La literatura y la Revolución Alemana de 1918: Alfred Döblin (III)

Brose-Zenk descagó su ira con el pacífico Motz:

–¡Ja! ¿Qué me dices ahora de esta historia? ¿Van a prender fuego a Berlín mañana, o sólo hacen como si fueran a hacerlo?

–No van a prender fuego a Berlín –canturreó el otro, que fue a encenderse un cigarrillo, lo que Brose le impidió:

–No fumes ahora, está en juego nuestra existencia. Respóndeme.

–Ya he oído muchas veces a Liebknecht. Siempre habla así. No sé más.

–¿Y?

–¿Qué?

–¿Y si prende fuego a todo? ¿Entonces qué? ¡Has visto la furia que tiene ese hombre! ¡Y desfilan durante horas! Y le escuchan a él, el pirómano, el Nerón. Y quieren que estemos tranquilos.

Motz pareció no inmutarse. Brose le dio un codazo:

–¿Por quién apuestas tú, por Liebknecht o por quién?

–¿Por quién apuesto? No lo sé. Puedes apostar por Liebknecht. ¿Por qué tienes que apostar?

–Eso es problema mío.

–Puedes apostar por Liebknecht.

–¿A que prenderá fuego a Berlín?

–No, a que no hará nada. No hará nada, Brose, créeme. No prenderá fuego a nada. No hará ningún daño.

–Pero habla.

–Eso es cierto, habla. Un montón. Los otros también. No hay que hacerles caso. Cuando tienen sus banderas y bandas de música y pueden imprimir lo que quieren, se sienten bien. Y ¿por qué no se les va a conceder eso después de una guerra tan larga? De comer no se les da nada. Al menos así pueden quejarse.

Brose escucha en tensión:

–¿Eso es lo que crees?

–Banderas y bandas, sí. Por lo demás –susurraba, rodaban suavemente sobre el asfalto, el cochero podía oír–, si su hermoso emperador hubiera ganado la guerra, estarían entusiasmados, y en lugar de La Internacional oirías por Berlín, de la mañana a la noche, ‘Salve, corona de laurel y patatas con piel’, y esos mismos saldrían a la calle con banderas y tambores y desfilarían. La única diferencia es que los discursos los habrían pronunciado otros.

–Más agradables, creo.

–Yo tampoco los habría escuchado. ¡Brose, cómo te excitas con esta gente! Si Guillermo hubiera vencido, hubieran engordado con él. Ahora sienten alegría por el mal ajeno, le niegan el pan y la sal y maldicen porque todo ha quedado en nada. ¿Para qué todo esto? Ellos no lo saben. Por eso salen a pasear y piensan: se va a enterar todo el mundo de lo que vale un peine. Y desfilan hasta fundir la nieve, y Barth y Molkenbur y Liebknecht tienen que hablar.

Brose contempló pensativo a su amigo.

–Y luego qué.

–Todo volverá a calmarse.

–Eres muy optimista.

–Al contrario, soy un avezado pesimista –dijo Modz, y encendió de todos modos un cigarrillo–, perdona, pero pasadas las dos mi estómago ya no aguanta. Pesimista, porque, ¿en qué va a terminar todo este pasear y hablar? Hoy es miércoles 20. El 9 empezaron su revolución, y tú y yo seguimos tan libres como el 1 de noviembre o el 1 de octubre. Esto no es una revolución. Si yo fuera revolucionario, metería en el trullo a gente como tú y como yo el primer día.

Brose, indignado:

–¿Por qué a mí?

Motz respondió, alzando la voz:

–¿Por qué a mí? ¿Por qué a ti? ¿Por qué? A mí porque he sido un inútil, un parásito, durante toda la guerra, y porque la terrible miseria que veo todos los días, pero rehúyo, no me mueve a hacer nada. Porque acepto con fatalismo el desplome del imperio. Brose, tú sabes que digo la verdad. Así es como soy. Ahora voy contigo en coche de punto. Luego comeré contigo. Ayer también estaba satisfecho, a ratos feliz. Todo esto no  puede ser. Tendrían que detenerme por parásito. Y a ti…

–Sí, ¿por qué a mí? Además, esos obreros que se pasan todo el día desfilando, haciendo huelga o yendo a entierros, ¿no es eso también no hacer nada?

Motz:

–Yo también los metería en la cárcel a ellos. Pero a ratos trabajan. Sin embargo, a ti habría que arrestarte, en primer lugar, porque me dejas hacer el vago, lo que es un crimen contra mí, debería educarme para hacer de mí un miembro consciente de la sociedad humana. Y en segundo lugar –movió lentamente la mano abierta de un lado a otro, con gesto equívoco–, porque –susurró al oído de Brose– eres un traficante.

Brose sonrió:

–Dios lo permita.

Motz:

–Amén.

 

BURGUESES-Y-SOLDADOSAlfred Döblin, Noviembre de 1918. Una revolución alemana (Obra en tres partes. I: Burgueses y soldados), Barcelona, Edhasa, 2011 (ed. original 1939), pp. 358, 359 y 360.



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