Niño, edad, hombre (fragmentos de ‘Las tierras blancas’, de Juan José Manauta)

“–No te apurés, comé tranquilo –decía, tratando de dar a su voz la onomatopeya de la lentitud y el ritmo de la tranquilidad, al par que buscaba laminada del niño, a quien el hecho de comer parecía ensimismarlo. Luego de una pausa reflexionó:
–Está bueno. Así que pensás votar cuando seas grande. Vos sos un hombre; te hace falta edad. Seguro que no serás, cuando votés, de esos que le venden la libreta a cualquiera y andan por los corralones detrás del rial y de la tumba.
Odiseo no sabía si negar o asentir, y recurrió, tratando de conformar a su amigo, a los más variados y elocuentes movimientos de cabeza, porque tenía la boca llena de pan y preparada en una mano la primera torta de azúcar negra.
El hombre fumaba y Odiseo comía acosado por una extraña urgencia, con prisa y temeroso a la vez de que se terminaran, junto con lo que comía, todos los alimentos del mundo. Apenas masticaba. Tragaba como un perro vagabundo, rodeado por hambrientos camaradas. Miraba hacia uno y otro lado, temiendo una acechanza o como si el tiempo que le restara vivir no le alcanzara para terminar con el pan y con las tortas negras. Viéndolo tragar, diríase que el comer no fuera una costumbre mecanizada de sus músculos, sino un producto reflexivo y trabajado de su pensamiento. Comía con paciencia, con patética y suprema conciencia”.
“–Malacara –dijo, no como se le habla a un caballo, a un perro y ni siquiera a un hombre, sino como aun niño–. Este sí que es un amigo –agregó.
Durante un segundo Odiseo dejó de masticar.
–Ja, un caballo –pudo decir con la boca llena.
–Sí, señor: un caballo.
–Amigo. Tal vez nomás.
El Panadero seguía acariciando con su diestra las crines del malacara. Sonrió, menó la cabeza y chupó a fondo el cigarrillo. Después dejó el caballo y regresó junto al niño, que engullía el último pedazo de torta. El Panadero se sentó en la arena junto a él.
–Para el animal –dijo el Panadero–, el hombre es como un dios. Y ese dios puede ser bueno o malo, puede darle de comer o dejarlo que se muera de hambre, puede acariciarlo o matarlo a palos. ¿Y vos te creés que el caballo no lo sabe? Este caballo me conoce muy bien, me conoce mejor que mucha gente. Un panadero es un panadero. Yo llego a una casa, entro sin llamar con la canasta y dejo el pan en la cocina. Todos los días, igual. Le gente me mira, pero no piensa en mí, como no piensa en el hombre que fabricó los zapatos que se pone el domingo y como no piensa en el que ordeñó la leche del bebé. ¿Sabés cómo pensaría en mí, en nosotros, y nos tendría en cuenta y nos consideraría? Si un día dejásemos de hacer lo que hacemos y dijésemos: ‘Bueno, ahora trabajen ustedes’. Si un día yo dejara de llevarles el pan, se acordarían de que hay un hombre que es el Panadero, que tal vez tiene mujer, hijos y todo lo demás. ¿Vos sabés lo que es una huelga? –Odiseo meneó la cabeza–. No sabés, claro… Una huelga es cuando los obreros, los que trabajan y producen, dejan de trabajar.
–¿Y por qué?
–¿Por qué? Porque sí. Porque necesitan más jornal y mejores condiciones para trabajar.
Odiseo había terminado de comer y lo miraba silencioso, pero no atento, sino como abstraído en su propia digestión o rememorando nostalgioso el sabor del pan y el de las tortas negras. El Panadero entendió de golpe que Odiseo no podía comprender una charla social dicha en esos términos […]”.
Las tierras blancasJuan José Manauta, Las tierras blancas, Bs. As., Ediciones Atril, 1997 (ed. original 1956), pp. 36 y 37-38.
* Ver también  “Adiós a Juan José Manauta, un autor sin grises”.


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