Laurie Anderson: cuentos (y sonidos) de nuestro presente

RECITALES // ARTE MULTIMEDIA

Laurie Anderson: cuentos (y sonidos) de nuestro presente

La cuarta visita al país de la artista multimedia Laurie Anderson se dio en el marco de la primera Bienal de la Performance (BP.15). A la función del viernes 8 de mayo en el Teatro Opera Allianz agregó una segunda, el día 9.

Demian Paredes
@demian_paredes

Fotografía: Lucía Feijoo

 

En un ambiente intimista, con poca luz y un escenario colmado con decenas de pequeñas velas en el piso, se instalaron, por una parte, el teclado, micrófono, computadora y el ya clásico violín eléctrico, y en el otro extremo un gran sillón de cuero con otro micrófono; Laurie Anderson desarrolló sus historias (cuentos, relatos) acompañándose de músicas y sonidos. Puede decirse que este espectáculo, a diferencia del anterior que la trajo aquí, en 2008, presentando su disco Homeland, con tres músicos y su pareja (fallecida en 2013), el legendario Lou Reed –invitado para hacer “The Lost Art of Conversation”–, fue más “literario” que “musical”.

El show, titulado “The Language of the Future”, comenzó, tras un fortísimo comienzo de violín, con “The Lark”: Anderson relatando cómo nació la memoria, con los pájaros como protagonistas, cuando no había tierra. Luego, otra historia –como la gran mayoría, relatadas en primera persona– dio cuenta de una experiencia en una granja amish –donde iba, por curiosidad, a trabajar con una familia, con gente que no utiliza ninguna tecnología de las que existen y se desarrollan desde hace cinco siglos, y sí la rueda y el viento–, con una nota final oscura, tétrica, donde se resalta que un niño da un beso a su abuela… obligado, forzado; dando algo –ese beso– impuesto por las circunstancias, por un “trato” o maniobra.

Otro cuento va de cómo fue cajera en McDonald’s y la “filosofía” y manejos que sustentan esa empresa. El “poder darle a la gente lo que pide”, como una falsa satisfacción/conclusión a la que podría llegar el/la empleado/a, y la “simpleza” en la cadena de mandos, donde ella, con toda una historia familiar y ramas y “cruces” internacionales terminó siendo, para su encargado que la interrogaba al respecto –finalmente, para poder darle órdenes e identificarla en el plantel–, sencillamente, “la alemana”.

La Biblia (y una graciosa “opción” de cómo serían las representaciones artísticas de la muerte de Cristo si se hicieran acorde al Antiguo Testamento –no por crucifixión sino por apedreamiento–); la autoayuda y la naturaleza (y los viajes en grupos para “meditar” y “contar cada uno su historia”); un trabajo que tuvo de joven como docente (y fabulista) de Historia; el arte; la relación entre pueblos originarios, memoria y tecnología serán otros tanto temas tratados; y, por supuesto, aparece “Sharkey”, el personaje que Anderson hace con el vocoder, alterando su voz, en “Mambo and Bling”, repleto de ironías y un dejo de desesperanza por el futuro. “Hablar del futuro es una forma de hacer arte”, dice; o nos recuerda una escena “típica” también: el alterado anuncio “¡Algo ha pasado en la mina!”: una catástrofe, un derrumbe.

Tomando las conocidas imágenes de “iluminaciones profanas” de Walter Benjamin, Laurie Anderson recordó que, ante el ángel de la historia, parecemos ser solo “una montaña de escombros”, ruinas. Luego se apartó de sus instrumentos, fue hacia el sillón, y relató una anécdota personal (ella y su terrier Lollabelle de vacaciones por las montañas de California, sorprendidos durante un paseo por un ataque de halcones desde el cielo) para aludir al 11-S y al peligro constante desde entonces, permanente, que se siente (o huele) en el aire… (En una entrevista reciente, esto dijo al respecto sobre la participación de Estados Unidos en las guerras: “En esta guerra particular en la que estamos, ni siquiera tenemos un elemento coherente enfrente nuestro. Se la llama ‘la guerra global contra el terror’. ¿Cómo tenés una guerra contra el miedo? Peleás contra todos, porque le tenés miedo a todo. El terror significa que estás escondido en la oscuridad, buscando un enemigo que no está ahí. Esto genera una cultura vigilada y una sociedad temerosa. ¿En qué momento entonces reaccionás? ¿Cuál es tu responsabilidad como ciudadano y como artista?”).

Su plástica y hermosa voz, sus maneras y modos de narrar, las inflexiones, tonos y acompañamientos musicales, hizo contener los aplausos del público entre un relato y otro. Este siguió atento –embelesado, concentrado– cada historia (aunque la proyección para su lectura de la traducción simultánea en la pantalla de fondo no fue bueno), y rió y la vivó y aplaudió recién al final, tras hora y media de espectáculo, con un breve bis, como en su anterior show, de una pieza musical con su violín.

La artista, de 67 años, siempre atenta a la innovación y las tecnologías ofreció entonces un espectáculo donde belleza y conocimiento, crítica y arte se enlazaron creativamente –en un largo monólogo autobiográfico (poco importa cuánto de “cierto” y cuánto de “invento” tenga cada historia)–, con la narrativa y el humor en el centro de la escena. Como dijo en la entrevista mencionada, Laurie Anderson intenta no dar “discursos” sino “generar ideas”: con ellas “es más fácil ver con claridad aquello que nos rodea, es decir, estamos describiendo el mundo como necesita ser visto”. Ver, críticamente, para generar el lenguaje (y el mundo) del futuro.



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