Boulezpermanece (Augusto de Campos)

 

Pierre Boulez fue y es importantísimo para la creación de la nueva música que emergió a partir de la segunda mitad del siglo pasado. Sus composiciones, así como sus artículos críticos sobre la Segunda Escuela de Viena, haciendo especial foco en Webern, en la década de 1950, así como la osada síntesis dialéctica en la que equiparó las innovaciones del grupo liderado por Schoenberg con las de Stravinski, antes vistos como en las antípodas, fueron esenciales para la formación de una nueva conciencia musical.

A lo largo de los años, Boulez fue un obstinado incentivador de la nueva música, como lo hizo al frente de instituciones como Domaine Musicale e Ircam (Institut de Recherche et Coordination Acoustique / Musique), reductos infatigables de experimentación permanente, y por medio de sus performances como regente, de hecho como anti-regente, volcado estratégicamente hacia la práctica de la traducción creativa (transcreación, no sólo transcripción) de piezas-clave de formación de la música moderna. La dedicación con que se empeñó en estas actividades, generosas y radicales, en pro de la escucha analítica y de la reinvención del trabajo de otros artistas, dio a muchos la impresión de un agotamiento creativo. El mundo de las artes no acostumbra privilegiar el rigor compositivo, que es una constante de los temperamentos críticos, tanto de Mallarmé como de Boulez.

Aun, en un arco de seis décadas, su obra, relativamente pequeña, de “Sonatine” a “Repons”, pasando por marcos definitivos como “Le Marteau Sans Maître”, “Sonatas para Piano”, “Livre por Cordes”, “Pli selon Pli”, Dérives”, “Dialogue de l’Ombre Double“, “Messagesquisse”, se revela con una integridad rara, sin contar lo que hay de creativo en las transcripciones que regeneraron nuestra escucha, haciéndonos oír “Jeux” de Debussy, o “Consagración de la Primavera” de Stravinski, o tantas obras de Webern, Berg, Schoenberg, Varèse, como nunca las habíamos oído. Y “Le Marteau sans Maître” (1953-1955), donde, pese a las restricciones que puedan ser hechas a la falta de homología del texto poético escogido con las innovaciones boulezianas, continúa siendo una de las más altas realizaciones musicales del siglo XX. Además de sintetizar los avances morfológicos de la Escuela de Viena con los introducidos por las células rítmicas stravinskianas, fue, como observó el propio compositor, la primera composición en manifestar, efectivamente, entre los músicos europeos, “la influencia de la cultura extraeuropea”, o dicho más explícitamente de la música africana y asiática. Concebida para voz, flauta en sol, viola, guitarra, xilofón, vibráfono y percusiones, creó nuevas y bellas constelaciones sonoras, fundiendo estructuras de organización serialista con una timbrística prismática, multi-tiempos sorprendentes y una gran diversidad rítmica. Sus obras subsiguientes agudizaron la complejidad de sus investigaciones musicales, pero jamás perdieron la inquietud, el pulso de la pulsación, la disrupción al mismo tiempo explosiva y organizada, el “artesanato furioso” y el “delirio de lucidez” que siempre caracterizaron al compositor.

* La nota completa en La Izquierda Diario.



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