La literatura y la Revolución Alemana de 1918: Alfred Döblin (II)

“–No he tocado nada, pensado nada, sabido nada. Madre, vivimos en un abismo. Cómo podía ser aniquilado y desaparecer, madre, como un grano de polvo al que se sopla, lo que nos ha enviado a millones de nosotros a la guerra y ha sacrificado y matado jóvenes y viejos: eso desaparece como un fantasma con el canto de un gallo, el imperio, el imperio alemán, el marco de nuestra existencia. No he leído periódicos, pero sé lo bastante. El emperador de Holanda, el príncipe heredero, todos los príncipes se han ido, y una chusma de gente que nadie conoce ocupa su lugar… y nosotros, ¿cómo debemos pensar? Qué desenmascaramiento, madre.

–Es la derrota, Friedrich.

–Y ni siquiera el hecho de que millones estén ahí abajo, los muertos, y que haya millones de mutilados, los ha mantenido unidos. Qué vergüenza, y eran nuestro sustento, el marco de nuestra existencia.

–Friedrich, ¿qué habrían debido hacer tras la derrota?

Cruzó los brazos y no dijo nada durante largo tiempo. Luego tocó la mano de su madre:

–¿De qué derrota hablas?

–De ahora, de 1918.

–La derrota está mucho más atrás. Aún no he encontrado sus raíces. Se puede ser vencido, pero no se sucumbe, y no así. Esto es desenmascarador. No podían morir, temían a la muerte como burgueses. No tenían la debida relación con la vida y la muerte… –miró a su madre, que lo miraba expectante, y añadió–: No eran auténticos” (p. 337).

 

***

“[…] hoy era un gran día, el entierro de las víctimas de la revolución, y quería tomar parte en él como tranquilo espectador. Porque el señor Brose-Zenk especulaba, y quería hacerse una idea de qué cabía esperar de esta revolución.

Siempre había estado al lado de los burgueses, claro, dónde si no había dinero. No había logrado convertirse en un auténtico beneficiario de la guerra. No se había acercado a la gran industria y a los verdaderos suministros al ejército. Por eso se había dedicado a pequeños negocios de alimentación y al juego, por el que, además, sentía inclinación. Pero ahora venteaba el aire de la mañana. También su momento había llegado. Los grandes caen, y los pequeños ascienden. Hay justicia en el mundo. Con tales pensamientos se vistió, o se desvistió. El arrugado traje era inutilizable por el momento. Contempló en el armario un traje oscuro con algunas rayas blancas, que podía emplear eventualmente, y le pareció adecuado. Mientras se lavaba, observó su rostro, cansado, sin duda, pero, con la mojada barba, benevolente, inspirador de confianza, incluso divertido, ¿o es que no tengo imaginación? Se volvió, aún con las mejillas enjabonadas, hacia la mesa, donde yacía una revista ilustrada que tenía en el reverso, en medallones, fotos de varios miembros del gobierno, comisionados del pueblo, etcétera. Al fin y al cabo, tengo tan buen aspecto como ellos, pensó; consejeros todos, consejeros de soldados, consejeros de obreros. Mi madre me aconsejó que me hiciera consejero de comercios; ellos aún no tienen consejeros de comercio, podrían necesitar alguno” (pp. 342-343).

 

***

“La densa caravana llevaba media hora avanzando –dobló, al otro lado del puente, hacia la Königgrätzer Strasse, para alcanzar la puerta de Branderburgo–, cuando se acercaron timbales y tambores, música fúnebre; las cabezas se descubrían calle abajo, los coches de cuatro caballos con ataúdes se acercaban. Los dos primeros coches llevaban tres ataúdes cada uno, dos el último. En el ataúd blanco yacía la trabajadora. Detrás, caminaban marineros, con el fusil colgado a la funerala. La muerte y los vengadores. Ése era el punto culminante de la caravana. Por donde pasaba, esparcía horror, espanto entre la gente; por eso estaban allí, no se trataba de un simple desfilar y mirar. Fíjate, esto ocurre, también te puede pasar a ti. Y la amenaza, los marineros detrás de los armones. El hechizo no se rompió cuando la inquietante escolta hubo pasado; pasó largo rato hasta que la masa, conmovida, volvió en sí y recobró el habla. Marchaban los obreros de Berlín, los miembros de las agrupaciones electorales, hombres y mujeres, grupos juveniles, tropas de la guarnición de Berlín (pero las del frente aún no habían llegado).

Las bandas de música se sucedían. Una y otra vez, La Internacional y La Marsellesa” (pp. 349-350).

 

***

“[…] cuando ese Liebknecht empezó a hablar, enseguida fue distinto que con los anteriores. Los abanderados alzaron sus banderas con orgullo y asentimiento, saludaron a su líder; el rumor malhumorado de las masas de fuera amainó, se oyeron gritos:

–¡Silencio! Es Liebknecht.

El grito de ‘silencio’ se extendió; hasta en la plaza del palacio supieron que ahora empezaba Liebknecht; ahora hablaría sin altavoz alguno por encima de grandes filas de calles, sobre medio Berlín.

El tribuno de la plebe era delgado, tenía un rostro pálido e inquieto; sus ojos, marcados por la falta de sueño, se volvían sin fijarse a derecha e izquierda; el oscuro bigote colgaba descuidado sobre la boca. De vez en cuando, aquel hombre aún joven apretaba los dientes con una especie de permanente furia e indignación que le impedía seguir el hilo de sus pensamientos. Parecía ser el único en el cementerio que no se daba cuenta de cómo se bebían sus palabras las gigantescas masas humanas. Hablaba alto, con fuerza, a impulsos irregulares, estaba ronco y a veces tropezaba en sus propias palabras.

Su arranque fue tonante como un cántico de venganza y victoria:

–Los Hohenzollern habían esperado desfilar triunfales bajo la puerta de Brandeburgo al final de la guerra. En su lugar, es el proletariado el que lo ha hecho. Los Hohenzollern han huido, todos los tronos de Alemania han caído. Ninguno de estos señores ni sus cobardes adeptos se dejan ver. Se han metido en sus ratoneras. Los señores generales, los terratenientes, no se atreven a presentarse ante nosotros y rendir cuentas, y con razón; esos explotadores, esas sanguijuelas, esos zánganos, huyen del pobre pueblo trabajador, del que han vivido y que ahora se los ha sacudido y pisoteado. El tiempo del genocidio ha pasado, a los criminales del trono se les ha puesto coto al fin; cubiertos de insultos y de vergüenza, malditos y odiados por todo el mundo, proscritos, han escapado miserablemente, detrás de gafas negras, chupasangres incesantes. El odio, la maldición del pueblo hambriento, asesinado, amordazado, les perseguirá hasta el extranjero.

El tribuno de la plebe llevaba una levita negra que le colgaba arrugada y suelta. Su nerviosa cabeza, cuyos oscuros cabellos ondeaban sobre su frente y orejas, se volvió durante las últimas frases hacia arriba, hacia el cielo gris; a él había clamado. Ahora, aquel hombre apretaba y rechinaba los dientes y se entregaba a su ira. Un odio solitario e indomable había explotado: una pica de ese odio. ¿Por qué le escuchaban con tal tensión? Porque no era ningún orador, porque, aunque hablaba, no se dirigía a ellos, porque tan sólo daba expresión ante ellos a su dolor; pero era un sentimiento auténtico, un torrente de dolor, y mientras el torrente se despeñaba lo arrastraba consigo, y quién no llevaba en su interior amargura, ira y odio después de aquella guerra. Ah, el tiempo de la impotencia había pasado. Iban a volver a ser elevados a la altura de seres humanos” (pp. 352-353).

 

A.DOBLINAlfred Döblin, Noviembre de 1918. Una revolución alemana (Obra en tres partes. I: Burgueses y soldados), Barcelona, Edhasa, 2011 (ed. original 1939).



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