#Poesía: Raúl Zurita

“Cielo abajo”

El último manchón del atardecer caía cuando se

abrió el mar. Cortados a pique, los dos inmensos

paredones de agua se irguieron de golpe

rompiendo el horizonte y papá nos dijo que ya

estaba, que ahora podíamos marcharnos. Unas

horas antes, por el este, los tanques habían

terminado de acordonar el ensangrentado desierto

chileno y al mirar el borde de la playa me di

cuenta de que era efectivamente una liberación: el

mar se había abierto y nuestra espera no había

sido en vano. Hundiéndose en la rada, el largo

tajo partía en dos el azul compacto del océano y

al darme vuelta para abrazar a papá, vi primero

sus mejillas surcadas de lágrimas y detrás la

interminable planicie ocre del desierto, la planicie

estéril y muerta que por fin abandonaríamos. Los

primeros gritos de júbilo comenzaban a emerger

por todas partes y al frente los dos acantilados de

agua se abrían brillando en la azulada noche.

Madre dijo que ya era hora de partir y juntando

algunas cosas nos unimos a la multitud. Lejos,

otros soles se iban ocultando tras las estepas de

planetas desconocidos y era tan extraño haber

estado en uno de ellos, haber sentido el latido

profundo de un corazón dentro de ti,

haber alcanzado a contemplar ese último atardecer.

“Cielo abajo”

Las primeras estrellas emergieron por un segundo

en la oscura línea del cielo y luego las olas que

ceñían el paso del mar parecieron tragárselas. A

los gritos de júbilo del comienzo le siguió un

silencio ensimismado y hosco sólo interrumpido

por el rumor de las últimas periferias incendiadas.

Barridas enteras, cuadras y cuadras de calles

planas y monótonas que arden en el desierto sin

fin de la tierra. ¿De la tierra? No, de un pequeño y

angosto país que tuvo un nombre, de un barrio

que hace miles y miles de años tuvo un nombre,

un rigor, un frío. Chillo emergiendo de entre las

piernas de mamá y no me gusta ni la sangre ni la

luz. Papá espera afuera y al rato le mostrarán un

montoncito amoratado que se retuerce con los

ojos cerrados, berreando. Toma las minúsculas

manitas que se cierran y me lleva. Caminamos a

tientas en medio de la multitud, en medio de la

torva humanidad que se arrastra en silencio por la

vulva abierta del océano. Veo entonces una cuna,

luego la ventana abierta hacia el corto antejardín

de una casa e dos pisos que se mantiene

incólume en medio de la infinita tierra cubierta

de cenizas. De pronto el paso se ensancha. El

repentino resplandor de la luz me ciega y grito

resbaloso de sangre. A ambos lados ruge el mar.

Raúl Zurita, Cuadernos de guerra, Bs. As.. Audisea, 2019, pp. 13 y 19.



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