Entrevista con la escritora y actriz chilena Nona Fernández

Reportaje realizado para La Izquierda Diario, publicado hoy:

Nona, comencemos hablando un poco de tus diversas actividades: actriz, dramaturga, guionista para TV, escritora… ¿Cómo fuiste llegando –y con quién/es (maestros, colegas, etc.)– a cada una de estas instancias?

Mi única formación es la del escenario, de ahí vengo, es lo que estudié. De esos años heredé mis lecturas iniciáticas de las grandes tragedias griegas, Sófocles, Eurípides, La Poética de Aristóteles, luego Artaud, Brecht, Chejov, Shakespeare, Heiner Müller, Strinberg, Berhard, Peter Handke, don Juan Radrigán, Isidora Aguirre, Egon Wolf, por mencionar algunos. (Estos tres últimos son dramaturgos chilenos). El escenario instaló en mí la idea de que cualquier creación debe ser una experiencia viva que nos sacuda, que nos ponga en crisis tanto a los creadores como a los espectadores. El teatro debe encarnarse, debe pasar por el cuerpo y por el nervio de todos los que intervienen en ese inquietante y misterioso rito. Esa misma concepción es la que me invade en el momento de escribir.

Y sobre cómo llegue a escribir, la verdad es que más que a maestros, “me debo a mi escritura guacha”, como decía Lemebel. A las lecturas azarosas que de niña hice y me fueron seduciendo. Pienso en libros como las Crónicas Marcianas, o Cumbres Borrascosas, o en los cuentos aterradores de Alan Poe o Horacio Quiroga que leía con una fascinación absoluta una y otra vez. Recuerdo al chileno Baldomero Lillo, Sub Terra y Sub Sole, qué libros más feroces. Recuerdo a Manuel Rojas. A Cortázar, a Bioy, a Borges, a la chilena María Luisa Bombal, a Juan Rulfo, a los autores del Boom que se leían en el colegio. Recuerdo a Donoso, el Lugar sin límites, qué librazo, El Obsceno pájaro de la noche. Don Carlos Droguet. Hay que leer a don Carlos Carlos Droguet. Enrique Lihn, todo Enrique Lihn, y así crecí y estas lecturas medio huérfanas se juntaron con las teatrales y con mi experiencia como espectadora de cine, porque esa es otra caja mágica a la hora de fabular. Las historias me destaparon la cabeza, me trasportaron a otras realidades, a otros escenarios, me llenaron de nuevos conocimientos, de nuevas inquietudes, me remecieron y me acompañaron, como lo siguen haciendo.

Creo firmemente que la lectura de un buen libro te hace una mejor persona, te eleva un poco, te ilumina. Gran parte de lo que soy se lo debo a las lecturas que he hecho, a las películas y a las obras que he visto y he actuado. Cada una de ellas es una experiencia en si misma, un pedacito de vida. Quizá intentando devolver la mano me puse del otro lado. Escribir implica tomar decisiones, radicalizar pensamientos, develar las propias inquietudes y procesarlas, hacerse cargo de ellas, tener la obligación de entregar algo interesante, una mirada clara sobre lo que vemos, pensamos e imaginamos. La escritura, lo mismo que una función de teatro, detiene el tiempo en un ejercicio reflexivo y generoso que dura el número de páginas que tiene cada libro o la cantidad de minutos que dura la función. Escribir es un acto cariñoso. Es una manera de estar en el mundo.


Respecto a tu obra teatral El taller ¿podés comentar un poco cómo (te) surgió, y cuándo y cómo se puso en escena?

La obra está inspirada en el taller literario que realizaba la agente y escritora Mariana Callejas en los años setenta en su casa, que era también un cuartel de inteligencia, el Cuartel Quetrupillán. Ahí, mientras se planificaba la muerte de don Carlos Prats (muerto en Palermo en una explosión), o de don Orlando Letelier (muerto en Washington en otro atentado); ahí donde se experimentaba con armas químicas y se mataba a don Carmelo Soria (español asesor de Allende) a punta de torturas, un grupo de escritores se reunía a conversar sobre sus proyectos literarios sin darse cuenta del horror que tenían a su lado. Conociendo el mundo de los talleres literarios, y conociendo como conozco el ego de los escritores, me pareció que éste era un universo maravilloso para poder jugar.

Una metáfora increíble de la ceguera de esos años, de cómo se veía sólo lo que se quería ver, y también una reflexión interesante de cuál es el rol de un artista frente a su época. El resultado fue una comedia delirante y muy negra, que terminaba en una especie de pesadilla. Teníamos miedo, nunca habíamos visto una comedia que se cruzara con el tema de los derechos humanos y de nuestra historia reciente, pero nos sorprendió la llegada que tuvimos en el público. Íbamos a estar dos meses en cartelera, y finalmente estuvimos, de manera intermitente, durante dos años. Viajamos por Chile y siempre la respuesta fue la misma, muy entusiasta y muy abierta a conocer más sobre la historia que contábamos. Fue todo un regalo de conexión y de catarsis.


Hablando ahora sobre tu narrativa, tu nouvelle recientemente publicada en Argentina, Space invaders, ¿qué repercusiones tuvo?

Hasta ahora sólo he recibido buenos comentarios tanto de la crítica como de los lectores, despierta un entusiasmo que nunca pensé que despertaría. De hecho es el más reseñado de mis libros. La historia es bien personal, bueno todo lo que escribo es bien personal, pero en este caso es una historia real, la historia de Estrella González, mi compañera de curso en el colegio. Cuando decidí trabajar este material no pensé que dialogaría tan fluidamente con los lectores y sobre todo con los lectores de generaciones más jóvenes. El libro se escribió con hilos de aire, hecho de sueños y recuerdos recortados, es tan liviano y etéreo, que pensé que nadie entendería ni un carajo, pero al parecer esas vocecitas de niños envejecidos que me soplaron la historia sabían más que yo.

Sobre la relación memoria-hechos históricos; esa combinación que hay entre los recuerdos de lo vivido y los que (principalmente) son públicos, colectivos (y que se pueden rastrear en diarios y noticieros televisivos) como mecanismo o sustancia de tu narrativa (en Space Invaders; también en la novela Avenida 10 de Julio Huamachuco), ¿qué podés comentar al respecto?

Soy parte de una generación guacha. Guacho en Chile es el huérfano, el que no tiene papá ni mamá. Históricamente somos los nacidos en dictadura en tiempos en que la generación de nuestros padres estaban con la cabeza en otra parte, algunos en shock, algunos muy golpeados por las pérdidas, algunos muy ocupados intentando resistir, otros definitivamente no estaban, los habían matado, y otros, los más, un poco locos de miedo, de ceguera, de tontera y estupidez, entonces nuestros padres nunca fueron buenos interlocutores a la hora de dar explicaciones o de narrar lo que ocurría. Siento que crecimos un poco perdidos en el espacio, desconcertados, sin comprender del todo lo que pasaba a nuestro al rededor, con preguntas atragantadas y enigmas sin resolver. Había atentados, muertos, matanzas, desapariciones, marchas, protestas, velatones, y todo iba configurando un puzle oscuro difícil de resolver. Cuando llegó la democracia pensamos que todo se aclararía, pero no fue así. Muchas preguntas se quedaron sin respuestas y el puzle seguía ahí, lleno de acertijos.

Mi trabajo en general, tanto en la literatura como en el teatro y en los guiones, se ha ido enfocando en el intento de ir resolviendo ese puzle, de ir investigando y de ir encontrando las respuestas. Con el tiempo la información ya está más a la mano, no es tan difícil como fue en los noventas, algunos de nuestros padres incluso ya pueden o quieren, con dificultad, hablar, entonces se ha vuelto un trabajo casi obsesivo éste de ir reconstruyendo ese pasado que viví a medias, como en un sueño. Creo que a mi generación le toca hacer el trabajo de ficcionalizar, de apropiarse de los hechos, de pasarlos por nosotros, sacarlos de la oficialidad y el museo e instalarlos en ese inconsciente colectivo donde los pedacitos se vuelven un todo más complejo y poderoso. De ahí mi interés de trabajar siempre sobre hechos reales.

La nota completa acá.



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