Un cuento de Joaquim Machado de Assis: “Misa de gallo”

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Cortesía de Eterna Cadencia y el ADN-Cultura, que lo publica hoy.

*   *   *

Nunca logré entender la conversación que tuve con una señora, hace muchos años. Yo tenía diecisiete, ella treinta. Ocurrió la noche de Navidad. Ya que había decidido ir a misa de gallo con un vecino, preferí no dormir; convinimos en que yo iría a despertarlo a medianoche.

La casa en la que me hospedaba era la del escribano Meneses, quien había estado casado, en primeras nupcias, con una de mis primas. Su segunda mujer, Concepción, y la madre de ésta, me recibieron bien cuando meses atrás llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro para hacer mis estudios preuniversitarios. Vivía tranquilo en aquella casa penumbrosa de la calle del Senado, con mis libros, pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el escribano, la mujer, la suegra y dos esclavas. Costumbres antiguas. A las diez de la noche todos estaban en sus habitaciones; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro y, más de una vez, oyéndole decir a Meneses que iba, le pedí que me llevara con él. Cuando eso ocurría, la suegra hacía una mueca, y las esclavas reían a escondidas; él no me respondía, se vestía, salía y solo regresaba a la mañana siguiente. Más tarde me enteré de que lo del teatro era un simple eufemismo. Meneses mantenía relaciones con una señora, separada del marido, y dormía una vez por semana fuera de casa. Al principio, Concepción había sufrido por la existencia de la amante, pero al fin se resignó, se acostumbró, y terminó por pensar que era razonable.

¡La buena de Concepción! La llamaban “la santa”, y hacía justicia al título, tan fácilmente soportaba los desplantes del marido. En verdad era un temperamento moderado, sin extremismos, ni grandes lágrimas ni muchas risas. En el episodio a que me refiero parece una mahometana; aceptaría un harén mientras se guardaran las apariencias. Que Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. Hasta tenía un rostro algo intermedio, ni lindo ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar. Puede ser que hasta no supiera amar.

Aquella noche de Navidad el escribano fue al teatro. Era por los años 1861 o 1862. Yo ya debía estar en Mangaratiba, de vacaciones; pero me quedé hasta la Navidad para asistir a “la misa de gallo en la corte”. La familia se recogió a la hora de siempre, yo me metí en la habitación del frente, vestido y listo. De allí pasaría al zaguán y saldría sin despertar a nadie. Había tres llaves de la puerta de calle: una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera quedaba en la casa.

-¿Pero, señor Nogueira, qué hará durante todo ese tiempo?- me preguntó la madre de Concepción.

-Leo, doña Inácia.

Tenía una novela, Los tres mosqueteros , en una vieja traducción, creo, del Jornal do Comércio . Me senté ante la mesa que había en el centro de la habitación, y a la luz de una lámpara a queroseno y mientras la casa dormía, monté una vez más el caballo flaco de D’Artagnan y partí en busca de aventuras. Al instante estaba completamente ebrio de Dumas. Los minutos volaban, al contrario de lo que acostumbran cuando son de espera. Casi sin advertirlo dieron las once. Sin embargo, desde el interior de la casa me llegó un suave rumor que me sustrajo de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba del salón de visitas al comedor; alcé la cabeza y vi asomar en la puerta de la sala la silueta de Concepción.

-¿Todavía no te has ido? -preguntó.

-No. Aún no es medianoche.

-¡Qué paciencia!

Concepción entró en la pieza arrastrando sus zapatillas. Vestía una bata blanca, apenas anudada en la cintura. Delgada como era semejaba una aparición romántica que en nada disonaba con mi libro de aventuras. Cerré el libro; ella se sentó en la silla que estaba frente a mí, cerca del sofá. Le pregunté si la había despertado sin querer, haciendo algún ruido; ella respondió de inmediato:

-¡No! ¡De ningún modo! Me desperté porque sí.

La miré un rato y dudé de lo que me decía. Sus ojos no parecían los de quien acababa de despertarse, sino los de alguien que aún no había logrado dormirse. Con todo, deseché de inmediato esta observación, que si hubiera estado referida a otra persona podría haber tenido algún valor. No podía sospechar que tal vez no había dormido por mi causa, y que, justamente, mentía para no afligirme o disgustarme. Ya dije que era buena, muy buena.

-Pero pronto debe ser la hora -afirmé.

-¡Qué paciencia la tuya para esperar despierto mientras el vecino duerme! ¡Y esperar solo! ¿No les temes a las almas del otro mundo? Traté de que no te asustaras al verme.

-Me extrañó cuando oí los pasos; pero enseguida apareció usted.

-¿Qué estabas leyendo? No lo digas; ya lo sé: la novela de los mosqueteros.

-Exactamente. Es muy linda.

-¿Te gustan las novelas?

-Mucho.

-¿Ya leíste A Moreninha ?

-¿Del Dr. Macedo? Lo tengo allá en Mangaratiba.

-A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Qué novelas leíste?

Nombré algunas. Concepción me oía con la cabeza reclinada en el respaldo, mirándome por entre sus párpados entrecerrados, sin apartar su mirada de mí. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios para humedecerlos. Cuando terminé de hablar no me dijo nada. Nos quedamos así unos segundos. Luego la vi alzar la cabeza, juntar los dedos y posar el mentón sobre ellos, manteniendo los codos en los brazos de la silla, todo sin desviar de mí sus grandes ojos vivaces.

“Tal vez esté aburrida”, pensé.

Y luego, en voz alta:

-Doña Concepción, creo que ya se está cumpliendo la hora, y yo…

-No, no, aún es temprano. Acabo de ver el reloj, son las once y media. Hay tiempo. Tú que has pasado la noche en vela, ¿serías capaz de no dormir de día?

-Ya lo hice.

-Yo no. Si pierdo una noche, al día siguiente no puedo mantenerme en pie; aunque sea necesito dormir media hora. Claro que ya me estoy poniendo vieja.

-¿Vieja usted, doña Concepción?

Tan grande fue el calor de mis palabras que la hice sonreír. Era, habitualmente, una mujer de gestos lentos y actitudes tranquilas; ahora, sin embargo, se había incorporado rápidamente para dirigirse al lado opuesto de la habitación. Allí dio algunos pasos, entre la ventana que daba a la calle y la puerta del escritorio del marido. De esta manera, con su honesto desaliño, me impresionaba de un modo singular. Aunque delgada, al moverse lo hacía con no sé qué cadencia, como alguien a quien le cuesta llevar su cuerpo. Nunca esa manera suya me pareció tan distinguida como aquella noche. Por momentos se detenía para examinar algún fragmento de cortina o para reacomodar algún objeto sobre el aparador; finalmente, con la mesa de por medio, se detuvo ante mí. Era estrecho el círculo de sus ideas; volvió al asombro de verme esperar despierto; yo le repetí lo que ya sabía, que nunca había oído misa de gallo en la corte y que no quería perdérmela.

-Es igual que en el interior. Todas las misas se parecen.

-Le creo, pero aquí habrá más lujo y también más gente. Vea la Semana Santa: en la corte es más bonita que en el interior. Ya no digo San Juan o San Antonio…

Poco a poco se había ido inclinando; había apoyado los codos en el mármol de la mesa y colocado el rostro entre las palmas de sus manos. Como no estaban abotonadas, las mangas cayeron naturalmente y pude ver la mitad de sus brazos, muy pálidos, y menos delgados de lo que podía suponerse.

Verlos no era nuevo para mí, pero tampoco algo común. No obstante, en ese momento me produjeron una honda impresión. Las venas eran tan azules que, pese a la poca claridad, desde mi posición podía contarlas. La presencia de Concepción me había subyugado aún más que el libro. Proseguí diciendo lo que pensaba de las fiestas en el interior y en la ciudad, y otras cosas que se me iban ocurriendo. Hablaba cambiando de tema, sin saber por qué, saltando de un asunto a otro, o volviendo al primero, y riendo para hacerla sonreír y verle los dientes que resplandecían en su blancura, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros sino oscuros; la nariz, delgada y larga, apenas curva, le daba al rostro un aire interrogativo. Cuando yo alzaba un poco la voz, ella me reprendía:

-¡Más bajo! Mamá puede despertarse.

Y no abandonaba su postura, que me llenaba de gozo; tan cerca estaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para escucharnos: susurrábamos los dos, yo más que ella, porque hablaba más; ella, a veces, se ponía seria, muy seria, con el ceño un poco fruncido. Finalmente se cansó; cambió de postura y de lugar. Contorneó la mesa y vino a sentarse a mi lado, en el sofá. Me volví y pude ver, furtivamente, la punta de las zapatillas; pero eso duró el breve instante en que tardó en sentarse, la bata era larga y las cubrió de inmediato. Recuerdo que eran negras. Concepción dijo, muy bajo:

-Mamá está lejos, pero tiene un sueño muy liviano. Si la pobre llega a despertarse ahora no podrá volver a dormirse.

-Yo soy igual.

-¿Qué dices? -preguntó inclinando su cuerpo para oír mejor.

Entonces me senté en la silla que estaba al lado del sofá y repetí lo que había dicho. Se rio de la coincidencia; también ella tenía el sueño liviano. Éramos tres sueños livianos.

-En ocasiones soy como mamá, cuando me despierto me cuesta volver a dormir; doy vueltas en la cama sin parar, me levanto, enciendo una vela, camino, vuelvo a acostarme y nada.

-Eso ocurrió hoy.

-No, no -me interrumpió ella.

No entendí la negativa; es posible que tampoco ella la entendiera. Tomó las puntas de su cinturón y golpeó con ellas sus rodillas; es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Después relató una historia de sueños y me confesó que solo una vez, cuando era niña, había tenido una pesadilla. Quiso saber si yo las tenía. La conversación se reanudó así, lenta y largamente, sin que yo me preocupara de la hora ni de la misa. Cuando terminaba de relatarle o explicarle algo, ella inventaba otra pregunta u otro asunto, y yo volvía a tomar la palabra. De vez en cuando me reprendía:

-Más bajo, más bajo…

También hubo algunas pausas. Un par de veces me pareció verla dormir; pero los ojos, cerrados por un instante, se abrían enseguida, sin sueño ni fatiga, como si ella los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas ocasiones creo que me sorprendió embebido en su persona, y me acuerdo de que los volvió a cerrar, no sé si con prisa o lentamente. Hay impresiones de esa noche que me parecen truncas o confusas. Me contradigo, me confundo. Una que todavía tengo fresca es que hubo un momento en que ella, que solo era simpática, me pareció hermosa, hermosísima. Estaba de pie, con los brazos cruzados. Yo, por respeto, quise levantarme; no lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro y me obligó a permanecer sentado. Me pareció que iba a decirme algo, pero se estremeció como si la recorriera un escalofrío; se volvió de espaldas para sentarse en la silla donde me había encontrado leyendo. Desde allí sus ojos vagaron por el espejo que estaba colocado encima del sofá, y habló de dos pinturas que colgaban de la pared.

-Estos cuadros se están poniendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compre otros.

Chiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del principal interés de este hombre. Uno representaba a Cleopatra; no recuerdo el tema del otro, pero eran mujeres. Vulgares los dos, si bien en aquel tiempo no me lo parecía.

-Son lindos -dije.

-Sí, pero están manchados. Y además, francamente, yo preferiría dos imágenes de santas. Estas son más apropiadas para el cuarto de un muchacho o el salón de un peluquero.

-¿De un peluquero? Usted no estuvo nunca en una peluquería.

-Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de muchachas y de amoríos, y que el dueño de casa, naturalmente, debe alegrar la vista de la clientela con imágenes atractivas. No me parecen apropiados para una casa de familia. Eso pienso, pero yo pienso muchas cosas raras como esta. Sea como sea, los cuadros no me gustan. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, que es mi madrina, muy bonita; pero es una escultura, no se la puede colgar de la pared ni yo lo quiero. Está en mi oratorio.

La referencia al oratorio me recordó la misa, pensé que podía ser tarde y quise decírselo. Creo que llegué a abrir la boca, pero de inmediato la cerré para oírla contar con dulzura, con gracia, con tal languidez que infundía pereza en mi alma y me hacía olvidar la misa y la iglesia. Hablaba de sus devociones de niña y de muchacha. Luego refirió unas anécdotas de baile, cosas ocurridas durante paseos, recuerdos de Paquetá, todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de las fatigas del trabajo hogareño que le habían dicho que eran muchas, antes de casarse, pero que no eran nada. No me lo contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años.

Ahora ya no cambiaba de lugar, como al principio, y casi no había modificado su actitud. No tenía los grandes ojos entrecerrados y miraba distraída las paredes.

-Tenemos que cambiar el empapelado del comedor -dijo al cabo de un rato, como si hablara consigo misma.

Asentí, por decir algo, para salir de esa especie de sueño magnético o lo que fuera que me paralizaba la lengua y los sentidos. Quería y no quería terminar la conversación; me empeñaba en apartar los ojos de ella, y los apartaba por un sentimiento de respeto; pero la posibilidad de que aquello pudiera parecerle un gesto de fastidio -cuando no lo era- me hacía dirigir nuevamente la mirada hacia Concepción. La charla iba muriendo. En la calle, el silencio era total.

Llegamos a permanecer durante algún tiempo -no puedo decir cuánto- absolutamente callados. Solo el rumor único y escaso de un ratón que roía en el escritorio me despertó de esa especie de letargo. Quise hablar del roedor, pero no supe cómo. Concepción parecía estar soñando. De pronto, oí un golpe de nudillos en la ventana, del lado de afuera, y una voz que gritaba: “¡Misa de gallo! ¡Misa de gallo!”.

-Ahí está tu compañero -dijo ella incorporándose-. Qué gracioso: quedaste en ir a despertarlo y es él quien viene a despertarte. Ve, que ya debe ser la hora. Adiós.

-¿Ya será la hora? -pregunté.

-Naturalmente.

-¡Misa de gallo! -repitieron afuera, golpeando.

-Ve, ve, no te hagas esperar. La culpa es mía. Adiós, hasta mañana.

Y con el mismo balanceo de su cuerpo, Concepción avanzó por el corredor, pisando suavemente. Salí y encontré al vecino que me esperaba. Nos dirigimos hacia la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez entre el cura y yo. Quede esto a la cuenta de mis diecisiete años. A la mañana siguiente, durante el almuerzo, hablé de la misa de gallo y de la gente que había ido a la iglesia, sin despertar la curiosidad de Concepción. Durante el día la encontré como siempre: natural, bondadosa, sin nada que hiciera recordar la conversación de la víspera. Para Año Nuevo me fui a Mangaratiba. En marzo, cuando volví a Río de Janeiro, el escribano había muerto de apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero nunca la visité ni la encontré. Oí decir, tiempo después, que se había casado con el escribiente principal de su marido.C

Traducción: Pablo Rocca



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