Ciencia, conocimiento, religión, crítica (Terry Eagleton)

“La pericia técnica precede al saber. Toda nuestra teorización se basa, aunque sea remotamente, en nuestros modos prácticos de vida. Algunos pensadores posmodernos deducen de ello que la razón está demasiado integrada en un estilo de vida como para que pueda ofrecernos una crítica efectiva de éste. Según ellos, los términos de tal crítica sólo pueden derivarse del modo de vida actual de la persona, pero es precisamente esa manera de vivir la que la crítica trata de examinar. La crítica ‘total’ queda así descartada por inalcanzable, y con ella, la posibilidad de una transformación política profunda. Pero lo cierto es que no hace falta estar fuera de una situación para someterla a crítica. Y, en cualquier caso, podemos eliminar la distinción entre dentro y fuera, pues si algo caracteriza a las criaturas como nosotros, es el hecho de que nuestra capacidad para distanciarnos críticamente del mundo no es más que un elemento integral de la vinculación estrecha que mantenemos con él.

Las certezas implícitas o las verdades asumidas sin discusión que sostienen todo nuestro razonamiento formal son tan obvias en el caso de la ciencia como en cualquier otro. Entre los supuestos que la ciencia da por descontado, está por ejemplo, el postulado según el cual sólo las explicaciones ‘naturales’ son aceptables. Ésta puede ser una suposición muy prudente, ciertamente. No hay duda de que permite descartar muchos disparates mayúsculos. Pero no deja de ser un postulado, y no el resultado final de una verdad demostrable. Si una científica percibiera de pronto el perfil rojo del ojo de Lucifer espiándola torvamente desde el otro extremo del microscopio, o, cuando menos, si lo captara un número suficiente de veces bajo condiciones rigurosamente controladas, estaría obligada –conforme a la ortodoxia científica– o bien a abandonar ese supuesto de trabajo o bien a concluir que Lucifer es un fenómeno natural.

La ciencia, pues, trabaja con ciertos artículos de fe como cualquiera otra forma de saber. Ése es uno de los pocos puntos en el que aciertan los escépticos posmodernos en materia de ciencia. De todos modos, deberíamos recordar que los humanistas siempre han sentido prejuicios contra los científicos y que los modernos no han hecho más que variar la melodía. Si antes los científicos eran considerados unos empollones palurdos y casposos que creían que Rimbaud era un forzudo del cine de acción, hoy se han convertido en los custodios autoritarios de la verdad absoluta. Son los vendedores de una ideología perniciosa conocida como objetividad, una noción que simplemente disfraza sus prejuicios ideológicos bajo un aspecto aceptablemente desapasionado. Antes, lo contrario de la ciencia era el humanismo; actualmente, es algo conocido como culturalismo, un credo posmoderno que adopta una actitud radical en el acto mismo de afanarse por reprimir o erradicar la Naturaleza […]

Ninguno de estos reparos en torno a la ciencia debería entenderse como una excusa para desacreditar esa labor tan afectuosa, apasionada, desinteresada, fiel, agotadora y profundamente ética que es intentar entender las cosas correctamente. En la vida política, por ejemplo, es una tarea pesada y monótona que, sin embargo, puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte. He ahí un motivo por el que no solemos topar con demasiados escépticos en las filas de los oprimidos. Pero es perfectamente coherente sostener al mismo tiempo que, en última instancia, toda la política está basada en la fe. Asimismo, tratar de entender las cosas bien es un proyecto con una historia religiosa tras de sí. Charles Taylor señala que el sujeto de la modernidad –científicamente objetivo, desinteresado– tiene sus orígenes en el ascetismo religioso premoderno y en el distante contemptus mundi de éste. En un determinado (y curioso) sentido, conocer el mundo supone (para esta teoría del conocimiento, al menos) una especie de rechazo del mismo. Aun así, hay quienes, en aras de su propia emancipación y bienestar, necesitan saber a qué atenerse, y a quienes, por lo tanto y en resumidas cuentas, la objetividad (entendida en algún sentido del término) interesa de modo apremiante. También hay otras almas bastante más privilegiadas (conocidas algunas de ellas como posmodernos) que no tienen esa necesidad y que, por consiguiente, son más libres de concebir la objetividad como un simple espejismo.

Así pues, la ciencia también trata de cuestiones de fe, si bien eso no es lo único que comparte con la teología. Si las Iglesias han traicionado en buena medida su misión histórica, lo mismo podría decirse de gran parte de la ciencia.

Como la religión, buena parte de la ciencia ha traicionado sus orígenes revolucionarios, convertida en herramienta maleable de las grandes empresas transnacionales y del complejo militar-industrial. Pero esto no debería llevarnos a olvidar su historia emancipadora. Al igual que el liberalismo, el socialismo y la religión, la ciencia ha de someterse al juicio de sus propias tradiciones más exquisitas”.

Terry Eagleton, Razón, fe y revolución, Barcelona, Paidós, 2012, pp. 160-161, 164-166.



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