#Teatro: Todos eran (kafkianamente) mis hijos

TEATRO // VERSIÓN DE UNA OBRA LITERARIA

Todos eran (kafkianamente) mis hijos

Por Demian Paredes

@demian_paredes

 

 

Una puesta que es una (arriesgada) apuesta. Una breve obra literaria, de un autor devenido tan “universal” que el derivado (adjetivante/adjetivador) “kafkiano” se ha generalizado al uso del habla corriente, se puso en escena –coincidentemente– en el espacio teatral El Kafka. El director Federico Ponce propone una versión “coreografiada” del relato “Once hijos” del autor de nacido en Praga. Así, literatura, música y baile (y luces y sombras y ruidosas transiciones sonoras) se combinan para recrear el tan conciso como incierto relato de un padre que se refiere a cada uno de sus hijos. Según le dijera el autor a su amigo Max Brod en su momento, este relato –posterior a “Preocupaciones de un jefe de familia”– sería el comienzo o esbozo de múltiples –once, precisamente– historias. “Once hijos” fue publicado en vida de Kafka, incluido en su libro Un médico de campo, de 1919.

La obra entonces: un espacio delimitado: un cuadrado rodeado (o bordeado) por luces; y una silla; he ahí “el hábitat” y “los recursos” del padre, que relata cada una de las características salientes, particulares, que tienen –o que él ve, o imagina, en– sus hijos. Estos, “impersonalizados” (“trajeados” de negro y con anteojos del mismo color, como si aludieran a la ya tristemente célebre figura de los “hombres de negro”, o de cualquier otro “servicio”), rodean, acompañan e interactúan con el progenitor, representando, con sus movimientos y combinaciones corporales, esa “cárcel de la mente” que se desprende poco a poco del discurso paterno. Así, a medida que va desgranando sus comentarios, uno tras otro –como si fueran las cuentas de un rosario filial–, se asiste a un speech tan suelto de cuerpo como tenso (por momentos), acompañado de música, oscuridades, iluminaciones y coreografías, donde el personaje del padre revela sus particulares puntos de vista: su segundo hijo, por ejemplo, tiene un ojo más chico que el otro, y es parpadeante, y aunque ese “pequeño defecto” le dé “más expresión de audacia a su rostro” y nadie debiera verlo como un defecto, “yo, el padre, sí”; respecto al quinto, un “insignificante” (“tan insignificante que uno se sentía formalmente solo en su presencia”) que sin embargo consiguió reconocimiento, el padre dice “apenas” poder contestar a cómo consiguió eso; el octavo, alguien que cortó absolutamente relación con el padre, es “de cabeza dura” y “pequeño cuerpo de atleta”, el vaticinio del padre: “se impondrá en todo lugar que él quiera”; y, en otro caso, admite: “consideran que mi décimo hijo es falto de carácter. No quiero negar este defecto ni confirmarlo del todo”. Un teatro del absurdo conformado por obsesiones y caprichos, insólitos puntos de vista y cierta angustia existencial, oscura, dark, en medio de esa danzante, desfilante y también alborotadora nube-masa de hijos.

Las obras de Kafka y su propia vida fueron llevadas al cine (remember –entre las muchas que hay– la versión de Orson Welles de El proceso, de 1963; Kafka, la verdad oculta, de Steven Soderbergh, de 1991; El castillo, de Michael Haneke, de 1997…) y al teatro infinidad de veces –y nuestro país no es la excepción–. En un mundo en el que se sigue recurriendo a la obra de Kafka, pronta a cumplir un siglo de vida –véanse los casos actuales, por ejemplo, en Chile, en Perú, en España–, bien vale asistir a esta versión de Federico Ponce, quien apuesta y genera con habilidad ciertos momentos de “atmósfera kafkiana”, momentos de angustia y zozobra con/en su protagonista (aunque lo original del escritor puede llegar demasiado agudamente al límite de la desazón, y a un sentimiento de intemperie y melancolía extremas, como un “callejón sin salida”) mediante originales recursos.

 



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