“Y en torno, los bosques, como un grito” (Ana María Matute)

“Los hombres de Hegroz desgarraron con la reja de su arado la tierra del Duque, y le rindieron la mitad de su fruto. Aunque sólo pudieron verlo en el retablo del altar de la iglesia, arrodillado y pálido, con aureola de oro, como un santo, y largas manos finas, irreales, unidas en oración. El Duque tuvo siempre para Hegroz aquella faz estrecha, aquella mirada negra y fría. Aquel olor a moho y tiempo viejo que impregnaba todavía las tocas de terciopelo de las viejas, durante la Misa de la Santa Cruz, fiesta patronal. Y el dorado, extraño centelleo, con aroma de madera antigua, que culebreaba sobre el sarcófago del Duquesito muerto. Allí estaba, también, en la vertiente de Oz, La Peña del Duque Loco, asomándose a Neva, junto al barranco del cementerio de los caballos, asustando a los niños rebeldes en el atardecer, con el sol encarnado sobre la afilada cabeza. La roca del Duque se parecía al Duque del retablo, en el altar de los Duques, sobre las tumbas pisadas, disimuladamente orinadas por las viejas de anchas sayas negras, adormecidas en el incienso y los cánticos del Oficio de la Semana Santa. ‘La tierra ajena…’ Los hombres de Hegroz vivían en casas donde nacieron sus abuelos y los abuelos de sus abuelos, y no eran sus casas. Comían, dormían, trabajaban en ajeno. Y al fin, sus huesos se quemaban dentro de la tierra, deseada hasta rozar el odio, como el amor, que fue la tierra del Duque. El Duque, vago, inconcreto, teórico. Pero real y duro, ineludible a la hora de la partición y el tributo. A la hora de las prohibiciones, de las vedas, de la servidumbre. Cierto e irremediable como el sol, como la lluvia, como la sed de cada día. Hegroz vivió al Duque todas las jornadas, de sol a sol, y el Duque no vivió a Hegroz, ni a su hambre, ni a su esperanza. Ni sus noches de agosto enteramente estrelladas sobre el oscuro fango del barranco. Nada supo de las casas en silencio, durante las horas de labor, calurosas y densas, con los hombres y las mujeres, con los niños apenas creados, a la tierra. Sólo quedaban las gallinas, picoteando en las ventanas bajas, y el llanto del niño más pequeño, encerrado dentro, demasiado temprano aún para el trabajo. Nada de las callecitas ver oscuro, con humedad de pozo, con el sol estallando, parecía, en los aleros. Callecitas de sombra color arcilla, con charcos y estiércol, con briznas de paja entre las piedras, como un oro olvidado. Calle del Ave María, calle de la Sangre, detrás del cementerio de los niños sin bautizar. Calle de la Reja, calle del Duquesito, camino de la iglesia. Calle de las Santas Ánimas, calle de las Dueñas, calle de los Caminantes, calle de la Santa Cruz. Años de sequía y hambre. Años de epidemia, de heladas piedras caídas de los muros, escudos devastados en las esquinas, rotos a pedradas, quemados por el sol. Postigos y contraventanas tallados, podridos por las lluvias, guaridas de gatos, de ratas y de golondrinas. Tierra árida, ajena. Y en torno, los bosques, como un grito.”

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Ana María Matute, Los hijos muertos, Barcelona, Plaza y Janés, 1999 (ed. original 1958), pp. 13-14.

 



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