Minería y arte (en Manifesta 9)

Leemos una interesante descripción de la bienal en Genk (Bélgica), de Manifesta, en el diario mexicano La Jornada:

La novena edición de Manifesta, bienal europea itinerante que se desarrolla en la región minera de Limburgo, al este de Bélgica, presenta por primera vez una colección histórica dentro de un encuentro de esta naturaleza en la mina de Waterschei.

Propuestas de esa orientación se exhibieron en la anterior Documenta, en Kassel, hace cinco años: obras de artistas contemporáneos se intercalaban en las paredes del Staatliche Museen, con cuadros de maestros del pasado. Asimismo, la pasada Bienal de Venecia exhibió las enormes telas de Tintoretto, como reflejo de las nuevas tendencias del coleccionismo actual.

En el caso de Manifesta, el curador Cuauhtémoc Medina y su equipo han ido más a fondo: las obras históricas no operan como guarnición excéntrica, sino que cobran un sentido coherente, autónomo y corpóreo dentro de la bienal, condicionadas por la imponente presencia del espacio, pero sobre todo por la carga histórica que representa.

La mina de carbón posee múltiples connotaciones simbólicas relacionadas con la evolución de la humanidad a partir del trabajo. La extracción de ese mineral no sólo en Bélgica, sino en los países colindantes e Inglaterra, transformaron el sistema productivo. Eso marcó el inicio de la Revolución Industrial, pero también el estatuto de los derechos del trabajador, las huelgas y su contraparte, la represión, la contaminación ambiental, la transformación del paisaje, la migración y la miseria.

17 toneladas

La primera sección, a cargo de la curadora británica Dawn Ades, es una aireada y precisa contextualización del patrimonio: el visitante se pierde descubriendo, documentándose, disfrutando y asimilando el lugar en una recíproca contextualización de edificio-obra.

El título evoca una de las canciones más famosas de los mineros de carbón: 16 toneladas (de Merle Travis, 1946); la tonelada adicional se refiere a la necesidad de modificar la idea estándar de concebir el patrimonio, según se lee.

El visitante es recibido por una proyección de 14 filmes dedicados a las minas de carbón belgas, así como documentos de archivo, objetos domésticos y evocaciones culturales que recuerdan la migración extranjera, en particular la italiana, que era la principal fuerza de trabajo. Están presentes obras de mineros, como las esculturas en pulpa de papa o en carbón, de Manuel Durán, o la pintura de la sociedad de artistas ingleses The Ashington Group (1934-1984).

El factor local aporta profundidad a la manifestación: lo singular equilibra el fenómeno dispersivo del genérico, típico de las bienales. Emergen rasgos inherentes a la minería, incluidos hechos dramáticos, como muertes masivas por accidentes subterráneos. Se trata de recuperar la microhistoria con documentos que aportan nombre, apellido y semblante a los mineros olvidados.

El recorrido sigue en el segundo piso, con curaduría de Cuauthémoc Medina, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Es la sección más extensa y espectacular. Abarca 10 temáticas un tanto forzadas, puesto que responde más a un mapeo curatorial que a una efectiva lectura que guíe al espectador; termina por distraer, al tratar de comprender cada sección, la vuelve fatigante.

Se propone un viaje condensado por la historia del arte desde la Revolución Industrial hasta nuestros días, aglutinada por el tema del carbón y su impacto en el imaginario colectivo; un espacio bisagra entre el pasado analizado en el piso inferior y el futuro (o presente) de aquello superior

Una obra que contiene todas esas características relacionales y de impacto es Para-Production, de Ni Haifeng, único artista chino presente. Es una instalación que abraza dos pisos y toda un ala del edificio, formada por una manta gigantesca en patchwork, una cascada de color que termina por apagarse en un mar de trapos negros. Aquí se evoca el trabajo manual, el reciclado y la posición de China como país manufacturero por excelencia.

Medina abarca temáticas, técnicas, movimientos y estilos que agotan el tema del carbón: encontramos pinturas, como Incense of a New Church (1921), del estadunidense Charles Demuth; el préstamo más difícil de obtener, por ser una obra símbolo del artista, la más cara de la muestra, apunta el curador mexicano.

Hay instalaciones como las mordaces obras del belga Marcel Broodthaers, de los años 60, así como documentarios: Misère au Borinage (1931), de Henri Storck y Joris Ivens, o Coal face (1935), del brasileño Alberto Cavalcanti, hasta las penetrantes fotografías de mineros en Angels with Dirty Faces (2006), de Igor Grubi.

Rincón exquisito es la contraposición de las instalaciones de Duchamp (mil 200 costales de carbón), Richard Long (Carbón boliviano) y Boltanski (Les registrés du Grand-Hornu) en un juego a c que abarca a distancia e independiente techo-piso-pared.

Los mexicanos Antonio Vega Macotela y Carlos Amorales presentan trabajos estéticamente atractivos, pero carentes de problematicidad. El primero recuerda la bola de coca que mastican los mineros en Bolivia, en alusión a la imposibilidad de sacarla del país, por lo que fue fundida en plata, sin quedar casi nada.

Carlos Amorales construyó una máquina accionada para hacer grandes dibujos geométricos en carbón.

El último piso corresponde a la contemporaneidad, a lo que concebimos más propiamente como bienal, con curaduría de Katerina Gregors. La sección consiste en la respuesta estética a la restructuración económica del sistema productivo mundial de principios del siglo XXI, tarzando el desarrollo de industrialización, posindustrialización y geografías mutables, y condiciones de producción en la era del capitalismo global, como se lee en un comunicado

Una de las obras más potentes es el video Sounds from Beneath (2010-2011), de Mikhail Karikis y Uriel Orlow, quienes pidieron a un grupo de mineros evocar y vocalizar los sonidos de la actividad subterránea en las minas de carbón en Kent. En entrevista, Karikis asevera: Los personajes del video fueron mineros del sur de Inglaterra, en los años 60 y 80, adonde llegaban de todo el país para trabajar en las minas. Cuando Margaret Thatcher las cerró, hacia 1987, se quedaron sin trabajo, los pueblos de mineros quedaron como ciudades fantasmas.

Asimismo, falta una reflexión sobre la condición de la minería en el sur del mundo muchas veces gestionada por empresas extranjeras que crean fuertes daños no sólo al ambiente sino a la comunidad, como en el territorio sagrado de Wirikuta, en San Luis Potosí.

La bienal, a pesar de contar con tres secciones diferenciadas no puede ni debe separarse. Su originalidad y valor está en en ello. Uno de los mayores rasgos que se aprecian es la renuncia a los clichés nacionales en favor del trabajo común para el cumplimiento de una expresión universal.

*   *   *

* La página de la bienal, acá: http://manifesta9.org/en/home/

* Y acá y acá, más info.



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