Lenin, Trotsky, el arte y “el compromiso” (Terry Eagleton)

 

“Al promulgar la doctrina del realismo socialista en el Congreso de 1924, Zhdánov había apelado ritualmente a la autoridad de Lenin; pero su apelación era de hecho una distorsión de la concepción literaria de Lenin. En La organización del partido y la literatura del partido (1905), Lenin censuraba a Plejánov por criticar la naturaleza claramente propagandística de obras como La madre, de Gorky. En contraste, Lenin pedía una literatura abiertamente clasista y partidaria: ‘La labor literaria deber ser el tornillo y la tuerca de un único y grandioso mecanismo socialdemócrata’. La neutralidad del escritor es imposible:

La libertad del escritor burgués no es sino una dependencia enmascarada de la bolsa de oro […] ¡Abajo el escritor apolítico!; lo que se necesita es ‘una literatura vasta, rica y variada, estrecha de indisolublemente ligada al movimiento obrero.

Las palabras de Lenin, que, según la interpretación de críticos hostiles, se aplican a la literatura ficcional en su totalidad, estaban dirigidas de hecho a la literatura partidaria. Al escribir en un momento en el que el Partido Bolchevique estaba en pleno proceso de volverse una organización de masas y necesitado de una fuerte disciplina interna, Lenin no tenía en mente novelas sino los escritos teóricos sobre el partido. Estaba pensando en hombres como Trotsky, Plejánov y Parvus; en la necesidad de que los intelectuales adhirieran a una línea partidaria. Sus propios intereses literarios eran bastante conservadores, limitados generalmente a una admiración por el realismo; y admitía no comprender los experimentos futuristas o expresionistas, aunque consideraba que el cine era en potencia la forma artística políticamente más importante. Sin embargo, en cuestiones culturales, tenía en general una mentalidad muy abierta. En su discurso en el Congreso de Escritores Proletarios del año 1920, se opuso al dogmatismo abstracto del arte proletario, rechazando por irreal todo intento de imponer por decreto un nuevo tipo de cultura. la cultura proletaria sólo podía construirse con el conocimiento de la cultura anterior: toda cultura valiosa legada por el capitalismo, insistía, debe ser cuidadosamente preservada.

Es indiscutible –escribió Lenin– que la literatura se presta menos que cualquier otra cosa a semejante ecuación mecánica, a la nivelación, al dominio de la mayoría sobre la minoría. Resulta indiscutible que es absolutamente preciso, en este campo, conceder un lugar más amplio a la iniciativa personal, a las inclinaciones individuales, al pensamiento y a la imaginación, a la forma y al contenido.

En una carta dirigida a Gorky, Lenin sostiene que un artista puede tomar cosas valiosas de cualquier filosofía. La filosofía puede contradecir la verdad artística que el artista pretende comunicar, pero lo que importa es lo que el artista crea, no lo que piensa. Los propios artículos de Lenin sobre Tolstoi muestran en la práctica esta convicción.

 

El segundo mayor arquitecto de la revolución rusa, León Trotsky, está del lado de Lenin más que del Proletkult o del RAPP [Asociación Panrusa de Escritores Proletarios, surgida a fines de la década de 1920 como “continuación” del Proletkult, NdR] en lo que atañe a cuestiones estéticas, aun cuando Bujarin y Lunacharsky citan los escritos de Lenin para atacar la concepción de la cultura de Trotsky. En Literatura y revolución, un libro escrito en una época en que la mayoría de los intelectuales rusos eran hostiles a la revolución y era necesario ganarlos para la causa, Trotsky combina hábilmente una apertura imaginativa a las tendencias más fecundas del arte no marxista posrevolucionario con una incisiva crítica de sus limitaciones y puntos ciegos. En oposición al rechazo ingenuo de la tradición por parte del futurismo (Nosotros, marxistas, vivimos con tradiciones y no dejamos por eso de ser revolucionarios’), Trotsky insiste, al igual que Lenin, en la necesidad de que la cultura socialista absorba lo mejor del arte burgués. El partido no está llamado a gobernar el campo de la cultura; pero esto no significa tolerar eclécticamente una obra contrarrevolucionaria. Una atenta censura revolucionaria debe ir unida a ‘una política amplia y flexible en el arte’. El arte socialista debe ser ‘realista’, pero no en un sentido estrecho del término, porque el realismo en sí mismo no es intrínsecamente revolucionario ni reaccionario; es, más bien, una ‘filosofía de vida’ que no debe quedar confinada a las técnicas de una escuela particular. ‘En cuanto a pretender que nosotros exigimos de los poetas que describan exclusivamente chimeneas de fábrica o una insurrección contra el capital, es absurdo’. Trotsky, como ya vimos, reconoce que la forma artística es el producto de un contenido social, pero al mismo tiempo le atribuye un alto grado de autonomía: ‘Una obra de arte debe ser juzgada en primer según su propia ley’. Reconoce, por lo tanto, lo que hay de valioso, al mismo tiempo que los critica por su estéril falta de interés en los contenidos sociales y en las condiciones de la forma literaria. En su mezcla de principios marxistas, aunque flexibles, y de su lucidez crítica, Literatura y revolución es un texto perturbador para un crítico no marxista. No sorprende que F.R. Leavis se refiera a su autor como a ‘ese marxista tan inteligente y peligroso’.”

Terry Eagleton, Marxismo y crítica literaria, Bs. As., Paidós, 2013 (ed. original 1976), pp. 96-101.



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