“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

TEATRO // OBRA EN CARTEL

“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

Comentarios a partir de la obra basada en la novela de Andrés Rivera, puesta en escena de miércoles a domingo, a las 20 hs., en la Sala Casacuberta del Teatro General San Martín.

El telurismo de una serie de novelas de Andrés Rivera de las décadas de 1980 y 90 (La revolución es un sueño eterno, El amigo de Baudelaire, La sierva, El farmer, Ese manco Paz), se abre o presta a la dramaturgia y al cine: ya pasó con La sierva, puesta en escena varias veces, al igual que con La revolución…, dirigida por Raúl Serrano y también llevada al cine por Nemesio Juárez (en 2010), y con El farmer (por ejemplo en 2002, por Adrián Blanco), esta vez recreado-adaptado por Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert, quienes también actúan y, junto a Andrés Mangone, dirigen la obra.

Se mencionó lo telúrico. Hay que agregar algunas palabras más: criollismo, poder, crueldad. Si la escritura de Rivera se caracteriza por el discurso seco, casi lacónico (al mismo tiempo directo y punzante), por una crudeza que desnuda en muchos casos alguna crueldad, ello se hace más patente cuando toma carnadura, especialmente, en personajes poderosos, en lo político y económico, en nuestro siglo XIX (sean comerciantes o patrones de estancia, como Saúl Bedoya, o militares y políticos, como –el también estanciero– Rosas).

La amargura al final de la vida, la reflexión y la autoreflexión –como temas y práctica “universal”– sostienen esta obra: son los últimos momentos de Juan Manuel de Rosas, exiliado en Southampton, Reino de la Gran Bretaña. Así, la puesta en escena de De la Serna y Audivert, toma la nouvelle de Rivera para realizar un nuevo montaje –o un re-montaje, o una rearticulación– de ese fluir discursivo del General Rosas, caído en desgracia ya hace más de veinte años. Es discurso, declamación, exhorto (político) incluso, que busca, rememora, su vida personal-familiar y la pública, en el ejercicio del poder, ahora perdido. (Sarmiento, indudablemente, será, además de respetado y casi admirado por su pluma, permanentemente recordado como enemigo implacable.)

El soliloquio y la polifonía de voces que acompañan los recuerdos de Rosas (interlocutores que aparecen fantasmáticamente: varios visitantes ingleses, su hija Manuelita, su madre) se sostienen en el cuerpo de los dos actores (donde De la serna tiene un papel muy dinámico, de metamorfosis para esas apariciones), que encarnan al mismo hombre devenido –como se dice en las “Palabras de los directores”, texto del programa de mano– en “el doble mítico”. Hay un Rosas, entonces, real, concreto: un viejo decrépito que, junto a sus recuerdos, sigue pendiente del presente ante los peligros y amenazas al orden que surgen (como la insurrecta Comuna de París, como los panfletos y llamamientos de Marx y la Primera Internacional obrera); y otro, un “otro yo”, joven y aguerrido Rosas, en la cúspide de su poder (al mando de la Confederación Argentina), que acompaña y recrea aquella gobernanza durante la época de “la suma del poder público”, las montoneras, y los conflictos y guerras entre unitarios y federales. El contrapunto y contrastes entre ambos Rosas ofrecen un caleidoscopio del personaje histórico –juventud y cambio de apellido incluidos–, no sin alguna adaptación significativa para con nuestro presente y actualidad. Por ejemplo: declama –o mejor, proclama– en un momento el Rosas de De la Serna: “Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las verdades patrióticas: quien gobierne podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los porteños”. Y sin embargo –aunque no existía todavía como tal el “Estado argentino”–, el libro original de Rivera habla de “la cobardía incodicional de los argentinos”, queriendo significar otra cosa (una denominación más abarcativa o global). Cuando lanza, feroz, indignado, la acusación este “joven Rosas”, el público –porteño en gran medida– reacciona ante lo dicho.

También, el Rosas viejo y derrotado recuerda una orden dictada: el fusilamiento de Camila O’Gorman –embarazada– y su amante el cura Gutiérrez (tema caro al surrealismo argentino, en las obras de Enrique Molina y Aldo Pellegrini). Dice el libro, y se dice en la obra: “Yo, de puertas adentro, señores míos, permití que el Demonio habitase a quien quiera cediese a la lascivia y la obscenidad. De puertas afuera, no. De puertas afuera, decencia.

Y cuando ordeno que se fusile a Camila y su amante, el mestizo Gutiérrez, proclaman que soy una bestia sedienta de sangre. ¿Acaso lord Palmerston no me dijo que Romeo y Julieta, la más aplaudida obra de teatro del canciller Bacon, justifica la ejecución de los dos amantes cuando sus procacidades afligieron a la sociedad veneciana?

¿Acaso son sordos? Si no lo son, escuchen mi consigna:

“El que está abajo, respeta al que está arriba”.

Este bonapartismo, este ejercicio del poder –que se jacta de velar (y también de “conocer”, por espiar, para vigilar y castigar) “el sueño de los argentinos”–, preocupado por la Internacional (“una máquina de guerra destinada a abolir el capital e instaurar el comunismo”), lleva a este exiliado Rosas de Rivera a sostener: “Escribo que la circular de M. Favre menciona que los comités, caudillos y cómplices de la Internacional funcionan en Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, Rusia, Suiza, Austria, Italia y España.

Escribo que la Internacional exige la legislación directa del pueblo por el pueblo, la supresión de la herencia individual, el ingreso del suelo en las propiedades colectivas.
Escribo: Cuando en las clases vulgares desaparecen el respeto al orden, las leyes y el temor a las penas eternas, sólo los poderes extraordinarios, en manos de los jefes de las naciones cristianas, restaurarán la obediencia a los mandamientos de Dios.
Escribo: En Londres vive el más insidioso, petulante y audaz apologista de la Comuna. Vive, me informan, en Maitland Park Road, y lo vigilan, discretamente, policías que ni siquiera llevan garrotes en la cintura. Ese intenso apologista no es inglés: es, como yo, un desterrado. Me informan que los aberrantes panfletos que escribe son una prosa como no hay otra en Europa. Me informan que The Times acoge y publica algunas de sus incesantes cartas. La reina Victoria es una mujer bondadosa.

Dicen de ese conspirador, quienes me informan, que es un soñador que piensa, un pensador que sueña. Escribo que, por lo tanto, es inofensivo. Escribo: No lo pierdan de vista. Vigílenlo.

Escribo: No hay en el mundo enemigo más esforzado de las asociaciones clandestinas, de la anarquía y del comunismo, que el general Rosas”.

El Rosas de El farmer es un exponente de cómo es en su conjunto, cómo está articulada, toda la literatura de Rivera: como un mecanismo narrativo (una historia, una vida o personaje, un discurso, una anécdota) que conecta, remite y asocia otros hechos y épocas históricas. Así, el derrotado de la batalla de Caseros (1852) mantiene el nervio, la atención, ante lo que se destaca políticamente en Europa y Gran Bretaña. Así, es posible un Rosas coqueteando con (y al mismo tiempo condenando a) Marx.

Otro ejemplo/otro tema: esto lanza el “Rosas joven”:

“¿Cómo es, señores, cuando se tira, a los ríos, amarrados dentro de una bolsa, a los subversivos?

¿Cómo es cuando se los capa?

¿Cómo es, señores, cuando se les corta la lengua?”.

¿Acaso la primera pregunta no (nos) remite a otros “subversivos”, a otras “tiradas al río”, por ejemplo a las que se ejecutaban bajo órdenes de la última dictadura militar?

La imaginación de Rivera genera un destilado, verosímil, posible. Rivera le hace decir (elegir, definirse) breve y sencillamente a este Rosas: “El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo”.

Si este Rosas, expansivo en amores y odios –también, como ocurre con las otras obras de cierta similitud temática, ya mencionadas al comienzo de esta nota–, abrió o abre cierta oportunidad al “revisionismo histórico” contra la “historiografía liberal” (es decir, la representante de los vencedores de Rosas en Caseros), para discutir nuevamente “nuestra historia nacional” y el accionar de sus hombres más salientes, con poder y capacidades dirigentes, en realidad El farmer y la literatura de Rivera cruzan o planean por sobre ese debate dicotómico, lo superan, apuntando hacia otra cuestión: la de una historia (proveniente del pasado, también presente) de los humillados y ofendidos, por una parte (la clase trabajadora, los sectores populares, las grandes personalidades revolucionarias), y, por otra, la de esos mismos poderes que dominan (sea el zarismo ruso y el pogrom, un terrateniente o empresario, un policía o burócrata sindical). Mediante una poderosa fuerza histórica (y biográfica, personal) que la anima, la literatura de Rivera se cincela mediante un fino discurso, delineado por el sentimiento y la pasión que expresan cada uno de sus personajes. Y la Historia, como telón de fondo; cada época, deja su marca en la subjetividad de los personajes (que al mismo tiempo reactúan sobre la realidad en la que están, y la hacen). Y el conflicto, el disfrute o el padecimiento del poder –de poder ejercerlo o de tener que sufrirlo (se luche o no)– es la clave o centro del discurso.

El Rosas de Rivera es un “campesino” o farmer muy particular, instalado en la lejanía, abandonado por sus viejos “socios”, mencionados a los gritos por el Rosas joven cuando recuerda el viejo cómo lo olvidaron; apellidos como Anchorena, el del General Pacheco, Chilavert…

Un Rosas desterrado, agobiado, destemplado –pese al gran brasero donde quema el carbón, y alguna otra cosa, mientras cae la nieve–, en Inglaterra. Con un discurso –un largo sueño–, en la realidad del exilio, referido a la memoria y al poder, y a la pérdida del mismo



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