Discusión sobre “literatura peronista” (Omar Genovese)

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LIBROS Y ALPARGATAS

La literatura peronista no existe

Metáfora o estética, el movimiento, con su tumulto y sus contradicciones, aparece en varios libros desde el siglo pasado. Sin embargo, para el autor, no se transformó en estética.

Por Omar Genovese

Peronismo y literatura. Ambos términos no se llevan, ni de la mano mancada del líder siniestro, ni del imaginario extranjero que le brindó carácter de ópera para Broadway, o el menemista predictivo: No llores por mí Argentina, desentonado por Madonna. El peronismo siempre ejerce una magnética conjunción de verdades: siempre hay lugar para uno más. Y resiste, nada le hace mella. El peronismo es alienígena, pero del lado del Octavo Pasajero. De invadir Marte, le cambiaría el color, le daría atmósfera para el choripán.
El año pasado Rodolfo Edwards publicó Con el bombo y la palabra (Seix Barral), allí traza una línea divisoria entre peronismo y antiperonismo en la literatura argentina. Edwards se dice peronista e inviste a Juan Diego Incardona como heredero de cierta tradición de prosapia populista. Ahí disiento, Incardona es un gran narrador, podemos no comulgar con la temática, pero su pincel trata del Conurbano. Ahora, que el Conurbano sea la colonia peronista por excelencia no es su culpa. Edwards orina el territorio a lo puntero, toma el peronómetro y clasifica. Tal centralidad llama a la ironía: ¿con qué se mide lo peronista? ¿Cuál es el artefacto mágico que lo determina?
Esto remite a la batalla histórica que el campo intelectual libra con la política. Echeverría, Sarmiento, Mitre, Wilde, Lugones, componen una larga lista de escritores fascinados por el desmembrado cuerpo político argentino, al que a la vez “escribieron” para representar su epifanía. La pregunta es: ¿la política argentina permite una novela, o cuento, cuando ella misma se comporta como una ficción delirante? En Los Sorias, novela de Alberto Laiseca, la huella del peronismo se eterniza, sacraliza su mácula, encuentra el estigma y lo revuelve hasta el límite que es su propia supervivencia. El desafío literario, entonces, es predecir la próxima mutación genética. Cuál será la nueva forma y conducta, cuál su apetito.
Ejemplo de ello puede ser El Fiord (1969), la inquietante nouvelle de Osvaldo Lamborghini, breve y denso texto que espantara al mismísimo Roberto Bolaño. Existe una reedición corregida publicada por el sello Editores Argentinos en 2013, así como una larga discusión entre académica y marginal en torno a su importancia. Lo escatológico, el descarne de su prosa, se puede pensar como una continuación de El matadero de Echeverría, pero con todos los elementos lingüísticos abandonados por Borges. Sí, Lamborghini fue por una lengua que no tenía voz cultural pero era íntima, una voz de baldío y de desprecio. Una voz del rito de la tortura y el sacrificio. El Fiord predijo al “homo Triple A”, al profanador de hogares del Grupo de Tareas. Anticipó la escena ritual que solidificó el terror, por sí y para sí. Y ése es el lado B del peronismo, su gran deuda histórica con la justicia.

La nota completa acá.



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