#Entrevista: Alberto Chimal: “la imaginación como una fuente de alternativas a la realidad presente”

Alberto Chimal: “la imaginación como una fuente de alternativas a la realidad presente”

Entrevista con el escritor mexicano Alberto Chimal, tras su paso por la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Autor a punto de dejar de ser inédito en Argentina, Alberto Chimal es escritor, docente, tuitero y, desde su página web, fomenta el ejercicio de la escritura, además de publicar algunos de sus propios trabajos (libros y microrrelatos). En esta entrevista –realizada, por incompatibilidades de agenda, por e-mail– comenta su paso por la Feria de Buenos Aires, la de la ciudad de Los Ángeles, y sobre sus libros y diversos aspectos de su narrativa, los autores y autoras argentinos de los que gusta, además de la relación entre literatura y poder.

Quiero que comentes tus actividades en la Feria del Libro de Buenos Aires, y luego tu paso por la Feria de Los Ángeles, donde México estuvo nuevamente como “ciudad invitada”.

En Buenos Aires estuve en cuatro mesas redondas: una sobre El eternauta de Oesterheld y Solano, otra sobre algunas tendencias nuevas de la escritura en México (en especial considerando la influencia de los medios digitales), la tercera sobre narrativa fantástica mexicana y la última sobre el ocio, pensado en relación con el mercantilismo imperante y con el modo en que éste obliga a “llenar” el tiempo de maneras cada vez más absurdas. Además, me hicieron algunas entrevistas organizadas por Océano Argentina, que llevará al país una novela mía, La torre y el jardín.

En Los Ángeles participé en una mesa de escritores de la editorial ERA, donde describimos a los asistentes nuestro propio trabajo y recomendamos algunas lecturas mexicanas recientes, más allá de los nombres clásicos.

Ahora, sobre tu libro 83 novelas, te pregunto: ¿Hay allí una suerte deelogio a la brevedad?

Sí lo hay, porque la minificción me ha importado mucho desde hace años y me parece una de las formas de escritura más estimulantes.

Además de estar repleto de humor, con sus juegos entre títulos y (breves) textos ¿buscás mediante la corta extensión, además de promover la imaginación, alguna “facilidad” de lectura?

Me interesa proponer el juego. Muchos juegos distintos, que permitan a cada lector involucrarse con el texto a su propia manera. Algunos de ellos son más fáciles que otros. De hecho algunos textos de 83 novelas (y de otras dos colecciones que tengo de microcuentos, El Viajero del Tiempo y El gato del Viajero del Tiempo) tienen una densidad mayor que la de textos míos más extensos, porque condensan su anécdota en las referencias intertextuales.

¿Pero lo que hay en 83 novelas son parte de historias –más largas– que están por escribirse?

No: cada historia está completa. Lo que llega a pasar es que algunas se enlazan con otras y crean algo distinto: una cadena de variaciones, que es un juego con la multiplicidad del texto que la minificción permite lograr mucho mejor que cualquier otro género.

¿Qué relación y posibilidades encontrás en las tecnologías como internet, páginas personales y blogs, y Twitter? ¿Acaso la rapidez en la transmisión (y extensión, global) de la información y la escritura también pide o reclama “la brevedad” de las formas y contenidos?

No tendría por qué ser así. Los medios digitales que nos hemos creado como sociedades occidentales favorecen lo momentáneo, lo breve, la lectura superficial, pero las tecnologías de escritura y lectura en línea podrían hacer mucho más, y de hecho han llegado a hacerlo. Esa posibilidad (o esas muchas posibilidades) son las que me mantienen regresando a la red; si sólo existiera Facebook no valdría la pena “vivir” una vida virtual.

En la sección “Aventuras” de 83 novelas aparece, entre otras insólitas cosas (y personas), un dinosaurio en tu garganta, clara alusión al famoso cuento de Augusto Monterroso, ¿qué es lo que te gusta del escritor guatemalteco?

Curiosamente, me gustan más sus textos más extensos, como los de La palabra mágica, Movimiento perpetuo o Lo demás es silencio. Es que en México lo tenemos demasiado cerca, quizá, y ciertamente su “El dinosaurio” se ha explotado durante décadas como fuente de malos chistes políticos, dado que al Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó sin interrupción durante setenta años y ahora ha vuelto al poder federal, se le conoce como el partido “de los dinosaurios”.

Otro escritor que aparece –en tu antología personal Manda fuego– es Roberto Bolaño… transformado en zombie. ¿Qué te parece la literatura del chileno?

No tuve oportunidad de convertirme en su fan porque comenzó a volverse muy famoso cuando yo estaba cerca de los treinta, pero por supuesto me parece un gran autor. Mis favoritos de él son Estrella distante, muchos de sus cuentos y varios tramos de Los detectives salvajes y 2666.

¿Qué influencias reconocés que hay o se pueden encontrar en tu escritura, en tus cuentos y novelas?

Debe haber más de las que puedo ver, como es usual, pero algunos de mis primeros deslumbramientos como lector están ahí sin duda: clásicos como Borges o Poe, autores mexicanos como Juan José Arreola o Emiliano González, y también el uruguayo Mario Levrero, al que me tocó descubrir en los ochenta, cuando estaba lejos de ponerse de moda y por supuesto me desconcertó. Algo que reconozco en los autores que más me gustan (también están Angélica Gorodischer, Ursula LeGuin…) es ese desconcierto: la conciencia de encontrarme con un pensamiento brillante e inesperado, distinto.

Vos planteás que hablar de “literatura de imaginación” puede servir como –para decirlo de alguna manera– “antídoto” ante los encasillamientos (muchas veces prejuicios) contra la literatura “de géneros” (Sci-Fi, “aventuras”, “fantástica”, etc.), de géneros supuestamente “no cultos”. ¿Podés desarrollar más esta cuestión?

La imaginación fantástica, como me he propuesto discutirla (y en esto me acompaña cierta cantidad de colegas mexicanos) no es un género, culto o no, sino un recurso literario: una forma de referirse a los límites de nuestras experiencias cotidianas y de nuestra idea de lo real. Por ejemplo, Shakespeare es capaz de meter brujas y profecías en Macbeth, un drama político que se resuelve de modo naturalista: la obra usa la imaginación fantástica en un momento importante pero sin que el hecho sobrenatural sea el eje de la trama. Así sucede con muchos textos que no encajan en “géneros” preestablecidos y que de todos modos ofrecen esta ruptura o cuestionamiento que logra lo mejor de lo llamado “fantástico”.

Te pregunto por algunos autores argentinos que, creo, pueden estar emparentados en algún modo con lo que hacés; si los has leído y qué te parecen:
Alberto Laiseca.

Es buenísimo. Su Matando enanos a garrotazos es otro de esos libros felizmente desconcertantes, memorables.

Marcelo Cohen

Fue mi descubrimiento de este año en Buenos Aires. Justo ahora estoy leyendo El oído absoluto.

César Aira

Soy fan. Además de todo lo demás, admiro la libertad enorme que se da para escribir. ¡Parece que no le importa nada!

Adolfo Bioy Casares
Aunque se le ve muchas veces a la sombra de Borges, tiene un tono ¿menor?, más socarrón, tal vez, que me gusta mucho en sus grandes cuentos, como “La trama celeste” (al que yo le hice un homenaje en algún cuento que anda por ahí, cruzándolo con futbol y con un cameo de Juan José Arreola).

Otros grandes hallazgos de este viaje a Buenos Aires fueron Griselda Gambaro y la obra periodística de Rodolfo Walsh, de quien acabo de leer Operación Masacre. Y una autora que me ha acompañado desde hace mucho tiempo es la gran Angélica Gorodischer, de quien creo (espero) haber aprendido mucho.

Respecto a la literatura en México. ¿Cómo la ves? ¿Hay autores jóvenes (y no tan jóvenes) con los que te sientas hermanado en búsquedas, “estilos” y planteos?

Hace tiempo habría dicho que no, o casi no, pero ya no es el caso. Hay algunos consagrados a los que me siento cercano en intereses, como Mario Bellatin o Hugo Hiriart, y sobre todo hay muchos narradores más jóvenes que están escribiendo textos de lo más interesante, en muchas direcciones que no son las de las tendencias “mayoritarias” e incorporan ideas y técnicas que me entusiasman. Entre los más cercanos a mi edad están Verónica Murguía, José Luis Zárate, Bernardo Fernández Bef, Bernardo Esquinca, Erika Mergruen o Karen Chacek. Y la siguiente generación es aún más nutrida. Cinco nombres que se me vienen a la cabeza ahora: Iliana Vargas, Norma Yamillé Cuéllar, Édgar Omar Avilés, Ruy Feben y Miguel Antonio Lupián.

¿Planes de futuros libros?

Estoy terminando la revisión de una colección de cuentos que aparecerá en España, publicada por Páginas de Espuma. Y acaba de salir en México el tomo VII de Sólo Cuento, el anuario de cuento hispanoamericano que publica la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y que en esta ocasión me tocó compilar a mí. Cada año se invita a un autor diferente para que realice la selección, y yo reuní autores de media docena de países.

Por último, quisiera una reflexión sobre la realidad de tu país. Desde los femicidios (que por ejemplo Bolaño puso en toda una sección de2666) hasta la masacre de los 43 de Ayotzinapa, ¿qué rol puede jugar la literatura ante todo esto, ante la descomposición del Estado, el narco, la violencia sobre las poblaciones, etc.? Te pregunto esto además pensando en que has dicho en más de un reportaje que hay una relación –¿de oposición?, ¿siempre?– entre “literatura y poder”…

La literatura no cambia nada directamente. Ni siquiera la literatura comprometida. Cuando mucho puede alentar a los individuos a que realicen cambios, a que contribuyan al cambio de su entorno. Y esto puede suceder de varias maneras. La más obvia es la de la literatura testimonial, que fija y documenta el presente, y que si tiene suerte puede producir indignación. Pero hay otras. A mí me resulta cercana una oposición ligeramente distinta de la que planteas: imaginación contra poder. En sociedades autoritarias como la mexicana se aprende que los poderes fácticos reclaman lo que allá se llama (un poco imitando frases hechas de los Estados Unidos, de los que tanto nos hacemos depender) el “control de la narrativa”: la facultad de crear una historia de los hechos cotidianos y del devenir histórico que beneficie su visión de las cosas y les dé justificaciones (pretextos) para mantenerse en la cima y no cambiar nada. Cualquier esfuerzo por cambiar esa narración ad hoc por otra es rechazado, y en realidad lo que se desalienta, desde la escuela y durante toda la vida, es la idea misma de imaginar: de figurarse cualquier cosa distinta de “las cosas como son”. Esto engendra posturas dóciles y conformistas, desde luego, pero es posible resistírseles. Se necesita practicar, digamos, la imaginación como una fuente de alternativas a la realidad presente. Es algo que nos falta hacer allá con más frecuencia, a lo que cierta literatura nos puede encauzar, y que nos urge.



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