El tiempo: acumulación y disipación por la experiencia (John Berger)

“La muerte de uno es ya de uno mismo. No pertenece a ningún otro, ni siquiera al asesino. Esto quiere decir que forma parte de la vida propia desde el comienzo. No sólo en el sentido de que uno podría preverla y prepararse para ella, sino, sobre todo, en el de que su contenido está ya, al menos en parte, determinado. En el pasado, esto era la clave de la clarividencia. Más tarde las nuevas luchas por la libertad desacreditaron todo tipo de determinismo. La noción de libertad absoluta vino acompañada por el nacimiento del tiempo histórico lineal. Tal libertad era el único consuelo. Sin embargo, la predicción de los acontecimientos futuros o la pre-existencia de un destino solamente implican determinismo y, por consiguiente, una decisiva pérdida de libertad, cuando el tiempo es unilineal. Si hay una pluralidad de tiempo, o si el tiempo es cíclico, la profecía y el destino pueden coexistir entonces con la libertad de elección.

[…]

‘Para Dante, el tiempo es el contenido de la historia que se siente como si fuera un solo acto sincrónico. Y a la inversa, el objetivo de la historia es mantener unido al tiempo a fin de que todos sean hermanos y compañeros en la misma búsqueda y conquista del tiempo’ (Osip Mandel’shtam).

De todo lo que hemos heredado del siglo XIX, lo único que nadie se ha atrevido a poner verdaderamente en duda han sido ciertos axiomas relativos al tiempo. La Izquierda y la Derecha, los evolucionistas, los físicos y la mayoría de los revolucionarios, todos ellos aceptan, al menos a un nivel histórico, la visión decimonónica, unilineal y uniforme, del ‘paso’ del tiempo.

Sin embargo, la noción uniforme del tiempo, según la cual todos los acontecimientos pueden relacionarse temporalmente, depende de la capacidad sintetizadora de la mente de cada cual. Las galaxias y las partículas no plantean problema alguno en sí mismas. La raíz del problema es fenomenológica. Uno se ve obligado a partir de la experiencia consciente.

Pese a los relojes y a la rotación regular de la tierra, el paso del tiempo se experimenta con un ritmo desigual. Esta impresión suele ser rechazada por subjetiva, pues el tiempo según la idea que de él se tenía en el siglo pasado, es objetivo, incontestable e indiferente; de una indiferencia sin límites.

Pero, tal vez no deberíamos rechazar tan a la ligera nuestra experiencia. Supongamos que uno acepta la existencia de los relojes: el tiempo no va a acelerar ni a aminorar su marcha; sin embargo, nos parecerá que no sierre pasa a la misma velocidad debido a que nuestra experiencia de su paso entraña no uno, sino dos procesos dinámicos opuestos entre sí: el tiempo en tanto que acumulación y el tiempo en tanto que disipación.

Cuanto más profunda sea la experiencia de un momento, mayor será la acumulación de experiencia. Por esta razón, el momento es vivido como más largo. Se logra detener la disipación del paso del tiempo. La duración experimentada no es una cuestión de longitud, sino de profundidad o densidad. Proust lo entendió muy bien.

No se trata solamente de una verdad cultural. En la naturaleza encontramos un equivalente de este aumento de la intensidad del tiempo vivido en esos días de primavera y principio de verano, en los que la lluvia y el sol se suceden en una continua alternancia, cuando las plantas crecen, de un modo casi visible, varios milímetros o centímetros al día. Estas horas de espectacular crecimiento y acumulación son inconmensurables si se las compara a las horas del invierno, cuando la semilla yace inerte en la tierra.

El contenido del tiempo, lo que el tiempo acarrea, parece que encierra otra dimensión. El que la llamemos cuarta, quinta, o incluso tercera dimensión (en relación con el tiempo) carece de importancia, y sólo dependen del modelo espacio/tiempo que estemos utilizando. Lo que importa es que esta dimensión es difícil de amoldar en el paso del tiempo regular y uniforme. Puede haber un sentido en el cual el tiempo no arrastre con todo lo que encuentra por delante. El afirmar que sí lo hace constituía un artículo de fe característico del siglo XIX.”

John BergerJohn Berger, Páginas de la herida, Madrid, Visor Libros, 2003 (ed. original 1995), pp. 102 y 103-104.



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