José Manuel Lucía, cervantista, filólogo y poeta publica el libro «Los últimos días de Trotski»

* Nota aparecida hoy en el diario español ABC

LIBROS

José Manuel Lucía: «La poesía puede ser voz de muchas revoluciones»

Día 11/04/2015 – 01.33h

El cervantista, filólogo y poeta publica «Los últimos días de Trotski», un libro subyugante y originalísimo

José Manuel Lucía, poeta y filólogo, Vicedecano de la Facultad de Filología de la Complutense, y uno de los cervantistas más reputados del planeta, aún tiene tiempo de trazar de madrugada versos conmovedores y subyugantes. Como los que recoge en su nuevo libro,«Los últimos días de Trotski» (Ed. Calambur), un poemario sorpendente en el que dibuja un perfil humano y sufriente del que fuera mariscal de mariscales del Ejército Rojo y víctima entre las víctimas del terror de Stalin.

-Con todos los personajes que existen en la Historia, ha elegido versificar la vida de Trotski. Es usted un valiente.

-No crea, siento más bien que él me ha elegido a mí. Y no es presunción por mi parte. Comencé a escribir sobre él y al hacerlo me di cuenta de lo poco que sabía de Trostki, de cómo me habían servido hasta el momento los brochazos de su mito, los datos aislados y poco enhebrados de su biografía mal conocida y peor explicada. Y comencé a leer sobre él. De una manera desordenada, de una manera casi suicida, con la pasión de quien está detrás de algo. Y detrás estaba León Davídovich, el hombre, con sus sombras, sus miserias y sus grandezas diarias. Y entonces no pude dejar de escribir. Lo que iba a ser un poema ha terminado siendo un libro de poesía. En algún momento de la escritura me sentí más copista que autor. Pero ese es otro cantar, que tiene que ver mucho con la fascinación de un personaje como Trotski.

-¿Fue una revelación del tipo San Pablo camino de Damasco?

Más que una revelación fue un camino. Comenzó una mañana en México, en su casa en la calle Ávila de Coyoacán. Mientras que el guía explicaba cómo había sido asesinado en su despacho, yo me dije: «Tengo que escribir sobre este despacho, sobre el tiempo detenido en el despacho de Trotski…». Allí, encima de la mesa están sus libros, sus notas, sus citas apuntadas en el calendario, las plumas, el dactilógrafo, el busto de Lenin, sus libros… ahí estaba él, segundos antes de recibir el golpe cobarde del piolet. Y a los meses recordé aquella sensación y escribí un primer poema (el último del libro, por cierto)… y entonces comencé a darme cuenta que no era suficiente, que tenía que saber más y más… Como un buen líder, Trotski no da respuestas: te hace plantearte las preguntas adecuadas.

-Leyendo su libro, Trotski parece un héroe griego, castigado por los dioses de la represión estalinista.

-Algo de eso hay, de un héroe griego que lo ha tenido todo, incluso la soberbia de no darse cuenta de su propia caída. Trotski lo tuvo todo, estuvo al lado de Lenin y su mano era capaz de mover el destino del Ejército Rojo. Era brillante. Nadie quedaba indiferente ante su palabra, ante sus arengas. Pero fue un mal estratega en un tiempo de estrategias complejas. Pensó que en la industrial Alemania estaba el campo propicio para la revolución proletaria, y terminó triunfando en el territorio más feudal de toda Europa, Rusia. Creyó que iba a ser el sucesor de Lenin y nunca valoró en su justa medida la sombra asesina de Stalin. Y lo pagó caro. Bien caro: se quedó sin revolución, sin tierra, y sin visado. Como «planeta sin vida» fue conocido en su tiempo. ¿Qué más se quiere para construir un mito? Una muerte… pero a eso ya llegaremos.

-¿Stalin es como Zeus, pero en chungo?

-Sin Stalin, el mito de Trotski nunca se hubiera consolidado. Stalin necesitaba acabar con Trotski pues él representaba lo que la revolución comunista hubiera podido ser, lo que podría ser de no haber existido Stalin, el gris de Stalin. Y lo borró de la historia de Rusia como lo hizo de las fotografías en que aparecía junto a Lenin en los momentos previos de la Revolución. Trostki, como tantos otros héroes de la Revolución Rusa del 14, fue declarado Enemigo del Pueblo. Y a pesar de los años, a pesar de todo lo que hoy sabemos, el nombre de Trotski todavía no es pronunciado por los líderes de la antigua URSS. La sombra de Stalin sigue siendo muy alargada.

-Este Zeus, además le echó del Olimpo, en el exilio Trotski parecía Prometeo, una y otra vez subiendo la montaña de la Revolución.

-Un Prometeo con muchos rincones y esquinas. Un Prometeo con varias caras y muchas soledades. La Revolución Permanente, la Cuarta Internacional fueron sus instrumentos de lucha, de resistencia. Pero cada vez más solo. Y de nuevo la soberbia. El enfrentamiento con los compañeros europeos que no admitían su intransigencia, que temían más la sombra de Stalin y su sistema represor que los sueños revolucionarios de Trotski; la soledad que le iba alejando de todos y que no encontraba un espacio donde vivir. Turquía le termina echando, Francia le admite pero con la condición de su silencio; Noruega termina por considerarlo una persona peligrosa y convierte su casa en una cárcel… Cada vez que Trotski habla, las alarmas de la política europea se ponen en funcionamiento. Pero ni Francia ni Noruega pueden estar muy contentas de su comportamiento en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, al poder que le dieron a Hitler, que se hizo fuerte en la debilidad de las potencias aliadas. ¿Quién iba a querer a Trostki cerca, a un Trotski que era conciencia viva de su época?

-A Trotski hoy le llamarían populista y antisistema…

-Y quizás lo era… o quizás hemos perdido el valor de las palabras. Pues claro que Trotski era populista, es decir, alguien “relativo o perteneciente al pueblo”. Y claro que era antisistema, contra ese sistema absurdo que permitió que se considerara una elección democrática la subida de Hitler al poder, de los acuerdos entre Hitler y Stalin (la mayor traición a cualquier sueño revolucionario proletario). Y hoy en día se hace necesario reivindicar ser del pueblo e ir contra los sistemas.

-Además, este libro es la historia de un gran amor, el del líder del Ejército Rojo por Natalia.

-Trotski sin Stalin no hubiera podido construir su leyenda, su mito. Trotski sin Natalia no hubiera podido vivir, sobrevivir. Ella lo era todo para él porque era su sombra, era su amanecer, era su sustento porque ella creía en él, creía en su obra, en su misión… y en esa creencia ella fundó su vida y sacó fuerzas para ir viendo morir a todos sus hijos por seguir la estela del padre. Aquí sí que se puede hablar de una heroína, una verdadera superviviente.

-Pero muchas veces parece un amor a lo Neruda, «me gustas cuando callas porque estás como ausente…».

-Ella tenía claro que era la sombra de Trotski, esa sombra que parece transparente, pero que se sabe, y es, tan necesaria… Sin ese apoyo, ese apoyo en el exilio, en el encierro, en el frío de las casas que habitaron y el de un corazón como el de Trostki hecho para amarse a sí mismo, a su misión en el mundo, sin Natalia, Trotski quizás se hubiera quebrado antes de tiempo.

-¿Y qué pinta en todo esto Frida Kahlo?

-Frida era vida, la vida exuberante, la que hace volver a brotar la energía en las venas agotadas por el esfuerzo. Frida era lo prohibido y, por tanto, lo deseado: la mujer de Diego Ribera, la persona que había intercedido con el presidente mexicano Cárdenas para hacer realidad su exilio en Coyoacán; era quien había abierto las puertas y las ventanas de la Casa Azul. Pero Frida era también la coleccionista de amantes… ¿y cómo dejar escapar una pieza tan suculenta como uno de los padres de la Revolución Rusa? «All my love» se decían cuando se despedían, como adolescentes, como el adolescente que nunca fue Trotski.

-¿No será que Trotski era un poquito machista?

Quizás era una persona deseosa de amar… y de ser amado. Y a veces el amor de siempre se necesita cambiar por un amor de lejos… Pero al final, Trotski fue abandonado. Por Frida (que confiesa a una amiga que nunca tenga a un viejo de amante), por Natalia, que se siente traicionada. Y son muy interesantes las cartas que Trotski le envía a Natalia para que vuelva a su lado, y que solo desde hace unos años se conocen. Primero comienza con la lamentación y la culpa; luego sigue con el deseo sexual describiendo escenas que uno nunca pensaría que pudiera tener como protagonista a ese anciano detrás de sus gafas redondas; y termina por atacar en la parte que a Natalia le convence para volver con él: sin Natalia, sin su Natalia no es capaz de escribir.

-También era un tipo al que admiraban muchos intelectuales, como unos cuantos surrealistas, como Breton, quizá uno de los primeros en adivinar lo que era el terror estalinista, Kolimá y el Gulag.

-Una admiración de un mundo que se pensaba que estaba por construirse, que era posible soñar en revoluciones que devolvieran la esperanza a la Humanidad. Sueños convertidos en pesadillas. Trotski y Breton llegaron a escribir un «Manifiesto por un arte independiente revolucionario», en el que luego Diego Ribera estampó su firma. «La independencia del arte –por la revolución. La revolución –por la liberación definitiva del arte”. ¡Qué actuales siguen siendo todavía estos presupuestos, qué necesarios estos manifiestos!

-¿Al escribir un libro de estas características hay que guardar las distancias o hay que meterse hasta las últimas consecuencias en las tripas del personaje?

No sé cómo hay que escribir un libro así porque nunca tuve intención e hacerlo. Nació de lecturas y de una escritura desordenada, caótica que, con el tiempo, fue llenándose de luz y de orden. Lo que sí que tuve claro a medida que iba escribiendo es que se imponía la primera persona: una personalidad tan arrolladora como la de Trotski no se deja escribir desde la distancia de un narrador… solo unos pocos versos se han mantenido en la barrera del observador. El resto se han llenado de barro, de vida, de una vida que yo he imaginado. Esa vida de papel, de sueños en la que vivió el propio Trotski y que le reprocharon muchos de sus amigos y familiares.

-¿Fue Trotski un poeta frustrado?

-Como revolucionario que fue, como soñador de un nuevo mundo, como defensor del «claro y brillante futuro de la Humanidad» Trotski fue un poeta. Quizás no escribiera en verso, pero lo cierto es que la construcción de su vida es un buen poema épico. Que acaba con un último gesto grandioso, que le afianza como mito: el grito, el revolverse contra su asesino que ha dudado una décima de segundo antes de asesinarle. Ese grito, el famoso grito de Trotski, sin duda, es uno de los versos más desgarradores que nunca se hayan escrito.

-¿Han cambiado sus intenciones de voto después de escribir este libro apasionante y apasionado?

-Comencé a escribir sobre Trotski como una obsesión: la imagen del político que es coherente, fiel a sus ideas, frente a nuestra clase política –y no pienso solo en la española- que es capaz de cambiar de idea como de camisa o de restaurante. El político que es capaz de sacrificar su vida, la vida de sus seres queridos por defender sus ideas, esas ideas que mejorarán el mundo… al menos lo harán un poco mejor… pero poco a poco, también se me presentó en Trotski el intransigente, el soberbio, el que no aceptaba una crítica porque se consideraba poseedor de todas las verdades, el que no era capaz ni de escuchar a su propio hijo, que terminó muriendo solo en un hospital en París… ¿el famoso término medio? No me cabe duda de que la revolución es necesaria… pero quizás no haya que pensar en una revolución llena de líderes, de estructuras, de medios de sumisión o de comunicación, sino más bien en una revolución permanente en nuestras vidas… lejos de las estructuras del poder, haciéndolas más a nuestra imagen y semejanza y no alejadas de quienes son su razón de ser.

-Quizá es que la única Revolución en la que podemos creer es la poesía…

-Y la poesía puede ser voz de tantas revoluciones, pues, como diría el siempre admirado Cervantes, la épica bien puede escribirse en prosa como en verso… ¡hagamos el esfuerzo de poner algo más de poesía en nuestras vidas, ya que la prosa no nos está dando ningún resultado!

All my love!

¡Qué alejadas están las miradas de Frida y de Natalia!

¡Qué abismo de juventud ofrecen las pupilas incendiarias de Frida, de una Frida de

acero y de viento, y de olores nuevos, sabores que forman parte de los

sacrificios aztecas!

Natalia me mira y me siento atrapado en su mirada de siglos, de manos

compartidas y de pan escaso en las interminables noches de exilio.

Natalia me mira y me siento en su mirada tranquilo, viejo, acompasado a los años y

las costumbres compartidas.

Frida me mira y siento rejuvenecer de nuevo mi sangre revolucionaria en el

espasmo de todos mis miembros.

Frida me mira y me faltan las palabras, todas las palabras.

Por primera vez en mi vida.

Sin sangre.

Sin tinta.

No hay recuerdos, no hay penurias, solo libros compartidos y mis mensajes de

amor atrapados entre sus páginas.

Natalia me mira y me siento fuerte, de nuevo Trotski.

Frida me mira y dejo de ser yo, el viejo Trotski de ahora y me imagino a los dos

tumbados en su cama de espejos multiplicando sus caderas en mis renovados

jadeos.

¡Qué lejos estoy de las miradas de Frida y de Natalia!

Con una vivo y con la otra,

sueño.

de noche,



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