El destino y el honor, el poder y la muerte

A propósito de la reedición de Hay que matar

En Hay que matar, novela de 1982 y “obra bisagra” en la obra riveriana, recientemente reeditada[1], la acción se desarrolla en “El Sur del Sur”: “una vastedad sin fronteras, que estuvo allí desde siempre, desde los inicios del tiempo, desde antes de que ningún hombre se echara a andar, y aceptase que hay preguntas para las que ni el infierno ni el cielo, ni las estrellas ni la escritura, tienen respuesta”. Allí, a comienzos del siglo XX, viven Milton y Byron Roberts, padre e hijo, en una modesta estancia. Según el narrador, el padre “nunca quiso tener hombres que dependieran de su dinero –salvo por unas pocas semanas, salvo por un par de meses–, o de sus órdenes o del potaje que les entregaría a la hora de alimentarlos, o de lo que reivindicaran esos que llamaban delegados sindicales, esos que pasaban en limpio las mudeces, los balbuceos, las tardías reflexiones de peones chilenos, españoles, criollos, polacos”. Una situación donde “Los peones, aquí, en El Sur del Sur, peticionaron un salario que supusieron retribuía sus crispados trabajos, un horario posible para sus crispados trabajos; unas horas para lavar sus pilchas; una cama y un colchón para el sueño, para el insomnio, para las masturbaciones; lámparas para mirarse las caras y la fatiga en las caras; trabajo bajo techo cuando el ventarrón o las lluvias atormentasen los campos; botiquines para aliviar las lastimaduras de la carne aún útil, aún en venta”.
Este sur es el de la Argentina, una (supuesta) república, donde allí, en El Sur del Sur, hay en verdad un imperio. Un país donde “Generales y almirantes, soldados y marinos, porteros, torturadores, giles, saludaban la bandera de la república en las fechas patrias”. Donde se asesina y mata por ambición (de dinero) y poder (político).
En este caso, se trata de una empresa dueña de tierras, ganado y petróleo.
En este contexto, se narra la acción de Byron Roberts ante el asesinato de su padre: portando el cargo de policía de una comisaría de la Patagonia, Byron se olvida de su “cargo” y sale en busca de venganza… ¿o justicia?
Andrés Rivera ha contado en numerosos reportajes cuánto demoró en leer a Borges, prohibido –tanto como Trotsky– por el Partido Comunista. (Como recuerda el periodista Isidoro Gilbert en La Fede, Rivera fue, en la década de 1950, redactor del periódico de la FJC Juventud, y luego participó de Plática, una revista cultural también impulsada por el stalinismo criollo, hasta que en 1964 fue expulsado del mismo.) Pese a la demora –a los 30 años, dijo el autor de Cría de asesinos, tuvo que hacer “casi una lectura clandestina”–, el acceso a la obra del genial y controvertido (especialmente en lo que respecta a sus ideas políticas) Borges dejó en Rivera una profunda huella, que puede apreciarse claramente en Hay que matar.
En efecto, se encuentran aquí varios “tópicos borgeanos”: el destino, la muerte, la conciencia de las paradojas en determinadas situaciones y el honor. Todo ello recreado con brevedad y laconismo; lo que consigue sin embargo crear esa concisa prosa “poética-narrativa”, tan característica y típica de Rivera desde entonces. Aunque Hay que matar aún no llega al “total despojamiento” que hay en obras posteriores –las de las décadas de 1980 y 90, y las del nuevo siglo-, ya contiene ese “realismo sucio” (en el que se encuentran las “marcas de la historia”, la lucha de los humillados y ofendidos) que el escritor no tiene el menor problema en aceptar como adjetivo válido para su obra.
Rivera narra esta historia en el sur de un país que “es lento. Y sus ex presidentes, los militares y los civiles, envejecen, vestidos de frac o de smoking, en los palcos del Teatro Colón, en las playas de Niza, en las humedades untuosas del Paraguay, de Caracas, de Ibiza, o encerrados en sus casas, donde contemplan las falsas condecoraciones que recibieron de enviados polares”. Son los miembros de una clase dominante que “Envejecen, lentos”. Rivera habla de un país que “se compadece de los pobres”. Un país de poderosos (lentos, sí, pero despiadados), que se reproducen poco, al mismo tiempo que los pobres “Son tantos. Y se reproducen, ellos sí, velozmente, curioso fenómeno en el país lento, incambiable desde que, sin pruritos lentos, los lentos exterminaron la plaga jacobina”. Un país, entonces, donde se desarrolla la barbarie del poder (económico y político); donde “unos pocos”, estancieros y políticos criollos, y donde “unos pocos” franceses, estadounidenses e ingleses ejercen su dominio.
Como ha señalado la académica María Cristina Pons a propósito de algunas novelas de Rivera, “se trata de contar la historia ‘de abajo’, si se piensa en lo representado y ‘desde abajo’, si se piensa en el punto de vista desde donde se narra. Esta inflexión de la escritura supone una ética: implica la opción de no otorgarles un lugar de privilegio a los agentes artífices de los cambios y las acciones que ‘hicieron historia’, y de reivindicar, en cambio, a los que sufrieron sus consecuencias o a los que actuaron desde los márgenes”[2].
La historia, para Rivera –en esta novela, y en general, en toda su obra–, es una monstruosa cadena de crímenes, abusos y miserias. Una historia donde los poderosos no tienen la menor moral ni escrúpulos, sino sed de (ilimitado) poder; y donde los que podrían ser llamados “héroes” –o “los buenos” o “rebeldes”– también son humanos: fallan, se desorientan, fracasan, cejan en el camino de su misión, son aplastados por una combinación de causas, se hunden ante rivales o enemigos, sucumben ante las contradicciones (propias y ajenas); y así y todo, la cosa(la vida) sigue…
¿Hay que matar? Sí, (nos) dice Rivera, mirando el barro de la historia.
Pero tal vez, también, haya que matar porque –tarde o temprano– hay que morir.

NOTAS:

[1] Andrés Rivera, Hay que matar, Buenos Aires, Seix Barral, 2012.

[2] “El secreto de la historia y el regreso de la novela histórica”, en Historia crítica de la literatura argentina, dirigida por Noé Jitrik, volumen 11, dirigido por Elsa Drucaroff, “La narración gana la partida”, Bs. As., Emecé, 2000, p. 108.


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