“el Tren de los Pobres” (Hernán Rivera Letelier)

“El tren del sur hizo su entrada a la estación de Los Dones entre silbidos, nubes de hollín y vaharadas de vapor. La locomotora era una gran bestia negra jadeando de sed y cansancio. Como siempre, los coches venían atiborrados de pasajeros hasta las pisaderas; en su mayoría se trataba de familias humildes –con niños, perros y gallinas– que abandonaban sus parcelas en los campos sureños y se venían al norte ‘tras el golpeteo de la cuchara’, como decían ellos mismos con descarnada ironía; obreros que regresaban de unas cortas vacaciones en sus pueblos natales, después de largos años de sudar la gota gorda machacando el caliche sin descanso y ahorrando cada chaucha como si fuera una pepita de oro; comerciantes cargados de productos originarios de distintas zonas del país –paltas de Quillota, dulces de La Ligua, queso de cabra de Ovalle, aceitunas de Vallenar– que se venían ofreciendo su mercadería en los mismos coches; tahúres, charlatanes y vividores varios, sujetos de mala catadura que nunca faltaban y que se les veía en el tejido del poncho y en el filo de su mirada que venían del norte huyendo de la justicia –el desierto era la guarida absoluta–, y gente triste, mucha gente triste, vestida de negro, que viajaba en busca de familiares –esposos, padres, hijos, hermanos– que un día vinieron a la pampa en busca de trabajo y nunca más supieron de su suerte. Aunque muchos de sus familiares –según contaban en voz baja estas personas– habían muerto en accidentes de trabajo, o en peleas de cantinas, o infectados por alguna de las epidemias que asolaban al norte continuamente, o habían caído masacrados por el Ejército en alguna de las matanzas de obreros acaecidas en las salitreras, la mayoría simplemente se había hecho humo, había desaparecido en el aire como desaparecen en el desierto las reverberaciones de mediodía, y ahora ellos venían en el tren con la esperanza de encontrarlos, aunque fuera en una sepultura.

[…] era llamado el Tren de los Pobres.”

Hernán Rivera Letelier, El arte de la resurrección, Bs. As., Alfaguara, 2010, pp. 32 y 33.



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