Arnaldo Calveyra (I)

 

Un galope abría ramadas hacia el este de las tunas; no podíamos saber quién era, qué era, tan así, tan a campo traviesa; y luego, los perros, todos, que ladraban y aparecían acometer algo de bulto por su furia momentáneamente ensimismada. Apagamos la luz porque la luna. Y por más que escudriñábamos, se ahogaba ese no saber en la blancura extrema sobre el campo. Papá dijo que las gallinas; a mí me apagaste una suposición con un “no será nada”; pero antes de que él saliera con la escopeta ya volvías de las piezas del frente diciéndole que era Billín, nuestro hermano.

Y ya no te vi sino cuando apareciste de entre los ligustros, con los botines embarrados, del tajamar esplendente, con él por delante, retrasándote, tú, retrasándote para que te copiara la suavidad del paso y no se nos despertara en el pie del sueño, hasta que se entró en la cama.

 

Arnaldo Calveyra, Poesía reunida, Bs. As., Adriana Hidalgo, 2012, p. 52.



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