Günter Grass: dolores de muela, discusiones y guerra

Comentarios a partir de la novela del escritor alemán Günter Grass, Anestesia local.

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En su obra La ironía, publicada en 1936, el filósofo y musicólogo Vladimir Yankélévitch menciona al pasar una simple verdad: “hasta el filósofo más importante del mundo está a merced de un dolor de muelas”. ¡Lo mismo que cualquier mortal!, donde se incluye, por supuesto, a un “sencillo” profesor de Lengua y Literatura –y también Historia– en el Berlín (occidental) de 1960…

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Sigamos hablando del dentista, entonces. Se comentó un cuento de la escritora mexicana Margo Glantz, recientemente publicado, y se recordó también un episodio histórico: la caída en manos de los nazis del espía soviético Leopold Trepper cuando concurrió a su dentista. Ahora, podemos tomar Anestesia local, una novela del escritor alemánGünter Grass (1927-2015), publicada originalmente en 1969 –y reeditada hace pocos años por un sello español, con un olvidable (e inmerecido) prólogo, por suerte breve–. (Comenta el mismo Grass en un libro de conversaciones de fines de la década de 1970 que, tras la publicación, en 1963, de Años de perro, último tomo de la “Trilogía de Danzig” que sucede a El gato y el ratón y a El tambor de hojalata, se vuelve “por vez primera hacia temas del momento presente”: la pieza teatral Los plebeyos ensayan la rebelión es la primera, le continúaAnestesia local, y sigue con Del diario de un caracol. Según Grass, la crítica (mal)juzgó esos libros, con el mismo rasero –buscando el mismo “estilo” o “marca”– de su exitoso El tambor…)

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Anestesia local es un largo –y chispeante, desopilante, divertido– excurso del profesor Eberhard Starusch. La historia comienza en el sillón del dentista, mientras le limpian el sarro y lo invitan a escupir los restos. Durante la primera sesión veremos lo que se desplegará a lo largo de toda la novela: un “centello posterior con acceso simultáneo de saliva, […] rico en hilos de interrupción, [que] producía frases entre paréntesis: interjecciones de mi alumno Scherbaum, disputas privadas entre Irmgard Seifert y yo, chismes cotidianos de la escuela, preguntas al candidato del segundo examen estatal para el magisterio y cuestiones relativas al ser, envueltas en citas”.

Como en un “trance” o “catarsis” en las sesiones, Eberhard dice lo que siente, lo que le pasa, ve e imagina; pasado y presente se confunden incesantemente, y las imágenes desfilan por su mente y en la pantalla de TV… Lo que él mismo necesita exteriorizar o manifestar(se) –“mi lamento” lo llama– pasa por sus recuerdos y relaciones con su familia, su madre, un noviazgo frustrado y demás presiones y mandatos sociales, que pesan o gravitan en forma más o menos permanente sobre todo individuo, a lo que se suman citas de Séneca y de Nietzsche –estamos ante la charla/discusión de un profesor, además de un cultivado y reflexivo dentista–, y el calmante Arantil, además de la condena u odio a “la violencia”. Por momentos, parece que estuviéramos ante algún personaje neurótico –tragicómico– del norteamericano Philip Roth (o de las criticonas y amargadas cartas que se imagina escribiendo y enviando –ante los desastres del mundo– el afligido y ácido Herzog de Saul Bellow). Así lo sintetizó Grass, en el libro de conversaciones mencionado: “Para mí el humor es otro nombre de la desesperación”.

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¿Hay desesperación en Anestesia local? Si la violencia implica dolor, y hay dolor en las muelas, ante el desesperado paciente se aplica el tratamiento respectivo. El dentista se jacta de la novocaína, un derivado del alcohol, que permite que, con un (apenas) molesto pinchacito, se anestesie la boca y se pueda trabajar y arreglar lo que está mal… ¡Maravillas de la ciencia, de la evolución y avances y mejoras constantes y permanentes! Otras desesperaciones, banales e importantes, como las que pueden surgir tras hojear una revista de la sala de espera (“grandes titulares: A favor o en contra de la píldora. El cáncer es curable. Otra variante del asesinato de Kennedy”; “angustiarse con el mundo acerca de si la Loren volverá o no a perder a su bebé. Esto nos afecta lo mismo que el más intrincado error judicial […] que se aclara después de doce años. La injusticia fotografiada aclama al cielo”), se pueden olvidar, “rápidamente”, “dando vuelta la hoja”.

Lo que el profesor Starusch no podrá dejar de olvidar es la decisión que ha tomado su dolorido y desesperado alumno Scherbaum: prender fuego a su perro públicamente, en las calles de Berlín, para llamar la atención y protestar, así, contra el uso del napalm en la Guerra de Vietnam. No sólo esta decisión lo sacudirá a Starusch, sino que, incluso, en alguna medida, lo cautivará; él fue, además, en el pasado, bajo el nazismo y la guerra, un joven integrante de las pandillas de gamberros que se negaban a dejarse regimentar, y su líder, un tal “Jesús”: ¡Oskar Matzerath, el niño-adulto protagonista de El tambor…! Esos orígenes, y la audaz y meditada decisión incineradora-política de Scherbaum lo seducirán. Por ello arriesga –no sin alguna ingenuidad; pero evidentemente obsesionado con el tema– la típica pregunta“psicologista” a su dentista respecto a las grandes violencias y crímenes: “¿Es posible que algunas decisiones históricas hayan sido influidas por el dolor de muelas?”.

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Starusch, abrumado por las chicanas de su –radicalizada por la época y el maoísmo– alumna Vero Lewand (“es sólo un profesor de literatura; un tigre de papel”), y su colega, la profesora Irmgard Seifert, quien admira y empatiza con el estudiante Scherbaum y su misión, como forma de “exorcizar” su propio pasado (“A los diecisiete años era yo una fanática de la Federación de Muchachas Alemanas”; “creía obrar adecuadamente cuando me proponía destruir en aquel campesino a un enemigo…”), admite por momentos la justeza de la causa incendiaria: “debería decir: ¡Hazlo! […] ¡Préndele fuego!”. Sus divagues lo hacen “izquierdizarse” por momentos pensar en “Acabar con los mojigatos reformistas y dejar que sople el cálido aliento de la revolución, para que una nueva sociedad…”. Y sin embargo, la voz fuerte que se alza ante todo esto es la del dentista, acérrimo opositor a la violencia, quien (le) diagnostica: “a usted la novia lo dejó plantado, […] usted es un insatisfecho, un fracasado, que ahora quisiera imputar al mundo, por medio de crespas ficciones, el fracaso general, y con objeto de poder destruirlo justificadamente. Lo conozco a usted. Una muestra de sarro basta”. Enojado ante el fracaso del maestro por contener al estudiante y convencerlo de las virtudes de las reformas pacíficas y graduales, el dentista le recrimina a Starusch “su fastidio, su bostezar frente a mejoras ciertamente insignificantes pero útiles con todo”.

“Únicamente cuando la anestesia haya producido todo su efecto volveremos a hablar de ello…”, le dice. Doble anestesia para Eberhard: la que le aplica el dentista con la aguja, y la que le aplica con cada uno de sus speechs durante las sesiones. (Tras las diatribas del dentista, Starusch se encuentra mal, enojado. Y, al modo de aquel –asombroso– ejercicio compilatorio que hizo Hans Magnus Enzensbergeren una sección de su libro Conversaciones con Marx y Engels: parrafadas con todos y cada uno de los epítetos que arrojaron en sus cartas, a lo largo de los años, sobre socios y rivales, lanza: “Sabelotodo fanático del progreso. Idiota profesional diligente. Tecnócrata tratable. Especialista filántropo. Burgués cultivado. Detallista generoso. Modernista reaccionario. Tirano providente. Sádico delicado. Sacamuelas, sacamuelas…”.)

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Starusch se encuentra complicado, entrampado, acosado. Trabado. Pensando en la voz de la razón “responsable”, la de su dentista, y en la de él mismo, reflexionay admite: “su afán de reformas se me antojaba estrafalario, del mismo modo que a él le parecían cómicos, por no decir necios, mis ímpetus revolucionarios. Su asistencia universal contra la enfermedad, mi provincia pedagógica universal: he aquí dos utopistas ciegos a la realidad, exótico él y necio yo”. Y, con todo, también el joven radicalizado Scherbaum sufrirá las presiones discursivas de su entorno. Es consciente de los “razonamientos” con que lo bombardean –infinidad de enemigos– a diario. Oye: “el napalm impide el empleo de las armas nucleares de guerra. La localización de la guerra constituye un triunfo de la razón”. Para él, mientras “nada se mueve”, “seres humanos arden todos los días lentamente”… El “clímax” de si lo hará o no recuerda al que se encuentra en Terrorista (2006), la última novela de John Updike (1932-2009), donde también hay un joven estudiante decidido a llevar su misión a cabo (en este caso, ser un hombre-bomba del radicalismo musulmán en lucha contra los infieles norteamericanos), y un docente que lo aprecia y trata de “salvarlo”…

Más allá del desenlace, de si se quema o no el perro, el dentista terminará comentando con Starusch, a propósito de una película referida a Malcolm X, “Tal parece que el futuro es de la violencia”. (Grass comenta en su libro Cinco decenios. Informe de taller –de 2001– que originalmente Anestesia local, pensada como una obra de teatro, se titulaba Batallas perdidas. ¿Hay acá, además de la historia misma –la novela más philiprothiana o saulbellowiana de Grass–, reflejos de su propia vida, de las elecciones políticas que eligió tomar durante toda su vida el autor: socialdemócrata convencido, militante como escritor-ciudadano, en medio de las opciones extremas del nazifascismo y el comunismo-estalinista?)

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Para finalizar: no se puede dejar de señalar la conexión entre ficción y realidad en un punto: en el debate entre profesor y alumno –en la época donde surgirá, con el Mayo Francés y demás protestas por todo el mundo, aquel espíritu de revuelta y revolución, “sesentayochesco”– se barajan argumentos de cómo protestar: “Un perro no está hecho para ser quemado”, le dice el razonable (por momentos) Starusch; a lo que el joven Scherbaum contesta: “Tampoco lo están los hombres”… Prácticamente al mismo tiempo de ser escrita esta novela, el cineasta alemán Harun Farocki (1944-2014) hacía su película El fuego inextinguible (dada al público, como Anestesia local, en 1969), quemándose él mismo, en demostración-protesta-explicación, contra el uso del napalm en Vietnam.

Más de una vez –dicho por más de un personaje– aparece en Anestesia local el planteo: “Siempre hay guerra”. Evidentemente, esto ha sido motor principal (por vivencia directa o no; por el peso como episodio histórico fundamental, aquel “peso oprimente”, “de pesadilla”, del que hablaba Marx refiriéndose a lo que provocan las generaciones muertas del pasado en las vivas del presente) de una importante cantidad de trabajos narrativos, ficcionales, biográficos e históricos en Europa y en Estados Unidos (recordar por ejemplo la novela Indignación, de Philip Roth, en la que un joven estudiante universitario devenido soldado durante la Guerra de Corea nos cuenta su historia… desde el limbo), donde Grass tiene una importante ubicación, ganada a fuerza de un delicado y al mismo tiempo portentoso trabajo artístico (dibujos y pinturas) y literario. Ese humor que puede destilar Grass es, como ya se recordó, “el otro nombre de la desesperación”. Humor, ironía, crítica corrosiva ante una desesperanza –personal, ficcional– que avanza, envolvente.



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