Cristianismo: “el credo de la clase acomodada” (Terry Eagleton)

“Aparte del notable caso del estalinismo, es difícil imaginar un movimiento histórico que haya traicionado más miserablemente sus propios orígenes revolucionarios. El cristianismo se apartó hace mucho tiempo ya del lado de los pobres y los desposeídos para pasarse al de los ricos y agresivos. El establishment liberal tiene muy poco que temer de él y mucho que ganar. El cristianismo se ha convertido sobre todo en el credo de la clase acomodada y se ha alejado de aquella promesa asombrosa que en tiempos ofrendó a la chusma y a los militantes anticoloniales clandestinos que frecuentó el propio Jesús. Y la respuesta de la clase media alta ante los anawim (término que podemos tomarnos la licencia de traducir al inglés americano como ‘losers’, es decir, ‘perdedores’ o ‘fracasados’) tiende a ser, por lo general, la de limpiarlos de las calles.

Este género de devoción religiosa se horroriza ante la imagen de un pecho femenino, pero se indigna considerablemente menos ante las desigualdades obscenas entre ricos y pobres. Lamenta la muerte de un feto, pero, al parecer, no se inmuta ante la muerte de niños carbonizados en Irak o Afganistán en nombre del dominio global estadounidense. En general, rinde culto a un Dios conformado de manera blasfema a su propia imagen: un Dios bien afeitado, con el pelo corto, de pistola al cinto y obsesionado por el sexo, que tiene además una consideración especial por ese pedazo ontológicamente privilegiado del planeta situado justo al sur de Canadá y al norte de México; un Dios muy distinto del Yahvé sin hogar, sin rostro, sin Estado y sin imágenes que espolea a su pueblo a abandonar su cómoda vida en la tierra donde se han instalado y a lanzarse a recorrer los inexplorados terrores del desierto, y que informa sin un ápice de delicadeza a ese mismo pueblo que las ofrendas que éste hace arder en su honor le resultan hediondas.

El cristianismo no sólo se ha negado a amoldarse a los poderes de este mundo, sino que se ha convertido en la jerga nauseabunda de políticos mentirosos, banqueros corruptos y neoconservadores fanáticos, así como en toda una industria inmensamente rentable. Existe actualmente una empresa en Estados Unidos que, a cambio de una suscripción anual, se compromete a enviar automáticamente mensajes de correo electrónico a los amigos y colegas infieles del suscriptor en el momento en que Cristo venga de nuevo a la Tierra, suplicándoles una conversión de última hora antes de que el remitente de los mensajes sea ‘elevado’ al cielo y ellos se tengan que quedar desamparados en este mundo. Probablemente ninguna nación haya extraído del Nuevo Testamento semejante fárrago de disparates supersticiosos como lo ha hecho Estados Unidos, con su incurable talento para la desmesura.

La Iglesia cristiana ha torturado y ha destripado en nombre de Jesús, amordazando la disensión y quemando vivos a sus críticos. Ha sido empalagosa, gazmoña, brutalmente opresiva y vilmente intolerante. Para esa rama de la fe, la moral es una cuestión de alcoba más que de sala para reunirse. Apoya a dictaduras asesinas en nombre de Dios, califica la crítica y el pesimismo de antipatrióticos, e imagina que ser cristianos significa exhibir una sonrisa congelada, mantener un saldo sustancial en la cuenta corriente y llenarse la boca con tópicos de beato. Denuncia el terrorismo, pero excluye de sus críticas a organizaciones que secuestran, torturan y asesinan como la CIA”.

Terry Eagleton, Razón, fe y revolución, Barcelona, Paidós, 2012, pp. 78-80.



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