“el primer cuerpo legislativo en la historia que representaba a los pobres” (‘Marx en el Soho’)

¿Conocéis ese magnífico episodio de la historia de la humanidad, la Comuna de París? La historia empieza estúpidamente. Me refiero a Napoleón III.

Sí, el sobrino de Bonaparte.

Era un bufón, un actor en el escenario sonriendo al público mientras dieciséis millones de campesinos franceses vivían en oscuras cabañas sin ventanas, sus niños morían de inanición. Pero como tenía una legislatura, como la gente lo había votado, se creía que había democracia… Un error muy común.

Bonaparte quería gloria, por lo que cometió el error de atacar al ejército de Bismarck. Fue rápidamente derrotado, y a continuación de la victoria germana, las tropas marcharon sobre París y fueron recibidas por algo más devastador que las armas: el silencio. Encontraron las estatuas de París cubiertas con banderas negras.

Una resistencia inmensa, silenciosa e invisible. Hicieron lo más sensato, atravesaron el Arco del Triunfo en formación y se marcharon rápidamente.

Y el viejo orden francés, la República. Liberales, se llamaban ellos mismos. No se atrevieron a ir a París. Temblaban de miedo porque los alemanes se habían ido y París había sido tomada por los trabajadores, las amas de casa, los dependientes, los intelectuales, los ciudadanos armados. La gente de París no formó un gobierno, sino algo más glorioso, algo que los gobiernos de todas partes temen, una comuna, la energía colectiva del pueblo. ¡Era la Comuna de París!

La gente reunida 24 horas al día, por toda la ciudad, en grupos de tres o cuatro, tomando decisiones juntos, mientras la ciudad era rodeada por el ejército francés, amenazando con invadirla en cualquier momento. París se convirtió en la primera ciudad libre del mundo, el primer enclave de libertad en un mundo de tiranía.

Le dije a Bakunin: “¿Quieres saber lo que es la dictadura del proletariado? Mira la Comuna de París. Esa es la verdadera democracia.” No la democracia de Inglaterra o América, donde las elecciones son circos, con la gente votando por uno u otro guardián del viejo orden, donde cualquiera sea el candidato que gane, el rico sigue dirigiendo el país.

La Comuna de París. Vivió sólo unos pocos meses pero fue el primer cuerpo legislativo en la historia que representaba a los pobres. Sus leyes eran para ellos. Abolió sus deudas, pospuso sus alquileres, obligó a las casas de empeño a devolverles sus más preciadas pertenencias. Rechazaron cobrar más que los trabajadores, redujeron las horas que trabajaban los panaderos y planearon cómo dar entrada gratis al teatro a todo el mundo.

El gran Courbet, cuyas pinturas habían asombrado a Europa, presidía la federación de artistas. Ellos volvieron a abrir los museos y montaron una comisión para la educación de las mujeres, algo inaudito hasta entonces. Se aprovecharon de los últimos adelantos en ciencia, el globo aerostático, y elevaron uno sobre París para sobrevolar la zona rural, lanzando panfletos para los campesinos, con un simple y poderoso mensaje. El mensaje que debería ser transmitido a todos los trabajadores del mundo: “Nuestros intereses son los mismos.”

La Comuna declaró el objetivo de la escuela: enseñar a los niños a amar y respetar al prójimo. He leído vuestras interminables discusiones sobre educación.

¡No tienen sentido! Enseñan todo lo necesario para triunfar en el mundo capitalista.

¿Pero enseñan a los jóvenes a luchar por la justicia?

Los comuneros entendieron la importancia de esto. No educaban sólo con palabras sino también con actos. Destruyeron la guillotina, ese instrumento de la tiranía, incluso de la tiranía revolucionaria. Entonces, llevando pañuelos rojos, portando una pancarta roja enorme, los edificios engalanados con telas de seda roja, se congregaron alrededor de la Columna Vendôme, símbolo del poder militar, una enorme estatua con la cabeza de Napoleón Bonaparte en lo alto. Ataron un cabo a la cabeza, giraron un cabestrante y la cabeza se estrelló contra el suelo. La gente se subió sobre las ruinas. Una bandera roja ahora ondea sobre el pedestal. Se convirtió en el pedestal no de un país, sino de la raza humana entera, y hombres y mujeres mirando, llorando de alegría.

Sí, esa fue la Comuna de París. Las calles estaban siempre llenas, con discusiones por todas partes. La gente compartía cosas. Parecían sonreír más a menudo. La amabilidad reinaba. Las calles eran seguras, sin policía de ningún tipo.

¡Sí, eso era socialismo!

Howard Zinn, Marx en el Soho (1999)

 

* Ver también Entrevista a Carlos Weber, actor de Marx en el Soho: “Marx ha vuelto”; y Reportaje a Carlos Weber, protagonista de Marx en el Soho, de Howard Zinn



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