Carta abierta a Wikipedia (Philip Roth), en español

* Como se hizo público desde The New Yorker, Philip Roth escribió una carta a Wikipedia a raíz de un artículo que hacía referencia a la novela La mancha humana. Allí Roth desmiente la fuente de inspiración atribuida al escritor Anatole Broyard, explica en quién sí se basó, y de paso brinda una interesante lección de literatura y de historia norteamericana.

Según este artículo, aunque Wikipedia insólitamente pidió “fuentes secundarias” ante el pedido de corrección de Roth, finalmente, tras la “carta abierta”, el artículo se ha enmendado.

La traducción al español de la carta la hizo la amiga Celeste Murillo.

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Carta abierta a Wikipedia

De Philip Roth

Estimada Wikipedia,

Soy Philip Roth. Recientemente, tuve la oportunidad de leer por primera vez la entrada que discute mi novela The Human Stain [La mancha humana]. La entrada contiene un error grave que me gustaría solicitar que se elimine. Este elemento entró en Wikipedia no mediante el mundo de la verdad sino el del balbuceo del chisme literario; no hay absolutamente nada de verdad en él.

Aun así, cuando solicité recientemente, a través de un interlocutor oficial, a Wikipedia que borre este error, junto con otros dos, “el administrador de Wikipedia en inglés” –en una carta fechada 25 de agosto y dirigida a mi interlocutor– le dijo a mi interlocutor que yo, Roth, no era una fuente confiable: “Entiendo su planteo de que el autor es la mayor autoridad sobre su propio trabajo”, escribe el administrador de Wikipedia, “pero requerimos fuentes secundarias”.

Así surgió el motivo de esta carta abierta. Después de no conseguir realizar el cambio por los canales normales, no sé cómo proseguir.

Mi novela The Human Stain fue descripta en la entrada como “presuntamente inspirada por la vida del escritor Anatole Broyard”. (Esta formulación precisa ha sido modificada por la edición colectiva de Wikipedia, pero la falsedad se mantiene.)

Esta presunta acusación no se sostiene mediante ningún hecho. The Human Stain fue inspirada, más bien, por un lamentable acontecimiento en la vida de mi amigo (ya fallecido) Melvin Tumin, profesor de sociología en Princeton durante treinta años. Un día del otoño de 1985, mientras Mel, que era meticuloso en todas las cosas grandes o pequeñas, toma lista meticulosamente en una clase de sociología, notó que dos de sus estudiantes no  se habían presentado a una sola clase o intentado verlo para explicarle por qué no habían podido ir, aunque ya era entonces la mitad del semestre.

Una vez que terminó de tomar lista, Mel preguntó a la clase sobre estos dos estudiantes a quienes nunca había conocido. “¿Alguien los conoce? ¿Existen o son espectros? –desafortunadamente, las mismas palabras que Coleman Silk, el protagonista de The Human Stain pregunta en su clase en Athena College en Massachusetts–.

Casi inmediatamente Mel fue llamado por las autoridades de la universidad para justificar el uso de la palabra “espectro”, ya que los dos estudiantes que no acudían a las clases, eran ambos afroamericanos, y “espectros” fue en un momento en Estados Unidos una forma peyorativa de referirse a las personas negras, un veneno hablado más suave que “nigger” [absolutamente un insulto, NdT] pero intencionalmente degradante de igual forma. Durante los siguientes meses se desató una caza de brujas de la que el profesor Tumin –al igual que el profesor Silk en The Human Stain– resultó inocente, pero solo después de presentar una serie de largos alegatos declarándose inoncente de la acusación de discurso de odio.

Abundaron las ironías, cómicas y graves, mientras Mel había ganado prominencia nacional entre sociólogos, organizadores urbanos, activistas por los derechos civiles, y políticos liberales, por primera vez con la publicación en 1959 de su innovador estudio sociológico “Desegregation: Resistance and Readiness”, y luego en 1967 con “Social Stratification: The Forms and Functions of Inequality”, que rápidamente se transformó en un texto sociológico de referencia. Además, antes de llegar a Princeton, había sido director de la Comisión municipal sobre Relaciones raciales, en Detroit. Sobre su muerte, en 1995, el titular de su obituario en el New York Times decía: “Melvin M. Tumin, 75, especialista en relaciones raciales”.

Pero ninguna de estas credenciales sirvió cuando los poderes de ese momento buscaron derribar al profesor Tumin de su alto puesto académico sin ninguna razón, más o menos como es derribado el profesor Silk en The Human Stain.

Y es esto lo que me inspiró a escribir The Human Stain: no algo que podría o no podría haber sucedido en la vida de la figura literaria cosmopolita de Manhattan Anatole Broyard sino lo que en realidad pasó en la vida del profesor Melvin Tumin, sesenta millas al sur de Manhattan en la ciudad universitaria de Princeton, New Jersey, donde conocí a Mel, su esposa, Sylvia, y sus dos hijos cuando fui escritor residente por primera vez en Princeton a comienzo de los años 60.

Así como sucede con la distinguida carrera académica del personaje principal de The Human Stain, la carrera de Mel, aunque se había desarrollado por más de cuarenta años como erudito y maestro, fue mancillada de la noche a la mañana por haber supuestamente rebajado a dos estudiantes negros, a quienes nunca había visto, al llamarlos “espectros”. Hasta donde yo sé, ningún acontecimiento remotamente similar a esta arruinó la extensa y exitosa carrera de Broyard en las más altas esferas del mundo del periodismo literario.

Este hecho de los “espectros” es el incidente inicial de The Human Stain. Es el núcleo del libro. No existe novel sin él. No hay Coleman Silk sin él. Cada cosa que nos enteramos sobre Coleman Silk durante las 361 páginas comienza con la persecución injustificada por decir “espectros” en voz alta en un aula universitaria. En esa sola palabra, pronunciada de forma inocente, yace la fuente de la ira de Silk, su angustia, y su caída. Su atroz e innecesaria persecución proviene de ello, así como sus inútiles intentos de renovación y regeneración.

Irónicamente, eso y no su enorme secreto de toda la vida –es el hijo de piel clara de una respetable familia negra de East Orange, New Jersey, tres hijos de un mozo de carro comedor de ferrocarril y una enfermera, que se hace pasar, con éxito, por blanco desde el momento en que ingresa en la Marina de Estados Unidos a los diecinueve años– es la causa de su final humillante.

En lo que concierne a Anatole Broyard, ¿estuvo alguna vez en la Marina? ¿En el Ejército? ¿En prisión? ¿Escuela de posgrado? ¿Partido comunista? ¿Tuvo hijos? ¿Fue alguna vez la víctima inocente del acoso institucional? No tengo idea. Apenas nos conocemos. Durante más de tres décadas, me crucé con él, casual e inadvertidamente, quizás tres o cuatro veces antes de una larga batalla con el cáncer de próstata que terminó con su vida en 1990.

Coleman Silk, por otro lado, es asesinado malévolamente, en un choque de auto planificado con anticipación mientras manejaba con su amante inverosímil, Faunia Farley, jornalera y portera en la misma universidad donde él había sido decano de alta estima. Las revelaciones que derivan de las circunstancias específicas del asesinato de Silk aturdieron a sus sobrevivientes y llevaron a la conclusión ominosa en un lago desolado y cubierto de hielo, donde se produce un enfrentamiento entre Nathan Zuckerman y Faunia y la ejecutora de Coleman, el exmarido de Faunia, el violento y atormentado veterano de Vietnam Les Farley. Ni los sobrevivientes de Skill ni su asesino ni su amante portera encontraron su fuente en ninguna otra parte que no fuera mi imaginación. En la biografía de Anatole Broyard no hay gente o hechos comparables hasta donde sé.

No supe nada de las amantes de Anatole Broyard o, si alguna vez tuvo alguna, quiénes eran o si una mujer como Faunia Farley, herida y acosada por los hombres desde los cuatro años, lo haya ayudado a sellar salvajemente su destino como lo hizo ella como el de Coleman Silk y el suyo. No supe absolutamente nada de la vida privada de Broyard –de su familia, sus padres, hermanos, parientes, su educación, amistades, su matrimonio, sus asuntos amorosos– y aun así los aspectos privados y más delicados de la vida privada de Coleman Silk constituyen prácticamente toda la historia narrada en The Human Stain.

Nunca he conocido, hablado o, que yo sepa, he estado en compañía de un solo miembro de la familia Broyard. Ni siquiera sabía si tenía hijos. La decisión de tener hijos con una mujer blanca y quedar posiblemente expuesto como un hombre negro por la pigmentación de su descendencia es causa de gran temor para Coleman Silk. Si Broyard sufrió tal temor no tenía forma de saberlo y sigo sin tenerla.

Nunca compartí una comida con Broyard, nunca fui con él a un bar, a un partido, a una cena o a un restaurante, nunca lo vi en una fiesta. Puedo haber coincidido en los ’60 cuando estaba viviendo en Manhattan y rara vez socializada en una fiesta. Nunca vi una película o jugué a las cartas con él o fui a algún evento literario donde él fuera participante o espectador. Hasta donde sé, no vivimos cerca el uno del otro durante diez y tantos años a finales de los años ’50 y durante los años ’60 cuando vivía y escribía en New York y él era un crítico de libros y de cultura para el New York Times. Nunca me crucé con él por accidente en la calle, aunque una vez –si recuerdo bien, en los años ’80– nos encontramos una vez en la tienda para hombres de Paul Stuart en la Av. Madison, donde me estaba comprando zapatos. Dado que Broyard era por entonces el crítico de libros con más estilo intelectual del Times, le dije que me gustaría que se sentara a mi lado y me permitiera comprarle un par de zapatos, con la esperanza de que, admití francamente, para aumentar su estima por mí para mi próximo libro. Fue un encuentro gracioso, divertido, duró diez minutos como mucho, y fue el único que tuvimos.

Nunca nos molestamos en tener una conversación seria. Las bromas al pasar era nuestra especialidad, con el resultado de que nunca supe de parte de Broyard quiénes eran sus amigos o sus enemigos, no sabía dónde o cuándo había nacido o se había criado, no sabía nada sobre su situación económica en su infancia o en su vida adulta, no sabía nada de sus políticos o equipos deportivos favoritos o si tenía algún interés en algún deporte. Ni siquiera sabía dónde vivía actualmente o aquel día cuando le ofrecí comprarle un par de zapatos costosos. No sabía nada sobre su salud mental o su bienestar físico, y solo me enteré de que tenía cáncer varios meses después de que haya sido diagnosticado, cuando escribió sobre su lucha con la enfermedad en la New York Times Magazine.

Nunca fui invitado a su casa o él en la mía, lo conocía solamente como –a diferencia de Coleman Silk, un decano revolucionario en Athena College en la región oeste de Massachusetts, donde es el centro de la controversia sobre asuntos universitarios comunes como el curriculum y los requisitos para la titularidad– como un crítico en general generoso de mis libros. Después de admirarlo por su coraje en su artículo sobre su inminente muerte, conseguí el número de la casa de Broyard mediante un conocido en común y lo llamé. Esta fue la primera y última vez que hablé con él por teléfono. Era encantadoramente vivaz, asombrosamente exuberante, y se rió con ganas cuando le recordé nuestros años mozos, arrojando una pelota de futbol en la playan en Amgansett en 1958, que era donde y cuando nos vimos por primera vez. Tenía entonces 25 años, él 38. Era un hermoso mediodía de verano, y recuerdo que me acerqué a él en la playa para presentarme y decirle cuánto había disfrutado su brillante “What the Cystoscope Said”. La historia había aparecido en mi último año de la universidad, en 1954, en cuarto verano de la más excelente revista literaria de la era, la masiva Discovery.

Pronto éramos cuatro de nosotros –escritores recién publicados casi de la misma edad– bromeando mientras arrojábamos la pelota de futbol por la playa. Esos veinte minutos arrojando la pelota constituyó la relación más íntima que tuvimos con Broyard y duró un total de treinta de minutos que nunca más pasaríamos en compañía uno del otro.

Antes de irme de la playa ese día, alguien me dijo que se rumoreaba que Broyard era un “octoroon” [mulato, N de T]. No presenté mucha atención o, en 1958, le di mucho crédito a la característica. Por mi experiencia, mulato era una palabra que raramente escuchaba en el sur de Estados Unidos. No es imposible que hubiera tenido que buscarla en el diccionario para estar seguro de su significado preciso.

Broyard era en realidad el hijo de dos padres negros. No lo sabía entonces, sin embargo, cuando empecé a escribir The Human Stain. Sí, alguien una vez me había dicho al pasar que el hombre era el hijo de un cuarentón y una negra, pero esa pizca incomprobable de rumores poco probables era toda la sustancia que alguna vez supe sobre Broyard –eso y lo que escribió en sus libros y artículos sobre literatura y el carácter literario de su época.

En las dos historias cortas excelentes que Broyard publicó en Discovery –la otra, “Sunday Dinner in Brooklyn”, apareció en 1953– no había razón para creer que la característica central de su familia de Brooklyn era, como el autor, ciento por ciento blanca.

Por otro lado, a lo largo de los años, no poca gente se había preguntado si, por ciertos aparentemente características negras –sus labios, su cabello, su tono de piel– Mel Tumin, que era categóricamente judío en la abrumadoramente WASP [sigla utilizada para definir Blanco Anglosajón y Protestante, muy común para describir un ambiente social de mayoría blanca, N de T] Princeton de su era, no podría haber sido  afroamericano que se hacía pasar por blanco. Este era otro hecho de la biogragía de Mil Tumin que alimentó mis primeras ideas de The Human Stain.

Mi protagonista, el académico Coleman Silk, y el verdadero escritor Anatole Broyard primero se hicieron pasar por blancos en los años antes de que el movimiento de los derechos civiles empezara a cambiar la naturaleza de ser negro en Estados Unidos. Aquellos que eligieron pasarse (esta palabra, por cierto, no aparece en The Human Stain) imaginaron que no tendrían que compartir las privaciones, humillaciones, insultos, injurias e injusticias que probablemente hubieran sufrido si mantenían la identidad que tenían. Durante la primera mitad del siglo XX, no había solo Anatole Broyard –había miles, probablemente decenas de miles de hombres y mujeres de piel clara que decidieron escapar a los rigores de la segregación institucionalizada y a la fealdad de Jim Crow al sepultar par siempre sus vidas negras originales.

No tenía idea de cómo era para Anatole Broyard huir de su negrura porque no sabía nada de la negrura de Broyard, o, para el caso, de su blancura. Pero sabía todo sobre Coleman Silk porque lo había inventado de cero, así como lo había hecho durante el periodo de cinco años antes de la publicación en 2000 de The Human Stain había inventado al titiritero Mickey Sabbath de Sabbath’s Theater (1995), el fabricante de guantes Swede Levov de American Pastoral (1997), y los hermanos Ringold en I Married a Communist (1998), uno profesor de inglés de secundaria y el otro una estrella de radio en sus buenos tiempos. Ni antes ni después de haber escrito estos libros fui titiritero, fabricante de guantes, profesor de secundaria o estrella de radio.

Finalmente, para estar inspirado para escribir todo un libro sobre la vida de un hombre, uno debe tener un interés considerable en la vida del hombre, y para ser sincero, a pesar de que admiré particularmente la historia “What The Cystoscope Said” cuando se publicó en 1954, y así se lo dije al autor, a lo largo de los años no tuve un interese particular en Anatole Broyard. Ni Broyard ni nadie asociado a él tenía nada que ver con mi imaginación sobre nada en The Human Stain.

La escritura de una novela, para el novelista, es un juego de “hagamos de cuenta que”. Como muchos otros novelistas que conozco, una vez tuve lo que Henry James llamó “el germen” –en este caso, la historia de Mel Tumin de aturdimiento en Princeton– procedí a “hacer de cuenta que” e inventar a Faunia Farley; Les Farley; Coleman Silk; la historia familiar de Coleman; las novias de su juventud; su breve carrera profesional como boxeador; la universidad donde llegó a ser decano; sus colegas tanto hostiles como comprensivos; su campo de estudio; su atormentada esposa; sus hijos tanto hostiles como comprensivos; su hermana maestra de escuela, Ernestine, quien lo juzga con mayor dureza en la conclusión de libro; su hermano enojado que lo desaprobaba; y cinco mil más de esas cosas biográficas que de conjunto forman el carácter ficcional en el centro de una novela.

Lo saludo atentamente,

Philip Roth



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