Liberalismo, relativismo… (Terry Eagleton)

“El liberalismo económico se lleva por delante a pueblos y comunidades, desatando en el proceso precisamente la clase de violenta reacción adversa que el liberalismo social y cultural es menos capaz de manejar. En ese mismo sentido, el terrorismo pone de relieve ciertas contradicciones endémicas del capitalismo liberal. Ya hemos visto la imposibilidad de que el pluralismo liberal no implique cierta indiferencia ante el contenido de las creencias, pues las sociedades liberales, más que tener creencias, creen que las personas deben gozar de libertad para creer lo que quieran. Esas culturas hacen gala, pues, de una cierta indiferencia creativa hacia lo que la gente cree realmente, siempre y cuando tales creencias no pongan en peligro los principios mismos de la libertad y la tolerancia. El summum bonum de la sociedad liberal consiste en dejar que los creyentes sigan a lo suyo sin ser molestados”.

“La devastación social provocada por el liberalismo económico entraña que algunos grupos particularmente acosados no puedan sentirse seguros más que aferrándose a una identidad exclusivista o a una doctrina inflexible. Pero si sus formas de creencia son tan extremas, es en parte porque el capitalismo avanzado tiene pocas opciones alternativas que ofrecerles. Esto se debe, entre otras razones, a que trata de obtener de sus ciudadanos un tipo de consentimiento automatizado e intrínseco que no depende mucho de lo que éstos crean o dejen de creer. El capitalismo avanzado no es esa clase de regímenes que necesitan arrancar de sus súbditos un compromiso espiritual excesivo. En él, el celo o el fervor es algo más digno de ser temido que encomiado. Mientras el pueblo llano se levante de la cama, acuda al trabajo, consuma, pague sus impuestos y se abstenga de pegar a los agentes de policía, lo que acontezca en sus cabezas y en sus corazones es, la mayor parte del tiempo, una cuestión estrictamente secundaria. La autoridad del sistema se asienta sobre todo en términos prácticos y materiales, y no mediante la fe ideológica. La fe no es lo que mantiene el sistema en funcionamiento (como sí mantiene en marcha, por ejemplo, al Ejército de Salvación). Esto no deja de ser una ventaja en tiempos ‘normales’, ya que exigir demasiada fe de los hombres y las mujeres puede acabar siendo fácilmente contraproducente para el sistema. Ahora bien, sus beneficios son mucho menores en momentos de agitación política […].

El multiculturalismo, en su versión más insulsa y menos admirable, acepta de manera anodina la diferencia como tal, sin examinar demasiado a fondo el contenido de ésta. Tiende a suponer que hay algo inherentemente positivo en el hecho de tener multitud de visiones distintas sobre un mismo tema. Sería interesante saber si considera que eso también es así cuando el tema en cuestión es algo como si el Holocausto verdaderamente ocurrió, por ejemplo. Ese pluralismo simplista tiende, pues, a adormecer el hábito de rebatir enérgicamente las creencias de otras personas (o, si cabe, de calificarlas de sandeces absolutas o puras estupideces, como todos debemos por supuesto reservarnos el derecho a hacer). Ése no es el campo de entrenamiento más propicio para enfrentarse a aquellas personas cuyas creencias pueden partir espinazos y hundir cráneos”.

Terry Eagleton, Razón, fe y revolución, Barcelona, Paidós, 2012, pp. 175, 176-177, 178-179.



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