, y subió a un coche de punto.

-Ah, tendrá prisa para estar con su niño -dijo el cochero-. ¡Es digno de elogio! Yo también tengo un niño, deme la mano, colega, me llamo Pieter. Lo que pasa es que yo tengo siete-. Pero Bikle ya tenía otra cosa en la cabeza, una cosa mucho peor.

Subió a su apartamento, arrancó al niño del pecho sin mediar palabra y se lo llevó furtivamente por la escalera de servicio. En la calle empezaba a anochecer, soplaba un viento cálido y un trueno anunció la inminente tormenta; el tiempo se había vuelto desagradable. Se llevó al niño al río, al juncal, entre dos lunas, una brillando en el cielo y la otra centelleando en las olas, y cuando estaba a punto de tirar al niño, desde el agua asomaron las señoritas, que estaban tomando un baño, y estallaron en una carcajada, primero una, después la segunda, la tercera y finalmente todas juntas:

-¡Miren, Bikle con el niño! ¡Va con el niño al río! ¡A pasear! ¡Le muestra los paisajes! ¡Ja, ja, ja. ji, ji, ji. Bikle con el niño! ¡Con el niño! Ja, jaaa, jaja, ja, ja, ja, ja.

(1935)

 


“Concentração” (Ricardo Lísias)

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Un cuento de Joaquim Machado de Assis: “Misa de gallo”

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Cortesía de Eterna Cadencia y el ADN-Cultura, que lo publica hoy.

*   *   *

Nunca logré entender la conversación que tuve con una señora, hace muchos años. Yo tenía diecisiete, ella treinta. Ocurrió la noche de Navidad. Ya que había decidido ir a misa de gallo con un vecino, preferí no dormir; convinimos en que yo iría a despertarlo a medianoche.

La casa en la que me hospedaba era la del escribano Meneses, quien había estado casado, en primeras nupcias, con una de mis primas. Su segunda mujer, Concepción, y la madre de ésta, me recibieron bien cuando meses atrás llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro para hacer mis estudios preuniversitarios. Vivía tranquilo en aquella casa penumbrosa de la calle del Senado, con mis libros, pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el escribano, la mujer, la suegra y dos esclavas. Costumbres antiguas. A las diez de la noche todos estaban en sus habitaciones; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro y, más de una vez, oyéndole decir a Meneses que iba, le pedí que me llevara con él. Cuando eso ocurría, la suegra hacía una mueca, y las esclavas reían a escondidas; él no me respondía, se vestía, salía y solo regresaba a la mañana siguiente. Más tarde me enteré de que lo del teatro era un simple eufemismo. Meneses mantenía relaciones con una señora, separada del marido, y dormía una vez por semana fuera de casa. Al principio, Concepción había sufrido por la existencia de la amante, pero al fin se resignó, se acostumbró, y terminó por pensar que era razonable.

¡La buena de Concepción! La llamaban “la santa”, y hacía justicia al título, tan fácilmente soportaba los desplantes del marido. En verdad era un temperamento moderado, sin extremismos, ni grandes lágrimas ni muchas risas. En el episodio a que me refiero parece una mahometana; aceptaría un harén mientras se guardaran las apariencias. Que Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. Hasta tenía un rostro algo intermedio, ni lindo ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar. Puede ser que hasta no supiera amar.

Aquella noche de Navidad el escribano fue al teatro. Era por los años 1861 o 1862. Yo ya debía estar en Mangaratiba, de vacaciones; pero me quedé hasta la Navidad para asistir a “la misa de gallo en la corte”. La familia se recogió a la hora de siempre, yo me metí en la habitación del frente, vestido y listo. De allí pasaría al zaguán y saldría sin despertar a nadie. Había tres llaves de la puerta de calle: una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera quedaba en la casa.

-¿Pero, señor Nogueira, qué hará durante todo ese tiempo?- me preguntó la madre de Concepción.

-Leo, doña Inácia.

Tenía una novela, Los tres mosqueteros , en una vieja traducción, creo, del Jornal do Comércio . Me senté ante la mesa que había en el centro de la habitación, y a la luz de una lámpara a queroseno y mientras la casa dormía, monté una vez más el caballo flaco de D’Artagnan y partí en busca de aventuras. Al instante estaba completamente ebrio de Dumas. Los minutos volaban, al contrario de lo que acostumbran cuando son de espera. Casi sin advertirlo dieron las once. Sin embargo, desde el interior de la casa me llegó un suave rumor que me sustrajo de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba del salón de visitas al comedor; alcé la cabeza y vi asomar en la puerta de la sala la silueta de Concepción.

-¿Todavía no te has ido? -preguntó.

-No. Aún no es medianoche.

-¡Qué paciencia!

Concepción entró en la pieza arrastrando sus zapatillas. Vestía una bata blanca, apenas anudada en la cintura. Delgada como era semejaba una aparición romántica que en nada disonaba con mi libro de aventuras. Cerré el libro; ella se sentó en la silla que estaba frente a mí, cerca del sofá. Le pregunté si la había despertado sin querer, haciendo algún ruido; ella respondió de inmediato:

-¡No! ¡De ningún modo! Me desperté porque sí.

La miré un rato y dudé de lo que me decía. Sus ojos no parecían los de quien acababa de despertarse, sino los de alguien que aún no había logrado dormirse. Con todo, deseché de inmediato esta observación, que si hubiera estado referida a otra persona podría haber tenido algún valor. No podía sospechar que tal vez no había dormido por mi causa, y que, justamente, mentía para no afligirme o disgustarme. Ya dije que era buena, muy buena.

-Pero pronto debe ser la hora -afirmé.

-¡Qué paciencia la tuya para esperar despierto mientras el vecino duerme! ¡Y esperar solo! ¿No les temes a las almas del otro mundo? Traté de que no te asustaras al verme.

-Me extrañó cuando oí los pasos; pero enseguida apareció usted.

-¿Qué estabas leyendo? No lo digas; ya lo sé: la novela de los mosqueteros.

-Exactamente. Es muy linda.

-¿Te gustan las novelas?

-Mucho.

-¿Ya leíste A Moreninha ?

-¿Del Dr. Macedo? Lo tengo allá en Mangaratiba.

-A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Qué novelas leíste?

Nombré algunas. Concepción me oía con la cabeza reclinada en el respaldo, mirándome por entre sus párpados entrecerrados, sin apartar su mirada de mí. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios para humedecerlos. Cuando terminé de hablar no me dijo nada. Nos quedamos así unos segundos. Luego la vi alzar la cabeza, juntar los dedos y posar el mentón sobre ellos, manteniendo los codos en los brazos de la silla, todo sin desviar de mí sus grandes ojos vivaces.

“Tal vez esté aburrida”, pensé.

Y luego, en voz alta:

-Doña Concepción, creo que ya se está cumpliendo la hora, y yo…

-No, no, aún es temprano. Acabo de ver el reloj, son las once y media. Hay tiempo. Tú que has pasado la noche en vela, ¿serías capaz de no dormir de día?

-Ya lo hice.

-Yo no. Si pierdo una noche, al día siguiente no puedo mantenerme en pie; aunque sea necesito dormir media hora. Claro que ya me estoy poniendo vieja.

-¿Vieja usted, doña Concepción?

Tan grande fue el calor de mis palabras que la hice sonreír. Era, habitualmente, una mujer de gestos lentos y actitudes tranquilas; ahora, sin embargo, se había incorporado rápidamente para dirigirse al lado opuesto de la habitación. Allí dio algunos pasos, entre la ventana que daba a la calle y la puerta del escritorio del marido. De esta manera, con su honesto desaliño, me impresionaba de un modo singular. Aunque delgada, al moverse lo hacía con no sé qué cadencia, como alguien a quien le cuesta llevar su cuerpo. Nunca esa manera suya me pareció tan distinguida como aquella noche. Por momentos se detenía para examinar algún fragmento de cortina o para reacomodar algún objeto sobre el aparador; finalmente, con la mesa de por medio, se detuvo ante mí. Era estrecho el círculo de sus ideas; volvió al asombro de verme esperar despierto; yo le repetí lo que ya sabía, que nunca había oído misa de gallo en la corte y que no quería perdérmela.

-Es igual que en el interior. Todas las misas se parecen.

-Le creo, pero aquí habrá más lujo y también más gente. Vea la Semana Santa: en la corte es más bonita que en el interior. Ya no digo San Juan o San Antonio…

Poco a poco se había ido inclinando; había apoyado los codos en el mármol de la mesa y colocado el rostro entre las palmas de sus manos. Como no estaban abotonadas, las mangas cayeron naturalmente y pude ver la mitad de sus brazos, muy pálidos, y menos delgados de lo que podía suponerse.

Verlos no era nuevo para mí, pero tampoco algo común. No obstante, en ese momento me produjeron una honda impresión. Las venas eran tan azules que, pese a la poca claridad, desde mi posición podía contarlas. La presencia de Concepción me había subyugado aún más que el libro. Proseguí diciendo lo que pensaba de las fiestas en el interior y en la ciudad, y otras cosas que se me iban ocurriendo. Hablaba cambiando de tema, sin saber por qué, saltando de un asunto a otro, o volviendo al primero, y riendo para hacerla sonreír y verle los dientes que resplandecían en su blancura, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros sino oscuros; la nariz, delgada y larga, apenas curva, le daba al rostro un aire interrogativo. Cuando yo alzaba un poco la voz, ella me reprendía:

-¡Más bajo! Mamá puede despertarse.

Y no abandonaba su postura, que me llenaba de gozo; tan cerca estaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para escucharnos: susurrábamos los dos, yo más que ella, porque hablaba más; ella, a veces, se ponía seria, muy seria, con el ceño un poco fruncido. Finalmente se cansó; cambió de postura y de lugar. Contorneó la mesa y vino a sentarse a mi lado, en el sofá. Me volví y pude ver, furtivamente, la punta de las zapatillas; pero eso duró el breve instante en que tardó en sentarse, la bata era larga y las cubrió de inmediato. Recuerdo que eran negras. Concepción dijo, muy bajo:

-Mamá está lejos, pero tiene un sueño muy liviano. Si la pobre llega a despertarse ahora no podrá volver a dormirse.

-Yo soy igual.

-¿Qué dices? -preguntó inclinando su cuerpo para oír mejor.

Entonces me senté en la silla que estaba al lado del sofá y repetí lo que había dicho. Se rio de la coincidencia; también ella tenía el sueño liviano. Éramos tres sueños livianos.

-En ocasiones soy como mamá, cuando me despierto me cuesta volver a dormir; doy vueltas en la cama sin parar, me levanto, enciendo una vela, camino, vuelvo a acostarme y nada.

-Eso ocurrió hoy.

-No, no -me interrumpió ella.

No entendí la negativa; es posible que tampoco ella la entendiera. Tomó las puntas de su cinturón y golpeó con ellas sus rodillas; es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Después relató una historia de sueños y me confesó que solo una vez, cuando era niña, había tenido una pesadilla. Quiso saber si yo las tenía. La conversación se reanudó así, lenta y largamente, sin que yo me preocupara de la hora ni de la misa. Cuando terminaba de relatarle o explicarle algo, ella inventaba otra pregunta u otro asunto, y yo volvía a tomar la palabra. De vez en cuando me reprendía:

-Más bajo, más bajo…

También hubo algunas pausas. Un par de veces me pareció verla dormir; pero los ojos, cerrados por un instante, se abrían enseguida, sin sueño ni fatiga, como si ella los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas ocasiones creo que me sorprendió embebido en su persona, y me acuerdo de que los volvió a cerrar, no sé si con prisa o lentamente. Hay impresiones de esa noche que me parecen truncas o confusas. Me contradigo, me confundo. Una que todavía tengo fresca es que hubo un momento en que ella, que solo era simpática, me pareció hermosa, hermosísima. Estaba de pie, con los brazos cruzados. Yo, por respeto, quise levantarme; no lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro y me obligó a permanecer sentado. Me pareció que iba a decirme algo, pero se estremeció como si la recorriera un escalofrío; se volvió de espaldas para sentarse en la silla donde me había encontrado leyendo. Desde allí sus ojos vagaron por el espejo que estaba colocado encima del sofá, y habló de dos pinturas que colgaban de la pared.

-Estos cuadros se están poniendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compre otros.

Chiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del principal interés de este hombre. Uno representaba a Cleopatra; no recuerdo el tema del otro, pero eran mujeres. Vulgares los dos, si bien en aquel tiempo no me lo parecía.

-Son lindos -dije.

-Sí, pero están manchados. Y además, francamente, yo preferiría dos imágenes de santas. Estas son más apropiadas para el cuarto de un muchacho o el salón de un peluquero.

-¿De un peluquero? Usted no estuvo nunca en una peluquería.

-Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de muchachas y de amoríos, y que el dueño de casa, naturalmente, debe alegrar la vista de la clientela con imágenes atractivas. No me parecen apropiados para una casa de familia. Eso pienso, pero yo pienso muchas cosas raras como esta. Sea como sea, los cuadros no me gustan. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, que es mi madrina, muy bonita; pero es una escultura, no se la puede colgar de la pared ni yo lo quiero. Está en mi oratorio.

La referencia al oratorio me recordó la misa, pensé que podía ser tarde y quise decírselo. Creo que llegué a abrir la boca, pero de inmediato la cerré para oírla contar con dulzura, con gracia, con tal languidez que infundía pereza en mi alma y me hacía olvidar la misa y la iglesia. Hablaba de sus devociones de niña y de muchacha. Luego refirió unas anécdotas de baile, cosas ocurridas durante paseos, recuerdos de Paquetá, todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de las fatigas del trabajo hogareño que le habían dicho que eran muchas, antes de casarse, pero que no eran nada. No me lo contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años.

Ahora ya no cambiaba de lugar, como al principio, y casi no había modificado su actitud. No tenía los grandes ojos entrecerrados y miraba distraída las paredes.

-Tenemos que cambiar el empapelado del comedor -dijo al cabo de un rato, como si hablara consigo misma.

Asentí, por decir algo, para salir de esa especie de sueño magnético o lo que fuera que me paralizaba la lengua y los sentidos. Quería y no quería terminar la conversación; me empeñaba en apartar los ojos de ella, y los apartaba por un sentimiento de respeto; pero la posibilidad de que aquello pudiera parecerle un gesto de fastidio -cuando no lo era- me hacía dirigir nuevamente la mirada hacia Concepción. La charla iba muriendo. En la calle, el silencio era total.

Llegamos a permanecer durante algún tiempo -no puedo decir cuánto- absolutamente callados. Solo el rumor único y escaso de un ratón que roía en el escritorio me despertó de esa especie de letargo. Quise hablar del roedor, pero no supe cómo. Concepción parecía estar soñando. De pronto, oí un golpe de nudillos en la ventana, del lado de afuera, y una voz que gritaba: “¡Misa de gallo! ¡Misa de gallo!”.

-Ahí está tu compañero -dijo ella incorporándose-. Qué gracioso: quedaste en ir a despertarlo y es él quien viene a despertarte. Ve, que ya debe ser la hora. Adiós.

-¿Ya será la hora? -pregunté.

-Naturalmente.

-¡Misa de gallo! -repitieron afuera, golpeando.

-Ve, ve, no te hagas esperar. La culpa es mía. Adiós, hasta mañana.

Y con el mismo balanceo de su cuerpo, Concepción avanzó por el corredor, pisando suavemente. Salí y encontré al vecino que me esperaba. Nos dirigimos hacia la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez entre el cura y yo. Quede esto a la cuenta de mis diecisiete años. A la mañana siguiente, durante el almuerzo, hablé de la misa de gallo y de la gente que había ido a la iglesia, sin despertar la curiosidad de Concepción. Durante el día la encontré como siempre: natural, bondadosa, sin nada que hiciera recordar la conversación de la víspera. Para Año Nuevo me fui a Mangaratiba. En marzo, cuando volví a Río de Janeiro, el escribano había muerto de apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero nunca la visité ni la encontré. Oí decir, tiempo después, que se había casado con el escribiente principal de su marido.C

Traducción: Pablo Rocca


“70 verbos” (Leo Maslíah)

70 VERBOS

Dormía, creo. Amanecí anhelando prosperar. Apetecía triunfar. Decidía jugar. Salí corriendo. Conduje volando, arriesgando morir. Calculé. Aposté, proyectando ganar. Logré empatar. Debí parar. Presumiendo, continué. Odié perder. Sufrí, recuerdo. ¿Habría podido acertar?, especulé. Supe olvidar. Recapacité. Elegí renacer. Resolví mejorar. Ansío aprender, ¿entendés? Sigo temiendo fracasar. Pretendo ir volviendo, regresar partiendo. Intentaré llorar, chillar, patalear: podría reventar. Estuve tratando. Desearía conseguir explotar. ¿Llegaré? Detesto alardear. Quiero probar. Terminaría diciendo: llueve.

 

Leo Maslíah, La buena noticia y otros cuentos, Bs. As., Ediciones de la Flor, 1996, p. 12.