Del “Estado liberal” al “Estado censor” (Terry Eagleton)

“Según Dan Hind, la principal amenaza a los valores ilustrados en la actualidad proviene no tanto del feng shui, la curación espiritual el relativismo posmoderno o el fundamentalismo religioso, sino, como ya es costumbre, de algunos de los productos de la propia Ilustración, que siempre ha sido la peor enemiga de sí misma. El lenguaje de la Ilustración ha sido secuestrado en nombre de la codicia empresarial, del Estado policía, de una ciencia lastrada por compromisos políticos y de una permanente economía de guerra. El individualismo económico de la clase media ilustrada de los primeros tiempos ha acabado por generar enormes corporaciones empresariales que pisotean derechos colectivos e individuales, y que moldean nuestros destinos sin el más mínimo control del pueblo. El Estado liberal, fundado entre otras cosas para proteger la libertad individual, ha dado paso en nuestros días al Estado censor. La racionalidad científica y la libertad de investigación han sido reconducidas al servicio de los fines de la rentabilidad comercial y el armamento bélico. Uno de los motivos cruciales por los que Estados Unidos ha declarado una guerra contra el terrorismo sin un final definido es el de procurar un flujo igualmente no limitado de beneficios para un buen número de sus empresas. La confianza ilustrada en la razón desapasionada ha degenerado en la actual contratación de académicos y expertos para la difusión de la propaganda estatal y empresarial. La libertad de expresión cultural ha culminado en los contenidos basura, la retórica ideológica y las noticias políticamente administradas de los medios de comunicación comerciales.

El interés propio racional o ilustrado acarrea también la irracionalidad que supone el despilfarro, el desempleo, las indecentes desigualdades, la publicidad manipuladora, la acumulación de capital por la mera acumulación y el hecho de que el medio de vida de familias enteras dependa de las fluctuaciones azarosas del mercado. Trae asimismo consigo el colonialismo y el imperialismo, que difícilmente casan con los valores ilustrados. El individualismo político, concebido para salvaguardarnos de la arrogancia del poder, provoca una drástica atrofia de las solidaridades sociales. El importantísimo proyecto de control de la Naturaleza, que nos libera de la condición de ser las aplastadas y afligidas víctimas de nuestro medio ambiente, ha acabado por producir la contaminación a gran escala del planeta. Tras reclamar el mundo como nuestro, nos hemos dado cuenta de que lo que por fin poseemos es un simple pedazo de materia muerta. Tras firmar la libertad de nuestro espíritu, hemos acabado reduciendo nuestros propios cuerpos a meras piezas de un mecanismo.

La doctrina de la universalidad, que, en su apogeo, significó que todos y todas teníamos derecho a ser escuchados, fuéramos quienes fuéramos, es interpretada hoy por algunos como sinónimo de que Occidente es el único portador de valores universales. El proyecto utópico del internacionalismo ha quedado en gran medida arrinconado por el concepto de globalización, que implica el derecho del capital a ejercer su poder soberano donde y sobre quien quiera. La igualdad ha pasado a entenderse, entre otras (y mejores) cosas, como una igualdad de oportunidades para superar o explotar a otros en el mercado”.

Terry Eagleton, Razón, fe y revolución, Barcelona, Paidós, 2012, pp. 96-97.



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