#Poesía: [sin título] (Ben Lerner)

 

En esa época, la desnudez parcial estaba permitida,

siempre y cuando los pechos en cuestión fueran de indígenas.

 

Las nubes tenían facilidad de dicción,

y a la muerte le iba muy bien con las mujeres

y por las noches nuestros documentos se abrían

para emitir sus fragrantes confesiones.

 

En esa época, se sumergían cebollas enteras y pueblos enteros

en grasa transparente y semisólida de cerdo.

Los niños aspiraban líneas de oro en polvo,

inhalaban pegamento hecho de tachas,

fumaban mirra sepulcral y luego tiraban unos tiros

en sus escuelas.

 

En esa época, la policía se llevó detenidos a todos los insectos, luego a los pájaros, después a las estrellas,

y el cielo se escapó bajo la tierra.

 

The litchenberg figures [2004], en Ben Lerner, Elegías doppler, Bs. As., Zindo & Gafuri, 2015 [traducción de Ezequiel Zaidenwerg], p. 39.

 


#Poesía: “Las cenizas de Gramsci” (Pier Paolo Pasolini)

“Las cenizas de Gramsci”

 

I

[…]

Tú, muchacho, en aquel mayo

en el que el error era aún vida,

delineabas con tu delgada mano

 

el ideal que ilumina (pero no

para nosotros: tú muerto y nosotros

muertos igualmente contigo

 

en el húmedo jardín) este silencio;

tú en aquel mayo italiano

que a la vida aportaba

por lo menos ardor,

al menos aquel apacible e impuramente

sano ardor de nuestros padres; pero

tú no eres padre, sino humilde hermano.

 

No puedes sino ahora reposar

en este extraño y retirado lugar.

Patricio aburrimiento hay a tu alrededor.

 

Y débil apenas te llega algún golpe

de yunque de los talleres de Testaccio,

amodorrado en el atardecer.

 

Tú entre míseros cobertizos, un vicioso

muchacho cierra su jornada,

mientras llueve a su alrededor.

 

 

II

Entre dos mundos la tregua que no tenemos.

Decisiones, altruismo… No existe más sonido

que el de este insalubre jardín 80

 

un tanto noble en el que testarudo

el engaño que apagaba la vida

permanece también con la muerte.

 

Los círculos sarcófagos

no hacen sino mostrar las suertes

que aún quedan de esta gente laica,

[…]

 

 

III

[…]

Y heme aquí, pobre, vestido

 

con las ropas que los pobres

ven en escaparates de burdo esplendor

y que han perdido su suciedad 83

 

en las calles lejanas, en asientos

de tranvías en los cuales he extraviado

las horas de este día: mientras

 

en el tormento de mantenerme con vida

son más escasos estos respiros;

y si amo el mundo sólo es

 

por su violencia e ingenuo amor sensual,

así como, confuso adolescente,

lo odié un día cuando en él me hería

 

el mal burgués que en mí –burgués– había.

Y ahora comparto contigo el mundo.

¿Acaso no aparece como objeto

 

de místico rencor y de desprecio

la parte aquella que el poder posee?

Y, sin embargo, sin tu rigor subsisto

 

porque nada elijo. Vivo en el no desear

de la apagada postguerra, amando

el mundo que odio –perdido en su decepcionante

 

miseria– gracias a un oscuro escándalo

de conciencia…

[…]

 

Pier Paolo Pasolini, Las cenizas de Gramsci, Madrid, Visor [n° 58], 1975 [Traducción y prólogo de Antonio Colinas], pp. 79-81


#Poesía: “Comicio” (Pier Paolo Pasolini)

 

“Comicio”

 

Con su apacible terror aquí es más puro

–si las tardes ya fundidas tiemblan

con los últimos, poéticos susurros

 

de la vida sencilla– el encuentro

de los canalones urbanos con el oscuro cielo.

Y pálidos muros, infecundos

 

céspedes, delgadas cornisas en el misterio

que las empapa de cosmos mientras,

familiar y alegremente, funden el suyo.

 

Pero esta noche algo cambia improvisadamente

en las incultas fantasías del viandante

y hiela su arrobamiento en las queridas,

 

cálidas paredes desconsagradas…

 

Ya no más como en un paraíso

de pasos muy sonoros porque escasos,

de transparentes voces porque apacibles.

 

La plaza se estremece en las oscuras

esquinas, entre esplendores de piedra

humilde: ya no rumorean solitarios

 

los coches de los poderosos,

rozando el costado del joven paria

que embriaga son sus silbidos la ciudad…

 

Una pálida muchedumbre llena el aire

de irreales rumores. Sobre ella un palco

cubierto de banderas cuyo blanco

 

hace sudario, la negra luz

ciega el verde, el rojo se ennegrece

como la sangre seca. Como viento

 

o tétrico vegetal brilla cerúlea,

en el centro, la llama fascista.

 

*   *   *

El dolor, inesperado, me rechaza

casi como si no quisiera verme.

Por el contrario, con las lágrimas que destiñen

 

alrededor de mí un mundo tan vivo,

al atardecer, me lanzo desesperadamente

en medio de esta feria de sombras.

 

Y miro, y escucho. Roma, en torno a mí,

enmudece: se oye el silencio

de la ciudad y el del cielo. Sobre

 

tanto grito no se oye voz humana.

La cálida semilla que mayo hace germinar

incluso en el frescor nocturno, un pesado

 

y antiguo hielo oprime sobre los muros

robustos, ya tristes, como los sentidos

de un niño angustiado. Y cuanto más cuanto más crecen

 

los gritos (y el odio en el corazón),

más desnudo se vuelve el desierto

de la tarde en donde el habitual

 

y perezoso susurro se ha extinguido…

 

He aquí quienes son los ejemplares vivos,

vivos de una parte muerta de nosotros

que nos había ilusionado con su novedad,

 

–para siempre están privados de ella.

Por el contrario, entrevista inesperadamente

en esta plaza oriental, he aquí, espesa,

 

la multitud aullando, que enloquece anunciando

la salud como signo de una raza

que en el pueblo es oscura alegría

 

y en ella triste la oscuridad.

Y su energía es sólo debilidad,

ofensa sexual, ya que no tiene

 

otro camino para llegar a ser pasión

en su encendida mente, acciones demasiado

lícitas o ilícitas: aquí grita tan sólo

 

la burguesa impotencia de trascender

la especie, la confusa fe que la exalta,

y que, desesperadamente, crece en el hombre

que no sabe qué luz lleva dentro de sí.

 

*   *   *

[…]

 

Pier Paolo Pasolini, Las cenizas de Gramsci, Madrid, Visor [n° 58], 1975, pp. 47-49.


#Poesía: “El silencio” (Anne Sexton)

 

El silencio

Mientras más escribo, más parece que el silencio me carcome.

C.K. Williams

 

Mi dormitorio es blanco

tan blanco como la casa de una estación rural

e igualmente silencioso;

más blanco que huesos de pollo

blanqueándose a la luz de la luna,

basura pura,

e igual de silenciosa.

Hay una estatua blanca detrás de mí

y plantas blancas

creciendo como vírgenes obscenas,

extendiendo sus lenguas de goma

pero no dicen nada.

 

Mi pelo es el único oscuro.

Ha sido quemado en el fuego blanco

y es sólo un carbón.

Mis cuentas son negras también,

veinte ojos arrojados

desde el volcán,

bastante retorcido.

 

Estoy llenando el dormitorio

con las palabras de mi lapicera.

Las palabras se fugan de ella como un aborto.

Estoy lanzando palabras al aire

y retornan a mí como pelotas de frontón.

Sin embargo hay silencio.

Siempre silencio.

Como una tremenda boca de bebé.

 

El silencio es la muerte.

Llega cada día con su escándalo

a posarse sobre mi hombro, un pájaro blanco,

a picotear los ojos negros

y el vibrante músculo rojo

de mi boca.

 

Anne Sexton, La muerte de los padres (antología), Bs. As., Zindo & Gafuri, 2018 [versión de Verónica Zondek], pp. 68 y 69.


#Poesía | “Círculo” (Susana Thénon)

 

Círculo

Digo que ninguna palabra

detiene los puños del tiempo,

que ninguna canción

ahoga los estampidos de la pena,

que ningún silencio

abarca los gritos que se callan.

Digo que el mundo es un inmenso tembladeral

donde nos sumergimos lentamente,

que no nos conocemos ni nos amamos

como creen los que aún pueden remontar sueños.

Digo que los puentes se rompen

al más leve sonido,

que las puertas se cierran

al murmullo más débil,

que los ojos se apagan

cuando alguien gime cerca.

 

Digo que el círculo se estrecha cada vez más

y todo lo que existe

cabrá en un punto.

 

De Habitante de la nada (1959), Susana Thénon, La morada imposible, Tomo I, Bs. As., Corregidor, 2001, p. 51.


#Poesía | “Minuto” (Susana Thénon)

 

Minuto

En todo instante

se renueva

la fugaz memoria de los espejos,

el perfil hosco de los cuerpos oxidados,

el andamiaje de palabras

no habitadas por manos

o por bocas oscuras.

El tiempo arruga los caminos,

borra las miradas lejanas,

va encendiendo la muerte en los rincones.

Y cómo no saber esto:

llegará un minuto vacío

que añore nuestros rostros.

 

De Habitante de la nada (1959), Susana Thénon, La morada imposible, Tomo I, Bs. As., Corregidor, 2001, p. 50.


un poema (sin título) de Bernard Noël

[del libro Sobre un pliegue del tiempo]

 

la carne del silencio

el humo de la edad

un poco de memoria

oblicuo

el espejo visto

luego el más allá

lo inestable de un pensamiento

 

Bernard Noël, El rumor del aire / Sobre un pliegue del tiempo, Buenos Aires, Botella al Mar, 2001, p. 131.