Verónica Volkow sobre la poesía de Roberto Bolaño: “Una máquina del tiempo”

Leemos en el blog Archivo Bolaño una nota de BBC Mundo titulada “Los años mexicanos de Roberto Bolaño:

En la década de los años 70, otro tipo de revolucionarios -más jóvenes, igual de beligerantes- también se encontraban ahí para complotar: los infrarrealistas, encabezados por un joven chileno de gafas, pelo largo y un eterno vaso de café con leche en las manos. Roberto Bolaño. “Era donde nos reuníamos y bebíamos. Llegaban los infrarrealistas, los amigos del infrarrealismo, los medio infrarrealistas… A veces de ahí se partía en vagancia, en los recorridos por las calles de México que era la otra parte: café y la cosa deambulatoria”. Así lo recuerda el poeta peruano José Rosas Ribeyro, integrante de los infras, un movimiento furiosamente contestatario y marginal.
“Éramos gentes con un estado de espíritu común. ¿Frente a qué? Frente a una cultura completamente encadenada y encerrada en una clase social y un grupo mafioso que dirigía un tipo de gran valor, Octavio Paz. Él cómo poeta y ensayista es extraordinario, pero estaba rodeado de una banda de mediocres que eran su corte y esa corte tenía encerrada la cultura mexicana con cuatro llaves”, le dice a BBC Mundo.
“Roberto era un tipo gracioso, medio pesado, hay que decirlo. Tenía un ladito medio arrogante. Siempre creyó en sí mismo. Si bien estaba dentro de la marginalidad, su marginalidad no era la de Mario Santiago. La de Mario era autodestructiva. Llevaba hacia la nada. Hacia lo que terminó”.
Allí, en sus años mexicanos, en su trasegar por la calles del DF y en las interminables conversaciones sobre poesía y vida, poesía y muerte, se gestaría el Roberto Bolaño que después sorprendería al mundo con una obra fulminante, escrita en poco más de diez años.
La parte de México
El Infrarrealismo -como el Nadaísmo en Colombia, o el Techo de la Ballena en Venezuela- fue un eco tardío pero muy latinoamericano de los movimientos vanguardistas europeos, como el dadaísmo y el surrealismo. Es probable que su fama no hubiera pasado de capillas de iniciados y círculos académicos, pero la publicación en 1998 de la novela de Roberto Bolaño Los detectives salvajes cambió todo.
En la primera parte de la novela se retrata vida y milagros de un movimiento poético marginal en la capital mexicana: los Visceral Realistas. Un trasunto de sus experiencias de los 70.
“Cuando sale Los Detectives Salvajes, aquello explota. Y dicen, bueno ¿qué es esto? ¿De dónde sale esta novela? ¿Existe este grupo? Yo estoy en Chile y ni saben que realmente existe el infrarrealismo, creen que Roberto se lo inventó todo”, rememora Rubén Medina, otro cuate infrarrealista de Bolaño, hoy un respetado profesor de literatura en la Universidad de Wisconsin-Madison, Estados Unidos.
Medina (quien en otoño publicará en México una monumental antología de los infrarrealistas) conoció a Roberto Bolaño en el tercero de los ejes -con cafés y caminatas- del grupo: los talleres literarios. “Lo conocí a través de Mario Santiago, en el otoño del 75. Solía asistir a talleres literarios, básicamente a buscar nuevos poetas y dar a los escritores jóvenes otra visión”, le cuenta a BBC Mundo. “En esos momentos ya estaban empezando a organizar un grupo. A partir de ese día empezamos a vernos casi a diario. A caminar, escribir poemas colectivos, hablar sobre poesía mexicana, latinoamericana. Poesía en general”.
Ya en ese entonces la armazón de disciplina, beligerancia y profundo conocimiento literario estaba casi formada en Roberto Bolaño. Con trabajo de galeote adquirió una prosa hipnotizante que se nutría de lugares tan disímiles como poesía, ciencia ficción o novela negra. “Roberto era una persona muy enfocada, que desde temprano sabía lo que quería. Dedicadísimo a la literatura, leyendo diario, tomando notas. Vivía para la literatura y tenía un conocimiento bastante amplio de lecturas, de movimientos. Era una persona súper inteligente y con una habilidad para presentar ideas, para debatirte, para cuestionar”, dice Medina.
Fue también en esa época que lo conoció Verónica Volkow, nieta de León Trosky, poeta por derecho propio, traductora y en la actualidad profesora de literatura del siglo XVII en la UNAM. “Lo ubico dentro del grupo y recuerdo este carácter extremadamente desafiante, arrojándote a la cara que para escribir poesía tenías que llevar una vida tipo Rimbaud: ir en contra de todos los valores establecidos, desafiar los valores burgueses, sin concesiones. Una praxis muy sustentada en el impulso del instinto”, le dice a BBC Mundo. Y agrega: “A mí lo que más me gusta -aunque no soy especialista en su obra- es la poesía. Y la parte de la narrativa que más me gusta es la recuperación de atmósfera, de cómo era la poesía en esa época, de cómo eran los talleres literarios, de las dinámicas, de los sentimientos que teníamos todos al acercarnos a la poesía en esa generación. Es de una fidelidad maravillosa. Una máquina del tiempo”.

La nota completa acá.



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