Cuidado, aquí hay ficción

*Nota de La Izquierda Diario

LITERATURA // OPINIÓN

Cuidado, aquí hay ficción

A raíz del “caso Ricardo Lísias” (una acusación judicial al escritor paulista de “falsificación de documento público”) Cristhiano Aguiar analizó y escribió sobre el tema. Con su generosa autorización, La Izquierda Diario de Argentina traduce y publica su artículo aquí.

Cristhiano Aguiar
Escritor, crítico literario y profesor

Hace algunas semanas, el escritor paulista Ricardo Lísias quedó envuelto en un embrollo digno de sus excelentes ficciones. El caso, en verdad, es tan complicado, que admito el no tener seguridad de que lo entendí correctamente. Al parecer, el autor será investigado por la Policía Federal, a partir de un pedido del Ministerio Público, por haber supuestamente falsificado un documento público, crimen que puede darle al infractor una pena de reclusión de dos a seis años, o bien una multa. El detalle, sin embargo, es este: no hay falsificación, porque el documento es parte de su novela, publicada por la editorial e-galáxia,Delegado Tobias. Ante todo –y digo esto en nombre de todo el equipo de Vacatussa– toda nuestra solidaridad y apoyo a Lísias y a su trabajo, cuya ficción se ha mostrado como una de las más incitantes de la producción contemporánea brasileña.

No puedo, pese a todo, dejar pasar este episodio sin comentar que tanto la propia idea de ficción en cuanto tal –ese es el tema de nuestra charla de hoy– retira parte de su propia pertinencia social justamente por su poder de nublar fronteras muchas veces juzgadas inmutables. Ese poder desestabilizante de lo ficcional, como demuestra la equivocada investigación contra Lísias, puede provocar consecuencias jurídicas, algunas incluso peligrosas. la historia de la literatura, del libro y de la lectura está repleta de episodios sumamente singulares. Luego vamos a recordar algunos de ellos.

Lo que ocurrió con la novela Delegado Tobias implica un completo desconocimiento de lo que es la ficción. El texto ficcional, incluso aquel que pretende ser lo más realista posible, es siempre un acto de fingir, para tomar prestada la definición establecida por Wolfgang Iser. El escritor propone para su posible lector un pacto, y el compartir un mundo fundado en el lenguaje. Un mundo que no es una fuga de la realidad, como tantas veces pensamos, y sí un cosmos paralelo y, al mismo tiempo, profundamente enraizado en la experiencia de un tiempo, de una historia, de una cultura, de un cotidiano. El desconocimiento de ese mecanismo básico de la ficción, en el caso del Episodio Lísias, es un error básico, pero no me sorprende del todo. ¿Por qué? Es que las narrativas como el romance, o la novela, por ejemplo, tradicionalmente flirtean con textos no ficcionales, entre ellos textos jurídicos. Una de las características básicas del género novela, a fin de cuentas, es la de incorporar dentro de sí innúmeros géneros textuales, incluso los no ficcionales. Entra todo en la novela: “imitaciones” de cartas, de opiniones, de e-mails, de documentos jurídicos, de chats, letras de canciones, diseños, organigramas, slides de powerpoint… Cabe, incluso, una respuesta judicial, documento de la discordia contenido en la novela de Lísias.

Soy uno de los partidarios de la hipótesis de que la moderna prosa de ficción nace no en el siglo XVIII, sino en los romances picarescos surgidos en la península ibérica a partir del XVI. La modernidad ficcional se consolida cuando los entonces nuevos relatos cada vez asimilan más, como piensan Auerbach y Bajtín, las dinámicas de la vida cotidiana, o sea, sus colores, olores, lugares, sobrenombres y, en especial, los múltiples usos, dialectos y variantes del lenguaje de la calle y del día-a-día. El primero de los romances picarescos, El lazarillo de Tormes, es estructurado como una declaración, una carta del lazarillo a una poderosa autoridad. Por lo tanto, este libro es sólo uno de los ejemplos posibles de la frecuente incorporación, en pos de crear un “efecto de realidad”, de textos que, por su naturaleza, vinculan la narrativa ficcional a una atmósfera vinculada a lo no ficcional. Es el caso de los documentos jurídicos, por ejemplo. Fue exactamente eso lo que Lísias hizo.

Ese poder de la ficción me atrae mucho. Pero fueron muchos quienes la consideraron peligrosa. Continuemos en el siglo XVI con los españoles. Mi fuente es el libro organizado por Franco Moretti La cultura del romance. En 1543, es promulgado, en Valladolid, un decreto prohibiendo introducir en las “Indias”, en especial en Perú, “libros de historias profanas”, o sea, romances: “ocurre que los indios educados en la lectura, atraídos por esas historias, abandonan los libros de la santa y recta doctrina y extraen de estas obras mentirosas malos hábitos y vicios”. Dos ideas aún hoy defendidas por muchas personas están presentes en esta prohibición. La primera, es la de que existe un campo separado entre la Verdad, por un lado, y la Mentira, por otro, cuyo representante por excelencia del segundo polo sería la ficción. La segunda idea es el mito de que todo texto ficcional es directamente pedagógico y, por consiguiente, todo lector sería una losa en blanco, 100 % influenciable. Recuerdo, por ejemplo, en mi infancia y adolescencia el haber oído a muchos pastores y parientes condenando novelas y películas justamente por causa de eso, pues “sólo enseñan lo que no sirve”. En 1698, en Alemania, un tal Gotthard Heidegger escribió una condena del romance. “Quien lee romances lee mentiras”, afirmaba. De inmediato, observa que en tanto romance, la ficción como todo, en realidad, intensifica los propios efectos nefastos cuando crea historias basadas en hechos reales. En estos casos, para G. Heidegger, los romances “no mienten apenas, sino que promueven un verdadero ultraje a la verdad, pues la contaminan con un río de mentiras”.

Es ese “río de mentiras” el que necesita ser controlado y recortado por el Estado, o por cualquier aparato ideológico amenazado debido al potencial transgresor de la ficción.

La nota completa acá.



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