Las obras de Trotsky (Página/12)

EL PAIS

Las obras de Trotsky

Stalin, el gran organizador de derrotas. Así se llama el libro publicado por Ediciones IPS-CEIP León Trotsky, que será presentado hoy a las 20.30 en la sala Jorge Luis Borges, del pabellón Rojo de la Feria del Libro. El texto contó con el apoyo de Esteban Volkov, niego de Trotsky, y es el primero de la colección de Obras Escogidas del revolucionario ruso.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-192949-2012-04-29.html


Íconos y alcohol: Noé Jitrik sobre León Trotsky

* El escritor y crítico literario Noé Jitrik escribió la siguiente nota aparecida hoy en Página/12. Como es mi amigo me menciona; pero allí, en realidad, están (estamos) representados cientos de militantes del PTS y la FT-CI, que reivindicamos –y recreamos y luchamos por– el legado de León Trotsky y los trotskistas, contra la explotación del capitalismo y el imperialismo, y contra toda burocracia y formas de opresión.

Demian Paredes intenta, y a veces lo logra, hacerme compartir su fascinación por la figura de León Trotski, su vida, su obra y aun, y sobre todo para él, la trascendencia que tendría su pensamiento político en su proyección sobre el presente y el futuro de la sociedad, de la traumatizada y permanentemente en crisis sociedad marcada, determinada y sofocada por el capitalismo y los férreos sistemas que engendró. Esa fascinación ordena su vida, lo cual es sorprendente porque es joven y, como a muchos otros, esa tríada los atrae y los significa, responde a un deber ser moral muy fuerte que no se contradice en su caso con el mundo de deseos propios de la juventud: música, literatura, cine, amores, viajes, amigos y la larga serie de satisfactores que los seres humanos persiguen para sentir que pisan el suelo del vasto mundo.

Si bien yo había leído algunos libros de Trotski –el extraordinario Mi vida sobre todo– así como de sus comentadores y exegetas –Deutscher, Broué y Naville– distaba de conocer toda la vastedad de su escritura; Paredes me fue acercando otros en los que me detuve, de una manera u otra: una biografía de Lenin, sobre la cual escribí; lasActas del Juicio que se llevó a cabo en México, en 1938, presidido famosamente por el filósofo norteamericano John Dewey, productos de un plan editorial (Ediciones IPS) que, dada la dimensión de la obra, tiene para un rato largo y, en estos días, un par de artículos escritos en lo que podríamos considerar la segunda etapa de su curso vital: la primera, prerrevolucionaria, de formación y preparación fue la anterior a 1917, la segunda ya en el poder y en la oposición, la tercera en el exilio que va de 1927 a su muerte.

No me propongo considerar si hay o no unidad de pensamiento en los escritos que produjo incesantemente en las tres etapas; es más que probable que las condiciones exteriores propias de cada una determinaran el giro que tomaba su pensamiento y su actitud analítica –que las recorre a todas como una constante– así como su retórica y, en consecuencia, que haya diferencias importantes entre la masa de sus escritos, sin contar con el valor que le atribuía a la práctica de la escritura, en diapasón con una idea o concepción que se va instalando en la conciencia intelectual desde comienzos del siglo XVIII y se expande hasta las primeras décadas del XX.

Lo que, en particular, me suscita, es ese artículo de 1924, ahora recuperado. Hay que señalar, ante todo, que en ese año, en pleno ascenso de la influencia –o más bien apropiación– de Stalin en todos los organismos de Partido Comunista y él en la llamada “Oposición de Izquierda”, hablaba desde lo que podríamos llamar, al menos considerando este artículo, las finalidades de un cambio revolucionario en el proletariado urbano y campesino, como objetivo y consecuencia del sistema que la Revolución de Octubre había iniciado y que no le resultaba fácil implementar ni consolidar. Le preocupaban las formidables carencias culturales de un proletariado que, si bien había por eso mismo sido lo que había posibilitado la revolución ahora, en las vías de la construcción comunista, eran impedimentos, casi irreductibles zonas de alienación: llevar a ese proletariado tan particular a una conciencia política debía estar en el programa, pero, al mismo tiempo, exigía una respuesta que no podía ser mecánica ni ritual ni menos aún forzada.

El artículo, que salió publicado en Pravda, tiene una estructura argumentativa rigurosamente marxista: de una aclaración conceptual inicial desciende a un problema particular, examina sus rasgos y propone, imaginativamente, una solución. No tiene un tono admonitorio ni recriminatorio, más bien se parece a una invitación a pensar, nada extraordinario en sus escritos pero sí en relación con un contexto difícil, en plena crisis por la implantación de la “Nueva Política Económica”, que alguna urgencia tendría para el común de la gente, y las internas de un partido que pronto se vería ensangrentado por decisiones que llegarían a lo criminal. Y el problema, que seguramente todo político se plantea si no está tan sólo en el poder para su mero aprovechamiento, es cómo hacer para que el alcoholismo y la religión dejen de ser una rémora para la realización del programa de transformación de la sociedad que tiene como fin al ser humano.

La palabra “política” tiene dos sentidos o alcances según Trotski: uno general, amplio y que sale de su fondo semántico mismo, a saber que lo que marca la existencia misma de la sociedad es lo político o, como diríamos ahora, la politicidad: toda sociedad humana está fundada en ese concepto; el otro tiene que ver con una actividad precisa y particular, que para muchos es una vocación y para otros una profesión, sea cual fuere el sentido que se le da, y que busca formas que se quieren racionales y universales: el desideratum es que quienes son el objeto y los protagonistas y aun los beneficiarios de un cambio poderoso, o sea proletarios, como el que se propone realizar el grupo bolchevique, se incorporen a tales formas y contribuyan a fortalecerlas; implícitamente, que esa práctica no quede sólo en manos de un grupo de elegidos, o decididos, que por lo general proceden de la burguesía o de sus detractores iluminados, en uno u otro sentido. Lo que no se debe hacer, postula Trotski, es imponer tal incorporación. Pero ¿cómo hacer para lograrlo?

Apartar del alcoholismo y de la religión. Por algo una cosa y la otra tienen tanta fuerza y mueven multitudes, lo que no quiere decir que se las acepte complacida o resignadamente como, con cierta dosis de realismo o de cinismo, hicieron y hacen muchos que, o bien siempre lo habían aceptado, o bien no tuvieron más remedio que hacerlo, la soga en el cuello. El alcohol, razona Trotski, proporciona felicidad inmediata, autoconfirmación exaltada, olvido de las penurias, obnubilación intelectual, elusión de la muerte; la religión, a su vez, entretenimiento, contacto humano, alienación confortable, garantía de afecto, espacio tranquilizador de la fiesta: ni el alcohol es un bien indiscutible ni la religión necesariamente una comprensión de la trascendencia. Dicho esto, se le ocurre una salida realmente genial: el cine.

Es cierto que ya Lenin lo había exaltado: “De todas las artes el cine es para nosotros la más importante”, proclamó, seguramente en el contexto de las necesidades de hallar medios de propaganda eficaces para el proceso que se iniciaba y que necesitaba consolidarse. También lo es que ya existían salas de cine y en cantidad y algunas productoras rusas, pero todo indicaba que debían adaptarse, sin duda con pocas ganas, para satisfacer los objetivos revolucionarios. Y no menos cierto es que el enunciado de Trotski tuvo una ejecución tan sistemática como dirigida a otros fines en la férrea época de Stalin.

Pero volvamos a 1924. El cine era una realidad y ya había dado pruebas de su poder: ¿habría visto Trotski las películas de David Griffith, de Abel Gance o las del expresionismo alemán, el alucinante Gabinete del doctor Caligaris o El Golem? No lo puedo saber, pero, en todo caso, tiendo a pensar que cuando escribió sobre el asunto debía tenerlas en mente y de ahí que las considerara un eficaz medio para distraer, suspender hábitos y, sobre todo, para hacer entrar en dimensiones inesperadas y desconocidas de modo que el sabor del alcohol dejara de atraer, así sea por un momento, y la embriaguez eclesial reducirse a lo indispensable o irrenunciable que, sometido a ese examen de imaginario, terminaría por convertirse en un puro resto. Propone, sobre este razonamiento, instalar salas de cine cerca de las iglesias y las tabernas y no duda de que por el lado de la pantalla el ingreso a la política se produzca sin que obreros y campesinos que no quieren ser llevados a ella por la fuerza entren por propio desarrollo intelectual.

De aquí se sacan varias consecuencias. La primera es que Trotski tenía una mirada que podemos llamar “moderna”, sabía que pasaban cosas en el mundo cuyo valor no podía ser ignorado y que lo más inteligente era acercarse a ellas y apropiarse de lo que proporcionaban, imaginación, cambio, suspensión, distracción, fantasía. También que hay algo de utópico o de candoroso en la pretensión de quitar del alcoholismo y de la religión a una población más bien ruda y enemiga de que se toquen esas sagradas costumbres pero, en su favor, hay que reconocer que tanto él como quienes lo acompañaban en esa empresa de construir una nueva sociedad habían heredado del Romanticismo la caliente imagen de la utopía y les resultaba muy duro renunciar a ello (no le costó tanto a Stalin). Pero lo que me parece más importante todavía es que eso que le atribuye al cine puede aplicarse a toda manifestación artística y literaria y de lo cual surge algo análogo a una definición acerca de la función del arte. En esa idea de detener el saber de la experiencia concreta y cotidiana, sea cual fuere, proponiendo un pensar que se infiltre en las cabezas y las lleve a dejar entrar imágenes, dimensiones desconocidas de la realidad, posibilidades imaginarias, saltos al vacío conceptuales, residiría una esencial virtud, un poderoso agente de cambio que actúa en las sombras del inconsciente y que hace que los seres humanos comprendan más de lo que son y de lo que los rodea. El arte y la literatura, en suma, serían de acuerdo con esta lectura las puertas de entrada a un reino de libertad que operando en el sujeto y su experiencia estética momentánea se transmitiría a la sociedad en la que vive y le daría solidez a una voluntad consciente sin la cual ningún cambio podría tener fundamento.

Está fuera de mi alcance saber si Trotski conocía, y estimaba, lo que estaban haciendo los llamados “formalistas”, espontáneos descubridores de, al menos, las propiedades básicas de la materia literaria, o los suprematistas, que acarreaban la revolución a una idea de la pintura que cuestionaba seriamente el realismo transcriptivo; ambos intentos, así como la música que, como se sabe, introdujeron una mirada moderna, fueron en la era staliniana borrados y algunos de sus promotores terminaron en Siberia. Quizás algo de eso, así sea como resto, se puede ver en las discusiones de Trotski en México con André Breton y Diego Rivera. En todo caso, creo que no se puede desconectar la idea de 1924 de una problemática mayor, que atañe a la difícil cuestión de la función del arte, ese grano duro para toda reflexión sobre una cultura, sus necesidades y su forma en todo momento de su existencia. Y, por añadidura, que una reflexión como ésa pueda reconocerse en Trotski lo saca del encierro en el que se lo pone en un exclusivo coto de caza de una acción política que no termina de comprenderse muy bien.


Entrevista a Emilio Albamonte: Táctica y Estrategia en la época imperialista

Los días 18, 19, 20, y 21 de febrero se realizó en el salón principal del Hotel Bauen el seminario “La concepción de estrategia en el marxismo de León Trotsky” coordinado por Emilio Albamonte, del que participaron más de 200 de los principales dirigentes y cuadros del PTS de todo el país y delegaciones de la Fracción Trotskysta – Cuarta Internacional (FT-CI) del Partido de Trabajadores Revolucionarios (PTR-CcC) de Chile y de la Liga Estratégia Revolucionária (LER-QI) de Brasil. Como bibliografía de base para la discusión se tomó el libro de Trotsky “Stalin, el gran organizador de derrotas. La III Internacional después de Lenin” de 1928, así como “Lecciones de Octubre” y “El ‘tercer período’ de los errores de la Internacional Comunista”. Para este número de La Verdad Obrera entrevistamos a Emilio Albamonte, dirigente del PTS y de la FT-CI sobre algunos de los principales debates que atravesaron las cuatro jornadas del seminario.

 

El seminario comenzó con la pregunta sobre qué es el marxismo ¿nos podrías contar brevemente en que consistió este punto?

Partimos de una definición analítica de qué es el marxismo a partir de cuatro componentes. Por un lado, el marxismo como “concepción del mundo” cuyo fundamento más general es la dialéctica materialista. Es decir, la dialéctica rescatada por Marx de su cautiverio idealista y vuelta hacia el mundo de la materia, para la cual ni Dios, ni el Espíritu Absoluto, ni ningún demiurgo de la historia pueden ni tienen nada que hacer. Dentro de esta concepción marxista del mundo, el materialismo histórico es la aplicación de la dialéctica materialista a la sociedad humana y su desarrollo.

Por otro lado, el marxismo es una crítica científica a la economía política y a través de ella a los fundamentos del capitalismo, cuya sistematización fundacional fue realizada por Marx en El Capital. Pero también es una crítica a la teoría política, al contrario de quienes opinan que el marxismo solo cuenta con la apropiación-reproducción de filósofos anteriores como Rousseau. Contiene una crítica de la política, del derecho y del Estado burgués, que no solo atraviesa las principales obras de análisis político de Marx y Engels, sino el propio “El Capital”, y que posteriormente, al igual que en la crítica a la economía política fue enriquecida y desarrollada por los “marxistas clásicos” del siglo XX y muy en especial por León Trotsky con sus análisis del fascismo, la URSS, los bonapartismos sui generis en los países semicoloniales, que permiten entender gobiernos como el Cárdenas o el de Perón, etc. A su vez, el marxismo es una teoría de la revolución que partiendo de las conclusiones más avanzadas de su época de surgimiento, a mediados del siglo XIX, condensa la experiencia histórica de más de 160 años de lucha de la clase obrera moderna. Una síntesis teórica de las lecciones estratégicas fundamentales de la lucha del proletariado.

Y en este sentido, como decía Lenin “una guía para la acción”. Esto no significa que contenga un “manual de procedimientos” que nos señale cómo actuar en todo tiempo y lugar, sino que el conocimiento de la experiencia anterior lo que nos permite es justamente no tener que pensar todo de nuevo cada vez que nos enfrentamos a una determinada situación de la lucha de clases.

Acá llegamos a un cuarto aspecto del marxismo, que se relaciona más con el arte que con la ciencia, un arte que a diferencia de otro no actúa sobre una materia inerte sino sobre las relaciones humanas buscando la destrucción de ciertas relaciones y la construcción de otras nuevas. Nos referimos al arte de la estrategia, cómo decía Trotsky: “no puede aprenderse el arte de la táctica y la estrategia, el arte de la lucha revolucionaria, más que por la experiencia, por la crítica y la autocrítica” (“Una escuela de estrategia revolucionaria”). Estos cuatro componentes, el marxismo como concepción del mundo, como crítica a la economía política y a la teoría política, como teoría de la experiencia del proletariado, y como arte de la estrategia, tienen para nuestra definición de marxismo una unidad inescindible. Estamos en las antípodas de lo que discutían los neokantianos que las primeras diez “Tesis sobre Feuerbach” eran científicas pero que la Tesis XI (donde Marx plantea “la transformación del mundo”) era simplemente un imperativo moral. Para nosotros el marxismo es justamente esta unidad, es una teoría de la práctica y un arte de la estrategia fundado sobre bases científicas (entendiendo esta última, desde ya, no en su estrecha y vulgar acepción positivista).

También en el seminario planteabas la necesidad de desarrollar un marxismo con predominancia estratégica ¿a qué te referías?

La necesidad del desarrollo de un marxismo con predominancia estratégica (la cual por supuesto es inescindible del programa) parte justamente de la unidad entre los elementos que señalaba antes, que llevan a concebir al marxismo como una teoría orientada a hacer la revolución.

Hasta la III Internacional el concepto de estrategia era prácticamente ajeno al marxismo. Se discutía en términos de táctica, no había diferenciación entre uno y otro concepto. Sobre este punto quiero traer algunas citas que tomamos en el seminario. En el “Stalin, el gran organizador de derrotas”, Trotsky señala como en la época de la II Internacional “la labor estratégica se reducía a nada, se disolvía en el ‘movimiento’ cotidiano con sus fórmulas cotidianas de táctica. Solo la III Internacional restableció los derechos de la estrategia revolucionaria del comunismo, a la cual subordinó completamente los métodos tácticos.” Esto no era casual, tenía que ver con la entrada en lo que Lenin llamó la “época de crisis, guerras, y revoluciones” y con la enorme experiencia adquirida a partir de revolución de octubre, y en general con los grandes enfrentamientos entre revolución y contrarrevolución que se sucedieron.

Trotsky señala esto para introducirse en una de las críticas fundamentales que le hará al proyecto de programa redactado por Bujarin para el VI Congreso de la Internacional Comunista. Trotsky parte de reconocerle a Bujarin que bajo el título “La ruta hacia la dictadura del proletariado” por lo menos incluyó en el programa una parte referida a la estrategia, pero a renglón seguido le plantea que “en lo que concierne a los problemas estratégicos, propiamente dichos, el proyecto se limita a dar modelos apropiados para las escuelas primarias”, como por ejemplo “Conquistar (?), influenciar en vastos círculos de trabadores en general…”. Es decir, frases generales para todo tiempo y lugar.

Y luego agrega que “se examina el problema fundamental del programa, es decir, la estrategia del golpe de estado revolucionario (las condiciones y los métodos para desencadenar la insurrección propiamente dicha, la conquista del poder) con aridez y parsimonia […] se consideran los grandes combates del proletariado sólo como acontecimientos objetivos, como expresión de ‘la crisis general del capitalismo’, y no como experiencia estratégica del proletariado”.

Es decir, mientras que Trotsky consideraba que la estrategia (las condiciones y los métodos) para la conquista del poder es el problema fundamental del programa que solo puede ser analizado a la luz de las lecciones de las principales batallas de la clase obrera; para Bujarin estos combates solo contaban como una expresión de la crisis general del capitalismo. Esto nos lleva a la relación entre estrategia y programa. Trotsky le da una importancia fundamental a la estrategia, a la que entiende como algo que no es reductible a los objetivos y los fines que se establecen en el programa. La diferencia refiere a la que existe entre “qué pretendemos conquistar” pregunta propia del programa y “cómo nos proponemos conquistarlo” pregunta propia de la estrategia.

Que sean dos elementos diferenciados no significa para Trotsky que sean escindibles, sino todo lo contrario. Una estrategia sin programa se reduce a una técnica cualquiera, pero un programa que no examina la estrategia es “un documento diplomático”. Trotsky justamente considera su profunda relación cuando sostiene que el examen de los problemas de estrategia es una de las partes fundamentales de cualquier programa que se precie de revolucionario.

Es por esto que en el seminario desarrollamos el estudio de los problemas fundamentales de táctica y estrategia.

¿Esto no está claro hoy? ¿En qué consiste la actualidad de este debate?

Tenía razón Perry Anderson cuando en su libro “Consideraciones sobre el marxismo occidental” planteaba que uno de los problemas fundamentales del marxismo en la pos segunda guerra mundial había sido el divorcio estructural entre teoría y práctica. Anderson desarrolla fundamentalmente la crítica a lo que denomina “marxismo occidental” donde señala no solo la reclusión de los teóricos en las universidades mientras que los PC dominaban la arena política, sino el desplazamiento de las propias temáticas desde la economía y la política hacia la filosofía, y la estética o las superestructuras culturales. De conjunto en este escenario los problemas de la estrategia quedaban fuera del campo de lo pensable.

Pero también es importante señalar la debilidad que desde este punto de vista tuvieron las propias corrientes que se reivindicaban del trotskismo. La media general consistió en relegar el desarrollo teórico del marxismo y no se produjeron obras importantes. Se tenga la opinión que se tenga sobre sus obras, hubo excepciones como Isaac Deutscher, Román Rosdolsky, o el propio Ernest Mandel. Pero tampoco éstos se pararon sobre los hombros de Trotsky en tanto estratega para formular una nueva síntesis capaz de nuevos desarrollos de la estrategia marxista. Más bien lo que primó fueron corrientes que sostuvieron el programa revolucionario en general pero subestimando gravemente la estrategia quebrando la unidad entre programa y estrategia. El resultado fue la adaptación a otras estrategias, como por ejemplo la estrategia guerrillera que eran producto de revoluciones donde primaba el peso del semiproletariado y el campesinado, dirigidas por partidos-ejércitos; revoluciones triunfantes que expropiaban a la burguesía constituyendo nuevos estados obreros pero que desde su misma génesis nacían burocratizados.

El internacionalismo que dominó la estrategia revolucionaria de la III Internacional en sus primeros años dejaba su lugar al “tercermundismo” en la periferia, a la adaptación a los Partidos Comunistas en el centro, y en el caso de los estados obreros, se extendió aquello que Trotsky planteaba en su “Crítica al programa de la Internacional Comunista”, en el año1928, que: “La nueva doctrina dice: puede organizarse el socialismo en un Estado nacional a condición de que no se produzca una intervención armada. De ahí puede y debe desprenderse una política colaboracionista hacia la burguesía del exterior, a pesar de todas las declaraciones solemnes del proyecto de programa”

La derrota del asenso de iniciado en 1968, y la ofensiva imperialista de las tres décadas que le siguieron, no hizo más que profundizar la ausencia generalizada de un pensamiento estratégico en el marxismo revolucionario. El desarrollo de los problemas de estrategia que para Trotsky era uno de los principales logros de la III Internacional, hoy, hasta en corrientes que se reivindican trotskistas pareciera ser una especie de excentricidad.

Este tipo de posturas no pueden contrastar más a la hora de ir a la lectura de Trotsky. Por ejemplo, cuando cuenta: “Un numeroso grupo de personas, reunido en torno a la sociedad de ciencias militares, emprendió en 1924 una obra colectiva para elaborar las normas de la guerra civil, es decir, una guía marxista sobre los problemas de los choques directos entre clases y de la lucha armada por la dictadura. Sin embargo, este trabajo chocó pronto con la resistencia de la Internacional Comunista (esta resistencia formaba parte del sistema general de lucha contra el trotskismo), después se liquidó completamente esta actividad. Sería difícil concebir un acto realizado a la ligera más criminal que este.” (L. Trotsky, “Stalin, el gran organizador de derrotas”)

En el contexto de la crisis histórica que atraviesa actualmente el sistema capitalista y partiendo de la debilidad histórica del marxismo en el desarrollo de estos problemas desde la segunda posguerra hasta acá, no solo es indispensable sino cada vez más apremiante el desarrollo de un marxismo con predominancia estratégica.

El año pasado coordinaste un seminario para el estudio del estratega prusiano Karl von Clausewitz y su obra principal, “De la Guerra”. Ahora el tema fue el estudio de la concepción de estrategia en el marxismo de Trotsky. ¿Cuál es la relación entre ambos seminarios?

Este seminario es complementario del que hicimos el año pasado. Sobre estos debates estamos escribiendo un libro donde abordamos a algunos de los principales conceptos de los teóricos de la estrategia militar, y en especial Clausewitz, así como los debates más importantes de estrategia que hubo dentro del marxismo, donde sin duda la figura de León Trotsky como estratega del proletariado tiene un lugar fundamental.

Como señala Trotsky en una de las citas que leímos antes, fue muy importante para la III Internacional la apropiación que hizo de determinados conceptos de la teoría militar. A su vez, tanto de parte de Lenin como de Trotsky hay una profunda apropiación, en particular, de muchos elementos del pensamiento de Clausewitz, empezando por las propias definiciones de estrategia y táctica. Pero de más está decir que esta apropiación se da en el marco de profundas diferencias.

Por ejemplo, si bien Clausewitz tomó la revolución como fundamento del cambio de época en lo militar y de la potencia del ejército napoleónico, el Estado como unidad política y la “paz civil” en su interior fueron la base de todos sus desarrollos estratégicos. La conceptualización sobre irrupción del pueblo “con peso propio” lo distingue cualitativamente como estratega e intérprete de las guerras napoleónicas. Sin embargo, nunca sobrepasó los marcos de una reflexión de éste como una “masa de maniobra” capaz de desarrollar una “intención hostil” en consonancia con la política del gobierno. Nuestro punto de partida de radicalmente diferente. La política no es para nosotros “la inteligencia personificada del Estado” como señalaba Clausewitz, sino que está inescindiblemente ligada a la lucha de clases al interior de las fronteras estales y a su vez tiene un carácter internacional. Y fundamentalmente, como decía Trotsky “la historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos” (Historia de la Revolución Rusa). A diferencia del “pueblo”, que es el tercer componente de la “trinidad” desarrollada por Clausewitz junto con “el gobierno” y “los generales y sus ejércitos”, la clase trabajadora nunca puede ser pensada como “base de maniobra” por el marxismo revolucionario. La historia de la lucha revolucionaria de la clase obrera más bien se ha distinguido por su capacidad de desarrollar organismos de autoorganización de tipo soviético. Ésta, así como las relaciones entre estos organismos y el partido revolucionario, son las grandes diferencias entre la “trinidad” elaborada por Clausewitz y la de “clase, partido y dirección” que Trotsky desarrolla especialmente, por ejemplo, en el “Clase, partido y dirección: ¿por qué ha sido vencido el proletariado español?”.

Es ilustrativo como planteaba sobre este punto Trotsky que “En la acción, las masas deben sentir y comprender que el soviet es su organización, de ellas, que reagrupa sus fuerzas para la lucha, para la resistencia, para la autodefensa y para la ofensiva. No es en la acción de un día ni, en general, en una acción llevada a cabo de una sola vez, como pueden sentir y comprender esto, sino a través de experiencias que adquieren durante semanas, meses, incluso años, con o sin discontinuidad”. (L. Trotsky, “Stalin, el gran organizador de derrotas”)

No quiero desarrollar en profundidad estos puntos acá porque entiendo que supera los objetivos de la entrevista pero de estos puntos se desprenden toda una serie de diferencias que hacen justamente a la cuestión de por qué el marxismo revolucionario no puede ser reducido bajo ningún punto de vista a un mero militarismo.

Sobre esto último, y marcando las diferencias entre el pensamiento militar convencional y el marxismo revolucionario, Trotsky decía: “el ejército es una organización de violencia, está obligado a combatir. Una represión militar muy dura amenaza a los recalcitrantes. Ningún ejército puede existir de otra manera. Pero en un ejército revolucionario la principal fuerza motriz es su conciencia política, su entusiasmo revolucionario, la comprensión de parte de la mayoría del ejército del problema militar que espera y de la voluntad de resolverlo. ¡Cuánto importa esto a las luchas decisivas de la clase obrera! No hay derecho a forzar a nadie a hacer una revolución. No existen instrumentos de represión. El éxito no se basa más que sobre la voluntad de la mayor parte de los trabajadores, en intervenir directa o indirectamente en la lucha para ayudarle a vencer” (L. Trotsky, “Escuela de estrategia revolucionaria”)

El “Stalin, el gran organizador de derrotas” fue el texto principal que se discutió en el seminario, de señalaste varias citas a lo largo de la entrevista, pero ¿por qué basarse en un texto de 1928 para el seminario?

Aunque es cierto que varios de los elementos que están planteados en este libro luego Trotsky los desarrollará mucho más en obras posteriores, sin embargo, es muy interesante estudiar la obra de Trotsky de estos años. Es una época repleta fenómenos históricos de gran trascendencia no solo por la existencia de la URSS y los procesos en su interior, sino también por los múltiples procesos revolucionarios que se desarrollan. El libro de Trotsky toma como punto de partida la derrota de la revolución alemana de 1923 y los 5 años posteriores están llenos de lecciones estratégicas. Con la III Internacional burocratizada, Trotsky va a ser el único que encara en profundidad el balance de estos procesos enriqueciendo enormemente el acervo estratégico del marxismo.

Es muy interesante ver la compleja relación que establece Trotsky entre lo político y lo económico, entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la crisis capitalista, los momentos de estabilización y el papel que cumplen en estos las derrotas de la clase obrera. Por ejemplo dice: “‘no hay situaciones absolutamente sin salida’. La burguesía puede escapar de una manera duradera a sus contradicciones más penosas únicamente siguiendo la ruta abierta por las derrotas del proletariado y los errores de la dirección revolucionario. Pero lo contrario también puede suceder. No habrá nuevos progresos del capitalismo mundial […] si el proletariado sabe encontrar el medio de salir por el camino revolucionario del presente equilibrio inestable.” Es evidente que Trotsky no puede estar más lejos de esas caricaturas que se hacen del marxismo donde las crisis harían que el capitalismo “se caiga por sí solo”.

Durante el período que toma el libro se dan procesos fundamentales como la revolución alemana del ’23, huelga general en Inglaterra en el ‘26, la revolución China del ’25-’27.

El combate al ultraizquierdismo había posibilitado avanzar en la construcción de un partido fuerte en Alemania, sin embargo, la revolución de 1923 muestra que la dirección del partido alemán se había vuelto incapaz de deshacerse de la rutina y de esta forma la táctica termina desplazando a la estrategia. Trotsky es muy agudo en señalar este problema cuando dice que “La lucha cotidiana por conquistar las masas absorbe toda la atención, crea su propia rutina en la táctica e impide ver los problemas estratégicos que se deducen de las modificaciones de la situación objetiva”. (L. Trotsky, “Stalin, el gran organizador de derrotas”)

En Inglaterra, la táctica del Frente Único deja de servir para fortalecer la propia fuerza de los comunistas y conseguir aliados para la vanguardia proletaria para convertirse en su contrario. El Comité angloruso con las direcciones de las trade unions deja de ser una coalición temporal para transformarse en un acuerdo estratégico que lleva a la derrota del movimiento huelguístico más importante de Inglaterra en el siglo XX. Otro tanto sucede en la revolución China con la resolución de la IC que ordenaba al Partido Comunista Chino subordinarse política y organizativamente a Chang Kai Chek, y luego a Wan Tin Wei. Lo cual tuvo como consecuencia catastrófica la masacre de los comunistas chinos a manos del Kuomintang. Trotsky justamente desarrolla críticamente este derrotero donde la táctica termina subordinando a la estrategia, donde los acuerdo circunstanciales como el Comité angloruso son transformados en alianzas estratégicas. Sin embargo, este curso oportunista no le impide a la burocracia de la IC, combinarlo con salidas ultraizquierdistas. Después de haber dejado pasar la situación revolucionario a Alemania sin lucha, se lanza a acciones ultraizquierdistas como el atentado en la catedral de Sofía en el ’24. Lo mismo en China, luego de que la vanguardia sufriese golpes fundamentales producto de la política de subordinación al Kuomintang, y para cubrir las consecuencias de esta política se lanza la insurrección en Cantón que, lanzada a destiempo termina en una nueva derrota.

Un curso típico del centrismo que sostiene una política de derecha que lleva a la derrota y una vez concretada esta y modificada desfavorablemente la relación de fuerzas se lanza a aventuras ultraizquierdistas para cubrir las consecuencias de sus propios actos.

Estos son algunos de los puntos por los cuales todo militante serio debería revalorizar este texto de Trotsky, que luego continuará y desarrollará en sus análisis sobre asenso del fascismo en Alemania, sobre la revolución española, etc.

Estas elaboraciones son de suma importancia ya que muestran claramente al Trotsky estratega que ha sido reducido muchas veces por gran parte de las organizaciones que se reivindican del trotskismo por una especie de escolástica.

Y a su vez, muestran la superficialidad de las reconstrucciones del marxismo del siglo XX como la que expone José Aricó en sus lecciones del curso dictado en México en el ’77, recientemente publicadas bajo el título Nueve lecciones sobre economía y política en el marxismo, donde pareciera que Trotsky muere junto con Lenin y en el ’24 deja de ser parte de la historia del marxismo, lo cual demás está decir no alcanza la más mínima seriedad teórica.

En el seminario haciendo un paralelo con ciertas discusiones de teóricos de la estrategia militar hablabas de teorías “combatocéntricas” ¿Opinás que este concepto puede ser utilizado para la Teoría de la Revolución Permanente? En otras palabras, ¿es “combatocéntrica” la Teoría de la Revolución Permanente?

El término “combatocéntrico” surge en realidad para describir el tipo de pensamiento estratégico que inaugura Karl Clausewitz. Uno de los que lo toma es un intelectual del imperialismo norteamericano especialista en Clausewitz que sostiene que “así como el sistema de Copérnico se describe como heliocéntrico, también debemos pensar el sistema de Clausewitz como combatocéntrico […] si tuviéramos que eliminar la lucha o la violencia del sistema de Clausewitz este se derrumbaría” (A. J. Echevarria II, “Clausewitz. Contemporary War”)

Tomando esta acepción podríamos decir que la Teoría de la Revolución Permanente en tanto teoría programa ligada a la estrategia en un sentido es combatocéntrica y en otro no.

¿En qué sentido sí? En tanto teoría programa ligada a la estrategia elaborada para la época imperialista. Lo es en el sentido que parte de que las posiciones conquistadas sindicales, parlamentarias, etc., así como los mismos aliados, y el tipo de organizaciones revolucionarias a construir deben ser pensadas en función de su utilidad para el combate. En este sentido la rutina de la táctica no debe hacernos perder de vista este elemento. La burguesía le obliga al proletariado a pensar en un marxismo de este tipo para enfrentar masacres monumentales como las dos guerras mundiales, a contrarrevoluciones fascistas, sufrimientos inauditos productos de crisis como la del ’30 (que en su profundidad es comparada con la crisis actual no solo por nosotros sino por muchos de los analistas burgueses). En el “Stalin, el gran organizador de derrotas”, por ejemplo, Trotsky desarrolla pormenorizadamente la relación entre una “posición” como la que representa la conquista del poder en un país y la necesidad de ponerla al servicio de la revolución internacional. Sin embargo, no hay que confundir esto con el combate permanente. Tampoco, desde luego, hay que confundir la Teoría de la Revolución Permanente con que la revolución esté planteada en todo tiempo y lugar o con una especie de voluntarismo.

La época imperialista con su crisis y guerras plantea la actualidad de la revolución proletaria. Dentro de la propia III Internacional hubo sectores ultraizquierdistas que interpretaron la “actualidad” de la revolución proletaria en la nueva época como sinónimo de “inminencia”, como fundamento para la teoría de la “ofensiva revolucionaria” permanente. A una variación más grotesca tuvo que enfrentarse Trotsky con el comienzo del “tercer período” y sancionó como política oficial la orientación ultraizquierdista de “clase contra clase”.

Como señalara Trotsky: “El carácter de la época no consiste en que permite realizar la revolución, es decir, apoderarse del poder a cada momento, sino en sus profundas y bruscas oscilaciones en sus transiciones frecuentes y brutales” (L. Trotsky, “Stalin, el gran organizador de derrotas”). Desde ya, estas características, estuvieron mediadas en mayor o menor medida en cada una de las etapas en las que se dividió la época de crisis, guerras y revoluciones, sin embargo, su comprensión nunca dejó de ser fundamental. Trotsky, en el mismo libro plantea como “Si no se comprende de una manera amplia, generalizada, dialéctica, que la actual es una época de cambios bruscos, no es posible educar verdaderamente a los jóvenes partidos, dirigir juiciosamente desde el punto de vista estratégico la lucha de clases, combinar exactamente sus procedimientos tácticos ni, sobre todo, cambiar de armas brusca, resuelta, audazmente ante cada nueva situación.” ¿En qué sentido no es combatocéntrica la Teoría de la Revolución Permanente? En tanto que es una teoría de la revolución socialista internacional, y como tal incluye el aspecto militar (guerra civil, insurrección, etc.) pero éste constituye solo una parte de un todo donde la primacía es de la política. La Teoría de la Revolución Permanente parte de la lucha de clases a escala nacional, se desarrolla en el terreno internacional y solo culmina con la centralización de las fuerzas productivas a nivel internacional, con la extinción de estado, las clases, la explotación y la opresión. En este sentido, podemos decir parafraseando a Pierre Naville en su prólogo a “De la Guerra”, que es una teoría de la “política absoluta” en tanto antítesis del concepto de Clausewitz de “guerra absoluta”. Es una teoría que busca el fin de todo aquello que oficia de causa para las guerras.

Para terminar, podrías comentarnos brevemente las conclusiones a las que llegaron en el seminario.

Si, como decía, empezamos con una definición analítica del marxismo, tratamos de llegar al final del seminario a una definición sintética de lo que significa un marxismo con predominancia de la estrategia. Preferimos hacer hincapié en el marxismo como una corriente que sintetiza la experiencia teórico-práctica del proletariado del último siglo y medio. Un marxismo que plantea como medios estratégicos el derrocamiento del Estado burgués y la creación de estados obreros transicionales, es decir dictaduras del proletariado basadas en organismos de tipo soviético hasta lograr la centralización y planificación de las fuerzas productivas a escala mundial como fundamento material para crear una sociedad de productores libres y asociados. Es decir, empezar a concretar el comunismo.

En nuestra definición los medios estratégicos (dictadura del proletariado) y el objetivo o “fin político” (comunismo) que coincide con la extinción del estado, de las clases y de la explotación del hombre por hombre, están indisolublemente ligados.

En el 2010 Paidós justamente publicó en castellano un simposio “Sobre la idea de Comunismo”, organizado por Badiou y Zizek un año antes. Nosotros estamos en las antípodas de lo que sostiene el filósofo francés Alain Baudiou que: “la Idea comunista es la operación imaginaria mediante la cual una subjetivación individual proyecta un fragmento de lo real político en la narración simbólica de una Historia […] Hoy es esencia comprender claramente que ‘comunista’ ya no puede ser el adjetivo que califica una política”.

Cuando señalamos que la Teoría de la Revolución Permanente es una teoría de la “política absoluta”, lo que queremos destacar es la ligazón concreta que hay entre nuestro programa y nuestra estrategia con el “objetivo político” del comunismo. Con esto no pretendemos acercarnos a las visiones idealistas del estilo Tony Negri que postulan el comunismo “aquí y ahora” y que se terminan adaptando a las variantes “progresistas” de la burguesía, sino todo lo contrario.

Nuestra concepción está ligada a los conceptos de táctica y estrategia. Tanto para Trotsky como para Clausewitz, mientras que la táctica es la conducción de los combates aislados, la estrategia es la que liga esos combates al “objetivo político”. Para nosotros el comunismo no representa una Idea con mayúscula, ni una palabra vacía, sino nuestro “objetivo político” más elevado. En tanto tal sostenemos que el marxismo revolucionario no debe perder de vista este objetivo en el fragor de las batallas y conquistas parciales.

Esto no es para nosotros una consideración abstracta sino parte de nuestro balance de la deriva, luego de la segunda guerra mundial, de las corrientes que se reivindicaban trotskistas pero que sin embargo sostuvieron un marco estratégico característico de la etapa según el cual el socialismo se extendía a través de “revoluciones cualquiera” con “direcciones cualquiera”. El gran valor de la teoría de la revolución permanente para nosotros está justamente en este punto: el ser una teoría programa ligada a la estrategia que pone las conquistas parciales, por ejemplo, la toma del poder en un país en función del objetivo de la revolución mundial y del proceso de cambios sociales, políticos, y culturales que luego de la toma del poder se orienten a la extinción misma del estado, las clases, la explotación y la opresión, e incluso del propio marxismo. Como señala Terry Eagleton en la misma compilación: “El socialismo es un proyecto que se deroga a sí mismo. Esta es una de las razones por las cuales ser socialista no tiene nada que ver con ser judío o musulmán. El marxismo mismo pertenece a la época de la prehistoria. En una sociedad comunista, su tarea es desvanecerse lo más pronto la decencia se lo permita.”


Fragmentos de “Laguna”, novela de Bárbara Kingsolver (9 de 9)

Seva llegó de París, y es la primera vez que recuerda haber abrazado a sus abuelos. Cuando le dice a Lev ‘monsieur abuelo’, a Natalya se le parte el corazón. Lo trajeron los Rosmer que son sus amigos más antiguos: Alfred, francés casi de caricatura con su cuello largo, bigote y boina; y Marguerite, que abraza a todos contra su pecho. Lev cuenta que él y Alfred pelearon juntos contra Stalin desde Prinkipo. Los Rosmer se quedarán algunos meses en México y han rentado una casa. Ahora Francia es insegura, por decir lo menos, y el niño requiere tiempo para adaptarse. Ha vivido con los Rosmer casi desde la muerte de Zenaida, cuando Marguerite lo encontró en un orfelinato religioso. Lev nunca habla de esto, Zenaida era la mayor y su historia se va conociendo poco a poco: tuberculosis, salida de la Unión Soviética con su bebé para un tratamiento en Berlín. Visa cancelada por Stalin, su marido Platón desaparecido en un campo de prisioneros.

Seva tiene trece años, un muchacho alto con pantalón corto y sandalias de cuero. Habla ruso, francés y ni una palabra de español; camina con cuidado por al pario viendo los colibríes que zumban en las flores rojas. Marguerite pregunta cómo se llaman. En Francia, dijo, no hay nada semejante. Debe ser cierto, porque Seva se sonroja de emoción ante estas criaturas. Marguerite le dice que se calme para poder traducir lo que quiere. Quería una red o una funda de almohada, cualquier cosa, para atraparlos.

Natalya lo abraza fuerte, atormentada de remordimiento por el destino que rige a esta familia.

–No, Seva, no está permitido agarrarlos –dijo–. Tu abuelo defiende la libertad”.

 

* Bárbara Kingsolver, Laguna, Bs. As., Lumen, 2011, pp. 292 y 293.

** La foto fue tomada de acá.

*** Acá, una entrevista a Esteban “Seva” Volkov, en 2010.

Y acá, el saludo de él desde México, enviado en agosto de 2010, al acto-homenaje a León Trotsky realizado por la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional (FT-CI).


MARIANO FERREYRA: ¡PRESENTE!

¡Ahora, y siempre!

JUICIO Y CASTIGO A TODOS SUS ASESINOS, A LOS RESPONSABLES MATERIALES E INTELECTUALES

 

* Hoy, a un año, todos/as a la marcha, de Congreso a Plaza de Mayo.

 

OTROS HOMENAJES EN LA “TROSKÓSFERA”:

En Santiago y la trinchera

En La rabia que rebalsó el vaso

En Sacado del medio

En Combinando aceleraciones variables

En Derecho a la herejía (Jujuy)

En El violento oficio de la crítica (Cba.)

En El diablo se llama Trotsky

 


Trotskistas contra Stalin (diario Página/12)

UNIVERSIDAD

Trotskistas contra Stalin

Ante un nuevo aniversario del asesinato de León Trotsky, el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones (CEIP) dedicó la última edición de sus Cuadernos, bajo el título “Los trotskistas contra Stalin”, a la historia de la oposición de izquierda rusa, protagonista de “un combate que dejó importantes jalones que continuaron y enriquecieron el desarrollo del marxismo revolucionario en el terreno teórico y político, contra la burocracia que se enquistó en el primer Estado obrero de la historia”, según señalan los editores, Andrea Robles y Rossana Cortez. Este número 15 de los Cuadernos se abre con una reseña de Noé Jitrik sobre El caso León Trotsky, también publicado recientemente por el CEIP. La publicación incluye “Los trotskistas en la URSS (1929/38)”, de Pierre Broué, un dossier sobre “1928-1929: el peligro del bonapartismo y el rol de la oposición”, así como diversos textos del propio Trotsky, entre otros artículos. Más información: www.ceip.org.ar

http://www.pagina12.com.ar/diario/universidad/10-177175-2011-09-20.html