Checoslovaquia y Karel Kosík (Rebelión)

Entrevista a Fernando de Valenzuela

Checoslovaquia y Karel Kosík

Por Gerard Marín | 31/10/2020 | Cultura

Fuentes: Karel Kosík. Decencia y crítica

 

Nacido en España y crecido en Argentina, Fernando de Valenzuela ligó su vida a la cultura checa cuando se marchó a estudiar filosofía a la Universidad de Carlos de Praga a mediados de los sesenta.

Allí, mientras se gestaba la Primavera, fue alumno de Karel Kosík y Jan Patocka, bajo cuya dirección terminaría doctorándose. Además de con ambos, trabaría una honda amistad con el escritor Milan Kundera. La obra de todos ellos, y de muchos más, como Jaroslav Hasek o Bohumil Hrabal, traduciría más tarde al castellano, a lo largo de los años. Sobre sus vivencias y experiencias en Checoslovaquia durante esa época, que novelaría recientemente en Un largo hilo verde, hablamos en esta entrevista, poniendo especial énfasis en su relación con Kosík.

 

1. Usted ha hablado de Karel Kosík, en distintas ocasiones, como uno de sus “profesores predilectos” en la universidad, en Praga, donde se marchó a estudiar filosofía gracias a una beca. ¿Durante qué período fue su alumno, y cómo eran sus clases? ¿Qué posición tenía entonces como filósofo en su país?

Desde que empecé la facultad, en el 66, hasta que terminé el doctorado, en el 72. A partir de entonces nos vimos casi todos los años en Praga y en dos o tres ocasiones lo invité a participar en el seminario de la Asociación de Periodistas Europeos sobre Europa Central, que yo dirigía en San Sebastián. Asistían cada año unas treinta personalidades destacadas: checas, eslovacas, polacas y húngaras, presidentes de la República, de los Gobiernos, ministros, directores de cine, intelectuales diversos y hasta algún premio nobel, pero Karel siempre fue la estrella de las sesiones. Oírlo pensar en voz alta siempre fue un espectáculo.

Kosík tenía por entonces cuarenta años, había llegado a lo más alto de la carrera académica, era uno de los intelectuales más influyentes del país, miembro de la Academia de Ciencias y del equipo de dirección del Diario Literario (Literarni Noviny) de la Unión de Escritores, un semanario que vendía más de cien mil ejemplares y cuya tirada se agotaba todos los jueves. Sus columnas sobre “Nuestra crisis actual” [1] arrancaban en la portada de Literarni Noviny, continuaban en las páginas interiores y marcaban la agenda del debate político nacional. Allí escribían los mejores intelectuales checos, entre otros su gran amigo – nuestro gran amigo – Milan Kundera.

2. Más allá de su relación como alumno y profesor durante estos años, también ha expresado que con el tiempo se convertirían en buenos amigos. En un punto de su novela filosófica Un largo hilo verde, describe cómo en cierto momento Kosík tiene incluso una fotografía suya encima de su mesa de trabajo, en su altillo de la plaza del castillo de Praga. ¿Cómo se forjó tal relación con él? ¿Tuvo que ver en ello la militancia política? ¿Cómo era Kosík, en lo personal?

Lo de la foto es gracioso. Me la hizo en una plaza de Pontevedra un viejo fotógrafo ambulante de aquellos que llevaban un trípode de madera, disparaban con una cerilla el fogonazo del magnesio, revelaban la foto cubiertos por una misteriosa capa, la observaban con cara de admiración por el milagro oficiado y te la entregaban a cambio de unos pocos duros. Yo iba vestido con un uniforme militar que me quedaba un poco grande, una gorra que me iba más bien pequeña y todo el llamativo correaje de la infantería española, tan parecido a la indumentaria que, a principios del siglo pasado, llevaban los soldaditos del Imperio Austrohúngaro que, como el buen soldado Svejk, se esforzaban por servir lo menos posible al anciano emperador y a sus decrépitos familiares.

Creo que el parecido de su discípulo con el soldado Svejk – lo comentamos largo rato y nos reímos mucho – fue lo que más gracia le hizo y si puso la foto en su mesa fue para evitar los excesos de seriedad ontológica que con frecuencia nos afectan a los que estamos enamorados del saber. Como bien sabían Kosik y Svejk, la risa libera.

Nuestra relación se forjó a partir de muchas coincidencias en nuestras historias personales y en nuestras maneras de pensar. Los dos éramos de izquierdas, marxistas, rebeldes y revoltosos y a los dos nos parecía que la filosofía era la clave para hacer un mundo “poéticamente habitable”, que diría él.

Karel hablaba en un tono pausado, contaba lo que en ese mismo momento estaba pensando, le gustaba escuchar y preguntar. Me preguntaba por mi padre, un escritor gallego que había sido capitán de estado mayor del ejército republicano antes de ser instructor del maqui francés, luego condenado a muerte y más tarde exiliado en Argentina. Sus comentarios eran tan breves como: ”Todos somos exiliados”. Y Karel en efecto lo fue durante muchos años, lo fue sin necesidad de abandonar su patria. Llega un momento en la vida del hombre, que diría Jaroslav Hasek, en que uno ya ni sabe de cuantas patrias ha tenido que exiliarse.

Karel y yo coincidíamos en nuestra admiración por Hasek y su soldado Svejk. Coincidíamos en no compartir la imagen que del buen soldado tenía la mayoría de los checos, basada en las caricaturas del dibujante Lada, que lo representó como un soldado bajito y rechoncho, gracioso y bonachón.

Para nosotros era más bien un joven robusto y atlético, “de muslos poderosos”, como lo describe la señora Katy, una de las amantes del teniente primero Lukas, el superior directo de Svejk, quien le había encargado a su ayudante satisfacer hasta los menores deseos de la joven, atrincherada en la casa del teniente primero para evadir la persecución de su marido.

“¿Han sido muchos los deseos?”, le preguntó el teniente primero a Svejk en cuanto regresó a su domicilio. “Unos seis”. Esta sencilla frase de ocho letras deja perfectamente en claro cuál es la imagen que el autor tiene de su personaje, uno de los más destacados de la literatura del siglo XX, uno de los más destacados de la historia de la literatura. Karel y yo teníamos razón. (Ver Los destinos del buen soldado Svejk durante la guerra mundial, ed. Acantilado, pag. 202 y ss.)

La militancia política tiene que ver con todo. Como él decía, “no hay que olvidar que política viene del griego polis y no del inglés police«. En lo personal Karel era extraordinariamente discreto, ingenioso y encantador, tres cualidades que no siempre son fáciles de compaginar.

3. Profundizando en esta militancia, ¿cuál fue el lugar de Kosík en el proceso de renovación filosófica y política en los años inmediatamente anteriores a la Primevera de Praga? ¿Qué recepción tuvo en Europa Occidental?

El comienzo de la década de los cincuenta del pasado siglo fue una época clave para la evolución del pensamiento marxista. El estalinismo, hasta entonces indiscutido e indiscutible, que bajo el dominio de Stalin y Beria, del Politburó y la KGB, decidía lo que un filósofo marxista podía no solo decir sino también pensar, empieza a perder su poder absoluto. Es la época del XX Congreso del PCUS, organizado por Nikita Krushchov. La resistencia del estalinismo es feroz, las idas y vueltas son constantes. Es también la época de la invasión de Hungría. Pero lo cierto es que el estalinismo ya nunca volverá a ser lo que era, la intelectualidad rusa ha despertado de su letargo y, con ella, los intelectuales de los demás países del bloque.

Y, ¿dónde estaban las obras del joven Marx?, ¿donde estaban depositados los manuscritos (los Grundrisse) que habían servido de base a El Capital, mucho más ricos, más matizados, más ligados al pensamiento filosófico y a la herencia de Hegel? Las obras del joven Marx, obtenidas antes de la guerra o después de ella por los soviéticos en las bibliotecas de las universidades alemanas estaban en poder de la Academia de Ciencias soviética, como textos ideológicamente peligrosos, fuera del alcance de los investigadores.

Pero en ese momento cae oficialmente el estalinismo. Y es precisamente en ese momento, cuando Karel llega a Moscú. A una universidad donde naturalmente se plantea la necesidad de una revisión no estalinista de la obra de Marx sobre la base de todos sus textos.

La obra de Kosik recibe el inmediato reconocimiento de los marxistas italianos y franceses, donde las ideas de Marx están ligadas a la cultura antifascista y antiautoritaria de la resistencia, y Karel se convierte en un referente de la renovación del pensamiento de la izquierda.

4. Algunos historiadores han considerado que la generación de Kosík, muchos miembros de la cual veinte años antes de la Primavera de Praga habían celebrado la llegada del socialismo “que vino del frío”, se revuelta en cierto modo contra sí misma en 1968. En un libro de entrevistas publicado este mismo año, Antonin J. Liehm y Kosík hablan de las dificultades intelectuales y morales que supone el tránsito de una visión del mundo a otra en oposición. A partir de 1948, Kosík se mantiene en general a favor filosófica y políticamente del régimen establecido, hasta el punto de escribir públicamente a favor del proceso Slanský y de participar de actividades de rechazo a la figura de Masaryk tan tarde como en 1954. Pese a que en los últimos años de su vida reflexionará en público, en profundidad, sobre su niñez o su militancia adolescente en la resistencia antinazi, no me consta que haga lo mismo sobre esta otra parte de su vida. ¿Podría explicarnos qué visión tenía, en el tiempo en que le conoció, de aquella parte de sí mismo y cómo se relacionaba íntimamente con ella? 

Liehm, Kundera y Kosik fueron militantes comunistas en su juventud y no se avergonzaban ni tenían motivos para avergonzarse de ello. Y no hay tampoco motivos para reprochárselo. Entre otras cosas porque ninguno de los tres fue de los que se sumaron a la primavera de Praga; los tres fueron de los que la idearon, la prepararon y la hicieron posible, y eso lo hicieron durante el estalinismo. Y ningún estalinismo, ni el descerebrado estalinismo residual de Novotny ni el de Husak es, precisamente, un juego de niños. Lo contrario sería como reprocharle a Dubcek no haber expresado todas sus ideas con claridad cinco años antes. Si lo hubiese hecho no hubiera habido primavera de Praga, al menos no tal como la hemos conocido. Y sin la primavera de Praga no se hubiera puesto de manifiesto la gravedad de la crisis civilizatoria por la que atraviesa la sociedad moderna ni la posibilidad y la urgencia de evitar el diluvio que viene (ver Karel Kosik, Reflexiones antediluvianas, Ed. Itaca).

5. En relación a esto, en las reflexiones de Kosík a partir de 1956 el Partido había visto disminuir paulatinamente su peso hasta llegar a desaparecer como palabra en Dialéctica de lo concreto, de 1963. Y parece que más tarde, después de la reinstauración del capitalismo de mercado en su país, tampoco volvería a contar con él. Sin embargo durante la Primavera de Praga vuelve al Partido y, entre 1968 y 1969 llega a desempeñar, incluso, un “cargo directivo” político, en el Comité Central. ¿Qué esperaba del Partido y de su participación en él con respecto a la revolución? Y, ya que la mencionaba anteriormente, ¿qué visión terminaría por desarrollar sobre la Primavera de Praga? Aparentemente, pese a que, en una conversación con usted, en 1993, Kosík afirmaba sentirse como esos revolucionarios checos “que, después del levantamiento de 1848, ya no fueron capaces de asimilar la nueva situación” y “se convirtieron en personajes pintorescos cuya única referencia era la revolución de 1848”, lo cierto es que nunca dejó de destacar “las posibilidades que entonces se abrieron”, un “valor permanente” [2].

Karel no volvió al partido. El nuevo partido de Dubcek anuló su expulsión, le ofreció un puesto en su comité central y organizó la resistencia de una sociedad desarmada contra la ocupación soviética. Los soldados del Pacto de Varsovia eran muchos más de medio millón, estaban armados hasta los dientes y, efectivamente, Karel ya no vio concretarse las posibilidades enormes que se habían abierto. Yo tampoco, pero eso no las hace menos ciertas ni menos actuales, si acaso más.

* La nota sigue, completa en Rebelión.



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