El arte: “reflejo”, trabajo, transformación (Terry Eagleton)

“[…] tanto para Lenin como para Lukács, el verdadero conocimiento no es entonces una cuestión de impresiones sensoriales iniciales: se trata más bien de ‘un reflejo más profundo y completo sobre la realidad objetiva que el de la apariencia’, sostiene Lukács. En otras palabras, se trata de una percepción de las categorías que subyacen a dichas apariencias, categorías reveladas por la teoría científica o por las grandes obras de arte (según Lukács). Esta es sin duda la versión más reconocida de la teoría del reflejo, pero no es muy seguro cuánto lugar ocupa el ‘reflejo’ en ella. Si el pensamiento puede llegar hasta las categorías que subyacen a la experiencia inmediata, entonces la conciencia es claramente una actividad, una práctica que trabaja sobre esa experiencia hasta volverla verdadera. No está claro qué sentido tiene seguir hablando de ‘reflejo’. Lukács quiere entonces mantenerla idea de que la conciencia es una fuerza activa: en su obra más madura sobre estética marxista, concibe la conciencia artística como una intervención creativa sobre el mundo más que un mero reflejo de él.

León Trotsky sostiene que la creación artística es ‘una deformación, una alteración y una transformación de la realidad según las leyes particulares del arte’. Esta excelente formulación, tomada en parte de la teoría de los formalistas rusos de que el arte consiste en el extrañamiento de la experiencia, modifica cualquier noción simple del arte como reflejo. Pierre Macherey lleva la posición de Trotsky aún más lejos. Para Macherey, el efecto de la literatura es esencialmente deformar más que imitar. Si la imagen coincide punto por punto con la realidad (como en un espejo), entonces es idéntica a ella y deja de ser una imagen. El arte barroco, que presupone que cuanto más nos distanciamos del objeto, más fiel será su imitación, es para Macherey el modelo de toda actividad artística; la literatura es esencialmente paródica.

Podría decirse entonces que la literatura no se encuentra en una relación simétrica, refleja, uno a uno con su objeto. El objeto se encuentra deformado, refractado, disuelto: reproducido menos en el sentido en que un espejo reproduce a un objeto que en la manera en que una performance dramática reproduce un texto dramático o, si puedo arriesgar un ejemplo más aventurado, en la forma en que un automóvil reproduce los materiales de los que está hecho. Una performance dramática es claramente más que un reflejo del texto dramático; por el contrario (y especialmente en el teatro de Bertolt Brecht), es la transformación del texto en un producto único, que implica su reelaboración de acuerdo con las demandas y las condiciones específicas de la performance teatral. Igualmente, sería absurdo decir que un automóvil ‘refleja’ los materiales que intervienen en su construcción. No existe dicha continuidad uno a uno entre esos materiales y el producto terminado, porque lo que ha intervenido entre ellos es un trabajo de transformación. La analogía es, por supuesto, inexacta, puesto que lo que caracteriza al arte es el hecho de que, al transformar sus materiales en un producto, los revela y toma distancia de ellos, lo que obviamente no es el caso de la producción de automóviles. Pero aun siendo parcial, la comparación puede servir para corregir la idea de que el arte reproduce la realidad de la misma manera en que un espejo refleja el mundo.

[…] hay que aclarar que la pregunta por cuán ‘progresista’ debe ser el arte para tener alguna validez es una pregunta histórica, que no puede fijarse dogmáticamente para cualquier época. Hay períodos y sociedades en los que el compromiso político consciente y ‘progresista’ puede que no sea una condición necesaria para la producción de grandes obras de arte; hay otros períodos –el fascismo, por ejemplo– en los que sobrevivir y producir como artista conlleva la clase de cuestionamiento que puede terminar convirtiéndose en un compromiso explícito. En sociedades así, la toma de partido consciente y la capacidad de producir grandes obras van espontáneamente juntas. Tales períodos no se limitan al fascismo. Hay ‘fases’ menos extremas de la sociedad burguesa en las que el arte queda relegado a un estatus menor, se vuelve trivial e impotente, porque las ideologías estéticas de donde provienen no lo nutren de manera suficiente, incapaces de plantear conexiones significativas o de ofrecer discursos convenientes. En tales épocas, la necesidad de un arte explícitamente revolucionario se vuelve urgente. Es una pregunta para considerar con seriedad, aun si no es la época en la que nos toca vivir.”

eagleton marxismo y crítica literariaTerry Eagleton, Marxismo y crítica literaria, Bs. As., Paidós, 2013 (ed. original 1976), pp. 112, 113, 114, 124 y 125.



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