García Márquez sobre el ejército chileno, el golpe de Pinochet y (la política de) Allende

El ejército más sanguinario del mundo

Un golpe militar, dentro de las condiciones chilenas, no podía ser incruento. Allende lo sabía. ‘No se juega con fuego –le había dicho a la periodista italiana Rossanna Rossanda–. Si alguien cree que en Chile un golpe militar será como en otros países de América, con un simple cambio de guardia en La Moneda, se equivoca de plano. Aquí, si el ejército sale de la legalidad, habrá un baño de sangre. Será Indonesia.’

Esa certidumbre tenía un fundamento histórico. Las Fuerzas Armadas de Chile, al contrario de lo que se nos ha hecho creer, han intervenido en política cada vez que se han visto amenazados sus intereses de clase y lo han hecho con una tremenda ferocidad represiva. Las dos constituciones que ha tenido el país en un siglo fueron impuestas por las armas y el reciente golpe militar era la sexta tentativa de los últimos cincuenta años.

El ímpetu sanguinario del ejército chileno le viene de nacimiento, en la terrible escuela de la guerra cuerpo a cuerpo contra los araucanos, que duró trescientos años. Uno de los precursores se vanagloriaba, en 1620, de haber matado con su propia mano, en una sola acción, a más de dos mil personas. Joaquín Edwards Bello cuenta en sus crónicas que durante una epidemia de tifo exantemático, el ejército sacaba a los enfermos de sus camas y los mataba con un baño de veneno para acabar con la peste. Durante una guerra civil de siete meses, en 1891, hubo diez mil muertos en una sola batalla. Los peruanos aseguran que durante la ocupación de Lima, en la guerra del Pacífico, los militares chilenos saquearon la biblioteca de don Ricardo Palma, pero que no usaban los libros para leerlos sino para limpiarse el trasero.

Con mayor brutalidad han sido reprimidos los movimientos populares. Después del terremoto de Valparaíso, en 1906, las fuerzas navales liquidaron la organización de trabajadores portuarios con una masacre de ocho mil obreros.

En Iquique, a principios de siglo, una manifestación de huelguistas se refugió en el teatro municipal, huyendo de la tropa, y fue ametrallada: hubo dos mil muertos. El 2 de abril de 1957 el ejército reprimió una asonada civil en el centro comercial de Santiago con un número de víctimas que nunca se pudo establecer, porque el gobierno escamoteó los cuerpos en entierros clandestinos. Durante una huelga en la mina de El Salvador, bajo el gobierno de Eduardo Frei, una patrulla militar dispersó a bala una manifestación y mató a seis personas, entre ellas varios niños y una mujer encinta. El comandante de la plaza era un oscuro general de cincuenta y dos años, padre de cinco niños, profesor de geografía y autor de varios libros sobre asuntos militares: Augusto Pinochet.

El mito del legalismo y la mansedumbre de aquel ejército carnicero había sido inventado en interés propio de la burguesía chilena. […].

 

A la hora de la batalla final, con el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión [del imperialismo norteamericano y la burguesía chilena], Salvador Allende continuó aferrado a la legalidad. La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo el enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno sino desde el poder.

 

Más sobre Allende:

Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro. El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo y que se quedó en nuestras vidas para siempre.

Gabriel García Márquez, Por la libre. Obra periodística (1974-1995), Bs. As., Sudamericana y Clarín, 2007 (ed. original 2000), pp. 16-17, 19 y 21.



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s