La revolución (a veces) es un film eterno…

Leemos en Página/12 hoy:

–¿El hecho de que el film no sea una reconstrucción literal le dio libertad para hablar de otras cosas más allá de la Revolución?

–Trabajamos sobre una idea de que la historia es imposible de ser reconstruida. Todo trabajo artístico o cinematográfico sobre la historia es una mirada desde el presente sobre esa historia. Es imposible mantener una absoluta objetividad con la historia y frenar la propia subjetividad que es parte de nuestra contemporaneidad.

–A la vez tampoco es una biografía…

–Tampoco. Creo que en ese sentido coincidimos en el abordaje de Castelli. Tomamos la historia desde el punto de vista indicial. Cuando se puso a manejar el proyecto Rey Lear, Peter Brook vio todas las películas históricas que podía. Y llegó a la conclusión de que si uno reconstruye la historia al detalle, es decir escenográficamente, con vestuarios, con utilería, etcétera, cae en un pintoresquismo tal que el espectador va a perder de vista lo esencial. Para nosotros lo importante era ubicar a estos hombres, llamados “próceres”, para acercarlos lo más posible a lo que son los hombres comunes; pero con una salvedad y una diferencia: estos hombres están motivados por ideales y ponen sus vidas al servicio de esos ideales, acortando la distancia entre los ideales y la acción.

–Antes que hablar específicamente de la Revolución de Mayo, ¿esta película profundiza en el debate filosófico acerca de qué significa ser revolucionario, entonces?

–Seguro. Ese es uno de los objetivos. En ese sentido, también es indicial. La película permite hablar y plantear conflictos y contradicciones de tipo ideológico y, a la vez, tratar de abordar cuáles podrían ser las cualidades de esos revolucionarios, distinguiéndolos también entre sí, en el convencimiento de que esas cualidades están implícitas en todo revolucionario que intenta cambiar las realidades y los órdenes sociales injustos. En ese sentido, Castelli fue la pasión revolucionaria. No fue solamente “el gran orador”, sino la pasión revolucionaria y el hombre que, de todos ellos, más acortó la distancia entre los ideales y su propia vida. El convirtió su cuerpo en la combustión para concretar esos ideales, con una inflexibilidad y con una consecuencia que, según suponemos, pensaba que era indispensable para que esos ideales se concretaran en la realidad.

* Es Nemesio Juárez, acerca de La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera, llevada al cine.

Yo vi una avant premiere en la Feria del libro en el 2010, así que aprovecho para dejar abajo la reseña que hice para el semanario La Verdad Obrera.

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Avant premiere en la Feria del libro

De combates, sueños y revoluciones

¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? ¿Qué derrotó a la utopía? ¿Por qué, con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionan la utopía? ¿Escribo de causas o escribo de efectos? ¿Escribo de efectos y no describo las causas? ¿Escribo de causas y no describo los efectos? Escribo la historia de una carencia, no la carencia de una historia.

Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno

Entre las actividades que se hicieron en la Feria del Libro, se realizó la avant premiere de “La revolución es un sueño eterno”, dirigida por el conocido Nemesio Juárez1, y basada en la novela del mismo nombre, de Andrés Rivera –y que le valió el Premio Nacional de Literatura–.

Más de 120 personas –incluyendo al director, al propio Rivera y varias actrices y actores– colmaron la pequeña carpa blanca (la Sala de la Revolución de Mayo), y la gente tuvo que ver la película de pie o sentada en el piso. Cuando la proyección terminó se aplaudió mucho y luego Rivera se mostró muy conforme y dijo que seguramente la película “hará historia”. La misma se estrenará –por falta de financiamiento– a fines de julio/principios de agosto.

La difícil tarea de traducir una obra literaria al lenguaje fílmico salió muy bien, y con conocidos actores (Juan José Castelli interpretado por Lito Cruz; Belgrano por Luis Machín; Mariano Moreno por Adrián Navarro y Monteagudo por Juan Palomino, entre otros). La música es de José Luis Castiñeira de Dios.

Desde la figura de Castelli, “el orador de la revolución”, como personaje principal, la película sigue el hilo de la novela, que transcurre entre los acontecimientos pre y pos 25 de mayo de 1810. Y muestra a las claras las contradicciones de un proceso de revolución en la periferia del capitalismo: muchos “patriotas de mayo” querían cambiar al amo español en decadencia –en esos momentos atacados por una Francia bonapartista– por otro en pleno desarrollo: Inglaterra. Castelli –representante de la Primera Junta en el Alto Perú– será uno de los integrantes del “ala jacobina” que, sin base social ni plan económico alguno, tendrá que vivir las contradicciones del complejo proceso del siglo XIX.

Castelli se peleará con la iglesia en las jornadas de 1810; intentará llevar adelante las ideas del “iluminismo” francés, por medio de la igualdad entre negros esclavos, criollos e “indios” (dirá que todos “somos hermanos”); y denunciará la avaricia económica de la naciente burguesía –de base rural– en Buenos Aires y pueblos del interior. El “voluntarismo” de este protagonista de un proceso de revolución política, de independencia de la corona española, dirá entonces: “Somos oradores sin fieles, ideólogos sin discípulos, predicadores en el desierto. No hay nada detrás de nosotros; nada, debajo de nosotros, que nos sostenga. Revolucionarios sin revolución: eso somos. Para decirlo todo: muertos con permiso. Aun así, elijamos las palabras que el desierto recibirá: no hay revolución sin revolucionarios”.

Lo único que no logra la película es reflejar la apertura original que hay en la novela. Mientras que la película se cierne a un guión en función de “película histórica”, Andrés Rivera abre las puertas para pensar, tras las contradicciones y fracasos del “proceso independentista”, la revolución moderna, la del siglo XX y hoy, la del XXI.

Por medio del pasado histórico –como ha hecho con varias novelas más, como La sierva2, El farmer o Ese manco Paz– Rivera nos habla siempre de un “presente reciente”. Cuando le hace decir a Castelli “Hombres como yo han sido derrotados, más de una vez, por irrumpir en el escenario de la historia antes de que suene su turno. Esos hombres, que fueron más lejos que nadie, en menos tiempo que nadie, ingresaron al mundo del silencio y la clandestinidad: esperan que el apuntador les anuncie, por fin, que sus relojes están en hora”, está hablando no sólo de 1810, sino también de la Revolución rusa de 1917, que fue un gran “adelanto” para la lucha de los trabajadores y pueblos del mundo a poco de iniciarse el siglo XX, en medio de los horrores de la Primera Guerra Mundial. Rivera habla también de los procesos revolucionarios del siglo XX, y de la degeneración burocrática stalinista del primer Estado obrero, al que se opuso León Trotsky y la IV Internacional, cuando dice “En esas desveladas noches de las que te hablo, pienso, también, en el intransferible y perpetuo aprendizaje de los revolucionarios: perder, resistir. Perder, resistir. Y resistir. Y no confundir lo real con la verdad”.

En definitiva, tenemos una suerte de summa de sueños e historia, basada en el gran objetivo, en la verdad, de una nueva revolución (proletaria).

NOTAS

1 – Nemesio Juárez tiene una larga trayectoria como documentalista. Participó en el Noticiero de la CGT de los Argentinos (1968) y fue parte del “cine militante” trabajando con el Grupo Cine Liberación y el Grupo Realizadores de Mayo. De allí surgió Argentina, Mayo 1969: los caminos de la liberación. Puede verse en Tv PTS un reportaje del programa “Dimensión documental” (http://www.tvpts.tv/spip.php?video=348). Su hermano, Ernesto Juárez, también cineasta y documentalista está desaparecido; en abril de este año el director de Cazadores de utopías, David Blaustein, ha estrenado Fragmentos rebelados, sobre la obra y actividad de Ernesto.

2 – Ver nuestra reseña a la reedición de La sierva en http://www.pts.org.ar/spip.php?article14190


Diez (o nueve) “benefactores de la humanidad” (Andrés Rivera)

“Me echaron de la escuela, dijo Físhale en un hilo de voz.

Fui a hablar con la directora de la escuela. Cuando me presenté, me miró como si no creyera posible que yo existiera. ¿Usted es la hermana de ese monstruo?, me preguntó. Su sonrisa era cortés, protectora, demencial. De la afiebrada disertación de la señora directora, quien no se cansó de poner por las nubes a un señor Sarmiento, la enseñanza laica, y los centros de almaceneros que financian las cooperadoras y pagan el vaso de leche que toman los chicos pobres, pude deducir que Físhale le había bajado las bombachas.

El muchacho, a pedido de la maestra, tuvo que nombrar a diez benefactores de la humanidad. Citó a nueve: Espartaco, Babeuf, Carlos Marx, Federico Engels, Paul Lafargue, Vladimir Lenin, León Trotsky, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. La maestra se desmoronó sobre una silla, privada del uso de la palabra, mientras Físhale repetía furiosamente los nueve nombres en la esperanza, pobre ángel, de acordarse el décimo. Un chico, a sus espaldas, gritó Firpo que lo cagó a Dempsey. Físhale, al borde del agotamiento intelectual, suspiró y, embelesado, completó la inefable nómina”

 

* Andrés Rivera, El verdugo en el umbral, Bs. As., Alfaguara, 1994, pp. 151-152.


Un discurso de la melancolía

Acerca de la última nouvelle de Andrés Rivera

 

“Miro las gotas de lluvia bajar por los vidrios de la ventana que da al río.

Melancolía. ¿Tiene horarios la melancolía? A mí me llega de cinco a siete de la tarde.

¿Quiénes aludieron a la melancolía como una dolencia ineludible y, también, soportable?

¿Lord Byron? ¿Erdosain? ¿Chéjov? ¿Jean Valjean? ¿Trotsky? ¿Borges?”

Andrés Rivera, Kadish

 

 

La historia y sus personalidades salientes. La literatura y sus personajes (y autores) destacados. La política, que envolvió a su familia, desde los pogroms en Europa contra los judíos, pasando por La Liga Patriótica argentina, el PC, las huelgas obreras y el peronismo. La dictadura y sus deletéreas consecuencias que (nos) llegan hasta el presente. Personajes nefastos (policías y milicos), y héroes de la clase trabajadora: luchadores y militantes, a los que Andrés Rivera les deseó, desde el título de una obra, “el paraíso”[1]. Y en esta misma línea se inscribe Kadish[2], su última nouvelle.

En ella, una vez más, Arturo Reedson recuerda, e invita a lector a acompañarlo. ¿Qué recuerda Reedson? Su vida, y las vidas ajenas, de personalidades conocidas y de sus familiares. Seguir su discurso, entonces, es como iniciar un trance donde, de manera vertiginosa, las luchas y las injusticias libran batalla permanentemente, en el recuerdo, en la memoria, de Reedson. Un viaje a lo largo de la historia: la Revolución Rusa de 1917 y la guerra civil española, el stalinismo y el asesinato de Trotsky, las huelgas obreras en Argentina y el peronismo, el PC y las dictaduras. Como ya dijimos en otro artículo[3] a propósito de la obra de Rivera, encontramos en ella “pasajes, túneles y puentes entre países y épocas histórico-políticas”.

Así una labor de varias décadas continúa. Rivera, ha traído al presente (las últimas décadas neoliberales: las que proclamaron el “fin de las ideologías”, el fin de los “grandes relatos” –especialmente el marxismo– y el “fin de la clase obrera”, entre otros tantos fines –que, se puede ver más claro hoy– no finalizaron), desde las novelas y relatos, hechos que recuperan tradiciones (como la necesidad de enfrentar y escarmentar a los carneros de huelgas[4]) que las clases dominantes preferirían poder sepultar. La prosa de Rivera es melancólica, y hasta me atrevo a decir: posee una áspera ternura en sus momentos de lamento poético. Pero nos acerca también, desde una consciente evocación vital, enérgica y personalísima, y a la vez histórica, el recuerdo y la protesta ante las barbaries, el fascismo, de los ricos y poderosos.

Y el presente también está presente en el memorioso Reedson:

“¿Mojaste los dedos, Arturo Reedson, en la sangre de Jorge Julio López, ese anciano al que asesinaron, ese anciano que caminó, sin saberlo, relajado, anónimo, con bonhomía, hacia los fierros de sus criminales?

¿Quién se acuerda de él?

¿Quién?

¿Quiénes?

Vos, sí, ¿y quiénes más?”.

La remembranza en Kadish incluye al menos dos fragmentos de otra persona: Susana Fiorito. Al comienzo y al final. Rivera recuerda (nos hace recordar con ella) su militancia en 1971, como parte del sector de prensa del sindicato clasista Sitrac. Dice/le hace decir: “Trabajé en estrecha relación con Carlos Masera, Domingo Bizzi, Santos Torres, Rafael Clavero, Francisco Páez, Gregorio Flores, Luis Argañaraz. A todos ellos, salvo Argañaraz, los seguí viendo a lo largo de los años. Páez murió, y con Clavero perdí contacto a fines de los años 90”[5].

Rivera enlaza las gestas históricas de luchas, sueños y ambiciones políticas de aquellos años revolucionarios con el presente, de manera realista y sombría, donde los asesinos y sus crías –para evocar otro de sus títulos– parecen, con éxito, poder perpetuarse. Por ello:

“Reedson, solo en su departamento de un piso doce del barrio porteño de Belgrano, piensa en el rencor inextinguible de los que miraron para otro lado a partir del 24 de marzo de 1976; de los que no cesan de exigir ley y orden para los que tienen los bolsillos vacíos y vacíos y vacíos de futuro; para los que no comen hoy y tampoco mañana; para los heréticos, para los que dicen no, para los desesperados.

[…]

Buenos Aires, aún hoy, es una fiesta”.

La melancolía riveriana no deja de ser un claro señalamiento de las injusticias presentes, odiables hijas directas del pasado.

Contra la “fiesta” de la derecha, Rivera evoca, en una suerte de anti-fiesta narrativa, una vez más (recordar el tierno y dolido “Pirí”, el último cuento de Estaqueados[6]), a quien se autopresentaba como “nieta del poeta e hija de un torturador”: Pirí Lugones, a quien conoció en la mítica editorial Jorge Álvarez, y que fue, pese a su notorio linaje, secuestrada, vejada y asesinada por los militares. De manera tan lacónicamente como breve, Rivera expone al lector las crueldades humanas, sin necesidad de “decirlo todo”, de ser explícito; sin “pedagogías” pero sin embargo con una claridad política –en muchos casos “no inmediata”– filosa, poderosa.

 

***

Aunque se puedan encontrar algunas afirmaciones y elucubraciones (políticas) discutibles, de escéptica incredulidad (como pensar que Trotsky poseía trabas y escrúpulos, a diferencia de Lenin y su “acción revolucionaria”, debido a alguna clase de fidelidad a la “pureza teórica”[?]; o que Trotsky estaba “tan desesperado”[?] que dejó, en México, que Mercader lo asesinara tras llegar con un grueso abrigo en un clima “casi tropical”), Rivera nos acerca una vez más sus recurrencias, obsesiones y discursos que campean (una vez más) sobre la historia pasada y reciente.

Rivera impacta en la sensibilidad de los/as lectores/as con la fuerza de un látigo.

Es un auténtico –y por ende atractivo– caleidoscopio poético y social.

 


NOTAS:

[1] Andrés Rivera, Para ellos, el paraíso. Y otras novelas, Bs. As., Alfaguara, 2002.

[2] Andrés Rivera, Kadish, Bs. As., Seix Barral, 2011.

[3] Ver: Demian Paredes, “Reeditaron ‘La sierva’, de Andrés Rivera. Política y poder en el siglo XIX”, La Verdad Obrera N° 352.

[4] En La lenta velocidad del coraje tenemos a Demetrio y Luján, dos obreros textiles que llevan 3 meses en huelga, y donde hay un joven carnereando. Allí leemos: “Enceguecido por el sudor, Demetrio escuchó a Luján la próxima vez no te voy a dejar un hueso sano, ¿entendés?, y se limpió el sudor de la cara, y alzó los ojos: Simón sangraba por la boca, y movía los brazos para atajar los golpes que, con la mano abierta, le descargaba Luján en la cara y en las orejas no quiero verte más por acá, ¿entendés?, y las bofetadas de Luján eran disparadas con una exacta crueldad, y había marcas rojas y blancas en la cara del pendejo si te llego a agarrar carnereando otra vez te vas a despedir del oficio, ¿entendés?, y Demetrio apartó los ojos de las manos de Luján, y de la cara de Simón, porque lo que vio lo dejó sin aire, y porque Luján nunca prometía lo que no fuera a cumplir.

Demetrio suspiró, cansado: no se preguntó si un canalla aprende la fatal precariedad de ciertas impunidades, pero a Luján le sobraban agallas para zamarrear a un tipo hasta que el tipo aprendiese –o  clamara, en nombre de su madre, que había aprendido– que las impunidades no son eternas. Luján dijo, una y otra vez, a lo largo de esos tres meses de agonía, sin que sus palabras sonasen gozosas o perversas, que era útil y eficaz enseñar que el carneraje se paga, aunque esa enseñanza no apresurara nada, aunque esa enseñanza no los acercara a nada.

Salieron del galpón y caminaron en silencio, como dos desconocidos, unas pocas cuadras. Entraron a un bar, y Luján pidió, para los dos, salchichas saltadas con huevo, y una botella de cerveza, la más fría que hubiese en la heladera del bar” (Andrés Rivera, La lenta velocidad del coraje, Bs. As., Alfaguara, 1998, pp. 120 y 121).

[5] Lamentablemente también ha fallecido –recientemente– Gregorio Flores. Ver: Hugo Echeverre, “Homenaje a un clasista”, La Verdad Obrera N° 453.

[6] Andrés Rivera, Estaqueados, Bs. As., Seix Barral, 2008.