Annie Ernaux: “Escribir para vivir significa perder libertad” (JotDown)

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Traducción Teresa Suárez Zapater y Paul Jacques-Mignault

Esta entrevista está también disponible en papel en nuestra revista trimestral Jot Down nº 28 «Formentor».

Desde la ventana de Annie Ernaux (Lillebonne, 1940) se adivina el lago Cergy-Pontoise. París arde canicular a treinta minutos de allí, pero Ernaux nos recibe esa mañana de junio en un oasis arbolado de brisa fresca. Luce genuinamente ilusionada por el premio Formentor de las Letras, exultante y despeinada. Lo celebra no ya como un triunfo propio, sino como un logro de las mujeres en la literatura. Los ojos le brillan cuando proclama: «¡Por fin!». 

Quizá no esté bien decirlo, pero no hay sorpresa con Ernaux: es exactamente como su literatura. Franca, directa y sin florituras. Su discreción, tan serena como resplandeciente. Sonríe sin dientes cuando se citan pasajes de su obra («cada día y en cualquier parte del mundo hay hombres en círculo alrededor de una mujer, listos para tirarle la primera piedra») y juega a ubicar a cuál pertenecen: «¡Ese es de Memoria de chica!», acierta. Es el último en ser publicado en España por Cabaret Voltaire, pero habla de una Annie que no es esta, o no del todo. Ella la llama la «chica del 58», de la que más pavor le daba escribir, la que la hizo escritora. Gracias a ella, a ese verano, ha publicado una veintena de libros que la han convertido en una de las grandes figuras de las letras francesas. También en una rareza, aunque desdeñe el término con un mohín. 

Porque Annie Ernaux escribe sobre Annie Ernaux, pero llega mucho más allá. Su obra, que en sus palabras es un «relato autosociobiográfico», utiliza sus experiencias para ensamblar un retrato social, casi etnológico. Habla de una Francia que no es plácida, ni burguesa. La Francia popular, católica y rural, la de la gente que tiene que desenvolverse en un mundo «en el que todo es caro». Ella ascendió de esa austeridad, se convirtió en burguesa, pero su escritura no. Siguió aferrada a esa memoria, hablando de todo (del amor, de la enfermedad, del aborto, de la educación, de la hermana muerta) demostrando que lo popular también es alta literatura. En No he salido de mi nocheEl lugar o La mujer helada se narra una vida, pero caben cientos. «Las cosas me pasan para que las cuente. Y el verdadero fin de mi vida es quizá solo ese: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se vuelvan escritura», dice. Y de eso conversa hoy: de vivir y de escribir. Ansiosa de que se sigan entrelazando.

Me gustaría empezar por Annie Duchesne, no por Annie Ernaux. Por ese verano que te llevó a escribir. Dices que Memoria de chica era el libro que siempre postergabas escribir. ¿Por qué?

Todo ese libro, contar toda esa historia, generaba y aún genera en mí un sentimiento ambiguo, era un obstáculo terrible escribir sobre ello. Un obstáculo que venía del corazón, que lo convertía en una imposibilidad de escribir, de contarlo, al menos al principio. También me generaba vergüenza el hecho de haber permitido aquel acto sexual con ese hombre y enamorarme locamente de él. Escribir y contar eso siempre fue una dificultad, un muro casi insalvable. Pero, curiosamente, la consciencia de ese peligro fue lo que me transformó, lo que me impactó y me dio la fuerza para abordarlo.

Te rechazaron el primer manuscrito que enviaste a una editorial, ¿no? ¿Era ficción o autobiográfico?

Era una obra de ficción, completamente influida por la escuela del nouveau roman (nueva novela) en los años sesenta. El movimiento de Alain Robbe-Grillet y los demás era la auténtica vanguardia. Por entonces yo era una estudiante universitaria de letras, y eso era algo que no se estudiaba en la facultad. Pero yo creo que hay que escribir siempre en la avant-garde, en la modernidad. Aquel texto era, lo veo ahora con perspectiva, muy complicado, quizá por la falta de experiencia y la juventud. Tenía veintidós años. Era, incluso, demasiado ambicioso. Lo envié a la editorial Seuil, una editorial muy potente en Francia, ¡apunté muy alto! [risas] Lo rechazaron.

Tenías claro que, antes de lanzarte a la escritura, tenías que tener un trabajo con el que subsistir. ¿Nunca surgió, ni como un sueño dulce, la posibilidad de ganarse la vida solo escribiendo? 

Pues la verdad es que quizás con ese primer texto, con mis veintidós años, pude pensarlo, o fantasear con ello, pero no estaba segura. Pensé que, si salía publicado, quizás habría una posibilidad de vivir de escribir. Pero a la vez siempre fui muy consciente de la situación real, de la situación de mis padres que no podrían asumir y mantener a una hija que solo escribe. Por eso supe que necesitaba un trabajo, algo que me mantuviera, así que estudié para ser profesora y aprobar todas las oposiciones hasta conseguir la plaza. Cuando en 1974 se publicó mi primer libro, Los armarios vacíos, tampoco pensé demasiado en vivir de escribir. La mía es una forma de realismo social, diría, de no esperar nada de los demás, del éxito, porque son los demás quienes te lo conceden. Quizá es una visión un poco oscura, pero es así. Crecí con ese sentimiento desde niña, porque siempre he sabido que en mi clase social no podía esperar nada de nadie, tenía que trabajármelo todo por mí misma. Y más tarde… bueno, si solo me hubiera dedicado a escribir, habría tenido que escribir para vivir, y eso significa hacer concesiones, y sobre todo perder libertad en tu escritura. Ganarse la vida escribiendo implica publicar cada dos años o incluso menos, tener una regularidad impuesta. Yo creo que para escribir se necesita, sobre todo, tiempo. Gracias a la disponibilidad de ese tiempo pude extender a lo largo de los años ese texto que se llama Los años, y esa libertad me la dio la enseñanza.

En Memoria de chica se ahonda, a través de tu propia experiencia, en el rechazo y la burla que supone para muchas chicas el despertar sexual, en la marginación y los insultos de sus compañeras. ¿Crees que esa actitud entre las mujeres jóvenes sigue siendo igual hoy en día?

Sí, por supuesto, sigue siendo una tendencia muy fuerte. De hecho, por esto mismo, cito al principio del libro la película mexicana Después de Lucía, de 2012. «Cada vez es como si me raptara la chica de la pantalla, como si me convirtiera en ella, no en la mujer que soy hoy, sino en la chica que era en el verano del 58», digo. En esta historia se habla de una chica, también joven, a la que las otras jóvenes a su alrededor le hacen caer en una trampa. Ella se viste con un vestido provocativo, y va a una fiesta. Allí hay un chico con el que se acaba acostando, y él graba todo con un smartphone y lo termina publicando en las redes sociales. Ante eso, el grupo de chicas se empeña en humillarla. La atacan, la tratan de puta… Esta película, entre otras cosas, me alentó a seguir escribiendo. Porque estas cosas siguen pasando, lamentablemente. La historia es muy reciente, la misma que me pasó a mí.

Esta experiencia es la que te lleva a leer a Beauvoir y a convertirte en escritora. Dices que todo lo que haces por ese hombre en concreto (H.), para ser digna de él, acaba, paradójicamente, liberándote. ¿Crees que aún hay mujeres que no dan ese paso, que se quedan atrapadas en ese intento de merecer?

Es una cuestión muy difícil, la verdad. La lectura de Simone de Beauvoir en ese momento concreto produjo en mí un efecto un poco ambiguo. Ahondó profundamente en mi vergüenza, pero también fue una liberación, sin duda. Yo empecé a ser consciente de la situación de las mujeres gracias a Beauvoir. Antes vivía en una inconsciencia absoluta respecto a lo que significa ser mujer. Y respecto a lo que preguntas, veo que, en estos últimos diez años, también gracias al despertar del MeToo, es muy difícil que una mujer piense que no es capaz de liberarse, de emanciparse. Diez años después de que yo escribiera Memoria de chica llegó Mayo del 68 y todo el movimiento de liberación feminista. Empezó a despertar una consciencia, al menos en Francia, de todo ello. Pero, antes de los años setenta, Simone de Beauvoir no era para nada conocida. Muy poca gente sabía quién era. Sartre sí, pero no Simone de Beauvoir. Yo leí a Sartre con quince años, pero a ella no la descubro hasta cuatro años más tarde, y un poco de casualidad.

Desde entonces, las cosas han cambiado mucho, quién lo duda. Para mí es difícil pensar que hay mujeres que aún no estén al corriente de esta liberación, aunque también hay que subrayar otra cosa: hay un abismo entre saber que puedes liberarte y poder hacerlo. Hay muchísimos casos de mujeres que se consideran a sí mismas liberadas, intelectualmente desarrolladas, pero que tienen todavía reflejos, destellos, de niñas sometidas.

Sobre el sexo, decías en La ocupación: «Del placer sexual lo he esperado todo, además del placer en sí. El amor, la fusión. El infinito, el deseo de escribir». ¿Cómo es esa relación entre la escritura y el sexo?

El sexo para mí es algo muy oscuro, muy complejo… [reflexiona] Supongo que no sé lo que significa el sexo en mi vida, qué lugar ocupa en ella exactamente. Dudo muchísimo sobre esto. Tal vez hablemos de ello en pasado, en relación con La ocupación.

El sexo es el enemigo de la escritura, lo que se opone a la escritura, pero que al mismo tiempo parece aunar un montón de elementos —el orgasmo, el placer— y que a mí me pareció que buscaba a veces en la escritura. Pero el sexo no aporta nada. La escritura, al contrario que el sexo, se desarrolla en el tiempo.

El sexo es la experiencia de una avalancha de cosas sin nada, que desemboca en nada, bueno, que desemboca en el cansancio [risas] La escritura es inmensa, es la búsqueda de la verdad, es un enlace con los otros, no es un enlace como el que da el sexo, que en ocasiones es ilusorio. Es en ese sentido que los comparo, sexo y escritura. Hay un libro que para mí ha sido muy importante escribir, que al final es sexo convertido en escritura, que se llama Passion simple. Quisiera agregar además que no tengo una visión feliz del sexo, es más bien trágica. Recuerdo que cuando era estudiante leí El sentimiento trágico de la vida de Unamuno, y creo que para mí el sentimiento trágico de la vida está fuertemente ligado al sexo.

La entrevista sigue completa en JotDown.



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