El tiempo, Marx y “la talla del hombre” (John Berger)

“El cuerpo envejece. El cuerpo se prepara para morir. Ninguna teoría del tiempo nos presta alivio alguno en este punto. La muerte y el tiempo siempre han estado aliados. El tiempo se lo llevaba a uno con mayor o menor presteza; la muerte de un modo más o menos súbito.
Antes, sin embargo, también se pensaba en la muerte como la compañera de la vida, como la precondición necesaria para aquello que se convertía en el Ser a partir del No-ser; la una no era posible sin la otra. Como resultado de ello, la muerte quedaba limitada por lo que no podía destruir o por lo que habría de volver.
La brevedad de la vida era objeto de un lamento continuo. El tiempo era el agente de la muerte y uno de los componentes de la vida. Pero lo intemporal –aquello que la muerte no podía destruir– era el otro. Todas las visiones cíclicas del tiempo mantuvieron unidos estos dos componentes: la rueda que gira y la superficie sobre la que ésta gira.
Las principales corrientes del pensamiento moderno despojaron al tiempo de sus componentes, transformándolo en una fuerza activa simple y todopoderosa. Y al hacerlo, traspasaron el carácter espectral de la muerte a la propia noción del tiempo, que se ha convertido con ello en la Muerte triunfante sobre todas las cosas.”
[…]
“La era moderna de la cuantificación empieza con el álgebra y las series infinitas. El resultado de todo ello es que uno ya no cuenta lo que tiene, sino lo que no tiene. Todo se convierte en una pérdida.
El concepto de entropía es la figura de la muerte trasladada a un principio científico. No obstante, mientras que en el caso de la muerte se la consideraba una condición de la vida, en el de la entropía se mantiene que acabará por agotar y extinguir no sólo las vidas, sino también la vida. Y la entropía, según la definición de Eddington, ‘es la flecha del tiempo’.
La transformación moderna del tiempo, de condición a fuerza, empieza con Hegel. Para él, sin embargo, la fuerza de la historia era positiva; difícilmente encontraríamos un filósofo más optimista. Posteriormente, Marx se propuso demostrar que esta fuerza –la fuerza de la historia– estaba sujeta a la acción y la elección del hombre. El eterno conflicto en el pensamiento de Marx, la oposición original de su dialéctica, se deriva del hecho de que no sólo aceptaba la transformación del tiempo en una fuerza suprema, sino también deseaba volver a poner en manos del hombre esta supremacía. Ésta es la razón por la que su pensamiento es gigantesco, en todos los sentidos de la palabra. Marx confiaba en que la talla del hombre –su potencial, su fuerza prometedora– habría de sustituir a lo intemporal.”
Berger PáginasJohn Berger, Páginas de la herida, Madrid, Visor Libros, 2003 (ed. original 1995), pp. 105-106 y 107-108.

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