La literatura y la Revolución Alemana de 1918: Alfred Döblin (I)

Bottrowski a Heiberg (dos soldados):

“–El sábado, a las nueve, todos estábamos en la calle. El sargento Rebholz, un tipo fantástico, se encargó de todo. Telefoneó a todos los regimientos diciendo que formaran consejos de soldados, todo fue sobre ruedas. Tan sólo el quince y el diecinueve de zapadores pusieran pegas. Luego, a las diez, fuimos al ayuntamiento, con Peirotes, que aquí es el nuevo alcalde… socialista. Va a formar un consejo de obreros. Y todo el mundo en procesión, con la bandera roja delante, él en coche, hacia la plaza Keber.

–Y luego la policía: la desmantelamos. Y pusimos patrullas en las cárceles –Bottrowski posó ambas manos sobre la mesa, un hombre robusto y de mejillas llenas; su embriaguez se había esfumado, serio, sin odio, orientaba a su antiguo superior–: Estuve con mi chopo en tres sitios. Los carceleros dijeron que había delincuentes comunes entre ellos, ladrones, violentos. Y yo dije: ahora hay amnistía. Cualquier rey tiene derecho a liberar gente por su cumpleaños. Nosotros tenemos el mismo derecho. Y ellos tuvieron que cerrar el pico. No quedó dentro ni una rata. A los de la policía, les quitamos todos los documentos secretos. Algunos que están aquí van a pasar mucho tiempo entre rejas” (pp. 46-47).

*   *   *

“[…] el alto farmacéutico ya está arriba [de una tribuna]: ‘El pueblo alsaciano, la gran hora, añicos, saludamos, como demócratas decimos y prometemos solemnemente ante el mundo entero que reine la paz. ¡Paz!’. Júbilo inmenso. ‘¡Que nadie atente contra nosotros! El pueblo alsaciano necesita su libertad como cualquier otro pueblo. Os tendemos una mano fraterna’” (p. 61).

*   *   *

“Rezaré, se dijo [un cura], al dejar caer los brazos y mirar fijamente ante sí; tengo que rezar. Y se dirigió, sordamente, como hacia una tarea, al escritorio, donde cogió el crucifijo de plata y lo puso en un extremo de la mesa. Y acercándose más se arrodilló, las trompetas tocaban, más alejadas: ‘Oh, Alemania, resiste la tempestad’. Y susurró, de rodillas ante su escritorio, agarrando el crucifijo con ambas manos, con la cabeza apoyada en el canto de la mesa:

–Gran Dios, tengo mucho que rogarte. Soy un anciano. Tienes una infinidad de cosas que perdonarme. Y si yo no supiera quién eres, si tan sólo te imaginara humano, ya no me atrevería a dirigirme a ti. Pero tu bondad es inconmensurable, tu clemencia, infinita. Tú eres el misericordioso del cielo, que nos ha creado y cuyo nombre llevo a diario en mis labios y del que no sé nada, nada de su existencia, de su poder y de su amor. Tienes que prestarme menos atención que a una de las cien personas a las que tutelo, porque ellas son pequeñas e ignorantes, pero yo te conozco y aun así te pierdo. Oh, ahora estoy abatido, señor. Ahora vengo hasta ti de rodillas. Con tu hijo, cuya imagen sostengo en mis manos. ¡Te imploro, Señor, gran juez omnipotente, sálvanos! Hazme una señal, para que sepa que lo imposible, lo impensable, no ocurrirá. El emperador huye, el imperio se disgrega. Gran Dios del cielo, pídeme cuentas por mis pecados, por mi abulia, exígeme lo que quieras. He sido tu servidor a pesar de todo, un mal servidor, inconsciente, lento; la comodidad, la rutina me ha hecho malo. Oh, mi redentor, amadísimo señor Jesús, tú que conoces la naturaleza humana porque caminaste hecho carne, ayúdame a alcanzar el perdón, ya soy un hombre viejo y rígido devuélveme la esperanza en mis últimos días. ¡No nos aniquiles, señor! No nos aniquiles.

Y apretó el crucifijo entre las manos y rechinó los dientes. Se levantó, dejó el crucifijo en su sitio en su pequeño pedestal de mármol, y se dejó caer pesadamente en su silla de trabajo. Sintió: no hay esperanza; no puedo rezar.

Y las amargas lágrimas cegaron lentamente sus ojos […]” (pp. 68-69).

*   *   *

Dos oficiales con rango:

“Y mientras el anciano movía impaciente la gorra en su regazo, el mayor contrajo las mejillas, aguzó los labios y miró el periódico. Un nervio palpitaba junto a sus ojos y en la comisura de los labios. En voz baja y contenida leyó:

–El nuevo gobierno ha asumido la dirección de los asuntos públicos para proteger al pueblo alemán de la guerra civil y el hambre, y para atender sus justificadas exigencias de autodeterminación.

Se detuvo, con la mirada puesta en el papel. El viejo balanceó la gorra:

–Siga.

Las aletas de la nariz del mayor se abrieron, su rostro recobró el color:

–Qué hermoso, mi general: proteger al pueblo alemán de la guerra civil y del hambre…

–Ridículo –graznó el general–, ¿quién causa la guerra civil y el hambre? ¡Ellos!

–No, precisamente ellos no –levantó el papel tal como se coge un gato por el pescuezo–: Ellos no lo hacen. Escuche, mi general –y volvió a bajar la hoja, la apoyó sobre sus rodillas y se lanzó a leer el siguiente párrafo–: Nos habíamos quedado en las justificadas exigencias de autodeterminación. La autodeterminación cotiza alto hoy, Wilson la ha puesto en sus catorce puntos, y en nuestro país los trabajadores, los socialistas, el hombre pequeño, también quiere hablar. ‘El nuevo gobierno sólo podrá cumplir esa misión si todas las autoridades y funcionarios, en las ciudades y en los pueblos, le tienden la mano para ayudar.’

–Ridículo, ya pueden esperar sentados.

Con el periódico en la mano, el mayor recorrió la estancia a zancadas, rodeando la mesa:

–No diga eso, mi general. La mano tendida se la brindaremos nosotros al nuevo gobierno. Pero no debemos ayudarles a salir demasiado pronto de su pequeño apuro.

Y reapareció su humor primigenio:

–Sé, escribe el nuevo canciller, que a muchos les costará mucho trabajar con los nuevos hombres que han acometido la tarea de dirigir el país. Se imagina lo que pensamos, presiente algo, teme, pero corteja, no renuncia. Dice: Apelo a su amor a nuestro pueblo –el mayor se levantó, apoyó la mano en la mesa y rió reconfortado, agitando el periódico–: Sí, así es. A veces costará trabajo. Pero apela a nuestro amor al pueblo. Es como cuando alguien muere en una familia: se perdonan todas las ofensas, ¿verdad?; él se ha hecho cargo del gobierno, y no es ninguna broma, no es ninguna broma para el camarada Ebert.

El general se dio una palmada en el muslo y gritó:

–Esos tipos son unos sinvergüenzas, habría que echarlos a latigazos.

–Nos invita. Ocupa el poder, es cierto, de lo contrario usted y yo, mi general, no estaríamos aquí y no habríamos tenido que firmar esa porquería de antes. Ocupa el poder y nos invita…

–¿Y qué dice usted a eso?

–Que es un asno increíble, que es un asno de tal envergadura que cuesta trabajo imaginarlo. Se siente débil, mi general. Es un simple burro. Preferiría mil veces haber dejado atrás todo esto del gobierno.

–Entonces, que lo deje y no nos maltrate” (pp. 94-95).

*   *   *

El pensar y el sentir de un soldado:

“–Es la paz, la vida. La vida… Te saludo, amable paz. Ahí estás. Sigue ahí. Sigue siempre ahí. No me abandones más, amable paz. Venimos de la guerra… una larga, cruel y terrible guerra. Hemos hecho lo que hemos podido. Fuimos a ella jóvenes. Volvemos paralíticos, mutilados. Y sedientos, hambrientos de ti, febriles. La guerra era el despertador que rechinaba junto a nosotros, siempre pensamos: ya estamos despiertos, para, y no paraba, pero ahora está silencioso. Viajamos, venimos, paz, aquí estamos. Ah, volver a verte, volver a intentarlo todo, ya no creíamos que nos llenaríamos de esto” (p. 203).

*   *   *

“Los oficiales navales querían ofrecer batalla al inglés, que, mucho más fuerte que ellos, acechaba fuera. Porque, como en aquel noviembre era seguro que no se podía vencer en ningún sitio del mundo, ni por mar ni por tierra, querían al menos sucumbir con gloria. ¿Quiénes? Los oficiales. En cambio, los marineros opinaron que para eso hacían falta dos. Porque en los barcos en los que los oficiales querían morir también estaban ellos. Y no estaban dispuestos a tal cosa. Por eso, cuando llegó la hora de zarpar, no ardía ningún fuego en las calderas de los barcos. Tampoco los fogoneros querían morir. Ya Federico el Grande había tenido que vérselas, en la batalla de Kunesdorf, con la peculiar aversión de los hombres, incluso de los soldados, a ir a una muerte demasiado clara. Había rugido: ‘¿Es que queréis vivir eternamente?’. Pero incluso eso animó a pocos. Los generales pronto averiguan que la gente muere a disgusto cuando se las arrastra de la nariz. Desde luego, cuando han superado ese difícil punto, el de morir, yacen tranquilos, pero eso no sirve de mucho al general” (p. 222).

*   *   *

Dos soldados:

“Jörg, el más joven, confió a su amigo:

–En el fondo, la gente de Estrasburgo es muy razonable. En Schiltigheim estuve hablando con mi tío, y su vecino se nos juntó. Me miran con los ojos muy abiertos porque soy marinero, y preguntan qué clase de teatro estamos haciendo. Deberíamos avergonzarnos, dicen, porque, ¿por qué nos han metido en la marina? Porque somos alsacianos y los prusianos no se fían de nosotros. Y todo lo demás que han hecho… Dicen: Nos hemos librado de los suabos, y está bien así. El cura también lo dice.

-Entonces será verdad.

-No queríamos más, eso es lo que dicen todos.

–¿Y qué dices tú?

–Que no es tan irracional.

–Eso dices tú, Jörg. ¿Y qué haces con los franceses? Nosotros queremos el socialismo, la revolución. Lo has visto en Wilhelmshaven.

Jörg reflexionó:

–No queríamos salir contra los ingleses. Eso fue lo que hicimos. Y luego queríamos volver a casa.

–Muy bien, Jörg, ahora tirémonos los trastos a la cabeza. Te has dejado convencer por tu gente. Queremos la revolución, y abajo con todo. Para que haya orden en el mundo.

–Eso es lo que dije también en casa. Pero se mantienen en sus trece.

–Entonces deja a esos burros. Como si importase lo que piensan en Schiltigheim. ¿Crees que mi viejo habla de otro modo? ¿Y mi hermano? ¡Ja! No es eso lo que importa.

Se quedaron en silencio. Jörg estaba encogido. Y, en verdad, al cabo de un rato volvió a empezar:

–No puedo imaginarme cómo es lo del socialismo. Ni si los soldados franceses lo querrán también.

–Enseguida. A la primera. Déjalos dos semanas aquí, y cundirá en ellos y por toda Francia.

–¿Abajo los oficiales?

–Exactamente igual que con nosotros. Y abajo con el que no quiera.

Larga pausa. Jörg:

–¿En el socialismo se trabaja?

–Menos que ahora. Puedes imaginarte. No hay ni ejército ni marina, y por tanto hay más gente disponible, y toca a menos trabajo por cabeza. Y luego todos los ricos…

–Será a los primeros que les toque.

–Claro. Ya han descansado bastante. Los vamos a brear. Los banqueros y los consejeros de administración, todos esos panzudos. Imagínate.

–Grandioso. Las mujeres también.

–Claro.

–¡Pues entonces!

–¿Y qué ganaremos?

–Más que hoy. Todo va a repartirse. Ya no nos dejaremos explotar. El beneficio irá a parar al Estado, que lo repartirá. Ya no tendrás que comerte el rancho mientras el señor director se toma cinco platos en el restaurante y encima tiene una señorita al lado. Todo por igual” (pp. 304-304).

*   *   *

“Como por un enjambre de moscas, el millonario ejército en retirada iba rodeado de una nube de dispersados, fugitivos, desertores… El gran monstruo asesino de los dos frentes se había tendido en el pacífico campo. Al fértil suelo no le había importado mucho que lo arañasen por un tiempo con granadas y bombas. Aquellos millones de cadáveres le resultaban inusuales, pero también estaba preparado para eso, y aceptaba sin distingos a jóvenes y viejos, reclutas y reservistas, eruditos, estudiantes y campesinos. Los recibía a todos, sorprendido de que vinieran tantos de una vez. Pero tranquilizaba a los recién llegados y murmuraba, gruñón: Ya veis lo que teníais allí arriba, poneos cómodos conmigo. Y trataba a todos del modo más suave, de forma que pronto olvidaban la crueldad de la superficie.

En los pueblos pequeños y grandes, en las granjas abandonadas y cosidas a balazos, en agujeros en el suelo, en los espesos bosques franceses, había hordas de dispersos y fugitivos. Si se les contaba, eran muchos miles, y cuanto más avanzaba la guerra tantos más se sumaban a ellos. Antes de la guerra, ningún llamamiento a la huelga general habría movido tales masas. Lo que ninguna gran palabra, ninguna orden política, ninguna enseñanza pacifista había conseguido, lo logró la sencilla confusión de la guerra. Franceses, rusos, alemanes, soldados y civiles se sentaban unos junto a otros y se defendían juntos… de la guerra” (pp. 310-311).

 

IMAG0240Alfred Döblin, Noviembre de 1918. Una revolución alemana (Obra en tres partes. I: Burgueses y soldados), Barcelona, Edhasa, 2011 (ed. original 1939).



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