Para ir: “Café de la SEA”, con Tununa Mercado – Natalia Moret – Elsa Osorio – Elena Cabrejas

El Jueves 12 de Julio los invitamos al Café de la SEA

Mujeres que Inquietan

Participan:
Tununa Mercado – Natalia Moret – Elsa Osorio – 
Elena Cabrejas
Coordina: Hernán Invernizzi

Los esperamos el Jueves 12 de julio a las 19 hs.
en el Auditorio Francisco Madariaga

SEA / Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina
Bartolomé Mitre 2815 2º Piso Of. 225 – 230 – Esquina Puerredón (frente a la plaza once)
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Tel. (5411) 4 864 8101


Trotsky y la cultura, los escritores y el futuro

Noé Jitrik ha escrito una nota, “Íconos y alcohol”, publicada en Página/12 el pasado 26 de abril, que comienza refiriéndose a mí.

No puedo dejar de emocionarme al leer ese primer párrafo –sensible, imaginativo, poético– que, pensándolo desde otro ángulo, no sólo habla de mí (y de la amistad, y de la militancia), sino también del mismo Noé. Quiero decir: habla del rango de sus preocupaciones vitales –o existenciales, si se prefiere el (como lo llamarían muchos) “arcaísmo setentista”–, y que son, ni más ni menos, las que hacen al destino de las sociedades contemporáneas y al de los seres humanos insertos en ellas, viniendo (como venimos) de más de tres décadas de restauración capitalista neoliberal.

Como escritor y crítico literario agudo que es (y ya sé que acá no dije nada original), Noé Jitrik observa, analiza, señala, como si por momentos hablara de un Aleph, algún aspecto llamativo (para el presente) de la vida y obra de León Trotsky (como Noé mismo lo recuerda, ya escribió sobre la biografía de Lenin escrita por Trotsky; sobre las actas del “contraproceso” en México, y ahora de cómo Trotsky pensó en cambiar la vida cotidiana de las amplias masas, intentando reemplazar la iglesia y el alcohol con el cine); cuestión que se emparenta con toda una importante tradición del siglo XX, que es la historia de las profusas relaciones –directas e “indirectas”– de Trotsky (y también los trotskistas) con los artistas en general, y con los surrealistas en particular.

Variopinta lista: André Malraux, H. G. Wells, Pierre Naville, Diego Rivera, André Breton, Frida Kahlo, el filósofo John Dewey y hasta Georges Simenon fueron algunos de los importantes artistas y personalidades –entre ¿decenas, cientos?– que tuvieron contacto, relación política, intercambios y debates varios con Trotsky a lo largo de su vida. Yendo a la corriente surrealista, es conocida la declaración de título –si se quiere– tan poético, “Planeta sin visado”, que Breton y su grupo dieron a conocer en 1934, cuando Trotsky fue expulsado de territorio francés, proveniente de un difícil y duro periplo que había comenzado en 1928, cuando el régimen burocrático de Stalin lo había desterrado de la URSS a Alma Atá, a más de 3.000 kilómetros de Moscú; un pueblo cercano a la frontera con China. Y en 1936 los surrealistas también denunciaron la farsa stalinista (y trágica: con fusilamientos de la “vieja guardia” bolchevique) de los Juicios de Moscú, afirmando al mismo tiempo que Trotsky, acusado también él, junto a su hijo León Sedov, de “terrorista”, estaba “muy por encima de cualquier sospecha”, y que era para ellos “un guía intelectual y moral de primer orden”.

Tenemos entonces lo que se suele llamar “el Trotsky cultural”: un campo donde abundan los escritores y escritoras y se puede incluir desde un George Orwell (recordar al cerdo que enfrenta a “Napoleón” en Rebelión en la granja, o el “Goldstein” –apellido muy parecido al original de Trotsky, Bronstein– conspirador y supuesto causante de todos los males del régimen del Gran Hermano en 1984), pasando por gente tan disímil como los brasileros Humberto de Campos y el surrealista Benjamin Péret, el español Jorge Semprún, el genial cubano Guillermo Cabrera Infante con su sección de parafraseos en Tres tristes tigres, la argentina Tununa Mercado, los argentinos Luis Franco, Héctor Tizón, Andrés Rivera, Martín Kohan, hasta Sylvia Molloy… todos y todas han hecho referencia a Trotsky en sus obras, y en algunos casos, más de una vez.

Esta tradición, la de Trotsky como sujeto de fascinación para los artistas (lo hayan conocido en persona o no), se mantiene en el presente: sumemos, por ejemplo, a El hombre que amaba a los perros, novela del cubano Leonardo Padura –quien tiene el mérito de hacer una gran novela policial… superando nada menos que el pequeño gran escollo de que al comenzar la historia, el lector ya sabe quién es el asesino–, y a Laguna, otra novela, de la norteamericana Barbara Kingsolver. Y, como contracara reaccionaria de esto, están la pésima comedia canadiense titulada The Trotsky (2009), y Liova corre hacia el poder, olvidable novela del escritor liberal Marcos Aguinis.

A propósito de todo esto Maurice Blanchot, en un notable ensayo titulado “Los grandes reductores”, señaló que existe “un período en que Trotsky da miedo y en que no tiene más compañero en literatura que André Bretón y luego un período en que como revolucionario, daría miedo todavía, pero, acogido ceremoniosamente en el panteón de los escritores, tranquiliza en su papel de hermoso muerto apacible”. Y sigue: “¿Qué es lo que nos tranquiliza, hoy en día, en ese Trotsky de buena sociedad? La respuesta es fácil: es un escritor que tiene estilo, un literato de gran clase (…), un crítico que sabe hablar de literatura como hombre del oficio”. Y sin embargo, dice Blanchot, Trotsky también es quien “con Lenin, decidió la insurrección de octubre y, antes que Lenin, sacó todas las consecuencias de la declaración de revolución permanente, ya propuesta por Marx, dirigente inflexible de una Revolución no precisamente moderada, (y) quiere concedernos ‘una libertad total de autodeterminación en el dominio del arte’”.

Blanchot critica entonces las “tranquilidades” de las “reivindicaciones parciales” de Trotsky, proponiendo tomar conciencia de que no habría “inocencia” alguna en las libertades u opciones de la escritura y las artes bajo el régimen de explotación capitalista: lo que se hace juega a favor o en contra del sistema. Y sin embargo, en el presente, tenemos la siguiente paradoja: la de que la mayoría de los trabajos literarios, según anotó el historiador Paul Le Blanc (en “Trotsky: realidad y ficción”), son más verídicos que los de los historiadores “sovietólogos”. Éstos, un bando “anti” (anti-Trotsky, anti-Lenin, anti-Revolución Rusa, etc.), defenestran (y falsean) a la historia y a las personalidades dirigentes de Octubre de 1917: Richard Pipes, Orlando Figes y Robert Service son algunos de los que, como indicó en su último trabajo el historiador –fallecido en 2005– Pierre Broué, “brillan por su ignorancia” al desconocer y desestimar por completo la riqueza de información que hay –y ellos han estado ahí– en los archivos abiertos desde 1991 en la ex URSS y en los Estados del Este europeo.

Por ello, y más allá de la (supuesta) “comodidad” de que se mantenga a Trotsky sólo como una personalidad en el “campo cultural”, no deja de ser significativo cómo los artistas han captado, en una importante cantidad de casos, mucho mejor que los historiadores “profesionales” y “científicos” la esencia (profundamente humana, realista, ambiciosa) de Trotsky y su proyecto revolucionario y socialista, tal como lo hizo Jitrik respecto al recurso de echar mano al cine, a mediados de la década de 1920 en la heroica (y pobre) Rusia soviética; y por supuesto también en sus otros artículos.

Ahora que la crisis económica internacional, comenzada en 2008, hizo –o está posibilitando–, entre otras cosas, en medio de rebeliones y revoluciones en Medio Oriente, acampes y ocupaciones de “indignados” en Estados Unidos y Europa (que vive cada tantas semanas alguna gran huelga, parcial o general), el llamado “regreso de Marx”, también podría estar propiciando el “regreso de Trotsky” –como se ve, con admiradores y detractores–.

Es que hay en el revolucionario ruso una cantidad (prácticamente inabarcable, por su gigantesco volumen) de escritos y temas: un impresionante corpus de reflexiones teóricas y políticas, todas ligadas, de una manera u otra, al cambio social revolucionario. ¿No tenemos allí, entonces, un valioso patrimonio político (y cultural) de la humanidad? Yo creo que sí, y de ahí el proyecto de Ediciones IPS junto al CEIP “León Trotsky” y la Casa-museo de México de lanzar una gran colección –que ya comenzó– de Obras escogidas, para que los trabajadores y la juventud puedan acceder fácil y directamente a Trotsky. A las obras de un revolucionario que, desde la perspectiva del socialismo y el comunismo, ambicionaba, como escribió en un impresionante texto de 1939, “El marxismo y nuestra época”, que las palabras “pobreza”, “crisis”, “explotación” salieran de circulación.

Grandes objetivos, que son también –o deberían– un tema “cultural”: el del futuro de la sociedad… y las palabras que la describirán.


Muro (de amor) en Berlín (Tununa Mercado)

Por si no lo vieron: hace un par de días en “Verano12” se publicó este relato de Tununa Mercado. Y acá, la misma Tununa comenta un poco la historia de esta historia -que incluye, junto a Tomás Eloy Martínez, Caparrós y Forn, en la Feria de Berlín, en 1993, una denuncia a Abel Posse y Jorge Asís, entre otras cosas-.

* * *

En el cuarto del hotel había quedado abierta la puerta/ventana. Daba a un balcón y a un jardín encerrado y secreto. Desde ese balcón había oído, los días anteriores, ruidos de agua y un bullicio lejano de niños que nadaban y chapoteaban, tal vez en una pileta en el corazón de la manzana. El calor era intenso, de verano en primavera. Dejaba la ventana abierta aún en la noche, pero ningún aire fresco lograba disipar la barrera tropical que se interponía. Y, como suele suceder en los hoteles, no era posible crear ninguna corriente de aire.

Junto a la puerta-ventana había un mueble modular sobre el que se apoyaba un televisor, tan alto que obligaba a mirar hacia arriba, en actitud de contemplación piadosa y, en un estante inferior, una bandeja con copas de distinto tamaño y forma. Como no lograba descubrir cuál era el minibar, supuse que en el hotel había un servicio que llevaba las bebidas y los alimentos a los cuartos, en uno de esos carritos sobre los que se lucen baldes de hielo, soperas con tapa y fuentes de plata. A menos que el minibar fuera una especie de parlante que por razones de diseño compensaba el equilibrio del conjunto, pero cuya puerta no se delataba a simple vista. ¿La puerta disimulada de un recinto que de pronto mostraría sus tesoros, un blanco del Rin o un ron de Puerto Rico? Minucias que cualquier pasajero resolvería en un instante, pero que yo no osaba enfrentar, por pusilanimidad o por falta de mundo. ¿Quería yo acaso beber alcohol de un minibar? ¿Me interesaba aprovechar los lujos corrientes de un hotel?

En cuatro canales, señalados con teclas rojas, pasaban películas pornográficas. Al encender el televisor y elegir cualquiera de ellos, una leyenda advertía que el espectador tenía derecho a ver sólo cuatro minutos sin cargo y que después empezaría a correr un taxímetro para registrar el tiempo transcurrido y establecer la tarifa correspondiente. La advertencia era un alerta roja para quien se dejara tentar por esos canales calificados y, en cierta forma, una restricción a la libertad de ver.

Diez escritores argentinos y tres uruguayos –hombres en su mayoría–, habíamos sido invitados a un congreso de Literatura del Río de la Plata en Berlín. El hotel reunía dos ideas en su nombre, Park Consul, “Park”, en efecto, designaba un jardín lleno de encantos junto al restaurante, y “Consul”, un status de jerarquía. ¿No podían acaso esos escritores de América del Sur presumir de cierta misión diplomática, la de representar a las letras de sus países? ¿No era un privilegio de cónsules escuchar los textos propios en alemán, esa lengua áspera transfigurada por la dicción de actores profesionales, beber cerveza en todas sus variantes, comer bien, recibir viáticos y gastárselos, discurrir sobre literatura, amores, política, imaginar el Muro tal como había existido hasta no hacía mucho tiempo, pero también gozar de un verano anticipado en primavera?

Desde el primer día todos se habían dejado apresar por las imágenes de los canales pornográficos, liberados mentalmente al regresar por la noche de ciertos planteos sin salida que suelen proponerse en encuentros de literatura, por ejemplo, si hay diferencia entre erotismo y pornografía, un tópico que suele concluir con una frase deflatoria que borra cualquier connotación sexual prometedora: “toda escritura es erótica”, o si la ideología, pese a cualquier resguardo, permea la escritura erótica como un “inconsciente” suplementario, inexorable y en perpetua producción.

Sabedor de que sus debilidades de mirón ganarían la partida contra cualquier represión moral o económica, uno de nuestros compañeros de viaje nos había confiado que él se jugaba el todo por el todo, que encendía el televisor al llegar al cuarto y no lo apagaba nunca, ni siquiera cuando iba al baño. Se duchaba acompañado por los suspiros y jadeos de los protagonistas; esas respiraciones entrecortadas, esos gritos contenidos que de pronto francamente se desataban en los momentos más altos del acto, eran los únicos indicios, bastante enfáticos, de la trama de los sexos en su comunicación y eso le bastaba para apostarles todas las fichas. Entendía que la oferta sexual televisiva era lo mismo que el minibar, que el servicio de camareros, y aun que las toallas, el edredón y los artículos de tocador, y estaba decidido a usar todo sin medida.

Primero tímidamente algunos, y después sin reparos los más, todos se habían dispuesto a aceptar el precio de la aventura que el arrogante jugador parecía merecer por derecho propio, admitiendo quizá, con modestia, que para ellos habría de medirse por tiempo, y aun por tiempo en soledad y, ciertamente, en dinero. Habría sido una crueldad imponerse ver sólo los cuatro minutos gratuitos. ¿Quién podía sustraerse a una escena en la que la lengua de un negro estilo modelo Mapplethorpe emergía y buscaba otra boca, la del sexo de una blanca que se prodigaba húmedo y entreabierto? Un primer minuto había transcurrido, y en el segundo apenas la lengua había logrado su máxima longitud y delgadez, como si una gimnasia secreta le permitiera adelgazarse como un estilete y adquirir la movilidad de un latiguillo. En el tercer minuto, cuando ya empezaba a titilar en la pantalla el anuncio de corte de imagen –sin clemencia para el condenado mirón–, la rubia cambiaba de posición y requería al negro, clamaba por su lengua y se rendía a su regodeo de lamer.

En aquella noche los rioplatenses estarían absortos frente a la misma película alemana del negro lengua larga y la rubia en cuatro patas. El dispendio se había instaurado y, pasados los tres primeros minutos, ya no se podía retroceder. Pero, de pronto, desde la ventana-balcón abierta de par en par, irguiéndome apenas, alcancé a ver que en la habitación del piso de abajo, se había encendido la luz y que en la pared de su propio balcón se proyectaban las siluetas de un hombre y una mujer que acababan de entrar. Veía la sombra de los cuerpos proyectados en la vasta superficie; a veces se alargaban las imágenes por los efectos de la luz, pero después se estabilizaban los perfiles recuperando su tamaño natural. Muy libres, el hombre y la mujer comenzaron a besarse; se tomaban y se dejaban; insistían y desistían. Las risas se escuchaban cristalinas, como agua durante las mañanas en los jardines interiores del Park Consul; ella tenía el pelo suelto, alborotado, y él le susurraba propósitos que la hacían reír. Era un escarceo con la elocuencia discreta de quienes saben manejar las cuestiones del amor, una contención que posterga pero que no rehúye.

El acto acababa de comenzar cuando decidí avisarle al pornógrafo de tiempo completo que no se perdiera lo que yo estaba viendo, una escena que sobrepasaba de lejos el naturalismo burdo de una película porno. Golpeé a su puerta pero no me respondió. En su habitación se oía el susurro del televisor encendido.

Busqué el lugar más propicio para ver esas sombras proyectadas que ahora entrechocaban copas de champán. Ella tenía unos pechos enormes y él, arrodillado, abarcaba sus pezones con la boca y los rodeaba con la lengua; bajaba buscando hacia el vientre el ombligo y luego se perdía la imagen por insuficiencia de campo; otra vez se besaban en la boca y en sucesivos giros ella iba mostrando ángulos de desnudez perfecta, cincelada. Sus movimientos eran más procaces que los de él, y en una de las “tomas” se dejó verter y sorber champán entre las piernas. La translucidez de la copa, el modo en que el cristal se trasvasaba a la pared, la secuencia brillante del fluir del líquido sobre el cuerpo, eran imágenes de un arte hecho de luz y sombra en movimiento, de medios tonos y profundidad, formas que sobrepasaban el simple reflejo, como si por una diafanidad inesperada esa noche la pared se hubiera convertido en una pantalla mágica. La contraparte en silueta de los pechos era ahora el perfil del hombre, un cuerpo trabajado pero masivo hasta que por el ángulo de exposición esa masa se quebraba abruptamente dejando emerger el sexo, en línea recta, disparado, acercándose cada vez más a su objetivo, que era acoplarse con varias bocas, primero los labios de ella, glotones, después el hueco entre sus pechos enormes, y luego, más tarde, dejando crecer la urgencia, los labios del sexo, tragones, queriendo más y más.

Las voces gemían, las risas decían, los jadeos resonaban; los requiebros en alemán me descubrían una lengua capaz de rendirse al amor; los cuerpos seguían en la luz, remisos todavía a arrojarse a la ceguera oscura del orgasmo, que no pide ni luz ni sombra, manirrotos todavía, imprevisores, como si con ese derroche pudieran paradójicamente retener el arrebato final. Fundidos los perfiles, se escuchó un solo intenso y alguien apagó la luz.

Todo fue de pronto negro, la pared negra, la noche oscura. En la otra pantalla, ya transcurridos con creces los minutos reglamentarios que habían anticipado, como una tentación, escenas de sexo entre un negro y una blanca, sólo se veían líneas de luz, rectas, homogéneas, de trazado final. Mi vecino, a cuya puerta había llamado, me dijo al día siguiente que no había respondido porque estaba viendo una porno en la que un negro y una blanca recibían la visita de otro negro y, en triángulo, lo ayudaban, a él, a pasar la noche.


A propósito de un poema (Tununa Mercado)

La escritora Tununa Mercado hizo un texto –que incluye un poema de Roberto Amigo– en homenaje a León Trotsky, ante un nuevo aniversario de su asesinato.

Agradecemos a la autora el envío para su publicación aquí.

* Y acá, un breve fragmento de una entrevista a ella.

 

 

Alguien junto a mí dice sólo el título de un libro de Roberto Amigo: El criador de conejos. Me complace saber que el criador no es el personaje de un cuento para niños sino León Trotsky.  En ese instante, en un reflejo súbito, una imagen aparece: el fondo de un jardín en donde están las conejeras. Trotsky está parado junto a una de las jaulas con un manojo de hierbas en la mano. Necesito saber  cómo se llama esa planta que León Davidovich les da a los conejos. La mañana en Coyoacán es cálida pero él lleva un abrigo a cuadros, una especie de fumoir de colores tenues. Si tuviéramos que atribuirle una emoción a ese hombre elegiríamos la calma, e inmediatamente escribiríamos: una calma tensa. Afuera, en la calle Viena, se escucha un carro que trepida y los cascos de un caballo. Rumores de pueblo. En la torreta de vigilancia, precaria atalaya, uno de los guardias está mirando hacia la calzada Churubusco. Nada que temer. Sin embargo, en su cabeza, en la totalidad que son sus afectos y sus convicciones políticas lo que predomina es la disposición a percibir el peligro. Mira en redondo, discrimina la carga de ese carro que ahora dobla, ¿hacia qué calle? ¿Con qué rumbo? Abajo, en el fondo del jardín, hacia la derecha, el Viejo, como le dicen a Trotsky, the Old Man, conversa con los conejos. Uno de los cactos que ha traído de su última excursión por Querétaro parece un centinela tutelar, de diez metros de alto, coronada la cabeza  por una cabellera blanca. Al espécimen lo llaman Viejito o Cabeza de Viejo y no han faltado las bromas en torno al nombre, the Old Man Cactus.

El criador de conejos lleva botas. ¿Siempre? Es el creador del Ejército Rojo. Suele llevar botas. Así se desprende, al menos, del relato de uno de sus camaradas: Adolfo Zamora, habitué de la casa de la calle Viena, recordó en 1979 ante un público entre los que estaban miembros de la IV Internacional, que cuando Trotsky recibía una visita, al estrecharle la mano entrechocaba marcialmente los talones.

En el interior de la casa primero hay una especie de vestíbulo, se diría un cuarto por sus dimensiones, con biblioteca vidriada. ¿O no es vestíbulo sino un despacho? Los periódicos de aquella época se exponen y pueden ser consultados.  Después viene la cocina con despensas de madera, de ésas que se venden en los pueblos de México para poner las ollas y los cacharros. Son de madera basta pintadas con colores vivos, llevan  una especie de frontispicio con formas recortadas a manera de decoración. Las ollas y las fuentes son de barro lustroso. Natalia ha escuchado sonar el aldabón –¿una campana, un timbre?–, atraviesa desde la cocina el vestíbulo y sale a ver quién ha entrado. Lev Davidovich también ha respondido a esa llamada y se acerca a la puerta de entrada que uno de los guardias ha abierto. Quien entra es Jacques Mornard. Trae en sus manos una carpeta con materiales. Materiales, así en plural, una manera de designar legajos que demandan corrección, discusión, valoración. Le dice a Trotsky que sólo pasaba por ahí para entregárselos. Se dirá más adelante quién fue el guardia que abrió la puerta y quién el vigía que está observando desde la torreta. Se comenzará a decir, muy pronto, quién era Mornard, y por qué gozaba de la confianza de los Trotsky.

¿Estoy escribiendo una historia? Mi grado de compromiso se expande cuando me doy cuenta de que el criador de conejos del poema de Roberto Amigo se apartará de las conejeras, saludará al  recién llegado,  entrechocará tal vez los talones de sus botas y cambiará su condición –de criador a creador– en el momento en que, con los famosos papeles en la mano, se disponga a entrar en la casa. ¿Con Natalia, que se ha quedado esperando en el vano de la puerta? Eso sí,  con Mornard, a quien no esperaba. Mi mirada que antes recorría la cocina debió abarcar los otros espacios de la casa. Como si filmara al mirar,  retrocedo al momento en que Natalia escuchó que llamaban a la puerta; entro en el despacho de Lev Davidóvich y observo los objetos que están sobre el escritorio. Un teléfono, una pluma, papeles, una grabadora de cilindro. Después la mirada recorre los lomos de libros de la biblioteca. En ruso, en inglés. Llega hasta una puerta blindada. Antes de atravesarla, advierte las marcas de la metralla en la pared de la derecha. Ráfagas, acota. En el cuarto de Lev Davidóvich y de Natalia Sedova más marcas, y aun en la de Sieva,  Esteban Volkov, el nieto adolescente, hijo de Zinia, la hija suicida, otra historia que habrá que ensamblar. Y la historia de Jacques Mornard o Ramón Mercader,  y muchos otros nombres falsos, que en ese momento acaba de entrar a la casa.

¿Es un esbozo de historia? ¿Ya ha transcurrido? ¿La he escrito alguna vez y vuelve a visitarme como si me pidiera cuentas?  ¿Estuve en esos cuartos? ¿Rocé con los dedos los agujeros de las balas en la pared blanqueada? Hay en el baño un espacio que pudo ser armario y no lo fue, con una cortina ahora descorrida en vez de puerta. Hay unas prendas. Una bata de hombre y otra de mujer, en unas perchas. La mirada que venía observando ahora toca esa estofa descolorida. Vientos huracanados arrasan la novela histórica del criador de conejos. Así se estila decir: el huracán de la historia barre los acontecimientos. Pero bastó decir la invocación de Amigo para que de nuevo se irguieran, como corresponde también decir, “frente al olvido”. El hombre que decía haber cazado lobos en Siberia y que podía aguijonear con sus botas un caballo y lanzarse en una carrera desenfrenada, obligando a sus custodios a correr tras él a galope tendido, ese hombre conversaba con sus perros. Durante su exilio en Francia bautizó a su pareja de pastores Benno y Stella. Y se podría recrear esa relación y aun encontrar unas fotos tomadas en el jardín de la casa de Las brumas en la que se ve que dialoga con ellos.

Las conejeras están vacías. La historia del Viejo Old Man  se retrae. Si se expandiera, habría trascendido al poema cuyo título la inauguraba. El nombre El criador de conejos, se independizó del poema que titulaba para seguir un derrotero propio.

El libro, es una plaquette rojo ladrillo, un largo poema de Roberto Amigo. Está ilustrado por dos alegorías antiguas sacadas de una Iconología de figuras de Gravelot y Cochin, año 1791 (obra impresa en el París Revolucionario de 1791). Una se titula “Octubre”, la otra “Doctrina”.  El criador de conejos o La mañana silenciosa  en que Lenin se apoya en su hombro es el título completo. En ese poema breve e intenso está toda la historia de un hombre y de una revolución. Comienza con un epígrafe, extraído del Testamento de León Trotsky:

“Natalia acaba de acercarse a la ventana desde el patio y la ha abierto más, para que el aire entre mejor en mi habitación. Puedo ver la verde franja de césped al pie del muro y el claro cielo azul arriba de éste y la luz del sol en todas partes. La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la limpien de todo mal, opresión y violencia, y la disfruten a plenitud.”

La mañana silenciosa

en que Lenin se apoya en su hombro

conjuga una fecha sin calendario

un nombre el exilio

el día de la muerte

veintiuno de agosto

siete horas veinticinco minutos pasado meridiano

el guerrero fanático de la Avenida Viena

a los ojos del tendero perezoso

pensaba en Natalia

en los huesos

frío quieto

tan lejano

como el silencio de Siberia

en este jardín cactos recogidos en Tamazunchale

vientos de estepas

entre troneras vacías

orificios de balas en paredes amarillas

abrazados para aplazar

la certeza de la muerte

certera como el hot dog de Vera Zasúlich

en tardes berlinesas de cigarros.

Los conejos

deben criarse científicamente.

alimentar a las cinco

en punto de la tarde

con suficiente dieta para conejos mexicanos

– evitar frenético ardor de lengua -,

en jaulas acondicionadas

para controlar

la voraz reproducción.

La mañana silenciosa

del asalto al Palacio de Invierno

en el que Lenin se apoya en su hombro

el escorpión y el arado

condenan al Ugolino Rojo

expulsado judío del palio

sopa de coles rancio pan negro

aroma de ese cuerpo en Tampico

espesas cejas en trazo de exvotos

desear aquel cuerpo lastimado

caracola marina entre los dedos

libros y revoluciones

representación del universo

Lenin imagen de Lenin

sombra razón perdida

fumadera papal del Popocatépetl

sombra de Lenin trazos de los mapas

marca de lenguas relato de guerras

sombra de Lenin estación de Tiflis

camino a Sujum temblando por la fiebre

sombra de Lenin viento huracanado

camino de las islas de los Príncipes

sombra de Lenin en Coyoacán

entre el gris del pintor y el blanco del poeta

sombra de Lenin en Coyoacán aquí

entre los borradores

de la Revolución Futura.

Los conejos deben criarse

científicamente

como la Revolución.

Meticuloso aprendizaje

de estructura digestiva.

Conejos blancos zaristas,

distintos tonos mencheviques,

conejos rojos

– asidos por las orejas

con guantes franceses -,

conejos rojos permanentes.

La mañana silenciosa

en que Lenin se apoya en su hombro

la espera de las barriadas

de Nikolaiev había terminado

como el día de su muerte

otra espera

los ojos de las hijas

entre la multitud de Petrogrado

los ojos de las hijas muertas

arrojar al Caín Dzugashvili

vengar la mina de carbón de Vorkuta

justificar la larga espera

cómo olvidar los muertos

los muertos de Cronstad

la canción que escuchan

Berlín Londres Barcelona

Luego susurros entredientes

Dónde Serguei dónde estás

Liova Liova no he podido salvarte

Espero Seva que no hayas olvidado el ruso.

Manuales

de cría de conejos.

trato especial para gazapos

de la periferia:

retorcer sin dañar

carnes y pieles,

preciso movimiento.

La mañana silenciosa

anuncia otro ocaso

temor al cuerpo viejo más que a ella

a la memoria de los muertos

a la pesadez de los hombros encorvados

a los ojos escondidos en la escritura

a los pensamientos de la fiebre

ven vieja amada de los antiguos poemas

devorados en la estepa

que no me desnuden

quiero que lo hagas tú

en estrecha cama de hierro

los brazos cayeron

descenso de la cruz

el vendaje corona de espinas

desnuda mi cuerpo moribundo

desnuda a tu viejo perro fiel

siete centímetros profundos

parietal derecho roto

astillas en el cerebro

un kilo quinientos sesenta gramos

no han podido no han podido

très cher Lev Davidóvich

“llenos de un gran orgullo

nos alimentaremos de consuelos”.

Mariposas en el fuego del altar.

Ciudad de México 1998

La historia se cierra. Los objetos y los papeles sobre el escritorio de León Davidovich no se pueden mover ni un centímetro. Hacerlo sería tergiversar los hechos, una falta grave que exigirá rectificaciones sin fin. El acometido es imposible. Sacrificial, la mesa de León Davidovich se ha eternizado. La ropa del armario jamás será tocada ni nadie cubrirá las marcas que dejaron los disparos sobre la pared del cuarto. Los legajos son archivos, los archivos son historia. Quedan, intersticiales, episodios que son como cicatrices y que duelen, aunque recuperarlos produce el regocijo sombrío de estar tocando la materia misma del tiempo.