Disertación de Tununa Mercado sobre el libro ‘La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración’

Mi querida amiga Tununa Mercado estuvo hace unos días en Córdoba, en la presentación del libro, recientemente publicado, La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración.

(Acá hay más información sobre el libro.)

A pedido mío, comparto (compartimos) abajo el texto que ella escribió y leyó allí.

*   *   *

Tununa Mercado. Presentación. 7/10/2012. Córdoba

Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo. La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración.

Veinte días de lectura. Con luz diurna el libro en la pantalla se expande en anotaciones en un papel adjunto al teclado, es fervorosa mi necesidad de afirmar lo que acabo de leer, con número de página para que un nombre se fije y también la circunstancia. Un subrayado destaca la importancia de un hecho, un círculo rodea una significación y la enlaza con otro círculo para marcar una inferencia que deberá anticiparse a un esbozo de interpretación. La lectura quiere ser incisiva y exalta las líneas del texto en una fiebre de afirmación que necesita cada vez más papel a medida que transcurre y reproduce lo que se va leyendo. Como si el libro fuera a fugarse lo retengo sobre el papel, como si lo que por la pantalla transcurre hacia el norte imaginario del borde iluminado fuera a desaparecer reescribo este libro, a un costado, a mano, sobre mi mesa. Insomnio, imposible escritura, las anotaciones tapan la escritura real, la que debería estar diciendo lo que este libro es y suscita; crecen como sucedáneo para hacer tiempo, para posponer, como si yo misma estuviera en la antesala misma de una condena. No hay aparato crítico ni bibliografía que pueda sostenerme, los textos clásicos no están a mi alcance, no hay consulta posible y si la hubiera solo retardaría la noción de mi impotencia.

El libro de  Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo ha estado respirando en nuestras vidas sin que lo supiéramos,  preparándose para decir lo que no se podía nombrar. “La Perla”, ahí sobre la derecha, ahí, ahí, mientras el ómnibus avanza y deja atrás sin remisión la imagen que hay que retener, apenas una ráfaga que los ojos del viajero no logran fijar, un amago de casas, un techo, una construcción, para no abundar con explicaciones y, sobre todo, para no delatar a quien ha hecho el señalamiento, el compañero de viaje, el que sabe, y se ha limitado a señalar con un giro de cabeza algo que no se alcanza a ver. Todo en silencio. La Perla no se veía, no se la quería ver aún después del 83; estaba al costado de la ruta a Carlos Paz, ahí nomás, detrás de una lomada, pero era como si hubiera estado en una selva impenetrable, la que ahora muestra sus claros en este libro.

Los primeros testimonios de sobrevivientes en los ochenta iniciaron una narración que tuvo sus hitos en estos treinta años: declaraciones ante organismos internacionales y de derechos humanos en el extranjero; los relatos de boca en boca o transcriptos para su difusión que llegaban hasta el exilio como el de Graciela Geuna que produjo una tremenda conmoción en México; libros, el de Contepomi y Astelarra. Esa palabra incomunicada, empozada, rozando sin proponérmelo el significante más fuerte del campo, el pozo, “ser llevados al pozo”, es decir a la muerte, revivía y respiraba, como dije antes, en nosotros, susurraba lo no dicho o lo insuficientemente dicho en los oídos de los familiares, los amigos, la sociedad, para nombrar en términos amplios lo que excede a las vidas personales.

Las voces diversas que constituyen este libro componen una narración que se presenta en haz, ceñida, articulada en episodios que se entrecruzan y arman una trama colectiva. En una secuencia perdemos a alguien, acongoja su traslado – eufemismo que tardó en ser aceptado como equivalente a la muerte – y de pronto reaparece en el siguiente relato, en otra circunstancia, como si sobreviviera al final previsible para completar su historia.  El relato individual se irradia en una sociedad de pares. El número agiganta o empequeñece, pero siempre es desmesura. Desmesura dos mil muertos o desaparecidos, desmesura una veintena de secuestrados que puede contar lo que pasó. Lo alto y lo bajo de la cifra.  En el espacio de la muerte propiamente dicha, el ritmo de hacinamiento aumenta o se desacelera por diferencias entre los jefes o por estrategias criminales frente a un hecho colectivo, como por ejemplo el Mundial, o el anuncio de una visita internacional de derechos humanos.  Se llevan a muchos y de pronto comienzan a trasladar sólo de a tres. Una nueva figura, el tres, para el desconcierto. En el medio, también en el espacio, las cuadras,  las  víctimas que esperan el traslado, las colchonetas alineadas, una geometría que disciplina la espera con separaciones entre las personas, ciegas, compartimentadas,  que no obstante pueden insuflar ánimo y llegar al otro en medio de la incertidumbre y el riesgo: la boca que emite una voz, la uña que rasca una superficie cuando la voz está prohibida, la mano que toca, aunque a veces no se supiera en qué sentido estaba el cuerpo, de qué lado la cabeza y hacia dónde los pies. En esos repliegues de una historia ya contada o en figuras nuevas que la entrevista pudo suscitar, está la cifra que da sentido a este libro: la preservación de la vida.

Es curioso que la palabra entrevista contenga y se haga cargo de ese “entrever” La Perla que signaba la mirada desde la ruta y definía al mismo tiempo el instrumento de una búsqueda. Mariani y Gómez Jacobo para sacudir una estática de hechos cumplidos referidos en testimonios que a lo largo de estos años ya obraban en actas, para decirlo en términos de justicia, buscaron a los sobrevivientes. Esa experiencia límite tenía que ser nuevamente escuchada y difundida para aquilatar sus valores y dar lugar a revelaciones. La entrevista permite ver, rompe aquel entrever que persistía, aparta sombras y con la mera transmisión de una escucha leal revierte las especulaciones en torno del campo y resitúa la índole del exterminio: una entidad compacta, con efectos múltiples de enajenación y distorsión de la condición humana, una ejecutora con recargas múltiples de asedio sobre la víctima para  anular su voluntad y su deseo. Exterminar entonces no sólo es matar sino apoderarse de la vida, matar al otro mientras se lo deja vivir.

Una de las protagonistas dice: “Nos sentíamos perdidos y recuerdo en algunas oportunidades haberme aferrado con todas mis fuerzas a la colchoneta para no caerme, a pesar de que sabía que estaba en el suelo”. Ha tocado tierra, regresado a su puesto de vigilia, ha vuelto a levantar sus defensas. Y cada vez que reviva el acto de aferrarse revivirá, estrictamente; doblará como en una apuesta, su derecho a un suelo desde donde se expande la red que no llamo social, ni comunitaria, porque esos términos son de disciplinas de uso institucional, sino red de afirmación de los sentidos que para operar exige tener un registro muy abierto y agudo. Saber decir, sin voz; reconocer una voz sin ver; percibir lo que pasa alrededor aguzando el sentido libre; reemplazar el sentido anulado a causa de un golpe, una venda o cualquier otra forma de obturación son los recursos de un sistema defensivo que surge espontáneo, por la fuerza de la naturaleza amenazada, como un reflejo de la especie.

Pero la red es más compleja. Una vez que se ha sorteado la muerte y otro día más se la sortea, se instaura, por así decirlo, un margen de operación, los recursos pueden variar pero el objetivo de conservación sigue sin que tenga estrictamente ese nombre. Subyace, es un sustrato de la conciencia mortificada y de pronto encuentra la apoyatura que el aparato le brinda para no morir. “Decir que eso es ‘colaborar’ es usar un término impuesto por los militares, (…)  su uso significa que ese término le ha ganado a la verdad de lo que sucedió, ha simplificado una situación difícil, compleja y brutal, y victimiza aún más a las víctimas”, dice una exprisionera. La Perla fue una doble prisión: la que hacinaba a la gente bajo el poder militar devenido en Dios que decidía sobre la vida y sobre la muerte; y otra prisión que siguió aherrojando a los que no murieron. Este enorme documento tiene el valor de haber surgido de la fuente misma y de llegar a nosotros sin interferencias.  Los nudos apretados que costaba desatar se han soltado. Los sobrevivientes que hablaron con Mariani y Gómez, han razonado con creces sobre la índole de una experiencia que pudo haberlos destruido: la concentracionaria, cuyos parámetros de exterminio paradójicamente podían llegan a fracturarse, y la de una “liberación” condicionada que para algunos tuvo un costo muy alto.

¿Cómo restablecer la matriz política en un campo de exterminio? En la cárcel donde algunos fueron llevados la  posibilidad de establecer grupos de pertenencia humanizó la situación. La llamada militancia podía llegar a constituirse, en su precariedad podía habilitar sus cuadros. Pero en el campo la aridez fue absoluta. No había otro encuadre político que el que cada uno se forjaba para neutralizar la inminencia de un traslado ni podía haber un reflejo militante frente la tortura. Las organizaciones de pertenencia estaban lejos e, incluso, podía pensarse que los habían abandonado. “La gente estaba muy sola ahí; las organizaciones, derrotadas, literalmente abandonaron a sus militantes. En esas condiciones, las personas se vuelven muy frágiles; se sienten desamparadas, olvidadas”.

Tengo finalmente el libro en mis manos. Llegó tardíamente. Mientras lo leía en PDF me esforzaba por anotar los nombres de quienes fueron los amos del campo; en la lista homologaba sus cargos para sólo marcar la “especialidad” que los caracterizaba en el ejercicio del mando. Era un trazado “subjetivo” de las actitudes que los singularizaban y prometía ser una tarea demencial y acaso inútil. En los anexos hay una lista de los jefes responsables literalmente memorizada y luego reconstruida por varios de los ex prisioneros entrevistados por Mariani y Gómez, y la nómina aproximada del personal que operó en el periodo 1976-1978, en el destacamento 141, en los dos años de mayor producción mortífera en la escala de la represión militar en Córdoba. En la primera están los responsables de mayor rango y sus caracterizaciones más importantes. En la segunda, cada uno de esos nombres se completa con un sobrenombre que alude a un rasgo: “León”, “Hijo de la Tía”, “Ratón”, “Ángel”, “Cata”, “Negro”, “Gordo”, “Turco”, “Ropero”, “Nabo”, “Tarta”, “Quequeque”, “Fogonazo”. Hay capitanes, tenientes, suboficiales, sargentos, muchos civiles. Se apoderaron de personas, hicieron botín de sus bienes. Torturaron, fusilaron, llegaron a hacer parodias de juicios en consejos de guerra, creyeron poder envilecer a sus víctimas.

Este libro está ahora en el centro de la literatura del terror que se inició con el Nunca más. Es mucho más que un registro de muerte. En cada párrafo reverdece la antítesis del aniquilamiento: que sería atender al menor signo de vida para estimular su crecimiento. El relato de quienes protagonizaron esa destrucción cotidiana poniendo a salvo la memoria, el sentido de la propia historia, de su ética y politicidad, sólo podía emerger de una inquisitoria muy elaborada y segura de su finalidad. Mariani y Gómez interrogaron suscitando en el interlocutor un flujo de memoria que fue más allá de lo fáctico. Afloraron razones, aparecieron contradicciones, el drama, como en toda tragedia, permitió inferir lecciones para sostener la humanidad que alimenta el derecho a sobrevivir.



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