Habla Chitarroni

Leemos en la última revista Debate:

En 2008, La Bestia Equilátera (donde ahora trabajan junto a Chitarroni Virginia Higa, Mercedes Saunders, Natalia Meta, Matías Zoja, Maximiliano Papandrea y Diego D’Onofrio) ya era un hecho, pero su línea no estaba del todo macerada y el catálogo mostraba algo de eclecticismo (ahora, no tantos años después, parece increíble que publicara literatura argentina). Durante sus comienzos lanzó al campo literario local gemas -muchas de ellas inéditas- tan distantes entre sí como Los encubridores y Memento mori de la escocesa Muriel Spark, La muerte de los filósofos en manos de los escritores con prólogo y selección de textos del mismo Chitarroni y, también de su autoría, Mil tazas de té, el ensayo en el que relee desde Paul Groussac hasta Américo Castro para hablar del Quijote, le baja el copete a Rimbaud, delata las peores manías de Flaubert y declara a César Aira exotista superador. Por esos días La Bestia también sacaba del horno una rareza de Nabokov -Consideraciones acerca del honor, el duelo y otros temas del siglo XIX, texto inédito basado en sus notas a la traducción del Eugene Oneguin de Pushkin-, Veneno de tarántula del dandy de los años cuarenta que comenzó como vendedor de aspiradoras a domicilio y guionista de la BBC Julian Maclaren-Ross, y Con el más pequeño y el más imperceptible de los cuerpos, de la filósofa y filóloga, especialista en la Grecia Antigua, la francesa Bárbara Cassin.

¿Por qué hay tanta literatura anglosajona en su catálogo?
Nos conviene por ahora tener este sesgo. De ahí la búsqueda de aquellos inéditos, o casi inéditos, en el país. Con mayores y menores aciertos, claro. Yo hice una afirmación temeraria en la contratapa del primer libro que sacamos de Alfred Hayes. Había leído tres, y me había gustado sólo uno, que es el que editamos primero, Los enamorados. Funcionó muy bien, tenía una voz muy propia, una mezcla del Raymond Chandler de El largo adiós y del Scott Fitzgerald de Suave es la noche. Y de repente leí este libro que lo tradujimos como “Que el mundo me conozca” y tuve que revocar mi afirmación de que Hayes era un autor de una sola obra maestra. En esta novela de vuelta encontré ese tema que me encantaba en Hayes. Creo que tiene una característica bestial como lo tiene también Noches en Fitzrovia de McLaren-Ross. Este año hicimos un Virginia Woolf, un viejo sueño mío de hacer La muerte de la polilla tal como podría haber sido pensado por Virginia.

Usted comenzó como traductor, ¿cómo es entrar a la literatura por ese costado?
El editor es como el traductor, un tipo mal remunerado con muchísimo trabajo. Yo empecé como traductor, pero como verdadero lector, voraz, empecé en Sudamericana. Ahí era asesor literario. Tuve la suerte de trabajar con Enrique Pezzoni, los dos compartíamos el cargo, que me enseñó muchísimo. Si tenía que escribir una contratapa, Enrique me decía cosas como: “Tratá de escribir no sobre el libro que leíste sino sobre el libro que a vos te habría gustado leer”. Me enseñó algo fundamental que es que lo que los paratextos son los responsables de dar el impulso para atrapar al lector.

¿Un buen trabajo de edición puede salvar un libro regular?
Salvarlo, no. Mejorarlo, sí. Tanto es así que algunos libros son trámites de edición. También hay libros que tienen una suerte parasitaria, porque parecen menos significativos de lo que son. Por ejemplo, Joyce escribió un textito que no te voy a decir que vale como el Ulises, pero casi. Un texto confesional llamado “Giacomo Joyce”. Joyce se enamoró de una alumna y se inspiró para escribir este condensado lúdico único: el libro nadie ni siquiera lo nombra pero que es central en su obra. Si uno ve, por ejemplo, las tablas de edición de la obra completa de Henry James, Otra vuelta de tuerca ocupa un lugar muy poco relevante. Sin embargo, su historia que más vueltas ha dado en el mundo es ésa. También hay un caso fantástico, que les procuró montones de títulos a los periodistas, que es París era una fiesta, de Hemingway. Se llama “The moveable feast” pero el traductor es el que le puso ese otro título y le dio ese aire elegíaco. A veces un mero giro verbal lo cambia todo.

¿Qué está escribiendo ahora?
Estoy con unos cuentos que se llaman “Tres relatos de época”. Uno sobre los 80, uno sobre los 90 y otro sobre el 2000. Quiero plantearlos como una novela policial rara, porque lo único que tiene que descubrir el lector es si el “Yo” de los relatos es siempre el mismo o no. Es un ejercicio de matices dentro de un relato en primera persona donde no hay ninguna certidumbre absoluta.

¿Qué hace cuando -como seguro le habrá pasado en Sudamericana- debe elegir entre textos que no lo convencen?
Opto por el mal menor. Pasa también en los concursos, a veces. La sensación es como la de estar ante un harén de mujeres que no te gustan. A veces hasta te hace replantearte tu propio gusto. El problema del editor es saber estimar su gusto a partir de una especie de ley general para no consentir sus propios caprichos. Y también saber renunciar al capricho muchas veces, o renunciar a posiciones y torturas idealistas o tontas respecto de algún material o de tu función de “descubridor”. Yo en Sudamericana en un momento tuve la pelea fácil, porque era una editorial que tenía a Roa Bastos, a García Márquez. A veces, el criterio era optar por lo argentino porque era una oportunidad que le podía dar a la gente que venía con su primer libro. Yo tenía suerte en un momento en que estaba Juan Forn en Planeta, en la vereda opuesta. Podíamos mantener una especie de competencia limpia. Es bueno tener un “falso adversario”. Si ahora hubiera acá dos focos de atención, como si Mondadori y Seix Barral compitieran, la narrativa argentina se beneficiaría.

¿Son las editoriales pequeñas la esperanza al avivar el panorama frente a la monotonía de las grandes?
Sí. Y son sorprendentes en su diversidad. Caja Negra, por ejemplo. Puede ser que alguien lo esté haciendo y yo lo ignore, pero sería bueno que alguien revisara la literatura de la época de la dictadura. No en tono acusatorio, sino qué era lo que se producía. Es indudable que los tempranos 70, antes de la dictadura, fue uno de los momentos en los que más se leía y se escribía, con mayor entusiasmo y ebullición, literatura latinoamericana y argentina.

Completo acá.



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